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miércoles, 23 de agosto de 2017

CHRISTOPHER CROSS EN LIMA (C. C. María Angola, martes 22-8-2017)



Sobrio, sencillo y talentoso, Christopher Cross tocó por segunda vez en Lima y nos regaló una noche de buena música, interpretada de manera soberbia por una banda de extraordinarios instrumentistas que, sin mayores aspavientos ni estridencias, atacó cada uno de sus fraseos, solos y acompañamientos de manera limpia, perfecta. 

El público, conformado en su mayoría por personas que sobrepasaban la barrera de los 50 años, seguía con atención las evoluciones de este conjunto de artistas que mostró su talento sobrenatural, forjado a través de años de experiencia, práctica disciplinada y entrega a lo suyo, de una forma en la que todo parecía fluir con naturalidad, sin esfuerzos.

Conciertos como estos, que en otras latitudes son moneda corriente, cosa de todos los días, se convierten en hechos memorables en esta ciudad cada vez más acostumbrada a la informalidad y simplonería arrogante de quienes creen que ser "estrella" es abusar de los demás a través de sus exhibicionismos televisivos o disfuerzos musicales que, si por algo destacan, es por su carencia absoluta de ensayo, técnica y el despliegue de un talento básico, lleno de limitaciones, que no se desarrolló nunca por esa propensión a la autocomplacencia, común en varios músicos de nuestro país. 

Cuando pienso en las poses de "divos de la música" que adoptan personajes como Pelo Madueño, Lucho Quequezana (solo por mencionar a dos de los más ubicuos protagonistas de la escena local, cuyas presentaciones son catalogadas como fantásticas, con intencional ligereza, por sus amigos y clientes) o, por ponernos un poco más rebuscados, grupos como Laguna Pai o Kanaku y El Tigre, me basta con repasar en la mente cada una de las notas tocadas la noche del martes 22 de agosto por los seis fenomenales músicos que, junto a Christopher Cross, tocaron esas inolvidables canciones con las cuales muchos de nosotros crecimos, escuchando la radio durante los años ochenta, entrenando sin querer nuestra capacidad de apreciación.

El show comenzó un poco más allá de las 9pm., y aunque el local no estaba del todo lleno, era evidente que una buena cantidad de público, entre los nostálgicos y los ocasionales concertgoers que nunca faltan a ningún evento que les asegure ciertos aires de sofisticación, había respondido positivamente a las convocatorias de Kijada Producciones, empresa encargada de traer de vuelta a este músico norteamericano, actualmente de 66 años de edad, que tuvo cuatro años de gloria entre 1979 y 1983, tiempo en el que se llevó todos los Premios Grammy con solo un disco en el mercado y hasta ganó un Oscar por la alucinante balada Arthur's theme (The best that you can do), de la película Arturo, el millonario seductor, que fuera protagonizada por Liza Minelli y Dudley Moore.

Este tema, que llegó prácticamente a la mitad del concierto, fue el que más emocionó al público, como pudo notarse por los ensordecedores aplausos y el bosque de celulares que se levantó para registrar la canción. El característico intermedio instrumental fue replicado, nota por nota, por el saxofonista Andy Suzuki, músico de ascendencia japonesa que brilló a lo largo del show con su precisión y solvencia en cada una de sus intervenciones Suzuki, además, se encargó de los teclados, generando atmósferas parecidas a las de una sección de cuerdas para complementar el piano de Pierre Leonid, fuertemente influenciado por el smooth jazz, uno de los elementos constitutivos de las composiciones de Cross, que formaron parte del género denominado soft-rock, muy popular en los años setenta gracias a bandas como Steely Dan, The Doobie Brothers, Ambrosia, entre otras.

La noche comenzó con Haila, un tema semi-instrumental, con los coros femeninos repitiendo un cántico que parecía un mantra, del más reciente trabajo en estudios de Christopher Cross titulado Take me as I am (2017), que aun no ha sido lanzado al mercado. Baby it's all you, otro tema de estreno, formó también parte del repertorio el martes 22. En ambos se nota una vocación más orientada al trabajo instrumental, que le permite a Christopher Cross mostrar sus habilidades como guitarrista, en un despliegue de técnica y velocidad que nos hacen recordar a otros ejecutantes muy relacionados a su carrera como Larry Carlton, Dean Parks o Eric Johnson.

Luego de presentar a su banda, Cross calentó de inmediato el ambiente con Sailing y Never be the same, conocidísimos éxitos de su clásico álbum debut, el de la carátula del flamingo. Y aunque se sintió la ausencia de Say you'll be mine, otros dos temas de ese aclamado LP, The light it's on y Spinning, sí entraron al setlist. En el caso del segundo de los mencionados, en una versión especial a dúo con una de las coristas, Stephcynie Curry, como parte de un segmento acústico que incluyó además las canciones Think of Laura, de su segundo disco Another page (1983) y Abro mi ventana, versión en español de Open up my window -del álbum Window de 1994- que interpretó a dúo con Marcia Ann Ramírez, su otra corista, arrancando aplausos por este esfuerzo de cantar en nuestro idioma, trabajo que debe haber sido bastante pesado para este cantautor nacido en Texas a quien se le hace sumamente pesado siquiera pronunciar "gracias". Un detalle que el público peruano supo agradecer como corresponde.

El sonido en el María Angola estuvo muy bien calibrado, permitiéndonos escuchar con claridad a la impecable banda en cada tema, tanto los muy conocidos y reconocibles como aquellos que, a pesar de no haber recibido difusión en su momento, hoy suenan frescos y agradables como por ejemplo Dreamers (Doctor Faith, 2011), In the blink of an eye (Rendezvous, 1993) o la contundente Walking in Avalon, del álbum del mismo nombre de 1998, tema en el que el bajista francés Kevin Reveyrand mostró sus credenciales, en interacción apretada con el baterista, su compatriota Francis Arnaud. Ambos sostienen la carga rítmica de las canciones y dejan espacios abiertos para los espectaculares solos de Suzuki al saxo, las elegantes melodías del piano de Leonid o las ráfagas guitarreras del cantante quien, con el gesto tímido y casi escondiendo la mirada bajo una boina, cortaba el aire y la respiración con esa capacidad que era desconocida para muchos, salvo para quienes sabían que Christopher Cross, en su juventud, reemplazó al mismísimo Ritchie Blackmore en un concierto que Deep Purple dio en Texas, en 1970. Reverend Blowhard y Simple, ambos temas de Secret ladder (2014), su último disco publicado, no desentonaron con el aura sofisticada de las demás canciones.

Siguieron dos temas conocidos del Another page: No time for talk y All right. Mientras la primera recibió un tratamiento idéntico al de la versión del vinilo, la segunda fue presentada con arreglos totalmente nuevos y un electrizante solo de batería de Arnaud al principio. Curry y Ramírez alternan sus voces con Cross en esta nueva versión de uno de sus temas más famosos, que preparó el camino para un energético y setentero final con Ride like the wind, en el que ambas se lucieron vocalmente haciendo el trabajo que hiciera, en la versión grabada, el genial Michael McDonald. El solo de guitarra de Cross al final de este tema fue uno de los mejores momentos de la noche.

Para el encore Christopher Cross tomó nuevamente su guitarra acústica para hacer un correcto cover, a su estilo, del clásico himno a la paz Imagine de John Lennon, mientras la pantalla mostraba imágenes alusivas a esta profunda invocación que escribiera en 1971 el ex Beatle para promover la hermandad entre seres humanos. Lamentablemente, este significativo final se vio eclipsado por una de las más odiosas costumbres de la modernidad. A medida que Cross y su banda dejaron claro que estaban tocando esta emblemática canción la gente de las primeras filas comenzó a abandonar sus asientos para acercarse al escenario. Pero lo que parecía ser el inicio de un acto de comunión sublime entre el artista, la banda y su público, se convirtió en una grotesca sucesión de personas idiotizadas que le daban la espalda a los músicos, haciendo cola para tomarse selfies con ellos, pisoteando lo que probablemente haya sido la idea original que tuvo el cantante al despedirse con este clásico de la música popular contemporánea. 

Pero ni siquiera este desagradable momento, en el que personas que pasan las cuatro y hasta cinco décadas de vida se prestaban a esta actitud infantil propia de millennials, que dejan pasar la experiencia de asistir a un concierto por estar buscando el ángulo perfecto para su hedonista, superficial y egocéntrica fotografía, consiguió opacar esta velada, una de las mejores en términos de calidad e interpretación musical.

miércoles, 31 de mayo de 2017

STEVE VAI EN LIMA (C. C. MARÍA ANGOLA, MARTES 30-5-2017)


Con el auditorio al tope de su capacidad, el guitarrista Steve Vai dejó sin palabras a quienes lo vimos la noche del martes 30 de mayo. Al final de las casi dos horas que duró el concierto, se notaba que las furibundas y ensordecedoras ráfagas de electricidad lanzadas desde su icónica Ibanez blanca aun resonaban en los oídos de las personas que iban saliendo del recinto, con ojos y bocas abiertas, balbuceando adjetivos –“alucinante”, “espectacular”-entre sonrisas que podían ser de satisfacción pero también de una genuina perplejidad.

Y es que no importa cuántas veces haya escuchado uno el Passion and warfare, disco que Vai grabara en 1990 y que tocó íntegramente en Lima, como parte de la gira mundial que inició a mediados del 2016 para celebrar un cuarto de siglo de su lanzamiento. Porque los niveles de volumen e intensidad que es capaz de alcanzar en vivo son simplemente imposibles de describir con palabras, lo cual se hace más evidente en esas digresiones en los que la guitarra de Vai simula estruendosos cohetes a punto de explotar o estrellarse, gritos eléctricos que convierten el Star spangled banner de Jimi Hendrix en un arrullo de cuna.

El concierto arrancó con un video, casi dos minutos de la cinta Crossroads (1986) en la que Vai representa a Jack Butler, un guitarrista endemoniado, durante la emblemática escena del duelo entre Butler y Eugene, papel representado por la estrella juvenil de la época, Ralph Macchio (Karate Kid). A lo largo del show, se proyectaron coloridas animaciones y otras sorpresas, como la aparición de diversos amigos y colegas de Vai y los clips promocionales del Passion and warfare.

Para el arranque, desde la oscuridad salió Vai, media hora después de lo anunciado, encapuchado y apuntando al público con rayos láser de color rojo intenso que salían de sus ojos, moviéndose sinuosamente y lanzando extraños ruidos desde su guitarra, que por momentos parece un arma de destrucción masiva. Junto a su banda -Dave Weiner (guitarra, teclados), Philip Beynoe (bajo) y Jeremy Colson (batería)- tocó  cuatro poderosos temas de su amplia trayectoria discográfica: Bad horsie y Tender surrender (del EP Alien love secrets de 1995), The crying machine del disco conceptual Fire garden (1996) y Gravity storm, de The story of light (2012), una de sus últimas producciones en estudio.

Para ese momento la audiencia ya estaba preparada. Unas breves palabras en inglés, en que Vai hizo gala de su facilidad expresiva y sentido del humor y con todo, el Passion and warfare de principio a fin y en orden, alcanzando cotas impresionantes de incendiario volumen, con esos sostenidos agudos y el casi maltrato físico al que somete a su instrumento para arrancarle solos imposibles, riffs pesados y estructuras sumamente complejas incluso para otros guitarristas de su generación.

Aquí comenzaron las apariciones especiales: Para Liberty, las pantallas –una al centro, dos a los lados- mostraron imágenes de Vai junto al legendario Brian May de Queen, en un concierto de 1992. Durante The audience is listening, el simpático videoclip en el cual un “Little Stevie” vuelve loca a su profesora con su arrebatada canción inspirada en el clásico de Van Halen, Hot for teacher, es interrumpido por John Petrucci, guitarrista de Dream Theater, para introducir su contundente estilo e intercambiar solos con Steve. Y para la conocida Answers, Vai recibió el saludo y visita virtual de su amigo, profesor y cómplice en el proyecto guitarrero G3, Joe Satriani quien, sentado en su estudio y con divertidas máscaras, realizó impresionantes intervenciones para acompañar a Vai.

Durante los temas I would love to, The audience is listening y For the love of God, la banda hacía lo suyo y se proyectaban los videos correspondientes a cada tema, con Steve tocando en vivo y en estado de gracia, mientras la pantalla nos mostraba las imágenes del músico, hace 27 años, conectando pasado y presente. En suma, una celebración que fue más allá del emblemático disco de rock instrumental –el segundo de su carrera en solitario- para convertirse en un repaso por una trayectoria marcada por el éxito pero también por duras críticas a su personal y emotiva forma de ver y entender la música, con composiciones de complejas estructuras y sonidos que, para el común de las personas, pueden llegar a ser desesperantes por la saturación y el volumen que alcanzan.

Para quienes siguen pensando que el toque vertiginoso y extremadamente técnico de Steve Vai es maquinal o robótico, deberían prestar mayor atención a la digitación natural con la que acomete diversos pasajes en canciones como For the love of God, Greasy kid’s stuff, Blue powder y especialmente el breve interludio Ballerina 12/24, en que Vai se luce con un veloz bluegrass eléctrico, en ese tiempo difícil indicado en el título. En la otra cara de la moneda, las pesadas y cambiantes The riddle, Erotic nightmares, The animal y, particularmente Love secrets, que cierra el disco original, van del hard-rock al rock progresivo con densidad pero con mucha fluidez en los arreglos, por más complicados que estos sean para el oyente promedio. La habilidad desarrollada por Vai a lo largo de los años obedece a tres cualidades 100% humanas: talento, disciplina y mucha práctica. Ninguna de ellas pueden conseguirse a través de softwares o descargas virtuales.

La banda que trajo Steve Vai tiene también, por supuesto, una gran responsabilidad dando soporte a las locuras del guitarrista y compositor, y la cumplen cabalmente, sin atenuantes: Philip Beynoe es un extraordinario bajista que combina su macizo acompañamiento para los temas pesados con una soltura ultrafunky que retumba y sacude el cuerpo de quien lo escucha. Jeremy Colson, el baterista, lanza unos bombazos con tal contundencia que compite en capacidad atronadora con su jefe, mientras que el guitarrista/tecladista Dave Weiner no se queda atrás al momento de replicar las veloces y frenéticas líneas de Vai –como en su momento lo hiciera Mike Keneally, su amigo y reemplazante en la banda de Zappa, hoy dedicado a sus propios proyectos musicales- o de hacerle fondo con una guitarra especial, que lanza enigmáticos arpegios parecidos a los de una cítara.

Una vez finalizadas las catorce canciones del Passion and warfare, Vai subió al escenario en dos ocasiones: la primera para hacer un extracto de Stevie’s spanking, aquel pesado tema que Zappa compuso acerca de sus extravagantes hábitos cuando iba con él de gira, apenas a los 21 años de edad, mientras las pantallas mostraban imágenes del DVD Dub room special, en el que quedó registrada una actuación de ambos en 1981; seguida de Racing the world, del álbum The story of light. Ante las llamadas del exhausto público, Vai regresó nuevamente y cerró la faena con la última sección de la suite Fire garden, del disco del mismo título, una extraña y misteriosa composición titulada Taurus Bulba, durante la cual bajó enloquecido a tocar en medio de las primeras filas, provocando un sano alboroto y un bosque de celulares tratando de captar ese momento.


Casi a la medianoche, las luces se apagaron y de los parlantes surgió la canción Hallelujah de Leonard Cohen, en la versión que grabara Jeff Buckley en 1991, casi como tratando de acariciar nuestros oídos, que habían sido satisfactoriamente machacados por uno de los mejores guitarristas del mundo. Steve Vai desató una apasionada guerra en nuestra ciudad, mezcla de incontenible locura y profunda espiritualidad. Prometió volver. Le tomamos la palabra.

SETLIST

PRIMERA PARTE
  • Intro: Video de película Crossroads (1986)
  • Bad horsie
  • The crying machine
  • Gravity storm
  • Tender surrender
PASSION AND WARFARE
  • Liberty (video: Brian May)
  • Erotic nightmares
  • The animal
  • Answers (video: Joe Satriani)
  • The riddle
  • Ballerina 12/24
  • For the love of God (con videoclip de 1990)
  • The audience is listening ((con videoclip de 1990, interrumpido por John Petrucci)
  • I would love to (con videoclip de 1990)
  • Blue powder
  • Greasy kid's stuff
  • Alien water kiss
  • Sisters
  • Love secrets
FINAL 1
  • Stevie's spanking (video: Frank Zappa)
  • Racing the world
FINAL 2
  • Taurus Bulba (Fire garden suite, part IV)

sábado, 21 de diciembre de 2013

MÁS SOBRE FRANK ZAPPA: HOY HABRÍA CUMPLIDO 73 AÑOS


Mi último post fue acerca del vigésimo aniversario del fallecimiento de Frank Zappa, uno de los músicos norteamericanos más importantes del siglo 20. Hoy estaría celebrando setenta y tres años de edad, de no haber sido porque un cáncer mal y tardíamente detectado, a la próstata, acabara con su camino musical y artístico, uno que probó ser el más mordaz, auténtico e irreverente frente a todas las instancias que le tocó atravesar. Respetadísimo entre la crema y nata del rock and roll y absolutamente desconocido para la masa consumidora de productos desechables e intercambiables, Zappa demuestra que hasta hoy sus creaciones musicales, sus conceptos sociales y políticos, y su actitud contracultural continúan siendo manjar de minorías. 

Como los primeros libros del socialismo, la música y personalidad de Frank Zappa son actualmente innombrables para la prensa convencional. Ni su muerte ni su cumpleaños son recordados por las principales webs o publicaciones del establishment porque él, a pesar de generar millones de fans en el mundo entero durante sus casi cuatro décadas de trabajo ininterrumpido e intenso con su humor bizarro -a veces intencionalmente absurdo- su desafiliación a todo lo que fuese "políticamente correcto", jamás se dedicó a entretener al público. 

Zappa no tenía concesiones a la hora de decir lo que pensaba o de tocar lo que se le antojaba tocar. Y en ese sentido, se ganó al más grande enemigo que un artista contemporáneo podría haberse ganado en el mundo del espectáculo: al gobierno de los Estados Unidos. Por eso no hay un doodle sobre él en Google. Por eso no hay posts del New York Times o de la Rolling Stone. Por eso El Comercio no pone su desagradable cara en portada a color en Luces. Zappa fue tan directo y confrontacional con las hipocresías y las angurrias del mercado en el que se ha convertido la sociedad occidental que, una vez muerto, recibió el peor de los castigos: el ninguneo, el ser borrado de la memoria colectiva, la aplicación de aquella ancestral ley egipcia: todo lo que no se nombra, simplemente no existe. Por lo menos eso es lo que ellos creen.

Por eso, en lugar de poner vídeos de algunas de sus cientos de canciones -tarea que queda para quienes realmente tengan interés: buscar en YouTube y ponerse a prueba escuchando la música de FZ- voy a darles una pequeña muestra de sus ideas, a través de frases extraídas de diversos contextos (entrevistas en revistas, programas de televisión, libros, letras de canciones, conciertos etc.). Así hablaba Zappatustra:

"Algunos científicos dicen que el hidrógeno, debido a que es tan abundante, es la principal base del universo. Yo discuto eso. Yo creo que hay más estupidez que hidrógeno, y esa es la principal base del universo, la estupidez".

"Si quieres tener sexo, ve a la universidad. Si quieres una educación, ve a la biblioteca".

"Estados Unidos es una nación de leyes: pésimamente escritas y aleatoriamente forzadas".

"La mayoría del periodismo musical está formada por personas que no pueden escribir, que entrevistan a personas que no pueden hablar, para personas que no pueden leer".

"El comunismo no funciona porque a la gente le gusta salir y comprar cosas".

"Si tus hijos se dan cuenta de lo estúpido que realmente eres, te mataran mientras duermes".

"Abandona la escuela antes de que tu mente se pudra al exponerse a nuestro mediocre sistema educativo. Olvídate del baile de promoción y anda a la biblioteca y edúcate a ti mismo, si tienes el valor de hacerlo".

"Cientología ¿qué rayos es eso? Te dan esas pequeñas latas y después viene este tipo a hacerte unas cuantas preguntas y, si pagas suficiente dinero, puedes unirte al grupo ¿qué clase de religión es esa?"

"Creo que si una persona no se siente cínica, está desfasada en este siglo 20. Ser cínico es la única manera de entender a la civilización moderna, no puedes tragarte el cuento completo".

"Cuando Dios creó a los Republicanos, abandonó todo lo demás".

"Me gusta ver las noticias, porque no me agrada mucho la gente y cuando ves las noticias... quiero decir: si tienes una ligera idea de que la gente es verdaderamente terrible, puedes ver las noticias y convencerte de que tienes razón al pensar así".

"No seamos tan rudos acerca de nuestra ignorancia... es lo que hace a Norteamérica grande".

"La esencia del Cristianismo está contada en la historia del Jardín del Edén. La fruta prohibida era del Árbol del Conocimiento. El subtexto es, todo lo que estás sufriendo ahora es porque quisiste entender qué estaba pasando. Aun podrías estar en el Jardín del Edén si hubieses mantenido la puta boca cerrada y no hubieses hecho ninguna pregunta".

"Tengo un mensaje importante para toda la gente bonita en el mundo. Si estás allá afuera y eres bonito o hermosa, solo quiero decirte algo: hay muchos más de nosotros feos de mierda, somos más que ustedes, así que cuídense".

"El síndrome de la persona "cool" es particularmente norteamericano. Parte de eso tiene que ver con la forma en que se maneja el negocio educacional en los Estados Unidos: no está basado en cuanto puedes enseñar a tus hijos. Está basado en cuanto dinero pueden hacer los proveedores de materiales educativos a partir de tus hijos".

"La información no es conocimiento. El conocimiento no es sabiduría. La sabiduría no es la verdad. La verdad no es la belleza. La belleza no es el amor. El amor no es la música. La música es lo mejor".

domingo, 13 de octubre de 2013

SONIDOS (Y SABORES) DEL MUNDO: UNA NUEVA E ¿INGENIOSA? FORMA DE NINGUNEAR A LA MÚSICA EN LA TELEVISIÓN PERUANA


¿Qué tienen que ver Paco de Lucía y su esperada visita al Perú con un fantoche español, contratado por Gisela Valcárcel para "llevársela fácil" en la televisión nacional y un restaurante de paellas, callos a la madrileña y cocina gourmet? Para Canal 7 y Mabela Martínez, parece que mucho, pues resulta que el nuevo proyecto televisivo del canal del Estado apunta a hacer rating combinando la supuesta cultura musical de esta señora con el ultra manoseado tema de la gastronomía.

Me refiero al programa Sonidos y Sabores del Mundo (sábado, de 7 a 7:30pm.), una extensión del sintonizado espacio que Martínez conduce en el cable, con un añadido (...y Sabores...) que busca, en apariencia por lo menos, atraer a las grandes masas de teleespectadores que ven todo lo que tenga relación con tenedores, mandiles blancos, frituras y combinaciones absurdas, al mundo de la música. Sin embargo, lo que consigue es todo lo contrario: una irritante mescolanza de publicherry gastronómico con la conocida costumbre de Mabela de poner treinta segundos de cada canción para luego arremeter con sus comentarios desabridos, sus entrevistas aburridas y esa sensación de que la música es lo último que importa, para darle preferencia a los auspiciadores. Algo que, por cierto, siempre ocurre en su programa matriz.

Paco de Lucía es, para muchos entendidos, el mejor guitarrista del mundo. Tocará en Lima este 29 de octubre en el recientemente inaugurado Gran Teatro Nacional, tras dieciséis años desde su última visita. Su relación con el Perú es muy íntima pues, como algunos saben, fue él el primer artista vinculado al mundo del flamenco que llevó el cajón peruano a España, luego de conocerlo en una de sus múltiples estadías musicales en nuestro país y, a partir de ello, su uso se extendió hasta el punto de que algunos distraídos creen en la existencia del "cajón flamenco". Ha tocado con todos los grandes de la música; transformó al flamenco, un género localista por naturaleza, en patrimonio musical del mundo y hasta ahora realiza demostraciones sorprendentes de destreza, creatividad y vigencia, a pesar de tener 65 años de edad.

¿No daba esto -y todas las demás cosas interesantes que podrían contarse acerca de su carrera artística- como para dedicarle una hora completa? La respuesta es, desde luego, sí. Pero, evidentemente, Mabela Martínez y los programadores de Canal 7 no piensan lo mismo. Y para asegurarse público, contaminan los electrizantes e incendiarios ataques andaluces de este genio de la guitarra con el sonido del aceite caliente sobre la sartén, el acento españolete de dos compadres que vienen al Perú a hacer plata fácil -uno haciéndose el galán para después aparecer en titulares enfrentándose a Laura Bozzo o Magaly Medina; y el otro, subiéndose al carro de la comida como forma de vida moderna- y las tomas detalle, en cámara lenta, de cómo se sirven gazpacho, un plato que, en este país, nadie consume. Huachafería y de la buena, en señal abierta.

El problema que le encuentro a Sonidos y Sabores del Mundo es que, desde el nombre nada más, fuerza hasta el extremo el concepto del efectismo en televisión nacional. Y, en el caso específico de este espacio, constituye una nueva expresión de nuestra patética realidad en cuanto a la idea que tienen, en principio, los broadcasters locales con respecto a la música como tema digno de difusión: si ponen Sonidos del Mundo (que así, a secas, tampoco es un buen programa) en señal abierta, nadie lo vería, pues. Entonces, deciden pasar por contrabando unos cuantos acordes y datos sueltos acerca de cualquier artista -en este caso fue Paco de Lucía, mañana será Buena Vista Social Club, Jorge Drexler o alguna de las otras obsesiones de Mabela Martínez- en medio de conversaciones acerca de comida, tópico que es utilizado hasta la náusea por todo, en todos los canales y programas. 

¿No es suficiente con Mistura, Gastón Acurio, 20 Lucas, el 90% de la programación de Canal 6 y los glotones reportajes que cotidianamente nos lanzan, ni las campañas publicitarias invasivas que, dentro de poco, propondrán que el chancho al palo reemplace a la cornucopia de la abundancia en el Escudo Nacional? No necesitamos otro programa gastronómico o culinario más. Y, por cierto, tampoco necesitamos seguir viendo a Mabela Martínez haciendo el papel de la musicóloga que no es, solo porque desde hace años se atornilló en un programa de radio, luego pasó a la televisión por cable y hoy marca tendencias para los melómanos de iPod y mp3 para el carro. 

No es justo que tenga que decir "gracias Canal 7 por darme la oportunidad de ver veinte segundos del DVD de Paco de Lucía en vivo en Montreaux 2012", para lo cual debo soplarme los comentarios de un personaje intrascendente como ese presentador español de quien no recuerdo siquiera el nombre. Claro, me dirán algunos, puedo comprarme el DVD o ver el concierto completo por Youtube. Pero no se trata de lo que yo pueda hacer o no. Se trata de que la música, sea flamenco, criolla, electrónica, trova o thrash metal, constituye un tópico lo suficientemente amplio e interesante para dedicarle un programa en la televisión, más aun si se trata del canal del Estado, que no necesariamente tiene como objetivo central las ganancias por publicidad sino la difusión de cultura, y no depender de tres personas comunes y corrientes hablando de comida para generar un público de manera original y bien enfocada.

Es triste comprobar, una vez más, el nulo significado que tiene el fascinante mundo de la música para la televisión nacional. El público masivo con su falta de interés, los anunciantes con su desmedida ambición y los dueños de los canales, contribuyen a que el arte incomparable de Paco de Lucía se vea reducido, en el Perú, a un pretexto para hacerle publicidad a un restaurante de comida española. Como si no se pudiera producir un programa de calidad que trate exclusivamente de música.

sábado, 28 de septiembre de 2013

MALMSTEEN Y SLASH SE ACERCAN A LIMA: DOS ESTILOS, UNA SOLA PASIÓN: LA GUITARRA


Durante la década de los 80s, surgió una marejada de géneros musicales asociados al rock, y ampliaron una paleta sonora que en años anteriores no ofrecía muchas variables a los consumidores habituales de estas expresiones de rebeldía juvenil. Las polarizaciones pop versus rock, progresivo versus punk o disco versus hard rock, que por lo general planteaban dicotomías de estilos supuestamente opuestos (aunque en el fondo formaban parte de la propia evolución de esa subcultura rockera) fueron reemplazadas por nuevos rótulos que aumentaban con la aparición de cada nuevo artista.

Este aluvión de géneros -algunos sólidos y otros no tanto- fue relegando a la guitarra a roles secundarios (de simple acompañamiento), diferentes (creación de barreras de distorsión) o simplemente nulos (para dar paso a la electrónica). Y los guitar hero, esas legendarias figuras dominantes en la escena rockera mundial, se fueron convirtiendo en símbolo de lo caduco, una falsa percepción de lo que supuestamente era llamado "progreso" en la música. Las actitudes sectarias de ciertos públicos y críticos especializados demarcaron este camino de forma errónea, y fueron creando la sensación de que escuchar rock basado en guitarras era algo desfasado. Los míticos solos de guitarra son ahora considerados "retrógrados" y quienes no entienden eso están en nada en apreciación musical. Nada más falso, desde luego. Esta absurda creencia sigue viva en la actualidad, y son pocas realmente las personas que entienden el desarrollo del rock, como término genérico, como una historia integral, en la cual cada estilo, tendencia, cambio o deformación actúa como capítulos del todo y no como rupturas absolutistas de la matriz original. 

A pesar de este contexto, en esa década ochentera, el hard rock y las raíces blueseras de este vicio llamado rock and roll continuaron cultivándose, desarrollando nuevos estilos y vehículos de expresión. Desde los más genuinos guitarristas de blues que seguían creando conmovedores fraseos y finos pasajes hasta los agresivos y, a veces, excesivos guitarristas del heavy metal y todos sus subgéneros; nacieron en esos años de efervescencia creativa muchos músicos que, a contramano de lo que decían los rankings, defendieron con uñas y dientes el poder de la guitarra, esa arma de seis cuerdas que, bien tocada, basta y sobra para generar a su alrededor una ola de electricidad capaz de atravesar una pared. Jack White -el último guitar hero del que se tiene noticia- es el mejor ejemplo de ello.

Dos de los nombres más importantes de esta forma de vivir y entender el rock están acercándose a Lima, para ofrecer conciertos en noviembre. Dos guitarristas que harían renegar a cualquier defensor y amante del "do-it-yourself", los tres acordes, el amateurismo del rock independiente y lo anti-académico que, además, encarnan cada uno por su lado, dos vertientes que, en el seno mismo del rock guitarrero, producen discusiones, sentimientos encontrados y fanaticadas aparentemente opuestas. Ambos surgieron en los 80s y ambos se mantienen vigentes, demostrando con sus carreras que toda esa tendencia a ningunear a la guitarra rockera ultra virtuosa no es más que una actitud que encierra, detrás de su supuesta intención de promover la vanguardia, una irreprimible pose.

Hablamos de Yngwie Malmsteen y Slash. Uno sueco y el otro británico, representan como dije en un párrafo anterior, las dos caras de una misma moneda: la capacidad de convertir una guitarra y un amplificador en armas de destrucción masiva. Mientras que el primero lleva al extremo su formación como músico clásico -amante de Paganini, los compositores barrocos y el folklore de su país- el segundo se convirtió, en menos de una década, en el mejor exponente de esa guitarra callejera, urgente, cargada de explosiva influencia blues pero con una calidad en la ejecución impropia en tiempos en que escuchar hard rock se consideraba un asunto de ancianos.



Cada una de las cientos de notas que Malmsteen es capaz de lanzar por compás parecen haber sido escritas previamente sobre el pentagrama. Quienes lo acusan de "pretencioso", "pecho frío" o "demasiado técnico-demasiado virtuoso", padecen una ceguera muy grave, que les impide apreciar la tremenda complejidad de sus desarrollos instrumentales y el evidente talento artístico que esto exige. Y su presencia escénica -que alcanzó picos míticos entre 1986 y 1992, sus años de oro- no tenía nada de encorsetado ni académico. Desde Ritchie Blackmore hasta Brian May, desde Eddie Van Halen hasta Frank Zappa, todos resuenan corregidos y aumentados en los dedos de este velocísimo guitarrista, y sus álbumes instrumentales son actualmente clásicos de todos los tiempos, que se ubican un peldaño por encima de personajes como Joe Satriani o Steve Vai. Yngwie Malmsteen siempre quiso ser parte de un grupo, pero sencillamente no podía hacerlo. Tenía que ser solista y protagonista pues su habilidad no podía contenerse en el formato común de "primera guitarra" en una banda.



Por su parte,  Saul Hudson -o simplemente Slash- se inscribe en la tradición establecida por gigantes del hard rock y blues como Jimmy Page, Eric Clapton, Jeff Beck, Duane Allman, entre otros. Fue el guitarrista que salvó al hard rock de la desaparición a fines de los ochentas e inicios de los noventas, una desaparición liderada por los sintetizadores, las bandas de glam metal y todos los hijos menores del punk (new wave, gothic rock, etcétera). Aun con la aparición del grunge, la Gibson Les Paul naranja de Slash, reminiscencia inmediata de Led Zeppelin, supo imponerse a fuerza de espectaculares riffs y afilados solos, todos contenidos en los álbumes de Guns 'N Roses en los cuales participó (entre 1986 y 1993). En años posteriores, Slash se convirtió en un solicitado guitarrista de sesiones con una variopinta cartera de clientes y lanzó diversos proyectos solistas, además de fundar Velvet Revolver. En todos estos trabajos, la guitarra de Slash brilla con luz propia, y su sonido es identificable en cualquier contexto.

Yngwie Malmsteen (50) y Slash (48) pertenecen a una generación de guitarristas que han tenido que batallar con la estigmatización del rock y la inevitable atomización de los públicos, debido a una oferta de géneros tan diversificada y a menudo impuesta por los medios de comunicación y las tendencias que privilegian la vacuidad de propuestas musicales esporádicas, condenadas al fácil olvido y el consumo masivo. Y aun así, su talento como artistas y su leal apasionamiento por componer música para guitarras han resistido el paso de los años y la sola mención de sus nombres equivale a hablar de las ligas mayores en cuanto a músicos de rock. Eso los convierte en clásicos.


viernes, 17 de mayo de 2013

YES: INTENSA NOCHE PROGRE EN LIMA


Desde que aparecieron en el ambiente musical, en 1968, Yes dio claras señales de no ser una banda común y corriente. En medio de tendencias anquilosadas para cada década - la psicodelia a fines de los sesenta, el rock duro de los primeros setenta y el punk de los segundos, el pop de estadios y el metal de los ochentas, el grunge de los noventas y el repetitivo post-rock de los 2000s - el quinteto siempre se las arregló para marcar la pauta de un sonido propio y distintivo que, a pesar de encontrarse en los linderos de un género específico (el rock progresivo), conseguía trascender, sobre la base de una destreza instrumental superior a la del promedio, cualquier intento de rotulado. Eso, en sí mismo, constituía una declaración de principios por demás rockera, a contramano de sus críticos - de entonces y de ahora - que suelen tacharlos de pretensiosos y demasiado "académicos" para encajar en la concepción rebelde y anti-todo que se asocia al rock.

Musicalmente hablando, Yes se destacó del resto y muy a su manera, estableció el concepto de lo que debía ser un grupo de rock progresivo, por lo demás un concepto que se expande en la medida de la capacidad creativa e interpretativa de sus principales exponentes. Así, el rock progresivo se presenta como un subgénero del rock básicamente paradójico: elitista, pues no admite la simplicidad y, al mismo tiempo, de límites muy abiertos puesto que, en las mentes y manos correctas, las posibilidades de hacer música compleja y adelantada a su tiempo aumenta de manera exponencial dependiendo de cada grupo. Por eso es tan diversa la paleta de sonidos que, tanto Yes, como los otros grandes nombres del rock progresivo, han producido durante cuatro décadas y que, como comprobamos anoche en el Parque de la Exposición, resiste largamente el paso del tiempo.



EL CONCIERTO

Catorce años después de su primera visita, la banda llegó a Lima con un show en el que tocan tres álbumes fundamentales de su larga discografía: The Yes album (1971), Close to the edge (1972) y Going for the one (1977), en una ambiciosa gira por Latinoamérica y Estados Unidos. Esta gira, intuyo, ha sido programada para presentar en sociedad al nuevo vocalista del quinteto, Jon Davison, un cantante norteamericano que apenas se unió a la banda durante el 2012. Como todos los seguidores de Yes sabemos, en el 2011 se lanzó al mercado Fly from here, vigésimo álbum en estudio, grabado con Benoit David como vocalista, en reemplazo del fundador Jon Anderson, quien se había separado por motivos de salud. Curiosamente, David abandonó la banda poco después, también por problemas físicos y, casi de la nada, apareció Davison a completar el cuadro, convirtiéndose en el cuarto vocalista de la historia del grupo. 

Poco antes de las 9:00pm, el marco del Parque de la Exposición no podía ser mejor: el auditorio, que debe haber albergado a no más de 10,000 personas, lucía repleto y en la atmósfera se respiraba la expectativa de los conocedores. Todos estábamos advertidos de qué iba el show: tres álbumes tocados íntegramente, de principio a fin y en orden. Lo que no sabíamos era cuál abría el show. Luego de unos cuantos minutos de espera, las luces se apagaron y una serie de imágenes de las épocas doradas del grupo, combinadas con las carátulas de los discos, fotos de sus conciertos por todo el mundo y una extraordinaria música de fondo acompañó la aparición de los cinco músicos quienes, entre aplausos, tomaron sus instrumentos con parsimonia. El viaje astral estaba por empezar.

Close to the edge, And you and I y Siberian Khatru abrieron el espectacular derroche de virtuosismo que estos maestros nos brindaron anoche. Casi cuarenta minutos de uno de los discos capitales de la movida progresiva de los 70s (el cuarto en la carrera de Yes), en versiones más prolijas e impresionantes arreglos, que no hacen más que aumentar el impacto que producen. Luego siguieron Going for the one, Turn of the century, Parallels, Wonderous stories y Awaken, del octavo álbum de la banda, que marcó el límite entre el Yes místico y los primeros coqueteos con un sonido más accesible. La tercera y última parte fue para The Yes album, y sus clásicos Yours is no disgrace, Clap, Starship trooper, I've seen all good people, A venture y Perpetual change. Este disco, el tercero de su discografía es, sin dudas, uno de los favoritos del público. Cada pasaje instrumental en cualquiera de estas tres producciones discográficas parece extraído de una dimensión mágica, sobrenatural. Cuarenta años antes de la llamada "nueva era", esa combinación de teclados, bajos retumbantes y guitarras multifacéticas alternadas con bouzoukis y mandolinas ya presagiaban hacia donde iba la música, independientemente de membretes encorsetados y tendencias programadas con fines comerciales. No conformes con este despliegue de musicalidad, el quinteto nos regaló un bonus track: la poderosa Roundabout, tema emblemático de Fragile (1972), otra joya del progresivo británico.



LOS MÚSICOS DE YES: TALENTO A TIEMPO COMPLETO

STEVE HOWE (guitarras, coros): la increíble versatilidad de este guitarrista de 66 años es impresionante. Desde rápidos ataques rockeros hasta finos arreglos clásicos, desde las reminiscencias de country heredadas de Chet Atkins (y perfeccionadas al máximo) hasta ese toque en octavas de pura raigambre jazzística, Howe hace realidad el sueño de cualquier aspirante a guitarrista: ser capaz de llenar cada segundo del espectro musical con notas precisas y claras. Su arsenal de instrumentos incluye mandolinas, bouzoukis, guitarras acústicas, Fender eléctricas y la imponente steel guitar con la que decora cada pasaje instrumental elevándolo a la estratósfera. Un genio que ingresó a la banda en 1970 y le cambió la cara por completo y que sigue asombrándonos con su toque único. Momentos clave: el solo de steel en And you and I, todo en Yours is no disgrace y particularmente, Clap (hubiera dado lo que sea para que la tocara dos veces). El solo final de Starship trooper fue sencillamente apoteósico.

CHRIS SQUIRE (bajos, coros): la columna vertebral de Yes. Hay personas que no pueden faltar en una banda y ese es el caso de este portentoso bajista, el único integrante de la banda que ha estado presente desde su fundación. El tono profundo y la distorsión aplicada a sus clásicos instrumentos Rickenbacker son parte fundamental del sonido del quinteto. Y su presencia escénica se mantiene inalterable a pesar de que luce un tremendo sobrepeso, tan diferente a como se veía en los lejanos 70s. La naturalidad con la que acomete su función rítmica y la capacidad para entrar y salir de las líneas melódicas lo han convertido en una leyenda viva del bajo. Momentos clave: las armonías vocales en Awaken, Wonderous stories y Yours is no disgrace. El bajo de tres mástiles en Awaken en los que combina afinaciones y efectos. La intro a la última sección de Starship trooper, en la cual se pasea delante del público llenando el aire con largas y profundas notas graves, que parecen capaces de hacer estallar el escenario.

ALAN WHITE (batería): cuando llegó a la banda en 1973, con la difícil misión de reemplazar a Bill Bruford en las baquetas, White ya había demostrado su potencia rockera como miembro de The Plastic Ono Band de John Lennon. Y mientras Bruford se convirtió en un aventurero baterista con tendencial trabajo individual - en paralelo a su trabajo con King Crimson - White se hizo miembro estable de Yes hasta la actualidad, imponiendo su sentido del ritmo y su pulso vital inconfundible. Hoy, armado de baterías electrónicas, le pega con menos fuerza pero mantiene los tiempos de una forma sorprendente, tomando en cuenta que ninguna de las canciones de los tres álbumes interpretados anoche están escritas y arregladas en tiempos únicos. Lo que hace Alan White con la batería no es convencional, es casi como si estuviera pulsando las teclas de un piano, instrumento que, dicho sea de paso, también toca. Momento clave: la intro de Yours is no disgrace, el final apoteósico de And you and I y la sección media de Roundabout.



GEOFF DOWNES (teclados): Yes ha tenido seis tecladistas. De todos ellos, el más recordado es Rick Wakeman. Pero Downes tiene su propia historia con el grupo y con el rock progresivo en general. Antes de reemplazar a Wakeman para la grabación del álbum Drama, Downes (y su socio Trevor Horn) se habían hecho famosos gracias al tema Video killed the radio star, que grabaron juntos como The Buggles. Después de Drama - que contuvo dos clásicos de Yes, Tempus fugit e Into the lens - Geoff Downes participó en la formación del supergrupo Asia junto a Steve Howe, John Wetton y Carl Palmer. Tres décadas después de su primer paso por Yes, Downes fue convocado nuevamente, esta vez para reemplazar al hijo de Rick Wakeman, Oliver, y participó en las grabaciones de la última placa del quinteto, Fly from here. Momentos clave: Close to the edge, Turn on the century y la sección media de Wonderous stories. Un grande de los teclados.

JON DAVISON (voz): la sorpresa de la noche. El timbre de voz de Anderson, que parecía casi irreproducible (tanto Trevor Horn como Benoit David intentaron copiarlo sin éxito), es replicado prácticamente a la perfección por el nuevo vocalista. Pero el parecido no se limita al aspecto vocal. Davison se asemeja físicamente al Anderson del período 1973-1977, sus desplazamientos en el escenario son bastante similares y para colmo, se llama también Jon y su apellido puede relacionarse al del mítico vocalista y compositor. Además, demostró suficiente carisma para no pasar desapercibido por tener detrás suyo a tremendos músicos, y se metió al público al bolsillo desde el principio del show. Momentos clave: Going for the one, I've seen all good people y Roundabout.

viernes, 3 de mayo de 2013

R.I.P. JEFF HANNEMAN (1964-2013)


El mundo del metal está de luto: Jeffrey John Hanneman, guitarrista y fundador de Slayer, falleció ayer a los 49 años, de una grave enfermedad hepática. Hanneman, de estilo feroz y extremadamente técnico - aunque aseguró siempre haber aprendido solo a tocar - fue además compositor de temas clásicos del período más creativo y oscuro del cuarteto que formó en 1981 junto a Kerry King: Die by the sword, Mandatory suicide, South of heaven, Seasons in the abyss, War ensemble, Raining blood, Angel of death, entre otros. Sus solos, considerados como salvajemente caóticos y de genio retorcido, marcaron el sonido a menudo cacofónico, que caracteriza a su banda. Lamentablemente, Jeff Hanneman no pudo estar con Slayer en su única visita a Lima, pues ya para entonces (año 2011), su salud lo había obligado a retirarse, en ese entonces se creía que temporalmente, de las giras. Su lugar fue ocupado por Gary Holt, guitarrista de Exodus, viejo camarada de los años dorados del thrash norteamericano. Hoy se reconoce su peso e influencia en el mundo del género metalero. Su actitud en escenario, sus letras influenciadas por su afición a la imaginería nazi (su padre fue soldado en la Segunda Guerra Mundial), y su inagotable energía estarán ahora en el lugar donde otros grandes músicos descansan... Esta versión de Angel of death (del recordado disco Reign in blood de 1986) es del DVD War at the warfield


 

lunes, 22 de abril de 2013

SILVIO: GRACIAS POR TANTA MÚSICA


Con Silvio sucede lo mismo que sucede con Vargas Llosa: cuando habla de política se transforma en un ser humano tan falible como usted o como yo y es mejor no tomarlo tan en cuenta. Como ocurre con las ficciones y comentarios de arte de nuestro Premio Nobel, las declaraciones políticas del trovador cubano no son impedimento para maravillarse con sus arpegios y golpes de acorde completo en la guitarra, con sus canciones-poemas que se aplican a cualquiera de las etapas de la vida, el amor y la lucha por la justicia social, con su facilidad para expresar en tres o cuatro minutos toda clase de sentimientos. Cuando yo escuchaba a Silvio, siendo adolescente, las imágenes e historias de Ernesto "Che" Guevara no eran de mi desagrado. Y hoy, aunque reconozco que en Cuba hay una dictadura, no puedo dejar de sentir envidia ajena cuando veo los altos niveles en educación, deporte, cultura, etc., que Cuba posee y que mi país, con todas las libertades y libertinajes que defiende a sangre y fuego, no es capaz siquiera de replicar en porcentajes mínimos. Y que de ese entramado sociocultural surgiera también alguien como Silvio Rodríguez, acaso el cantautor en español más talentoso y profundo de todos los tiempos.

Anoche, casi al final de su concierto en el Estadio Monumental de Lima, Silvio dedicó su canción El necio a Nicolás Maduro. Desde afuera se escucharon algunas rechiflas en medio de los aplausos y, aunque considero que ese Maduro es un Pedro Picapiedra impresentable, confieso que me dio gusto esa actitud provocadora, por parte de un artista que lo ha visto y soportado todo, a los 66 años de edad. Silvio sabe que no todas las personas que fueron a verlo en primera fila estarían de acuerdo con sus posturas políticas, muchas de ellas anacrónicas y ultra socialistas (sabe también que para muchos jóvenes actuales esa es una mala palabra) y sin embargo, lanzó esa provocación sin dar mayores explicaciones, en una absoluta muestra de consecuencia que muchos otros artistas no pueden exhibir actualmente. El problema es que Silvio comete un grave error al asociar su prestigio y conocida consecuencia a un personaje como Nicolás Maduro, que no exhibe ni los brillos ni el carisma ni las buenas intenciones del artista. Eso, en lugar de elevar la figura de ese politicastro venezolano, hace descender al gran poeta a territorios de la desinformación y el sectarismo ingenuo. 

El necio, que es en realidad una canción que habla de él mismo, como artista y trovador comprometido con la intransigencia y convencido de que es esa cualidad la que le provee independencia para decir lo que le dé la gana, viene dedicándola a personajes y autoridades con los que ha expresado abiertas afinidades, a contramano del pensamiento mayoritario, oficial, de derechas. Ya en Bolivia se la había dedicado a Evo Morales y si Hugo Chávez hubiera estado vivo, no haría falta ser "un nigromante o un ruiseñor" como diría el cubano, para adivinar a quién se la hubiese dedicado en Venezuela. Este tema, perteneciente al primer volúmen de la trilogía acústica Silvio (1992), Rodríguez (1994) y Domínguez (1996), fue uno de los tantos himnos de la Trova (que ya hace tiempo dejó de ser nueva para convertirse en clásica) que el consumado poeta y guitarrista interpretó ayer, en noche de luna llena, ante casi 10 mil personas.



No llegué a ingresar al recinto pues las entradas se habían agotado, pero todo lugar es preciso para escuchar estas eternas canciones que nos remiten - por lo menos a mí - a aquellas épocas en que la poesía era necesaria para sostener la endeble armazón de la personalidad cuando uno es más joven. Todo melómano que se respete debe haberse sentido elevado al escuchar álbumes como Al final de este viaje (1978), Mujeres, Rabo de nube (ambos de 1979), entre otros, cargados de musicalidad y emoción lírica, más allá de las evidentes connotaciones en defensa de la revolución cubana, un asunto que también muchos defendimos sobre la base de su ideario inicial. Y aunque sea inevitable, cada vez que uno menciona a Silvio, enredarse en este tema tan polarizante y casi tabú entre la sociedad caníbal neoliberal, cuya principal arma es un Blackberry de última generación y sus cuarteles generales se ubican en oficinas con aire acondicionado, discotecas en el sur y restaurantes sushi-bar-lounge-marca Perú, trataré de referirme únicamente a lo que escuché - a lo que escuchamos - desde afuera, sentados sobre la acera. Una noche especial, una noche romántica, una noche de música y poesía al aire libre.

Algunos temas desconocidos, pertenecientes a su última placa discográfica titulada Segunda cita, como acabo de corroborar por Internet, en la línea melódica que caracteriza al Silvio de mediados de los 90s hacia adelante, iniciaron el recital de reencuentro entre el trovador y su público, tras siete años de ausencia. Acompañado por Trovarroco, un grupo de cinco músicos en el que destaca su esposa Niurka Gonzáles en la flauta y clarinete, el maestro intercaló estas novedades con algunas gemas clásicas que sacó de su chistera, todas enmarcadas en elegantes arpegios de guitarra clara: Días y flores, El mayor, Canción del elegido, Mujeres, Quién fuera, La maza, La era está pariendo un corazón. Un intermedio musical que combinó melodías de Beethoven con el son Chan Chan de Compay Segundo fue el pretexto perfecto para que sus músicos se lucieran.


La discografía de Silvio Rodríguez es el ABC de lo que fue el movimiento de la nueva trova latinoamericana, hoy reducida a lo que pueda hacer este señor, en medio de los escarceos cómicos de la dupla Serrat-Sabina, las baladas noveleras de Milanés y los medianos aportes del mexicano Fernando Delgadillo. La noche llegó a su fin con una secuencia de lo que en el argot de la industria discográfica llamaríamos "éxitos": Ojalá, Te doy una canción, Playa Girón, Pequeña serenata diurna, Sueño con serpientes y Unicornio, todas entonadas a voz en cuello por el emocionado público, que supo encajar el golpe de la referencia al sucesor de Chávez en Venezuela. Aunque Silvio posee desde hace décadas, un público cautivo en el que coinciden desde políticos hasta artistas, desde profesionales en sus cincuentas hasta jóvenes universitarios, fue inevitable percibir, en ciertos conspicuos representantes de "la gentita" - esos infiltrados que siempre están en todos los conciertos, en primera fila porque les alcanza el sueldo y que se dedican a tomarse fotos en lugar de disfrutar de la música en vivo - la incomodidad que les produjo aquello.

Luego de un breve descanso, Silvio subió de nuevo al escenario para culminar el concierto con una rotunda joya de los trípticos, lanzados en 1984: Ángel para un final. Ante tanto talento solo puede uno decir: ¡Gracias Silvio por tanta música!

martes, 26 de marzo de 2013

PRELUDIO No. 1

Este tema es un reto... el dramatismo romántico al prncipio y la alegría de la sección  media son marcas registradas de la obra del brasileño Heitor Villa-lobos (1887-1959), aquí interpretada por el español Andrés Segovia (1893-1987)... el Preludio No. 1 (1940) es una de las piezas para guitarra más bonitas que he escuchado...