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lunes, 22 de enero de 2018

CRÍTICA A LA VISITA DEL PAPA FRANCISCO


La visita del Papa Francisco puede (y debe) ser criticada desde tres niveles:

El primero tiene que ver con el evidente y descarado aprovechamiento que políticos cuestionados como el presidente, su entorno más cercano y otros actores de la cotidianeidad noticiosa -Keiko, congresistas de diversos y coloridos pelajes- han realizado de este acontecimiento, de innegable importancia dada la naturaleza del personaje, líder de la Iglesia Católica y Jefe de Estado del Vaticano, un micro-estado de enorme poder político-económico e influencia social a nivel mundial. 

El caso más patético es, como siempre, el de PPK, a quien solo le faltó disfrazarse de monaguillo para que el baño de popularidad le salpique alguito y lave, de manera epidérmica, la mugre de la que aun no puede deshacerse. Todo parece indicar que ni el mega convocante Papa será capaz de exorcizar al mandatario de los bailecitos de los fantasmas de Odebrecht y la vacancia que lo rondan como bíblicos ángeles de la muerte. 

En segundo lugar queda Keiko, ataviada con su kit papal, en medio del terral de Las Palmas, esperando, disforzadisima ella y su esposo, la bendición del Sumo Pontífice quien, bromista y bonachón, conversó con inicuas autoridades de Lima, Trujillo y Madre de Dios, llevando al extremo la noción de la tolerancia en tiempos en que la corrupción merecería ser arrasada, a palos, como hiciera Jesucristo con los mercaderes.

El segundo nivel es el de la irracionalidad de las masas enardecidas por esta visita, que responden de forma irreflexiva y, en muchos casos (no me aventuraría a decir que en todos para evitar la generalización siempre presta a error), sin saber exactamente de qué se trata el llamado de una supuesta fe que a lo largo de los años se ha convertido en poco menos que una moda superficial. 

Es difícil pensar que sea posible hacer entender a las multitudes que se abalanzaron a ver, aunque sea unos cuantos segundos, al Papa Francisco mientras pasaba por calles y avenidas de diversos distritos, o los gentíos congregados en la playa trujillana de Huanchaco o en la base militar limeña de Las Palmas, que no se trata de pegar gritos -como si estuviesen mirando al último artista de sus preferencias-, ni tampoco de hacer contacto visual aunque sea por milésimas de segundo, o tocar con las yemas de los dedos esa inmaculada sotana blanca para que tu vida cambie, tu enfermo cure, tu tristeza se esfume. Se trata, por el contrario, de ser más respetuosos y solidarios, de cuidar el medio ambiente, de proteger al prójimo. 

El Papa Francisco no es Jesucristo, es un ser humano, un señor muy amable que representa a la Iglesia, aquella institución que fuera establecida por Jesús de Nazaret hace 2018 años y que, más allá del respeto que le tengamos a entrañables símbolos instalados desde nuestra formación católica-apostólica-romana, y que así como tiene aciertos tiene también errores, algunos de ellos muy grandes. Y que así como puede influenciar positivamente en la gente también puede cometer delitos execrables que terminan destruyendo familias y vidas de niños y niñas.

La muchedumbre enloquecía con cada aparición del Papa y sus palabras, todas muy cuidadosamente escogidas y de innegable valor como discurso de paz, de amor y de unidad entre seres humanos, se perdían entre los alaridos destemplados y esa atmósfera de concierto que le daba a cada homilía o salida al balcón una apariencia extremadamente superficial y desenfocada.

Hasta ahí, nada entra en la responsabilidad misma del obispo argentino Jorge Mario Bergoglio, un intelectual de la teología que sabe además caer bien, consciente del inmenso poder de convocatoria que posee. No le corresponde a él moderar la algarabía de esta población que siente sobre sus hombros una responsabilidad de seguir siendo "la más creyente de Latinoamérica después de México" pero que, en su quehacer cotidiano, demuestra haber caído en un hondo vacío de espiritualidad, una suerte de Sodoma y Gomorra con varios becerros de oro que saltan como monos en la televisión -Esto Es Guerra y Combate- y una creciente tolerancia a los actos corruptos de los gobernantes y las clases dirigentes de turno, cuando no indiferencia e incluso complicidad a la espera de un puesto de trabajo, una dádiva, un pelo del lobo que esquilman desde sus altos cargos y oficinas. Tampoco es responsable -por lo menos es lo que se cree- de la actitud -entregada, objetiva o frontalmente opuesta- de la prensa acreditada para estar pendiente de todos sus pasos y acciones.

Pero entonces surge el tercer nivel de crítica, el más grave: La alta posibilidad de que, en nombre de continuar con la postura intransigente de encubrimiento a aquellos malos -malditos- elementos del clero que siguen perpetrando actos aberrantes de acoso y abuso sexual y de poder, perjudicando a niños y niñas alrededor del mundo, usando como coartada para cometer sus crímenes esa situación de ventaja que tiene el sacerdote-guía espiritual sobre la feligresía humilde y ávida de consuelo, de protección; digo, en nombre de seguir con eso, el Papa Francisco habría preparado un discurso bonito y lanzado disculpas masivas, quejidos de dolor frente a las atrocidades para luego, a renglón seguido, desautorizar a víctimas de violación que han demostrado plenamente sus situaciones. 

Ocurrió en Chile con la cortante respuesta y agresiva mirada que el Papa lanzó, apenas durante unos cuantos segundos, a la prensa chilena que se atrevió a preguntarle por un obispo, Juan Barros, que a pesar de haber sido señalado como cómplice y tapadera de un asqueroso y comprobado violador durante años, lo acompañó en su reciente paso por Santiago, previo a los tres días de epifanía y baño popular que los peruanos, tan desinformados y creyentes, le regalamos.

Es más, también habría ocurrido algo similar en Trujillo, donde un obispo perteneciente al Sodalicio también lo acompañó en sus actividades norteñas, a vista y paciencia de todos. La denuncia, ampliamente documentada en los artículos y posts del periodista peruano Pedro Salinas -el más notorio investigador del caso Sodalicio que sigue remeciendo al clero peruano- pasó desapercibida para los medios de comunicación de señal abierta, quienes no abandonaron el publicitado #ModoPapa ni siquiera frente a estas noticias de vibrante actualidad. 

Con esa postura mediática, que practica a la perfección aquello de invisibilizar y desaparecer las cosas con solo no nombrarlas, los canales de televisión convierten a las redes sociales -siempre de menor llegada a pesar de su auge- en un terreno de refugio para los quejosos e inconformes, reduciendo sus aportes a la información a simples rabietas que la masa jamás entendería siquiera. 

Lo cual nos lleva a identificar un cuarto nivel de crítica: la actuación de los medios de comunicación masiva peruanos, que abdican a su función de informar desde todos los ángulos de la noticia para limitarse a ser caja de resonancia del mensaje oficial, lo cual lejos de contribuir a que la opinión pública saque conclusiones y lecciones de los hechos, permanezca dócil y débil, vulnerable frente a las estrategias de dominación que se ejercen desde la política, desde la publicidad, desde la religión.


martes, 10 de octubre de 2017

PERÚ AL MUNDIAL: UN SUEÑO QUE PUEDE CONVERTIRSE EN PESADILLA


Casi nunca escribo sobre fútbol. Y no es porque no me guste sino porque, como me ocurre con la música, también desprecio las expresiones modernas del "deporte rey" al punto de no ser capaz de rescatar casi nada de esta nueva forma de entender este negocio que antes fuera un juego que, de niño, se convirtió en una de mis pasiones.

Desde que tengo uso de razón, me recuerdo a mí mismo coleccionando las noticias sobre los campeonatos locales, los suplementos en los que se detallaba tabla de posiciones, de goleadores. Cada vez que empezaba una Copa América o una Libertadores, usaba las últimas páginas de mis cuadernos de matemáticas (los cuadriculados) para armar mis cuadros de estadísticas. 

Veía los partidos con ojo atento, lapicero a la mano y cuaderno abierto para apuntar todo: alineaciones (cuidando escrupulosamente anotar apellido, nombre y número de camiseta de cada jugador), entrenadores, árbitros y jueces de línea, tarjetas amarillas y rojas, penales y goles, y los minutos en los que ocurrían. Nombres de estadios y horas de partidos. Todo. Aquella sana fiebre futbolera me dominó entre los 8 y los 13 años de edad. Y también jugaba. 

En el barrio, durante las vacaciones de colegio, hacíamos maratones de fulbito, que iban desde las 7 de la mañana hasta que nos diera la luz natural, y a veces más. Mis problemas de visión no fueron impedimento para aprender a jugar, digamos que más o menos (había compañeros mucho mejores que yo, sin duda). Me defendía, en fulbito de cemento o cancha grande (parques, uno que otro estadio). Siempre en la mitad de la cancha. Nunca de defensa ni de delantero. Ni de arquero.

En el colegio, aunque no destaqué tanto pues había una "camarilla" de peloteros que monopolizaba todo -además, al ser uno de los chancones, una nube de prejuicio se elevó siempre sobre mi cabeza- de vez en cuando hice también lo mío.

Coleccionaba los álbumes de cada mundial (hasta ahora trato de hacerlo, en secreto, pero las obligaciones de la vida adulta ya no me dejan tiempo ni plata para llenarlos) y, a solas en mi casa, cuando mi papá y mi mamá salían, yo corría por toda la casa detrás de una pelota hecha de medias viejas y era, a la vez, arquero, defensas, volantes y delanteros de dos equipos. Tenía no uno, sino veintiún amigos imaginarios, sin contar al público y los periodistas que hablaban de todos nosotros al día siguiente.

Pertenezco a la generación que recuerda con detalle -y sin necesidad de "googlear" salvo para confirmar algún dato caprichosamente oculto en el disco duro cerebral- los últimos procesos de eliminatorias que realmente valen la pena, hablando de selecciones peruanas, por supuesto: el de 1982 y el de 1986.

En el primero, las legendarias victorias a Uruguay y Colombia. El baile de Eduardo Malásquez al defensa uruguayo en la esquina izquierda. El gol de cabeza de Gerónimo "Patrulla" Barbadillo ante Colombia. La campaña en la que el equipo del brasileño Elba de Padua Lima "Tim" le ganó a la Francia de Platini y jugó con tra equipos tan diversos como Hungría, Argelia o el entonces famoso equipo norteamericano Cosmos, en la temida cancha de tartán. El accidente y muerte de Roberto "Cucurucho" Rojas. La tríada mágica de Velásquez, Cueto y Uribe, el mejor mediocampo del fútbol peruano en la romántica década de los ochenta. La salida en hombros de Héctor Chumpitaz.

En el segundo, la marca asfixiante que Luis Reyna, un jugador "de medio pelo" identificado con el Sporting Cristal, le hizo a Diego Armando Maradona, en su mejor momento, en el Nacional. La salvaje falta de Camino a un jovencísimo Franco Navarro en el Monumental de River, en el partido de vuelta. El gol de Gareca con empujón de Pasculli a Chirinos. El angustiante repechaje contra Chile y las críticas al arquero Eusebio Acasuzo.

A España '82 fuimos y regresamos canasteados por la poderosa selección polaca, en la que brillaban Boniek, Smolarek y Lato. A México '86 no llegamos, por poquito. A partir de entonces comenzaron los fracasos, la gitanería, la irregularidad, los ídolos de barro, «los cuatro fantásticos», las pendejadas con bataclanas, la asociación maloliente de jugadores de fútbol con borracheras, salsa cubana, vedettes, raros peinados y reggaetón.

El encanallamiento que sufrió la política y los medios de comunicación en el Perú, cortesía del preso y posible indultado Alberto Fujimori, también pudrió a mi amado fútbol. Dejé de ver el Descentralizado y comencé a despotricar contra el fútbol peruano.

El Canal 7 dejó de transmitir los alucinantes campeonatos locales de Argentina (el Apertura-Clausura original), Italia (el calcio) y Alemania (la Bundesliga), de los cuales también hacía cuadros estadísticos, listas de nombres y resultados y vi tremendos y electrizantes partidazos que se quedaron para siempre en mi memoria. 

Por eso me he mantenido cínico y desconfiado, con un ojo abierto y otro cerrado, frente a esta posibilidad de que Perú clasifique al Mundial de Rusia, que hoy es una realidad palpable y no un sencillo y mañoso cálculo de matemáticas forzadas.

Los vendedores de humo (y de camisetas bamba) siguen ahí, exacerbando y distrayendo a las masas que alguna publicidad oportunista ha denominado "los que siempre estuvieron allí". Pero es innegable que ahora sí, después de muchos años, estamos "en un tris", como decían los comentaristas ochenteros, de clasificar, toda una vida después, a la justa futbolera más importante del mundo.

Sin embargo sigo sin compartir esa ilusión desmedida, ese afán por deificar a estos jóvenes muchachos que vienen trabajando con relativa seriedad y gracias a ello -y a varios golpes de suerte también-, en el último tramo, han conseguido revertir una nueva e inminente, hasta hace algunas fechas, eliminación. En los ochenta lo raro era quedar fuera. Hoy somos la sorpresa, el golpe.

Si mañana se da el cruce de resultados necesario, la Selección Peruana de Fútbol habrá clasificado al Mundial Rusia 2018. Y si en ese cruce está incluido el triunfo ante Colombia, será una clasificación épica, inédita para quienes vivirán esa experiencia por primera vez. Pero el sueño puede convertirse en pesadilla.

Y no porque Perú no clasifique finalmente, ya que de una u otra forma estamos todos acostumbrados a ello. Sería, después de todo, una vez más, con la diferencia, en todo caso, de que la forma como se ha llegado a estas instancias, al ser diferente a las anteriores, marca la expectativa de un nuevo comienzo a la cual debe seguir un trabajo más serio y responsable, con los más viejos retirándose dignamente (Guerrero, Rodríguez, Carrillo) y los más jóvenes concentrándose y no dejándose engatusar por las mieles de la fama, con miras al Mundial de Qatar, dentro de cinco años. 

Este sueño puede convertirse en pesadilla precisamente si Perú clasifica al Mundial Rusia 2018. Porque entonces se darán las condiciones para que todos aquellos zamarros que están buscando distraer a la población para hacer de las suyas tendrán la puerta abierta en medio de las caravanas y bocinazos, las multitudes alcoholizadas y envueltas en camisetas blanquirrojas compradas en Gamarra o en Saga Falabella, dando tumbos en la Calle de las Pizzas y en los mega malls del Cono Norte, los titulares disforzados de la prensa cada vez más parecida a una esquina de barrio que a un panel de profesionales y comunicadores que busquen orientar a la opinión pública. Y así, patriotas y todo, habrá camionetas chocadas en la Costa Verde, tráficos infernales en todos los distritos, peleas callejeras, peperas que harán su agosto bolsiqueando a barristas en el clímax de la celebración y políticos corruptos tomándose fotos con la selección, gastando plata en homenajes y declarando feriados no laborables, recuperables para el sector privado.

Pero lo peor que puede ocurrir si Perú clasifica a Rusia 2018 es que Ricardo Gareca, el verdadero artífice de este sueño-pesadilla termine cediendo a la presión y al lobby mediático que Claudio Pizarro, ese oportunista que fracasó todas las veces que pudo con la selección nacional, ya viene haciendo desde ahora, con periodistas y hasta colegas jugadores que declaran a favor de que "regrese", y termine convocándolo con el pretexto ese de que se trata de "un referente" para los más jóvenes. Y entonces, si Pizarro se cuela al Mundial, la tan esperada clasificación se convertirá en el triunfo de la conchudez, la angurria y la injusticia. Estaremos atentos para tratar de evitar ese maltrato a una joven selección que merece disfrutar de la gloria sin la intromisión de un tipo que representa lo peor de esa tradición de derrotas que ellos están ayudando a dejar atrás.

martes, 25 de julio de 2017

¿POR QUÉ DON CÉSAR? ¿POR QUÉ?


Cuando en las redes sociales leí, el viernes antes del mediodía, que en la última edición de la revista semanal Hildebrandt en sus Trece se había publicado una columna de Kenji Fujimori, pensé que se trataba de una broma de Nicolás Yerovi. Luego, como todos los viernes, la compré pero no fue sino hasta llegar a casa por la noche que decidí revisarla y me di con la desagradable sorpresa. Victoria pírrica se titula el texto en el que el “Benjamín de los Fujimori” da cuenta de múltiples agradecimientos, algunos esforzadamente irónicos, a todos los congresistas de Fuerza Popular que participaron en la accidentada sesión que terminó con su suspensión de 60 días. El texto indigna pero no por aburrido y monotemático sino por haber sido publicado en el único medio escrito que vale la pena leerse desde hace cinco o seis años. 

¿Por qué se habrá prestado a esto el periodista más independiente y rebelde que tenemos? Sus fieles lectores merecemos una explicación, sobre todo quienes hemos apoyado su publicación desde el principio, a costa de miradas de soslayo, burlas veladas y opiniones desaprobatorias ante tal demostración de lealtad, reflejada en el ritual desembolso de cinco soles semanales, en estos tiempos en los que ya no se puede confiar en nadie. 

El solo hecho de imaginar a César Hildebrandt o a su esposa/editora Rebeca Diz –responsables de todo lo que se publica y se deja de publicar en la revista- conversando en persona o a través de emisarios, cara a cara o intercambiando correos, para coordinar cuestiones de espacio, cantidad de palabras, tono de la columna, entre otros detalles más o menos comunes en esto del columnaje ad honorem, produce sinceras e inexplicables arcadas. 

Y no es que tratemos de ser “más papistas que el papa”. Después de todo, Hildebrandt es el director todopoderoso de su semanario y ninguno de nosotros, acólitos y aspirantes permanentes a desarrollar su prosa, claridad de pensamiento y agudeza para la crítica, tendría la capacidad de enmendarle la plana en cualquier otro caso. Pero, en términos de coherencia y credibilidad, darle una columna a Kenji Fujimori es como si se la hubiera dado a Alan García. 

Sobre todo cuando uno lee con detenimiento los textos de Hildebrandt respecto del fujimorismo, cuyo líder tramó su asesinato en el (no tan) recordado Plan Bermuda, urdido por Montesinos para “bajárselo” por incómodo. Incluso en la edición en la que aparece Kenji, don César sigue atacando sin contemplaciones la farsa que vienen montando, cuidadosamente, los hijos de Alberto Fujimori, ese sainete que se inició en la última votación presidencial, en la cual el hermano “bueno y sensible” no asistió a las urnas a apoyar a la hermana “mala y dura” y que hoy enfrenta a dos facciones –keikistas versus kenjistas- en un pugilato sobreactuado que los medios convencionales reseñan con preocupación ante las todavía lejanas elecciones del Bicentenario. 

El semanario que César Hildebrandt dirige desde el año 2011 se convirtió, desde su primer número, en el único medio decidido a llamar las cosas por su nombre, y dio suficientes pruebas de no casarse con nadie. Y el periodista, mil veces expectorado de la televisión por llevar ese estilo hasta las últimas consecuencias, ha marcado la pauta en el periodismo de investigación del siglo 21 en el Perú con diversos destapes durante el gobierno de Humala y el primer año de PPK, que fueron recogidos por la prensa concentrada y los noticieros televisivos en varias ocasiones. 

Quizás esté pecando de ingenuo pero, a estas alturas del partido y después de haber leído tanto sus columnas (desde las que van en serio hasta las que hacen uso de finas ironías y ficticias contradicciones), es inconcebible que el periodista que clama por la refundación de la república, la fumigación venenosa como única forma de deshacernos de la peste corrupta, y que sueña con un levantamiento de inexistentes juventudes cultileídas, revolucionarias e íntegras, sea el mismo que termine ofreciendo un espacio a una de las más grandes vergüenzas/fallas de nuestra historia política reciente: un joven sin oficio ni beneficio (como su hermana) que ha disfrutado de una vida opulenta –aun cuando haya quienes consideren que su niñez debe haber sido traumática en medio de ladrones, asesinos y operaciones clandestinas- gracias a los millones que su padre le robó al país, que ya lleva dos periodos siendo “el congresista más votado” por las masas de pobres a los que Fuerza Popular compra con regalos de campaña año tras año, y que hoy se perfila como insólito prospecto de presidente, sin ser capaz de escribir una columna medianamente interesante y cuyo mayor logro político es haberse construido una imagen “lúdica” a través de graciosos pero inútiles diseños caricaturescos que apelan a la vacuidad y el escapismo de las redes sociales y la subcultura de los superhéroes de cómics y personajes de ciencia ficción. ¿Dónde quedó el idealismo de la palabra bien escrita, de las opiniones que pueden ser opuestas pero jamás carentes de argumentos sólidos y bien enunciados, de las narraciones cargadas de criterio humanista, visión histórica, profundidad reflexiva, matices psicológicos y cultura? 

Una potencial explicación vendría por el lado de la pluralidad pero de solo pensar en ella se cae por ingenua. Porque vamos, seamos francos. Se puede ser plural con quien piensa distinto por supuesto. Pero no cabe –y menos desde la óptica hildebrandtiana- compartir la mesa, o las páginas, con alguien que representa el latrocinio, la traición, la absoluta falta de escrúpulos para mentir y manipular, la insensibilidad frente al sufrimiento de familias enteras (escoja usted: víctimas de Cantuta y Barrios Altos, parientes de fallecidas por infecciones ocasionadas por esterilizaciones mugrosas, padres de militares jóvenes caídos o mutilados en conflictos fronterizos). Es decir, podemos entender y hasta celebrar que, en nombre de esa pluralidad que merece promoverse a toda costa para ampliarle los elementos de juicio al lector, al lado de una columna de Pedro Francke encontremos, echando a volar un poco la imaginación, otra de algún personaje como Roque Benavides o Elmer Cuba pero ¿Kenji? ¿Podemos aceptar que en un semanario en el que se habla de cultura, legalidad, respeto al estado de derecho y tantas otras abstracciones inexistentes en este país, firme una columna el hijo de Alberto Fujimori? 

Ni siquiera la posibilidad de que Hildebrandt haya decidido publicar a Kenji para clavarle un par de banderillas cargadas de cicuta a Keiko tiene cabida. ¿Acaso no se basta él solo para desbaratar las mentiras de los Fujimori, como lo viene haciendo sin tregua desde hace décadas? ¿Cuál es el acuerdo detrás de esta extraña y surrealista colaboración pseudo-periodística? Si Kenji quiere repetir hasta el cansancio esa monserga que parece eslogan marketero -«tender puentes»- tiene a la mano una multitud de periódicos comunes y corrientes que seguramente pondrán a su disposición todo el espacio que le dé la gana para hacer su campaña política hacia el 2021 y seguir inoculándose en el imaginario colectivo desesperanzado –ese que jamás sabe cuál será el mal menor- que se combina con las multitudes embrutecidas que lo adoran y consideran el sucesor natural de “El Chino”, preso en la Diroes y actor protagónico en esta coreográfica pelea fraterna que tiene más de Pinky y Cerebro que de Huáscar y Atahualpa. 

En Hildebrandt en sus Trece he devorado, con delectación, textos escritos por maestros como Jesús Silva Herzog, Noam Chomsky, Juan Manuel Robles, Francisco Durand, y el mismo director del semanario, sobre actualidad política, cultural y social; así como importantes reflexiones del pasado como las de Manuel González Prada, Miguel Grau, Oscar Wilde, Gabriel García Márquez, Jorge Basadre, Pablo Neruda y muchos otros, rescatados del olvido por César Hildebrandt, en lo que constituye un esfuerzo valioso por recuperar el periodismo para quien disfruta de la buena lectura, placer para una minoría cada vez más pequeña. Leer a Kenji Fujimori en esas mismas páginas es como si, tras escuchar las sinfonías de Beethoven en la paz de una habitación casi en penumbras irrumpiera, con sus huachafos colores y sus simiescos danzantes, una tanda de comerciales de la campaña “Fin de cebada” de Cerveza Cristal o una comparsa de personajes de Al fondo hay sitio, Asu mare, De vuelta al barrio y chicos reality, todos juntos y envueltos en una página color naranja. 

Quizás su buen amigo y frecuente entrevistador Glatzer Tuesta, ahora con programa propio (No hay derecho en el portal Ideele Radio) consiga alguna respuesta a la pregunta que hasta ahora no desaparece de mi cabeza: “¿Por qué, don César? ¿Por qué?”

domingo, 31 de julio de 2016

CAMBIO DE MANDO 2016: ALGUNAS REFLEXIONES


Antes que nada, hay que decirlo con todas sus letras: Lo mejor de este proceso electoral ha sido que Keiko Fujimori no haya llegado al poder. Hubiera sido lamentable y triste para un país como el nuestro, tan golpeado por la pobreza extrema, la ignorancia, la delincuencia y tantos otros vicios sociales, que una mujer como ella, hipócrita, mentirosa y asociada de forma innegable con la peor y más corrupta generación de políticos de la historia reciente del Perú, se hubiera encumbrado sin merecimiento alguno, aupada al poder máximo por un 34-35% de peruanos embrutecidos y enfrentados con todo lo que suene a solidaridad, decencia y respeto por la legalidad. 

La derrota de Keiko Fujimori es un triunfo de los estudiantes, de las múltiples minorías que, unidas, formaron una sólida oposición ante ese vendaval de imposturas, mascaradas producidas en reuniones de alto nivel lideradas por aceitosos asesores de imagen que hoy, presas de la frustración, se han caído y han mostrado, de manera impúdica, su verdadero rostro, el de la política de la chaveta y el cabe, la piconería insultante e irrespetuosa, la comprobación monolítica de que les importa un pepino el futuro del país y que lo único que desean es sentirse poderosos e indestructibles, para hacer lo que les diera la gana con la población a la que no se cansan de manipular.

Pedro Pablo Kuczynski -es necesario que todos aprendamos a deletrear y escribir este apellido correctamente ya que lo veremos todo el tiempo en los próximos cinco años- es ahora Presidente del Perú y, vale la pena recordarlo, lo ha conseguido gracias a esa oposición, asqueada de solo imaginar a la hija de Alberto Fujimori saliéndose con la suya, con lo que muchos analistas denominaron en su momento "votos prestados". El mío fue uno de ellos. Presté mi voto a favor de Kuczynski para cortarle el camino a Keiko, y nunca estuve convencido de que PPK fuese un buen candidato. Su perfil empresarial, su actitud excesivamente bromista y fingida, sus mohínes de coqueteo con la chacota populachera y su previo apoyo a quien le tocó ahora enfrentar en la Segunda Vuelta, me generaron permanente duda. No fue mi opción en la Primera Vuelta. Y voté por él sin esperanza, en la Segunda, pensando en una sola cosa -desbarrancar a Keiko- y en que nos tocarían cinco años más de saludos a la bandera.

Una de las cosas que más me he venido preguntando, a solas y en mi círculo más cercano, desde que se definió que Fuerza Popular y Peruanos Por el Kambio pasaban al ballotage final de junio, ha sido en qué momento Pedro Pablo Kuczynski iba a desprenderse de esa imagen pública medio cómica que había construido -con respuestas impredecibles y, a veces, hasta totalmente inapropiadas como lo de la "perra vida", bailecitos junto a "estrellas" de farándula y cuyes gigantes de dunlopillo- para dar paso al estadista, al hombre experimentado y bien conectado a nivel mundial que es, más allá de que represente una actitud política y económica diametralmente opuesta a los idearios de izquierda que, en nuestro país, se asocian más a la justicia y la equidad, para asumir el liderazgo que muchos le han venido reclamando a lo largo de su campaña y que ha llegado ya el momento de asumir frente al cargo que más de la mitad de peruanos le hemos concedido.

Y, luego de escuchar su primer Mensaje a la Nación, cargado de conceptos principistas y de generalidades a las que nadie podría oponerse en su sano juicio, con la excepción -que no debe dejar de hacerse a pesar de que sea tan obvia- de la miasma vomitiva fujimorista que, por supuesto, carece de sano juicio, me da la impresión de que está comenzando a aparecer esa catadura de profesional serio, abierto a todas las ideas que confluyan en el objetivo común de mejorar al Perú, que exhibe niveles de conocimiento, cultura, experiencia y relaciones con el mundo diferentes -ya el diario El País ha dicho que se trata de un presidente "atípico" para un país como el nuestro- de lo que normalmente nos ha tocado en suerte, por lo que una brisa de entusiasmo y optimismo llega a sentirse en los rostros de muchos votantes que, en el momento de la Segunda Vuelta, no podrían haber dicho que su apoyo a PPK era confiado y seguro. Salvo por el factor de evitar que Keiko se hiciera de la presidencia, las posibilidades de Kuczynski de despertar esperanzas en la población que votó por él eran nulas.

Sin embargo, es menester no dejarse llevar por las primeras apariencias -la sonrisa abierta, el mensaje que congrega a la unidad, los llamados a sectores sociales de toda laya, la familia estable y funcional- y evitar caer en una obnubilación general ya que, después de todo, esto recién está comenzando y hay cosas que ya son factibles de ser cuestionadas. Por ejemplo, la conformación de un gabinete 100% orientado al sector empresarial, con personajes asociados a grandes corporaciones -Backus, Macroconsult, Confiep- y universidades privadas que viven conectadas a ese sector -PUCP, la Pacífico, UPC- cuyo tránsito entre el Estado y el mundo privado está definido por la famosa "puerta giratoria" en la que también pasan de entrada y salida múltiples intereses particulares, la mayor parte de veces desligados de los intereses nacionales y de esa mayoría expectante de peruanos que necesita atención directa del Estado; ha encendido las alertas de los analistas más críticos, y colisiona un poco con los grandes anhelos fundamentales de cercanía al pobre y reducción de brechas económicas y sociales que marcaron el Mensaje a la Nación del pasado 28 de julio. 

Kuczynski está tratando de convencer a una buena parte del Perú para quienes su rostro, apellido, familia directa y pasado empresarial y extranjero son totalmente ajenos y desconocidos, que es un amante del Perú, que reposa sus ideales presidencialistas en consejos que recoge del pasado y del legado de políticos peruanistas como Fernando Belaúnde y de las enseñanzas de su padre, un médico europeo afincado en Iquitos. Y no será una tarea fácil. Por eso está manteniendo ciertos atisbos de ese personaje campechano, criollo, bromista y de agudeza popular: baila y rompe el protocolo de su paso marcial hacia Palacio de Gobierno, baila en la escalinata provocando la risa del edecán, baila mientras ve a una pareja de policías disfrutando con talento de una peruanísima Valicha. Sonríe y no se deja impresionar por las majaderías de la Presidenta del Congreso y de los 73 fujimoristas desleales y traidores a la Patria que, cumpliendo las consignas de su despechada lideresa, hacen gala de sus bajezas y no son capaces de hacerlas a un lado ni siquiera para aparentar que la Fiesta Nacional los conmueve. No hay nada que aplaudir dicen. Ni siquiera que es el cumpleaños 195 del Perú.

Más allá del mensaje de Kuczynski, emotivo en contenido aunque dicho de manera protocolar y ligeramente fría, no hay que perder de vista que el Congreso está tomado por esa gavilla de Becerriles, Salaverrys, Salgados, Chacones, Tubinos, Alcortas y Galarretas que, imbuidos de la matonería encanallada de la que son serviles escuderos, han comenzado a petardear al nuevo Gobierno incluso desde antes de empezar sus funciones, y que no lo dejarán de hacer en los próximos cinco años. También es cierto que, como la lealtad no es necesariamente un rasgo de su personalidad -sobre todo de los "invitados"- que ese número puede reducirse a los pocos años, ofreciendo equilibrio a lo que ahora parece tan desproporcionado en el Poder Legislativo.

Los análisis post-28 han estado, por una parte, enfocados a dejar de lado los ataques y concentrarse en "los intereses nacionales", en afanes de consolidación de la democracia y de ser políticamente correctos, diplomáticos en extremo. Por otro lado, los más acuciosos ponen su énfasis en esa dificultad representada por la presencia mayoritaria congresal de ese virus naranja que parece imposible de erradicarse. Por ende, lo declarativo y emocional de las Fiestas Patrias irá dando paso a la realidad cotidiana: la prensa adicta al fujimorismo, los negocios que giren en torno a los nuevos ministros, las amistades peligrosas que empezarán a dar vueltas alrededor de los poderes Ejecutivo y Legislativo. En suma, la política peruana retomará su espacio, perdido por un breve tiempo frente a la algarabía que produce el feriado largo, las tradiciones y ritos asociados a las Fiestas Patrias, el fervor de la ceremonia, las impresiones y comparaciones que se hacen con el Gobierno que ya terminó.

El Perú merece y necesita de esa pequeña dosis de optimismo, pero dependerá de sus nuevos dirigentes políticos -me refiero exclusivamente a Pedro Pablo Kuczynski y su círculo más cercano (su familia, sus vicepresidentes, sus ministros y congresistas) que se mantenga y crezca, sobre la base de resultados que a mediado y largo plazo, se reflejen en mejoras palpables para el maestro, para el policía, para el usuario de la seguridad social, para los padres de jóvenes que estudian y sueñan con oportunidades iguales para todos, para los transeúntes que viven asustados por la latente posibilidad de ser asaltados, baleados, seguidos al salir de un banco, violados y asesinados. En este quinquenio, previo al tan mentado Bicentenario, nos toca estar atentos y preparados porque apenas sea necesario, tendremos que salir nuevamente a las calles a bloquear a Keiko Fujimori y sus ansias personalistas de poder, una amenaza que también nos hará sombra una vez que las aguas vuelvan a su nivel y las noticias diarias se apoderen nuevamente del quehacer del peruano promedio.


jueves, 1 de octubre de 2015

DÍA DEL PERIODISTA: ¿ERES "PERIODISTA" O "COMUNICADOR"?


En estos tiempos en que las plazas más atractivas, desde el punto de vista remunerativo, para un profesional de las comunicaciones son las que tienen que ver con consultorías, asesorías de imagen corporativa, comunicación institucional y demás hierbas, uno se pregunta si realmente hay la suficiente cantidad de periodistas en las calles y oficinas de Lima como para celebrar de manera tan entusiasta “su día”.

Desde hace no tan poco tiempo asistimos a una dicotomía engañosa y un poco amañada, arropada en gruesos paños de aquella ignorancia sutil que casi nadie percibe porque es compartida por la mayoría, según la cual existiría una diferencia sustancial entre ser “comunicador” y ser “periodista”. Esta dicotomía, como digo, mañosa, pretende distinguir una cosa de la otra y, en ambos casos, de ida y vuelta, la distinción se hace para guarecerse de no ser confundido entre una opción y la otra.

El “periodista” se siente superior al “comunicador” porque, en el plano conceptual, tiene un trasfondo, es culto, sabe de todo un poco y de nada en su totalidad, recoge lo mejor de cada experiencia y busca siempre llegar al fondo de las cosas. Por su parte, el “comunicador” afianza su superioridad porque, a diferencia del sesgo politizado y el aura crítica del “periodista”, es más pragmático, tiene olfato para la oportunidad, es ligero de pensamientos, reflexiones y conocimientos pero eficiente en la elaboración de mensajes que, en one, calarán tan hondo que cualquier cosa que recomiende será un éxito, un golazo. Los “periodistas” critican, investigan y analizan todo. Los “comunicadores” facilitan el proceso de entendimiento entre unos y otros, asesoran a los peces gordos, entretienen al público, lanzan sloganes, ganan elecciones.

Y este cara/sello, este bifrontismo en el que la profesión que nos convoca a todos los que sentimos pasión por escribir y desentrañar misterios, que nos iguala a quienes crecimos leyendo crónicas escritas desde una Remington o una Olivetti con quienes se dedican a hacer copy-paste de casi todo; en suma, esta doble cara se da a ambos espectros del ejercicio moderno de las Ciencias de la Comunicación, así, con mayúsculas, como los Cursos de Extensión de la San Martín: Se lo espetó Philip Butters (el “comunicador”) a Marco Sifuentes (el “periodista”) en el sonado caso de las acusaciones por mermelería que el primero le hiciera al segundo, al aire y a gritos. Se lo reprocha Magaly Medina (la “periodista”) a Laura Bozzo (la “comunicadora”) creyendo que así diferencia su basura localista de aquella que difunde con ventilador industrial la nefasta animadora afincada en México. Y el resultado es siempre el mismo: “no me digas nada porque tú no eres …” Completen el espacio en blanco con cualquiera de los dos sustantivos y la ecuación será exactamente la misma.

Esta diferenciación tiene, por cierto, un origen conceptual basado en la idea innegable de que la comunicación humana como hecho antropológico es anterior al oficio periodístico. Naturalmente todos los seres humanos tienen la capacidad de comunicarse, esa es una verdad de Perogrullo. Pero eso no significa de ninguna manera que cualquier hijo de vecino se arrogue el título de "comunicador" sólo porque sale a decir lo que se le ocurra y hacer chacota de todo frente a una cámara o un micrófono. Si bien es cierto todo periodista es, primero que nada, un ser humano que se comunica a través de ciertas técnicas, para ser comunicador no sólo basta con saber hablar y ser, entre comillas, carismático.

Sin embargo, la realidad en la que vivimos en el Perú –y me imagino que en otros países del mundo también, aunque no de manera tan descarada como aquí- nos deja claro lo siguiente: cada vez son menos periodistas y comunicadores los que merecen ser felicitados hoy.

El análisis, la profundidad, la absoluta objetividad/subjetividad para investigar y denunciar a todos por igual (cuando lo merecen), el buen decir y escribir -características de todo periodista formado en la tradición de aquella época en la que se estableció esta efeméride- han desaparecido casi por completo de periódicos, canales de televisión y cabinas de radio. Hoy reinan los errores de sintaxis, de ortografía, de cultura general. La ausencia de contenido y criterio para comentar y analizar hechos que la masa siempre ve de manera unidimensional. La incapacidad para desmarcarse del poder y llamar las cosas por su nombre. Todo ese bagaje de influencia social que antaño dio forma a los medios periodísticos, que no contaban con más que sus libretas y lapiceros, máquinas de escribir, grabadoras portátiles, cámaras fotográficas con rollo a revelar y, en muchos casos, su memoria y capacidad literaria para cerrar a medianoche sus historias, darles cuerpo y hacerlas atractivas al lector, es ahora una preocupante y cada vez más pequeña minoría. Y en los medios tecnológicos vigentes (el periodismo digital, los blogs y páginas web, las redes sociales), la crisis va por el mismo rumbo.

Y por la otra acera las cosas no andan muy bien que digamos. El mercado de puestos de trabajo ha convertido a los pocos comunicadores con formación profesional en meros empleados (como asesores de marketing político, jefes de prensa de instituciones públicas, publicistas de poco escrúpulo, cortas luces y múltiples ambiciones) al servicio del poder –político o económico o ambos-; las nuevas tendencias de las relaciones laborales han creado toda una generación de charlatanes que se dedican a mentir y crear expectativas falsas en masas de jóvenes desempleados (los famosos motivadores o consultores de coaching y manejo de la personalidad orientado a la búsqueda del empleo maravilloso que te sacará de la línea de pobreza); mientras que el permanente e indetenible enmierdamiento de la industria del espectáculo (la vulgar y huachafa farándula) ha hecho surgir a una avalancha agresiva, hedionda y cenagosa de nuevos "comunicadores" que destrozan el idioma, entierran los valores y pisotean todo lo que amenace con ser educativo, culturoso o simplemente útil con sus sintaxis simiescas y sus aspectos de barra brava combinada con delincuentes de toda laya, capaces de todo para que el rating no decaiga.

Los “coleguitas” en todos los medios de comunicación convencionales se saludan entre sí y estoy seguro de que cada uno de ellos, en sus fueros internos, reconoce con una claridad mucho mayor de la que serían capaces de aceptar en público que este no es su día. Porque no leen. Porque escriben mal hasta los subtítulos de tres líneas que lanzan al pie de pantalla anunciando los próximos destapes de fin de semana. Porque hacen del condicional –“habría”, “estaría”, “podría”, “presunto culpable”- una forma de vida y discurso. Porque comunican sin saber pensar. Porque apañan a corruptos por temor –o por complicidad. Porque firman facturas por servicios profesionales de todo tipo (conducción de eventos, asesorías, talleres, media training) que después les impide hacer señalamientos, comprarse pleitos y viven, por ello, de espaldas al sufrimiento de la gente de a pie.

El periodismo sigue existiendo por supuesto. Y todavía hay en calles y plazas, en redacciones y oficinas, periodistas que son también comunicadores, comunicadores que son también periodistas, capaces de mantenerse firmes en la persecución de los valores que los inspiraron a estudiar y ejercer, desde las páginas independientes de un periódico o blog que pocos leen, desde las oficinas de imagen de instituciones con orientación hacia cuestiones sociales o solidarias, esa profesión que, en su momento, también ejercieron Vargas Llosa y García Márquez, Fallaci y Kapuscinsky, Wiener y Martínez Morosini. Porque en un comienzo ser periodista y ser comunicador no eran cosas distintas.

Hubo un tiempo en que ser periodista y salir a comunicar cosas era estar comprometido con las causas de la gente común. Hubo un tiempo en que el público sentía que el periodista defendería sus intereses, daría espacio a sus denuncias, no cuestionaría sus dudas y quejas nacidas del hambre y no del cálculo político. Hubo un tiempo en que el comunicador buscaba transmitir diversión y cultura al mismo tiempo y no entregarse al hedonismo facilista de la vulgaridad rentable, esa que va encanallando a niños y niñas, adolescentes que hoy sueñan con ser prostitutas/diosas (ellas) y delincuentes/forzudos (ellos) porque eso les asegurará salir en la televisión, ganar dinero y pasar de ser nada a firmar autógrafos de la noche a la mañana, literalmente sin saber leer ni escribir ni entender nada de lo que pasa ni en el mundo ni en el país ni en la esquina de su barrio ni en la puerta de su casa ni en su propia cabeza.

Porque cada vez hay menos periodistas que los ayuden a salir de esa oscuridad y porque los llamados "líderes de opinión" operan, a veces de forma sutil y taimada, a veces de forma abierta y descarada, para que las cosas sigan así. Eso se siente, se huele en cada programa de noticias, en cada columna que defiende al establishment hasta en las situaciones en que son más evidentes sus efectos negativos y contrarios la población, contra el medio ambiente, contra la decencia.

Y después se sorprenden de ver cómo un estudiante universitario confunde a Abimael Guzmán con Gabriel García Márquez. Basta ver cuántas veces a la semana aparecen estos personajes en los reportajes de la prensa convencional (escrita, radial, televisiva y virtual) como para saber de dónde proviene tanta ignorancia. ¿Pasaría lo mismo si les muestran una fotografía de alguna de esas bataclanas o payasos, de esos animadores o guerreros/combatientes juan que salen todos los días a todas horas en todas partes? Adivinen la respuesta.

jueves, 4 de junio de 2015

LOS NUEVOS MODELOS A SEGUIR DE LA JUVENTUD PERUANA: CORRUPTOS, SICARIOS, NARCOS Y "VEDETTES"



Hace 30 o 40 años atrás -es decir, hace relativamente poco tiempo- las grandes concentraciones de jóvenes se producían por asuntos relacionados con la conquista de derechos, desde mejoras educativas hasta libertad para escuchar buena música gratis. Mayo del 68 en París (Francia), Woodstock un año después en New York (EE.UU.), fueron movimientos esencialmente juveniles, a los cuales se adherían adultos pensantes, escritores, directores de cine o maestros de escuela y universidad, que estimulaban esas manifestaciones nacidas del ímpetu e idealismo propios de esa etapa de la vida, pero que se enriquecían con lecturas, cine de calidad, inspiración en el arte, la filosofía y la política del pasado. Y sus hermanos menores, niños y adolescentes, se nutrían de estos movimientos, ya sea que vivieran en las ciudades donde se llevaban a cabo, o que se enteraran de ello a través de las noticias que llegaban a través de la prensa, la radio o la incipiente y mágica televisión.

De alguna manera, esto sigue ocurriendo, en este siglo 21 cuya segunda década va ya por la mitad, en prácticamente todo el mundo: ahí están los movimientos en Madrid (España) o en Wall Street (EE.UU.), la Primavera Árabe en El Cairo (Egipto), las marchas estudiantiles en Iguala (México), Quito (Ecuador) o Santiago (Chile). En prácticamente todo el mundo, menos en mi país, Perú. En mi país, los jóvenes salen a las calles para buscar una oportunidad de que los acepten en un programa de televisión, que les ofrece como máximo premio un viaje de promoción a alguna playa de moda del Caribe, all included -o acá nomás a Máncora- para que puedan despatarrarse y juerguearse para celebrar que ya acabaron el colegio. No importa si pasaron con las justas. Tampoco si, en la competencia, deban someterse a las humillaciones y burlas que el equipo de producción y los socarrones conductores preparan, con habilidad casi psicópata. Lo que importa es salir en la tele y ganarse el viajecito que ni sus padres ni sus colegios empobrecidos pueden costear.

Hace 30 o 40 años, también, los políticos corruptos eran despreciados por el común de la gente, aun cuando detentaran el poder y se mostraran pulcros, bien vestidos y mejor hablados. Y se sabía que, quienes se atrevían a dorarles la píldora, era porque en algo se habían beneficiado o en camino de beneficiarse de sus actividades oscuras. Hoy, las juventudes pensantes, que van a las universidades privadas más caras del Perú, se erigen como defensores "ilustrados" de los personajes más corruptos que ha conocido nuestra historia reciente sobre la base de la poca, incompleta y manipulada información que reciben de los medios de comunicación, donde periodistas que fungen de relacionistas públicos y asesores de imagen a sueldo y con expectativas de sus "honorarios de éxito" (un contrato de menor cuantía, presencia permanente en eventos y ágapes de sociales), les dan a estos ladrones y asesinos contumaces, tribunas y columnas, entrevistas y condecoraciones, mientras se preparan para tentar nuevamente los cargos que les sirvieron para enriquecerse sin trabajar.

Asimismo, hace tres o cuatro décadas no había ninguna duda respecto de qué cosa era un narcotraficante y no importaba cuántos carros deportivos de lujo, fiestas o casas tuviera, seguía siendo un delincuente y la condena social era inmediata, surgía con naturalidad. Hoy, desde reporteros hasta gente de la calle muestran una velada -y a veces no tan velada- admiración por esperpentos miserables, asesinos inescrupulosos, a quienes envidian secretamente sus lujos y placeres, pasándose por alto todos los crímenes que han cometido y la permanente falsedad que los rodea. Es sintomático que al último de estos fanfarrones, capaces de vanagloriarse de cargar pistolas y bailar con ellas en señal de poder, los periodistas insistan en llamarlo "Tony Montana", como si esa mención a aquel personaje ficticio, uno de los más despreciables del cine dedicado a la mafia, lo hiciera más cercano al público, cuando no deberían tenerle la más mínima consideración. ¿Miedo a llamar las cosas por su nombre o fascinación por aquello que identifican como una vida intense que ellos jamás podrán tener?

Nuestra juventud ya no sabe distinguir la diferencia entre lo que debe hacer, aunque sea a regañadientes (estudiar) para asegurar su futuro; y aquello que solo debería ocupar su tiempo los fines de semana y los meses de vacaciones. Hoy la diversión es su máxima aspiración, y los programas "concurso" de la televisión de señal abierta se encargan de dársela sin descanso, de luens a viernes, a veces desde las 7.30 de la mañana, horas en que deberían estar tratando de entender lo que leen. 

Ellos, los adolescentes de hoy, sueñan con ser Claudio Pizarro o Gerald Oropeza, con inflarse los brazos como Nicola Porcella y ser carismático como Jesús Alzamora o Adolfo Aguilar. Sus modelos de comportamiento son el patán ignorante y fortachón; el conchudo con plata, caballos y carta blanca para ser considerado ídolo del deporte nacional sin haber ganado un solo torneo en su vida con la camiseta peruana; o de exhibir su poder levantando una pistola con el cuerpo inclinado para atrás (como los raperos pe' batería), con un par de arañas en taco aguja y zapatos de plataforma, lo suficientemente cabeza huecas para aceptar el maltrato que viene acompañado de un buen carro, trago y drogas por montones.

Y ellas, las pobres, deliran por cómo tiene el pelo Melissa Loza, se desmayan cuando un tipo que no les daría ni la mano por la calle, por miedo de contagiarse de algo, aceptan ser su "chambelaine" en la fiesta de 15 años, temática, por $ 2,000 y sueñan con salir sin ropa en alguna revista de papel couché y que les digan "vedettes", "bailarinas", "anfitrionas". Sus modelos de comportamiento incluyen una absoluta carencia de respeto por sí mismas, practicar el exhibicionismo sin límites para hacerse famosas y ser "solicitadas" como "animadoras de eventos" y exponer sus miserias -y las miserias de los medios familiares de los que provienen- en cuanto programa los reciba, por dinero. Miserias que van desde la explotación de su intimidad hasta el manoseo virtual de sus nombres e imágenes.

Mientras todo esto pasa, los expertos de educación de mi país se solazan escuchándose a sí mismos, conversando sin parar sobre estadísticas, comportamientos históricos de la escuela rural y demás cosas, muy interesantes en sí mismas, pero que no sirven para atacar el problema de raíz...



sábado, 28 de febrero de 2015

MARCHA CONTRA LA TELEBASURA: VIERNES 27 DE FEBRERO DE 2015


Siempre que, por algún motivo, tengo que pasar por el frontis de Frecuencia Latina, en la Av. San Felipe, me quedo mirando las colosales gigantografías en vinilo plastificado con las sonrisas congeladas de esas estúpidas y vulgares estrellas de la televisión (Huarcayo, Schwarz, Galdós, Peluchín, Medina) o los rostros fingidamente serios y culifruncidos de los periodistas líderes de opinion (Lúcar, Mariátegui, Delta, Ortiz) y me imagino, como en esas series de dibujos animados, bajando desde arriba y rasgándolas con una supergillette ardiendo en fuego, ante la mirada absorta de los transeúntes. Otras veces alucino que les prendo fuego, pero desde abajo, y esas gigantescas impresiones colapsan haciéndose cenizas. Algunos me aplauden y vitorean mi nombre. Otros me insultan, pero son los menos. Luego, el claxon de buque de alguna combi que quiere pasarse la luz roja en Salaverry me devuelve a la realidad y pienso, por enésima vez, que soñar no cuesta nada.

Pero anoche, parte de ese sueño recurrente se hizo realidad palpable, se convirtió en fotografía y vídeo que habrán de circular, todo este fin de semana, por las redes sociales que apoyaron esta histórica marcha contra la telebasura, aun cuando los medios convencionales, de forma unánime, ya están descalificándola por "los actos de vandalismo que la empañaron" y lamentan los atentados contra la propiedad privada, muestran las fotos que más convienen a sus propósitos informativos, inevitablemente sesgados por el obvio interés que tienen las áreas de prensa de estos canales para que las cosas se mantengan como están y que sigan empeorando, en beneficio de sus sueldos corporativos, y se ponen de lado (y de costado, para que no sea tan evidente) de los que nos agreden a diario, no con indignadas marchas, insultos o consignas, pero sí con el estiércol en cantidades industriales que esparcen a toda hora, sin descanso, de lunes a domingo.

La marcha de anoche estuvo amparada en bases sólidas de indignación ciudadana que exige el cumplimiento de una ley que todos se saltan con garrocha, incluido el mamotreto ese de comunicado emitido por la Sociedad Nacional de Radio y Televisión-SNRTV, que asegura, respaldada por los anunciantes asociados -sí, los mismos que financian las producciones más excrementicias de las programaciones de los canales Frecuencia Latina (2), América TV (4) y ATV (9)- en el que ratifican que sus asociados la cumplen escrupulosamente y los que no (no menciona quiénes), son sancionados "pecuniariamente". Sí, claro. Y yo soy australiano y toco perfectamente el didgeridoo.

Los informes de la prensa aliada de los peluchines, las magalys, los guerreros y las combatientes hablan de "casi 2 mil manifestantes". A mí me parecieron más. Quizás 4 o 5 mil, en su enorme mayoría jóvenes, que cercaron los bunkers televisivos, con harta protección policial, por ambos lados de las avenidas en las que se ubican, cohesionados y firmes, con la irreverencia y energía propias de su edad, expresando su sentir y recibiendo apoyo desde balcones, puertas y ventanas, de padres de familia que los felicitaban y trataban de acompañar con palmas las consignas menos agresivas como "vecino, escucha y únete a la lucha", que se intercalaban con otras más viscerales, lanzadas a voz en cuello por coros de chicos y chicas que, en el camino, sonreían con la ilusión de estar dando a conocer su opinión, la misma que trata de ser ninguneada por ese esperpento de saco-y-corbata llamado Eric Jürgensen, con una frase que lo pinta de cuerpo entero: "fueron solo unos 700 que no pueden decidir lo que millones quieren ver". Ese tipejo, que se forra los bolsillos con el dinero que ingresa a las arcas del canal gracias al rating que le dan esos millones, tuvo el cinismo hace unas semanas de decir que su canal "hace television blanca". ¿Comparada con qué? ¿con la industria pornográfica norteamericana, tal vez?

En ese sentido, la marcha ha sido histórica. Porque con su éxito pone sobre el tapete, de manera altisonante, un tema que los negociantes de estercolero como Jürgensen desean que no se debata, que no se reflexione: la basura que se transmite en los canales de señal abierta no tiene aceptación general y hay una cantidad, nada despreciable, de estudiantes y profesionales que sienten y comparten el asco al verse expuestos a estos programas que nos son impuestos por el poder económico de un rating que mide cantidad, pero no calidad de público. La camaradería, el sentido de pertenencia, el verse rodeado de cientos de personas que piensan como tú, que están unidas luchando porque sus voces sean oídas, constituye una reserva moral que no escatima en esa creatividad nacida de la indignación, y que no se ahorra palabras de grueso calibre para llamar a las cosas por su nombre. Los acartonados que no dicen lisuras ante cámaras pero glosan las procacidades que hacen otros, desde sus noticieros, y hacen resúmenes y entrevistan, en sus segmentos de espectáculo farandulero, a los payasos y payasas que conforman los elencos de esos basuralicios programas de competencia, se escandalizan y señalan con el dedo. Mueven la cabeza de lado a lado, en señal de desaprobación. Y a renglón seguido, anuncian a los sentenciados del día siguiente, el regreso de Johanna San Miguel, el destape en la discoteca VIP del Callao.

Lo lamentable no fueron los "actos vandálicos" ni "los ataques personales" de los que hablan en la web de El Comercio, que se explican tanto como se puede explicar la reacción de una persona de bien cuando ve que han bloqueado la puerta de su casa con montañas de desperdicios orgánicos en avanzado estado de putrefacción. Lo lamentable fue ver, en la azotea del local infranqueable de Frecuencia Latina, a unos cuantos operarios del canal (gente que trabaja en producción, asistentes de cámaras, secretarias, segundones de todo tipo) que, desde la altura y la oscuridad, se burlaban de los miles de jóvenes que estaban abajo, bailando al ritmo de las consignas, agitando los brazos, lanzando besitos volados y saludando a la distancia, en una horrible metáfora de la dominación que se da desde estos medios de comunicación masiva, parapetada en muros de cobardía y anonimato. Lo más curioso es que esos burlones -que recibieron sus respectivos cánticos en respuesta- defienden a un sistema que ahora les paga un buen sueldo, que les alcanza para sentirse parte de la maquinaria, pero que cuando se canse de ellos, los sacará con una sonora y dolorosa patada en el trasero. Quizás ese día decidan participar de la siguiente marcha. Total, sus caras no se veían desde la pista y nadie los reconocerá en medio de las pancartas, los megáfonos y los frontales "hijos de puta" que, anoche, iban dirigidos a ellos.



domingo, 21 de diciembre de 2014

NAVIDAD 2014: LA ESPERANZA CONVERTIDA EN UN ACTO EGOÍSTA


Desde hace años decidí, desde mi libre albedrío adulto, que para mí la Navidad necesita trascender toda doctrina religiosa, dogma de fe y comprobación científica para mantener intacta su capacidad de ilusionarme como me ilusiona, casi de la misma manera en que lo hacía cuando fui niño y creí en Papá Noel o cuando fui adolescente y comencé a cuestionar todo lo que me enseñaba la Iglesia Católica desde los altares, las aulas escolares o la mesa familiar.

Esto significa que si mañana, en una revista científica especializada japonesa anunciaran que, tras décadas de excavaciones arqueológicas, investigaciones documentarias, procedimientos computarizados y revelaciones psíquicas, quedara absolutamente demostrado que Jesucristo no existió -y que por ende, no habría 24-25 de diciembre qué celebrar- yo seguiría emocionándome con el verdadero sentido de la Navidad, frase que en ese contexto imaginario y extremo tendría que escribirse entre comillas.

Con este mecanismo de defensa, elaborado casi en clave de ciencia ficción, protejo mi estado de ánimo en estas épocas de fin de año de los zarpazos con que la realidad lo ataca a cada microsegundo para demostrarme que el ser humano, esa especie a la que pertenecemos todos y que, según los textos bíblicos, Jesús vino a redimir hace 2014 años, abandonando su "zona de comfort" -como diría cualquier marketero entrenado por Arellano, ese nuevo y falso gurú de las frases hechas- para tratar de enseñarnos, con el ejemplo, que la humildad y la rebeldía son las dos caras de una misma moneda: la de la integridad, el respeto al prójimo, la sana conviviencia y la espiritualidad por encima del materialismo que hoy nos domina.

Y es que las tentaciones que incitan a uno a botar toda esa ilusión por el desagüe son muchas y de muy variadas fuentes. Aquí solo algunas de ellas:

La comprobación cotidiana de que para las "estrellas de la televisión" y "líderes de opinión" la Navidad se reduce a un spot de 40 segundos, sobreactuado y sobreproducido, en el que hombres y mujeres, jóvenes y viejos, periodistas y payasos faranduleros, intercambian regalos posando para las cámaras en un set de grabación, lucen contritos y reflexivos delante de un nacimiento y lanzan mensajes navideños durante todo diciembre para después, los once meses restantes, esparcir basura mañana, tarde y noche; es suficiente para descorazonar hasta al más entusiasta.

Otro ejemplo: Hace unos días me comentaron que un conocido empresario farandulero de apellido Diez Canseco, llevó toneladas de juguetes y donaciones a los pacientes niños de un hospital de salud pública, acompañado de la gavilla de mujerzuelas que desfilan para beneplácito salivesco de todos esos viejos resinosos y bien vestidos que van a comer en los locales de su cadena Rústica. Es decir, exponiendo a niños humildes a espectáculos exhibicionistas y procaces, y a las reacciones morbosas que se deben haber generado entre doctores, personal administrativo y quién sabe hasta el mismo director del hospital de marras. Me los puedo imaginar... "a ver, a ver, una fotito con las chicas... ayayayyyyyy". Eso ya ni siquiera puede considerarse relativismo, sino sinvergüencería pura y dura.

La solidaridad, el bien común, la buena vecindad son instituciones subjetivas que han desaparecido del lenguaje conductual en el Perú: desde el tráfico enloquecedor con sus claxons de buque capaces de hacerles perder el equilibrio a señoras de la tercera edad, tocados tanto por microbuseros, taxistas y señoritos de lentes oscuros y cabezas rapadas montados en sus bonitas camionetas compradas a plazos; las leyes escritas para favorecer a empresarios de ambición ilimitada que miran con desprecio a los trabajadores antiguos y empiezan a maltratar a los nuevos desde antes que ingresen a su primer empleo, que son defendidas por uñas y dientes por los politicastros incapaces de ver más allá de sus narices, urgidos como están de satisfacer sus propios afanes de enriquecimiento, poder y supuesto status. El caso más flagrante de esto es el de la Primera Dama que nunca fue nada, ni en su universidad ni en su desempeño profesional antes de llegar al gobierno y ahora se siente reina tuerta en este país de ciegos.

Las programaciones televisivas, apañadas por los dueños de canales y empresas anunciantes, que supuran malos ejemplos, antivalores y abiertas vulgaridades los siete días de la semana, en el desayuno, el almuerzo, la cena y la medianoche, creando una nueva generación de peruanos que aceptan, y con agrado, ser discriminados y degradados al papel de vocingleros adoradores de ídolos de carne inflada por esteroides y siliconas, solo porque tienen la piel más clara, y aprenden que ya no importa estudiar porque puedo ser "famoso" de la noche a la mañana; todo conspira contra el sentido de la Navidad, lo aniega y amenaza con hundirlo de forma definitiva.
La corrupción, la informalidad, la impunidad y la indiferencia frente a lo injusto han carcomido todos los ámbitos de nuestra vida: en lo politico, a través de este presidente, su esposa y sus ministros, alcaldes, congresistas y empresarios que viven de ellos; en lo mediático, con una prensa vendida incapaz de señalar a nadie con el dedo, que todo lo dice "en condicional" para proteger a sus amistades y la vigencia de sus contratos publicitarios; y en general, en cada dimensión pública, social, laboral o incluso en los asuntos privados, donde uno posa la mirada, cobra vigencia nuevamente aquella frase de Manuel Gonzáles Prada: "El Perú es un organismo enfermo. Donde se pone el dedo salta la pus".

Pero no solo en el Perú las cosas están así, oscuras y cataclísmicas. Lo ocurrido recientemente en México y Pakistán, las masacres a profesores, estudiantes de educación y alumnos en dos países tan distantes geográficamente, se me presenta ante los ojos como una macabra metáfora de lo poco que le importan al ser humano las cosas buenas que tiene la vida, cuando de por medio están el crimen y el fundamentalismo ideológico. Las ambiciones alimentadas por el narcotráfico, que contaminan a la sociedad entera, y la intransigencia religiosa son capaces de asesinar a mansalva y luego, la complicidad de cadenas internacionales de televisión, gobiernos influyentes y por supuesto, autoridades corruptas y una maquinaria de medios distractivos que nunca deja de funcionar, hacen que el público, la gran masa, aun cuando intuya que las cosas no están nada bien, no siente todo esto como una amenaza a sus propia vida y se entrega al hedonismo sin pausa y el consumo a niveles que lindan con lo irracional.
Esto, que antes solo ocurría en el mundo occidental, poco a poco viene inoculándose en el oriente, otrora reserva espiritual del mundo y cuna de la Navidad, que actualmente también padece de vicios de lo más grotescos y sórdidos. Si a eso le sumamos la destrucción del medio ambiente, tema que también es víctima del reductivismo y la superficialidad oficialista que todo lo comprime en comilonas internacionales, fotos grupales y documentos que no solucionan nada, el espacio para la verdadera Navidad y su tan mentado espíritu se hace cada vez más pequeño.

Por eso es que, con todo esto encima, vivir con ilusión infantil estos tiempos navideños es prácticamente un acto de protesta, una manifestación contracultural, un discurso contra la corriente. Pensar que no todo es recibir regalos, o que el mejor de los regalos sigue siendo la sonrisa, el abrazo, el beso y la lágrima de tus seres queridos, y que no hay cosa más importante en Navidad que estar junto a tu esposa y tus hijos (si los tienes), tus amigos de trabajo o de estudio, sin mayores pretensiones que las de desear lo mejor para ellos, no hacerle daño a nadie, y no perder la oportunidad de hacer algo bueno por alguien, por pequeño que esto sea, sin que nadie se entere de ello, es actualmente tan revolucionario como lo fue en los sesentas aquella imagen colorida de una flor saliendo del cañón de un arma de fuego.

Es cierto que el solo hecho de ensayar una reflexión sobre estas situaciones para compartirla con los demás pueda entenderse como una intención de generar conciencia común y por ende, exprese un atisbo de esperanza en el género humano. Y es cierto, pero no se confundan. En este mundo dominado por los poderosos, los corruptos, los agresivos, los bacanes y los sobones, mantener viva la esperanza es la mayor demostración posible de egoísmo de la que un ser humano es capaz.  











domingo, 12 de octubre de 2014

EL RETORNO DE MAGALY: ¿SE PUEDE CAER MÁS BAJO EN LA TELEVISIÓN PERUANA?


Durante 15 larguísimos años, Magaly Medina lanzó estiércol puro a través de Magaly TeVe, un programa que se inició como una extensión de las agrias columnas que esta mujer intentaba escribir, con sintaxis simiesca, en no sé qué periódico clásico de la primera época de la prensa chicha. En sus inicios, si mal no recuerdo, era un miniespacio dedicado a comentarios, que ella hacía, sobre la televisión y sus principales personajes, avances de novelas, etcétera, como una sección dentro del noticiero del Canal 9, durante 1997. 

Dos años antes, la autodenominada periodista dejó el cómodo anonimato de la prensa escrita al aparecer en un programa llamado Fuego Cruzado -del mismo canal que después la lanzaría al estrellato cholo- criticando duramente a Augusto Ferrando, popular conductor de Trampolín a la Fama y una de las personalidades más conocidas de la televisión peruana, prácticamente desde sus inicios. 

Curiosamente, en aquel "clásico de la televisión nacional", conducido por los periodistas Mariella Balbi y Eduardo Guzmán -hoy apoltronados en RPP y Frecuencia Latina, respectivamente- la futura "Urraca" se erigió como defensora de los pobres y humildes a quienes, según ella, Ferrando humillaba en su sintonizado trampolín. Y lanzaba dardos venenosos contra la incultura en la televisión, la falta de respeto al público y no recuerdo qué otras monsergas que, vistas en retrospectiva, quedan como ramplones disfuerzos para llamar la atención, descargados desde una actitud que, detrás de una careta crítica o aguda, escondía resentimiento y envidia rancias.

En esa década y media de programa farandulero, Magaly Medina se convirtió en una religión para cientos de millones de pobres y desalmados en el Perú entero (mayormente mujeres y homosexuales varones, en todos los ámbitos socioeconómicos y categorías Arellano-style) que, corroídos por la ignorancia -expresada en su ausencia de interés por noticias positivas, programas de calidad y artistas verdaderos- y el afán irracional de creer que la clase se adquiere por tener cosas materiales -dinero, éxito televisivo, carteras de lujo, novios con carro, celulares, ropa de marca, lentes Ray-Ban sobre la cabeza, cirugías, y todo lo demás- entronizaron a la grotesca conductora hasta las más encumbradas alturas de la popularidad chicha.

Y le permitieron crear un imperio que, lamentablemente, hoy se ha extendido hasta dominar círculos sociales y mediáticos que, sin ser la gran cosa en esta Lima huachafa e hipocritona por excelencia, hace apenas 20 años se habrían tapado la nariz de solo escucharla mencionar o verla llegar. Creo que ni en sus mejores sueños y delirios de grandeza, allá en Huacho, la señora Medina puede haber imaginado su foto publicada en las carátulas y secciones sociales de papel couché -como las revistas Cosas, Somos, Ellos y Ellas y así- compartiendo páginas con los corruptos de la política, los empresarios lobbistas de apellido compuesto y los sátrapas sonrientes que llenan Acho cada octubre.

Se dice comúnmente que Magaly TeVe era un "programa de chismes". Sin embargo yo creo que era eso y algo más. Se trató de un contenedor de desechos humanos diario que, bajo las coartadas de la libertad de expresión y el horario para adultos -aunque las 9pm. no es, desde hace décadas, un horario en el que los niños en edad escolar estén precisamente durmiendo- no tuvo límites en su disposición a exponer las degeneraciones, vulgaridades, chabacanerías, delitos encubiertos, carencia de talento, falta de escrúpulos e ignorancias monumentales de toda una generación de hombres y mujeres arribistas, capaces de hacer lo que sea para salir en la televisión. 

Pero no queda ahí. Magaly, personalmente, se encargó de hacerle creer a toda esa masa mentalmente indigente -que no solo está ubicada en los "sectores C, D y E" por si acaso- que esas vulgaridades y groserías eran herramientas de ascenso social, económico y "artístico". Convirtió a las prostitutas en princesas sofisticadas y a los patanes en solteros codiciados. Y convirtió al escándalo callejero de borrachos y borrachas que se pegan frente a las puertas de una discoteca y sus finales de comisaría en noticias de portada, quizás porque casi siempre los protagonistas eran futbolistas, integrantes del elenco de algún programa de televisión, o algo así. Es decir, hizo de los olores a sobaco y pezuña aromas dignos de venderse, como pan caliente, en las tiendas del Centro Comercial Jockey Plaza. Y el rating explotó. Y Canal 9 y sus anunciantes la financiaron. Y lo que es peor, creó escuela.

Todo lo que está pasando actualmente en la televisión nacional -los "segmentos de espectáculos" de Canal 4, Canal 9 y Canal 2, Esto es Guerra, Combate y afines, Amor Amor Amor, Bienvenida la tarde, los "realities", Al fondo hay sitio, Estás en todas y afines- son consecuencia de ese estilo basuralicio que Magaly Medina impuso. Y cuando anunció su retiro de la televisión hace dos años, muchos de ellos tomaron su posta y, decididos a seguir sus enseñanzas, superaron los límites devastadoramente asquerosos que ella había establecido en 15 años y terminaron de convertir a nuestra televisión en el enorme silo sin mantenimiento que es actualmente.

En ese contexto, Magaly Medina regresa a la televisión y, en lugar de aprovechar la oportunidad para rehacer su imagen pública y convencernos de que no es el ser humano monstruoso que algunos pensamos que es, con un desempeño profesional que la muestre como una inteligente y aguda periodista de farándula que ya cruzó la línea de los 50 años y que, por ello, tiene la posibilidad de hacer periodismo ligero, de espectáculos, no digamos que "con clase" pues es evidente y público que no la tiene, pero sí con algo de experiencia -algo que, por ejemplo, su némesis Gisela Valcárcel intenta hacer, sin ningún éxito desde luego- ha salido decidida a revolcarse como chancho en el oscuro lodo que ella ayudó a espesar en esos 15 años previos. 

Con las mismas coartadas -libertad de expresión y horario nocturno- Magaly Medina esparce basura ante la mirada atenta y vacía de millones de peruanas y peruanos que expresan toda la pobreza intelectual, espiritual, emocional y personal de las cuales padecen en sus tweets de felicitación. Son las 8 de la mañana del domingo 12 de octubre y en Frecuencia Latina -la que piensa en grande- están repitiendo, mientras ustedes desayunan con sus hijos, "El Informe Magaly" sobre Milena y Greysy. Y anoche hablaba porquerías, haciendo análisis de desagüe sobre pendejadas con un panel de lujo: Mónica Cabrejos, Guty y Vanessa Terkes, cuyos detalles seguro veremos a la hora del almuerzo. ¿Se puede caer más bajo en la televisión peruana? Cada sábado en la noche, Magaly Medina nos demostrará que sí se puede.

viernes, 11 de octubre de 2013

MICHAEL URTECHO: EL PEOR DE TODOS


Tras el aluvión de evidencias que terminaron en esta sanción preliminar -120 días sin goce de haber y una acusación constitucional por múltiples delitos- el congresista de Solidaridad Nacional, Michael Urtecho, pasará a la historia como el más corrupto entre los corruptos. ¿Por qué? Porque cada una de sus acciones ilegales las habría maquinado no solo con el cinismo y la tranquilidad con las que las ejecutan sus maestros Luis Castañeda o Alan García, sino con la premeditación y alevosía de quien sabe que está provocando la lástima de la gente, la conmiseración por su condición de discapacitado, la idea generalizada de que nada malo podría surgir de un hombre que se encuentra postrado en una silla de ruedas electrónica. Su aura de "ejemplo de superación", conseguida con su llegada al congreso a pesar de padecer de esta atrofia muscular que le impide movilizarse normalmente, fue la coartada, el escudo que lo protegió todo este tiempo.

Hace poco, el sorprendente Papa Francisco I, declaró que así como hay políticos corruptos, médicos corruptos, abogados corruptos, etcétera; también debemos aceptar que hay sacerdotes, obispos, cardenales y papas corruptos. Esa frase debería extenderse ahora, para que alcance a casos como el de Michael Urtecho: a contramano de lo que la generalidad suele pensar, también hay discapacitados corruptos.

Cierto es que este congreso, que está plagado de ladrones, personajes que fabrican sus hojas de vida, tipejos que mantienen negocios de meretricio, lumpenaje, narcotráfico y afines, hace lo mínimo con desaforarlo y acusarlo constitucionalmente, y que por cada Urtecho haciendo de las suyas en los pasos perdidos, habrá decenas de otros que siguen contratando, para funciones congresales fantasmas, a sus empleadas, a sus amantes, a sus cuidaperros o a sus parientes -o a todos juntos- y que esta es, como siempre, una reacción ante el escándalo mediático. Pero cierto es también que los testimonios de los empleados que el trujillano utilizó para sus arreglos son por demás, contundentes.

El tema no da para muchos rollos, más allá de lo que podamos enterarnos a través de la prensa convencional, que ve en el tema solo un motivo más de rating y demolición política y no una cruzada por adecentar esta politiquería pues ella misma se encarga de engrasar los motores de la pulla barata, el chisme de vieja callejonera trasladado al congreso y los discursos huecos, que sirven para llenar pautas insulsas y realizar entrevistas que no sirven para nada en un país que necesita más dedos acusadores y menos sonrisitas Milagros-Leyva-style. Pero me nace una pregunta en medio de todo este alboroto, que nadie ha formulado hasta ahora: si Urtecho es condenado por enriquecimiento ilícito, asociación ilícita para delinquir, o cualquiera de las otras tipificaciones que encajan con sus malas mañas ¿a qué cárcel irá? ¿o saldrá algún "connotado" penalista a decirnos que por su condición médica no puede cumplir encierro o carcelería? 

Si un discapacitado -condición que, de por sí, lamentamos y que no nos complace en absoluto-, es capaz de robar (una actividad que planifica utilizando su cerebro, operativo al 100% como podemos apreciar), también puede ir preso ¿o no?

lunes, 23 de septiembre de 2013

CASOS TOLEDO Y GARCÍA: GRITERÍOS Y SILENCIOS DE LA PRENSA PERUANA


un viejo adagio que "cada pueblo tiene a los gobernantes que merece". En nuestro país, esta fórmula podemos aplicarla, con la misma eficacia, a su selección de fútbol, a sus programas de televisión, a su clase dirigente (política y económica) y por supuesto, a su prensa. Nuestro pueblo -aunque yo prefiero siempre utilizar el término "población", que no tiene la carga demagógica hoy inscrita, a sangre y fuego, en el vocablo "pueblo"- merece el enmierdamiento de su cotidiano andar, de su tráfico insufrible dominado por salvajes (montados, indistintamente, en 4x4, Kias Picanto, micros y combis), de sus futbolistas fracasados a nivel selección y exitosísimos en sus equipos internacionales que les pagan millones de dólares y claro está, de su política y su prensa, que es capaz de quedarse muda en todos los idiomas frente al endiosamiento de corruptos y convertirse, al minuto, en ensordecedora vocería acusadora, dirigida a destruir a todo aquel que apunte a ser competencia de esos corruptos que admiran y catalogan de estadistas.

Esto último podemos ejemplificarlo claramente con las recientes cuitas de nuestra politiquería y el doble rasero de la prensa mercenaria. No es que sorprenda, pues basta con mirar las fotos de cócteles sociales y foros internacionales para entender que la agenda noticiosa y el tono editorial se define a través de las influencias (algunas veces acompañadas de sendos contratos y comisiones testaferreadas), pero sí indigna, porque algunos de nosotros creímos haber aprendido, en las aulas universitarias, que la función del periodista era mostrar una opinión siempre imparcial y siempre alineada al interés público, y no regalar sus espacios, cintillos, reportajes, titulares y columnas -muchas de ellas consideradas como insumo básico para la formación de ese concepto, siempre gaseoso, llamado "opinión pública"- al mejor postor.

Me refiero, específicamente, a los casos, maquiavélicamente paralelos, de Alejandro Toledo Manrique y Alan García Pérez, ambos expresidentes de la república. Toledo, cuyo único paso por Palacio de Gobierno estuvo dominado por sus banalidades -el avión presidencial, sus familiares aconchabados al poder- y sus irresponsabilidades sociales -la negativa a reconocer a su hija Zaraí, sus idas y venidas con Eliane Karp- está siendo investigado por las adquisiciones inmobiliarias millonarias que ha realizado, a través de su suegra y su amigo Yosef Maiman, y que no termina de explicar muy bien. Sus constantes contradicciones y a menudo, crasas mentiras, lo han puesto en el ojo de una tormenta mediática inmisericorde. Sin ser simpatizante de Toledo, me parece excesivo el tratamiento que todos los medios, sin excepción, le han dado a este tema. Amplificar los pedidos de "retiro de la política" (creados, eso es cierto, por el mismo Toledo en uno de sus famosos intentos por dramatizar sus declaraciones de inocencia) y llamarlo "cadáver político" por un asunto que aun no está definido al 100%, escapa de toda objetividad.

Sobre todo cuando vemos que esos mismos medios se ponen doble guante de seda cuando se trata de hablar de Alan García Pérez -dos veces presidente y con acusaciones mucho más gruesas que unas cuantas mentiras y deslices de nivel personal-, con la única excepción del periodista César Hildebrandt y su equipo de jóvenes y valientes periodistas quienes, desde su intransigente trinchera semanal, se han convertido en las únicas voces que llaman las cosas por su nombre. García, sobre quien pesan denuncias, juicios y miles de indicios razonables relacionados a los peores delitos del mundo: genocidios, enriquecimientos ilícitos, sobornos, cutras comisionables, cometidas durante sus dos períodos en el cargo; es entrevistado con respeto, devoción y hasta admiración por conductores de noticieros que, cuando se refieren a Toledo, son capaces de llamarlo "poco hombre", "mentiroso", "falso", clavando las miradas a sus camarógrafos. Una sentencia amañada del Tribunal Constitucional acaba de lanzar al triturador de papeles todas las investigaciones, declaraciones y conclusiones de trabajo de la llamada "megacomisión" del Congreso, que está destapando varias ollas de grillos cocinadas durante la última administración alanista, aduciendo una supuesta "vulneración de derechos civiles" al imputado García, tras lo cual festejó a través del twitter y, seguramente, también descorchando una que otra botella.

Es sumamente desagradable ver cómo periodistas como Milagros Leiva (El Comercio, Canal N) o Jaime Chincha (Canal 5) -solo por citar dos nombres- traten a Alan García como si se tratara de un gran señor mientras que a Alejandro Toledo le sueltan las peores imprecaciones, las más sutiles ironías y los adjetivos más terribles. Es indignante que líderes de opinión como Beto Ortiz -galardonado por segundo año consecutivo por esas dudosas encuestas de poder- despotrique contra Toledo, cada vez que puede, y sobonee a García en las mismas proporciones. ¿Por qué si todos, a coro, censuran las mentiras de Toledo, le exigen definiciones, lo insultan y emplazan desde sus programetes o periodiquetes; no actúan de la misma manera frente a la obvia maquinación mafiosa que le permite a García zurrarse, como le da la gana, en todo un trabajo congresal y se libra, de un plumazo, de acusaciones e investigaciones en curso?

Si las mentiras del líder de Perú Posible nos caen tan mal, es ilógico que los discursos del caudillo aprista nos suenen a estadismo puro. Este paralelismo desnuda, aunque no parece ser tan obvio a juzgar por el mutismo general de la calle al respecto, los intereses de la prensa, que se venden sin miramiento ni escrúpulos. Si la de nuestro país fuera una prensa realmente independiente, preocupada por informar con objetividad y brindar a la población los elementos necesarios para ejercer su ciudadanía con responsabilidad, la actitud frente a este blindaje "legal" a Alan García tendría que haber sido de absoluto repudio y no esta especie de complacencia que se desliza en cada informe. Una complacencia que no existe cuando se trata de destapar los correos electrónicos entre Eliane Karp y el abogado Pedro Allemant. Ahora resulta que las mentiras de Toledo son más condenables que los delitos de García. Mientras las primeras generan obsesionados griteríos, los segundos provocan convenidos silencios.