lunes, 10 de junio de 2019

DR. JOHN (1941-2019): EL LEGENDARIO CHAMÁN DE NEW ORLEANS


¿Cómo no comenzar a mover los pies ante el funky de In the right place (1973), sentirse en medio de un desfile de Mardi Gras con Dr. John’s Gumbo (1972) o alucinar las sesiones blueseras de esa joya titulada The sun, moon & herbs (1971), rodeado de varios célebres acólitos como Mick Jagger, Eric Clapton y otros? La carrera de este legendario pianista, guitarrista y cantante vino de golpe a nuestra memoria tras enterarnos de su fallecimiento el pasado jueves. Tenía 77 años.

Dr. John jamás necesitó pomposas campañas de marketing para hacerse notar. Su voz aguarrentosa, sumergida en el humo de miles de cigarrillos, influenció a otros famosos de culto como Tom Waits, Leon Russell o Captain Beefheart y su estilo al piano se forjó en el epicentro del jazz más auténtico y bohemio, New Orleans. Allí, en la ciudad más grande del estado sureño de Louisiana, nació Malcolm John Rebennack en 1941.

Desde joven, John quedó encandilado con la alegría y cadencia del jazz de su ciudad natal, y comenzó a tocar guitarra en diversos ensambles locales. Una lesión en el dedo índice izquierdo lo llevó a cambiar cuerdas por teclas e inició su carrera a los 14 años junto al Professor Longhair, amo y señor del R&B y el blues de New Orleans, su padre musical.

Rebennack recorría nightclubs ataviado con extravagantes sombreros, accesorios y atuendos inspirados en la cultura chamánica afroamericana. Su nombre artístico, Dr. John, remitía al de un mítico curandero senegalés que llegó a New Orleans desde Haití, conocido por su colección de serpientes y lagartos. Todos esos elementos formaron parte del acto en vivo de Dr. John. En 1976 participó en The Last Waltz, el concierto-despedida de The Band, interpretando el clásico Such a night. Jim Henson, creador de los Muppets, se inspiró en Dr. John para el personaje Dr. Teeth, líder de The Electric Mayhem, banda residente del entrañable elenco de marionetas.

Su primer álbum oficial se tituló Gris-Gris (1968), en referencia a un amuleto vudú para ahuyentar la mala suerte. Fue músico de sesiones en Los Angeles durante los setenta, grabando pianos y teclados en discos de Sonny & Cher, Frank Zappa, Canned Heat, entre otros. En las décadas siguientes participó en múltiples festivales de blues y jazz, películas como The Blues Brothers y tributos a gigantes como Duke Ellington o Louis Armstrong, a quien le dedicó su última grabación oficial, The Spirit of Satch (2014).

Durante sus cinco décadas de trayectoria lanzó más de treinta álbumes y se hizo leyenda. En el año 2002 se realizó la primera edición del festival de rock, country, blues, jazz y jam bands Bonnaroo, bautizado así en homenaje al cuarto álbum de Dr. John & The Night Trippers, titulado Desitively Bonnaroo (1974). El término significa "buen rato" en lenguaje criollo de la zona de New Orleans. El extravagante estilo y el contagioso ritmo de Dr. John fue admirado tanto por músicos de rock clásico como Jeff Beck, Bruce Springsteen como por figuras de la escena contemporánea como Dave Grohl y John Legend, quien presentó su inducción al Rock and Roll Hall of Fame en el 2011.

lunes, 20 de mayo de 2019

BLACKBERRY SMOKE: ROCK DE CARRETERA


La última visita de Slash trajo una inesperada y grata sorpresa: la oportunidad de ver en acción a una banda de auténtico rock de carretera, con el sonido y la actitud que adoraron millones de fanáticos en los años setenta y ochenta. Los teloneros del legendario exguitarrista de Guns N' Roses y Velvet Revolver conquistaron al público limeño a pesar de que (casi) nadie sabía quiénes eran ni qué iban a hacer.

Directo desde Atlanta, los Blackberry Smoke derrocharon seguridad y experiencia sobre el escenario con su efectivo combo de country-rock, blues, boogie y soul. El quinteto, integrado por Charlie Starr (voz, guitarra), Paul Jackson (guitarra, coros), Richard Turner (bajo), Brandon Still (teclados) y Brit Turner (drums), hizo saltar a todos con su remozada versión de lo que hicieran artistas como Bob Seger, Lynyrd Skynyrd o John Cougar.

Hace cuarenta años, Blackberry Smoke habría llenado estadios. Hoy se conforman con tocar en festivales, clubes pequeños o como teloneros de estrellas establecidas. Además de Slash, el quinteto ha salido de gira con pesos pesados como ZZ Top, Derek Trucks, Gov't Mule y otros.

Activos desde el 2000, los Blackberry Smoke han lanzado seis álbumes: Bad luck ain't no crime (2003), Little piece of Dixie (2009), The whippoorwill (2012), Holding all the roses(2015), Like an arrow (2016) y Find a light (2018). En todos, la impronta del rock sureño se manifiesta en cada acorde, cada riff cortado, cada solo filudo. De los Allman Brothers a The Black Crowes, de Georgia Satellites a Drive-By Truckers, esta banda resucita ese sentimiento libre y canchero del rock and roll pero con un espíritu fresco y atemporal que los hace, a la vez, clásicos y modernos.

Las voces de Starr y Jackson recuerdan lo mejor de este género -38 Special, Alabama, Bruce Hornsby-, quizás desfasado para la actual industria musical, pero que sigue emocionando a miles de rockeros en el mundo. Los barbudos hermanos Turner parecen sacados de un vídeo de los motociclistas Hell's Angels. Y el Hammond B-3 de Still llena los espacios con relajada precisión y sobriedad. Charlie Starr es un guitarrista de calle, fuertemente influenciado por los Rolling Stones, Faces y Tom Petty. Un verdadero rockstar. Y sus composiciones le hablan al oído al trabajador agobiado, al joven rebelde, al inconforme que solo confía en su invalorable libertad.

Blackberry Smoke -como Royal Southern Brotherhood, Whiskey Myers o The Kentucky Headhunters-, es uno de esos grupos que mantienen su genuino deseo de hacer buena música más allá de las convenciones que hoy determinan quién se hace famoso y quién no. En ese sentido, más que ser una banda "retro", se ubica a la vanguardia al recobrar esa marginalidad que siempre caracterizó al rock and roll.

https://youtu.be/Lfjfnn5aNk0
Waiting for the thunderbird

https://youtu.be/hBGPpZ_6erw
Shaking hands with the holy ghost

https://youtu.be/AQ1mBjaXz2M
Ain't got the blues




martes, 14 de mayo de 2019

SIR SIMON RATTLE: BATUTA DE LUJO



Su nombre y rostro no significan nada para las vulgares masas que consumen latin-pop y reggaetón en las radios locales y engordan el rating de los programas de Frecuencia Latina o las producciones de Michelle Alexander. Sin embargo allá, en el Primer Mundo -ese lugar lejano al cual los politicastros dicen que vamos a llegar dentro de poco, con la misma facilidad con la que dicen que un suicida cobarde es un héroe- Sir Simon Rattle y su rebelde melena blanca son sinónimos de lo mejor de la música clásica, una de las batutas más famosas del último medio siglo.

Rattle nació hace 64 años en Liverpool, la tierra de los Beatles y del equipo de fútbol más nombrado del momento, y sintió vocación por pentagramas, claves y corcheas desde muy temprano. Pianista y percusionista de esmerada formación clásica, se decidió por la dirección por su concepción integral de lo que significaba interpretar las grandes obras del vasto catálogo del periodo clásico y contemporáneo de la música académica.

Tras casi dos décadas al frente de las sinfónicas de Birmingham (Inglaterra) y Los Angeles (EE.UU.) emigró a Alemania, para dirigir a la Orquesta Sinfónica de Berlín, en reemplazo del reconocido director italiano Claudio Abbado. Con este legendario ensamble trabajó entre el 2002 y el 2018 y consolidó su perfil como uno de los mejores conductores de su generación. Sus grabaciones para el sello Deutsche Grammophon, de sinfonías de autores como Beethoven, Brahms, Elgar y, sobre todo, su dominio del repertorio de fines del siglo 19 e inicios del 20 -Stravinsky, Birtwistle, Mahler, Sibelius- son oro puro para conocedores.

En el 2012, Rattle tuvo su primer contacto con el público masivo global. Fue invitado para conducir a la Orquesta Sinfónica de Londres (LSO) en la inauguración de los Juegos Olímpicos en su país, y participó de una hilarante parodia en la que el comediante Rowan Atkinson (Mr. Bean), finge tocar los teclados en Chariots of fire, famosa composición de Vangelis para la película homónima de 1981.

Sir Simon Rattle, que promueve intensamente la educación musical en diversos programas académicos en Inglaterra, Alemania, EE.UU. y en redes sociales, ocupa desde septiembre del 2017 el podio de director en la centenaria LSO –como lo hicieran Leonard Bernstein, Andre Previn, entre otras figuras de la música clásica-, mundialmente famosa por haber grabado cientos de bandas sonoras, como la primera trilogía de Star Wars. Rattle y los noventa músicos de la LSO ofrecerán dos conciertos en Lima (14 y 15 de mayo en el Gran Teatro Nacional), con piezas de Antonín Dvorák, Hector Berlioz, Benjamin Britten y Gustav Mahleruna visita histórica que los amantes de la música clásica no se pueden perder, gracias a TQ Producciones.



miércoles, 8 de mayo de 2019

SLASH EN LIMA: GUITARRISTA ENCENDIÓ LA CIUDAD (martes 7 de mayo de 2019)



LA PREVIA

En los alrededores del Parque de la Exposición se vivía la expectativa desde muy temprano. No eran ni las seis de la tarde y las colas ya llegaban hasta la Av. Grau y, a cada paso, uno podía ver que la fanaticada se iba a entregar por completo a esta nueva cita con el virtuoso guitarrista anglo-norteamericano Saul Hudson, Slash para los patas. Padres e hijos con sus polos negros, estampados con el clásico sombrero de copa y la maraña de pelos negros, enredados, cubriendo su cara; carátulas de Guns N' Roses, Velvet Revolver, The Conspirators. 

Es la tercera visita que nos hace este ícono del hard-rock que remeció la escena global a mediados de los ochenta con esos interminables solos del Appetite for destruction -¿recuerdan el final de Paradise city o la intro de Sweet child o'mine?- pero sus seguidores se cuentan por miles y nadie quería perderse esta nueva tocada. Hace un par de años, en el 2017, más de 40 mil peruanos llenaron el Estadio Nacional para ver a Slash junto a W. Axl Rose, en la anunciada reunión de Guns N' Roses. Ahora venía a repetir el plato con su banda, Myles Kennedy & The Conspirators, con quienes vino por primera vez al Perú, en el 2015.

LOS TELONEROS

Como en esos clásicos conciertos de rock que cada vez se ven menos, por culpa de esa infección purulenta y multidrogorresistente llamada reggaetón, había dos bandas teloneras programadas, una peruana y la otra, norteamericana. Representando al rock nacional, el power trío Cuchillazo abrió fuegos, pocos minutos antes de las siete, ante un lleno aun en gestación. Nicolás Duarte (voz, guitarra), Rafael Otero (bajo) y Capi Baigorria (voz, batería) descargaron casi una hora de sus poderosas canciones que suenan a grunge noventero y al funk-metal de Molotov, con letras directas contra la política corrupta, la sociedad hipócrita y el desenfreno rockero. Duarte y compañía mostraron un sonido muscular y cuajado, producto del trabajo sostenido que vienen realizando desde el año 2002 en que debutaron con su álbum epónimo. El hijo mayor del conocido periodista Nicolás Lúcar no necesitó colgarse nunca del apellido de su famoso padre, que dejó de usar por dolorosos líos familiares, y lleva adelante a su grupo con consecuencia, algo que celebran sus fieles seguidores cantando, a voz en cuello, sus temas. Sin embargo, lo mejor estaba, definitivamente, por venir. 

A las 7.45pm subió Blackberry Smoke, un quinteto de Atlanta de largo recorrido en las arenas del rock sureño, el mismo que practican bandas como The Kentucky Headhunters, Royal Southern Brotherhood o The Fabulous Thunderbirds. Con una actitud super relajada y sonido ultra rockero, la banda se metió al bolsillo al público, a pesar de que (casi) nadie tenía la menor idea de quienes eran. De inmediato saltaron las enormes diferencias entre una banda peruana cumplidora y un combo norteamericano de oficio, que ha compartido escenario con pesos pesados como The Allman Brothers Band, Gov't Mule o ZZ Top. Con canciones que nos recordaron el sólido y, por momentos, rugoso country-rock de Tom Petty, Bob Seger, John Cougar o The Black Crowes, los liderados por el vocalista/guitarrista Charlie Starr se comieron el escenario mostrando seguridad y contundencia con una selección de ocho temas de sus álbumes The whippoorwill (2012), Holding on the roses (2015), Like an arrow (2016) y Find a light (2018), su último disco. 

En la segunda guitarra y coros, Paul Jackson parecía poseído por el espíritu de Alabama y 38 Special, mientras que el tecladista Brandon Still jugaba al piano y al Hammond B-3 al estilo Steve Miller. Mientras tanto, la base rítmica de los barbudos hermanos Richard (bajo) y Brit Turner (batería) cerraba el círculo. Starr, toda una estrella de rock con sus lentes oscuros, su voz aguarrentosa y potente y el aire lánguido de quien no tiene nada que demostrarle a nadie, se lució con esos solos guitarreros de raigambre setentera, intercalando sus propias canciones con temas reconocibles (por algunos) como Come together de los Beatles; Mississippi Kid, del primer álbum de Lynyrd Skynyrd; o el clásico del gospel y soul, Amazing Grace, que Starr tocó con su bottleneck pegado al diapasón de su guitarra. Los ataques blueseros y de puro rock carretero de Blackberry Smoke inundaron la atmósfera de Lima, dejándola suficientemente caliente para el ingreso de los esperados líderes del cartel. 

SLASH FEAT. MYLES KENNEDY & THE CONSPIRATORS

La media hora que pasó entre los Blackberry Smoke y Slash pasó rápidamente. Entre el trabajo de los "plomos" que iban desmontando la batería usada por los sureños para dejar al descubierto la del grupo central de la noche, y la grúa que iba subiendo el gran telón negro que anunciaba a Slash feat. Myles Kennedy & The Conspirators, con la ilustración que sirve de carátula para Living the dream (2018), el tercer y más reciente lanzamiento oficial de este grupo que acompaña al guitarrista desde el año 2011, tras la separación definitiva de Velvet Revolver.

Vestido con un polo blanco que homenajeaba a David Bowie y sus Spiders from Mars, Slash salió decidido a encender el escenario con sus electrizantes descargas, lanzadas desde una Gibson Les Paul roja. Myles Kennedy, vocalista de la banda post-grunge Alter Bridge, se muestra confiado en su papel de (ya no tan) nuevo partner-in-crime del guitarrista, y parece ya haber superado aquella etapa inicial en la que parecía estar imitando a sus antecesores, W. Axl Rose y Scott Weiland, para conectarse a un público dispuesto a todo con tal de hacer contacto visual con el menudo cantante. A diferencia de Slash, siempre con anteojos oscuros y con el sombrero de copa más encasquetado que nunca, la mirada directa de Myles era más que suficiente para enervar a sus fanáticos, quienes se sabían las letras de todas sus canciones, incluso las más recientes como la abridora The call of the wild, My antidote o Driving rain

Uno de los momentos más alucinantes del show fue, sin duda, el solo de casi cinco minutos de duración que Slash hizo en Wicked stone, uno de los temas más conocidos de World on fire (2014), segundo trabajo junto a los conspiradores, que llegó a la segunda mitad del show. Previamente, el bajista Todd Kerns -de una presencia escénica imponente, digna de una banda de death metal- interpretó con su poderosa voz los temas We're all gonna die y Doctor Alibis, que Slash compusiera y grabara junto a dos leyendas del hard-rock, Lemmy e Iggy Pop, en el 2010 para su primer disco como solista. Back from Cali, la primera colaboración entre Slash y Kennedy, también de ese álbum, fue una de las más coreadas durante la primera hora del concierto. Algunos temas de Apocalyptic love, el álbum debut de Slash & The Conspirators, también contribuyeron a la algarabía de los asistentes.

Slash no es muy comunicativo con el público. Solo en dos ocasiones asomó esa sonrisa de zorro viejo y alcanzó a decir dos palabras, aunque ninguna en español, como seguramente muchos esperaban. Sin embargo, sus descargas bastan y sobran para expresar la devoción por sus fans, dando lo mejor de sí en cada canción y generando aullidos de emoción, tanto entre los más jóvenes, cautivados por su imagen de Dios-de-la-guitarra, como por los más viejos que recuerdan sus años dorados en Guns N' Roses, en aquellos en que aparecía invencible y rebelde. Del recordado quinteto californiano, Slash y su banda solo tocaron Nightrain, uno de los temas menos difundidos del Appetite for destruction (1987), para muchos el debut más exitoso de la historia del hard-rock norteamericano. En este tema apareció recién la brillante guitarra de Frank Sidoris, el nuevo integrante de The Conspirators, quien se había limitado a tocar segunda guitarra. Atrás, en los tambores, Brent Fitz sostenía sin descanso la andanada de riffs de Slash y compañía.

World on fire, tema central del álbum del mismo título, fue la última antes de los tradicionales encores, que generó intensos pogos en las primeras filas. Ante los tradicionales cánticos de llamada para regresar al escenario -"olé-olé-olé..."- que Slash replicó con su guitarra, la banda salió para ofrecer dos temas más: Avalon y la esperada Anastasia, tema emblemático del primer disco, que cerró definitivamente una noche cargada de electricidad. El músico de 53 años de edad demostró, una vez más, por qué es considerado uno de los mejores guitarristas de la historia del rock, un género que, digan lo que digan algunas oportunistas y cabezas huecas, está vivo gracias al trabajo y la resistencia de sus mejores exponentes.

domingo, 21 de abril de 2019

LO QUE NOS DEJA EL SUICIDIO DE ALAN


A los peruanos de bien, que conseguimos lo mucho o poco que tenemos con trabajo diario, duro y honesto, no carente de altibajos -semanas malas, sueldos bajos y subempleos, situaciones frustrantes, horarios pesados, largos e indignos viajes en el transporte público, extensos periodos de desempleo-, el suicidio de Alan García Pérez nos deja, como principal herencia, el mal sabor de la injusticia y la impunidad conquistada de manera altanera y desquiciada, la risa con eco de quien hizo hasta lo imposible en vida para burlarse de todos, de quien con un disparo en la sien -acto trágico y horrendo que no tiene posibilidad de ensayarse ni corregirse- modifica el final que todos esperábamos y merecíamos tras décadas de intentos fallidos: la imagen del político más cínico y corrupto de nuestra historia, caminando con los brazos cruzados cubiertos, enmarrocado y acompañado por dos policías, con chaleco que mostraba la palabra DETENIDO en el pecho, la imagen suprema que, por fin, daba inicio a la acción de la justicia, solo pudimos paladearla gracias al talento de un dibujante.

Alan García nos robó todo. Al país entero le robó millones y millones de soles y dólares, condenándolo a permanecer en el atraso educativo, tecnológico, económico, médico y socioeconómico. Al APRA, partido fundado en los años treinta por Víctor Raúl Haya de la Torre, le robó el prestigio, la historia y hasta el local. A la sociedad le robó el criterio, la comprensión lectora, la dignidad, la noción de intolerancia contra lo corrupto, la paz y, en muchos casos comprobados, la vida arrancada a balazos dejando a cientos de miles de padres y madres, abuelos y abuelas, esposos y esposas, hijos e hijas, llorando y enterrando -en aquellos casos en que pudieron encontrar o reconocer a sus cadáveres- a sus seres queridos, clamando por una justicia que jamás llegó.

Ese miércoles 17 de abril, Alan García hizo su último gran robo, de forma aparatosa y por partida doble: nos robó la ilusión de celebrar su tan merecido encarcelamiento y nos robó la tranquilidad en un fin de semana especial. Como cuando te anulan un gol decisivo, en el último segundo, el grito y la euforia se quedaron contenidos entre pecho y espalda, a punto de explotar, volteando, estupefactos, con los brazos aún abiertos en señal de triunfo. Luego vinieron la incredulidad, la bronca, la sorpresa, la resignación a cambiar de cara y buscar explicaciones para poder seguir jugando.

Si Pedro Pablo Kuczynski, ese otro ladrón también ahora cercado por la justicia, nos robó la Navidad 2017-2018 con el mañoso indulto a Alberto Fujimori, creación y felonía de Alan, por cierto; el farsante del "futuro diferente" y el "cambio responsable" nos robó la Semana Santa.  Seamos creyentes o no, es uno de los escasos tres momentos del año en que los peruanos intentamos escapar de lo cotidiano para, por lo menos un rato, reflexionar, descansar, estar en familia (los otros dos son Navidad y Fiestas Patrias).

Desde la casi madrugada del pasado miércoles 17 de abril hasta hoy, domingo  21 solo se ha hablado, escrito, publicado y posteado acerca del suicidio de Alan. Y claro, es inevitable, es la noticia del año, como bien me dijo mi hermano al llegar a casa para almorzar en Viernes Santo. No había manera de sustraerse de un hecho como ese. 

En lugar de transmitir el (ya no tan) tradicional Sermón de las Tres Horas, los canales informativos tuvieron una sola imagen, la del patio de espera en el crematorio de Mapfre, en Huachipa. Antes ya nos habían intoxicado y hecho renegar con las opiniones increíblemente absurdas y malintencionadas que desfilaban por los sets de televisión, en una cobertura patética que confundió, como lo viene haciendo desde hace años, la diplomacia y el respeto al dolor de una familia con el engaño y la tapadera. 

"Un rufián muerto sigue siendo un rufián" escribió Jorge Luis Borges. Nadie estuvo alineado con esa gigantesca verdad en la prensa convencional, la concentrada, la que veía, en las estratagemas con tufo mafioso de Alan García, sofisticadas y admirables demostraciones de extremado talento político. Solo en las redes sociales se manifestó una voluntad abierta a llamar a las cosas por su nombre, en distintos registros y tonos.

En medio, el recuento de los hechos, los gritos destemplados de sus eternos cómplices y esbirros ante un cajón de madera sellado -un metafórico homenaje post-mortem a su vocación casi natural por el ocultamiento y la mentira, la verdad a medias-, las majaderías de un niñato mantenido con plata negra, un hijo ilegítimo que lleva en el rostro su innegable filiación con el padre muerto, las no tan descabelladas sospechas de que el hecho trágico del cual todo el mundo habla no sea más que una pantomima psicopática y meticulosamente ensayada, los análisis y panegíricos, los vulgares intentos de anular las investigaciones, las semblanzas en video con piano triste de fondo, cuando no algún valsecito resinoso cantado por él mismo, donde se dice de todo menos la verdad. 

Frente a la pasión y muerte de Jesús, el suicidio disfrazado de "acto heroico, de honor" y la aparición de un chiquillo a quien familiares y militantes quieren usar como nueva punta de lanza, el heredero de lo robado, incluyendo el APRA y la banda presidencial. Si en la farándula tenemos a Deyvis Orozco, quien se hizo famoso sin talento alguno subiéndose al cadáver aún tibio de su padre, la política local ahora tiene a Federico Dantón García Cheesman (14) haciendo lo mismo, con el triste añadido de que, siendo menor de edad, quizás sea algo para lo que haya sido aleccionado por su propio padre, el reo contumaz, el de los delitos prescritos, el del suicidio cobarde y narcisista, el de la plata que llega sola.

Otra cosa que nos deja el suicidio horrendo de Alan García Pérez -debo confesarlo: pensar en los detalles del instante y leer las infografías que describen el minuto a minuto, lo que probablemente se haya visto al caer la puerta, la trayectoria de la bala, el lenguaje técnico del certificado de necropsia, me da escalofríos-, es un panorama de quién es quién en la política, la sociedad y el periodismo nacional. 

Si Patricia del Río encarnó, con sus disforzados mensajes a la conciencia declamados con voz molesta y entrecortada en radio y televisión por cable, lo más equivocado (algunos podrían decir que hasta soterradamente tendencioso) del espectro, calificando el suicidio de Alan como "una tragedia nacional"; Mariella Balbi hace un abierto y descarado homenaje a la defensa de la corrupción con su más reciente columna, llevando el endiosamiento a un límite que creíamos imposible de ejecutar. Ya las portadas de El Comercio y La República, tapando el sol con un dedo, habían hecho lo suyo al día siguiente pero lo que escribió Balbi en Expreso, ayer sábado, debería incluso motivar una seria investigación en su contra.

Resulta llamativo y revelador ver que conspicuos personajes de la farándula, salvo contadas excepciones, hayan salido a criticar duramente la "insania de los odiadores": Allí estuvieron, en esa trinchera, Magaly Medina, Laura Bozzo, Paco Bazán, y otros tantos más, íconos de la ignorancia exitosa de este país. Beto Ortiz, amigo confeso de la hija mayor de Alan, con breves comentarios en redes; y Jaime Bayly, con un extenso programa de hora y media desde Miami, se unieron al ejército que condenaba la reacción de quienes decidimos no callarnos la boca, en nombre de un supuesto respeto. Nadie celebra la muerte de un ser humano ni niega el dolor de sus familiares y amigos cercanos (desde Caracol y Oropeza hasta Maduro y Trump, todos tendrán quiénes los lloren cuando mueran), pero tampoco se puede convertir en héroe a quien tanto daño hizo a nuestro querido país. No es casualidad que Ortiz y Bayly sean los principales nexos entre la ignorante masa farandulera y la Feria del Libro, donde todos esos van corriendo con sus lentecitos de marco grueso bien puestos para la foto de Instagram y todos pensemos que no son tan burros.

Pero no todo fue malo, en términos de cobertura mediática. En las redes sociales, como siempre, hubo de todo. Desde los irreverentes y, en algunos casos, irrespetuosos e indignados memes hasta artículos de gran calidad como el del joven analista político Carlos León Moya. Y, aunque en la televisión abierta no hubo prácticamente nada qué rescatar (¿alguien ha visto a Mónica Delta? ¿Estará hoy en Punto Final?), las intervenciones del ex dirigente aprista Carlos Roca fueron correctas, en las entrevistas que le hicieron. Mención aparte para el semanario Hildebrandt en sus trece, cuya edición extraordinaria desapareció de los kioskos a la velocidad del rayo, la mañana del Viernes Santo. En sus páginas está todo lo que la prensa concentrada hoy calla, como supuesta señal de respeto a los deudos del suicida. ¿Y cuándo piensan comenzar a decirlo y recordarlo? Palmas, agradecimiento y admiración para César Hildebrandt y su equipo de reporteros, cronistas, colaboradores y digitadores, porque esa edición debería ser insumo, en colegios y universidades, para que las futuras generaciones no sean fácilmente engañadas por El Comercio, RPP, Bayly y Butters. Destaca la columna Deshonor colosal, escrita por Juan Manuel Robles, que fue leída en voz alta en mi casa, en reunión familiar.

El suicidio de Alan García Pérez nos deja, en suma, consternados en lo personal por los oscuros entresijos de la siempre impredecible mente humana; frustración por el escape perfecto que lo libró de la justicia; un claro panorama de quiénes quieren seguir engañando al país; una serie de sospechas que esperemos sean aclaradas por las autoridades antes de que se transformen en leyendas urbanas; y la sensación de que con su desaparición física se podría iniciar una nueva era para la política nacional, si estas campañas de manipulación informativa encuentran sólido contrapeso en la prensa libre y en quienes, desde nuestras posibilidades, apoyemos el trabajo valiente de jueces y fiscales, instituciones como el IDL y nos enfrentemos abiertamente a quienes pretenden sublimar este burdo acto mortal de cobardía, impunidad y locura, características que siempre acompañaron la vida pública de Alan.

miércoles, 17 de abril de 2019

BEN HUR: BANDA SONORA DE UN CLÁSICO DE SEMANA SANTA



Todos nosotros hemos visto, por lo menos una vez (y la mayoría, más de una) esta espectacular película, basada en el libro homónimo de 1880, escrito por el general norteamericano Lew Wallace, pero ¿cuántas veces hemos prestado real atención a su banda sonora? Pocas, en realidad, lo cual es privarse de una experiencia musical que es, en sí misma, tan grandiosa y subyugante como el galardonado largometraje, que cada año es fijo en la programación de Semana Santa. 

De hecho, uno de los 11 Oscar que recibió fue a Mejor Música Original, convirtiéndose en la única banda sonora de este género de películas en obtener la preciada estatuilla dorada. Su compositor, el húngaro Miklós Rózsa, construyó una pieza extremadamente larga, al punto que la Metro Goldwyn Meyer tuvo que lanzar tres LPs en 1959 para contener las casi 4 horas de música que fueron grabadas por la Orquesta Sinfónica de la MGM (más de 100 músicos), bajo la dirección del mismo Rózsa, quien había recibido el encargo de parte del director de la película, William Wyler. 

Rózsa, quien ya tenía experiencia en filmes de corte religioso tras el éxito de su composición en Quo Vadis (de 1951), encabezó un equipo de expertos para investigar más a fondo la música ancestral griega y romana de ese período de la humanidad, para conseguir el efecto arcaico, y a la vez moderno, de sus principales partes. Los coros majestuosos, los arreglos sinfónicos y la grandilocuencia que se percibe a lo largo del film, particularmente en los segmentos de marchas triunfales, con el intenso trabajo de las secciones de metales y percusiones, contrastan con los finos desarrollos de cuerdas que Rózsa escribió para los momentos más agónicos, tristes o románticos. 

Hay secuencias clásicas de Ben-Hur: A tale of the Christ, como el progresivo aumento de velocidad en las galeras, durante el cual una decena de esclavos remeros desfallecen a causa del esfuerzo sobrehumano y el látigo; o la inolvidable y culminante secuencia de la carrera final, en que el tribuno Messala y Judá Ben-Hur deciden definitivamente sus destinos; que se apoyan poderosamente en la música compuesta por Rózsa, casi hasta el punto en que podríamos señalar que es la banda sonora la principal fuente de emoción de las mismas, estimulando las sensaciones de angustia, peligro y desesperación que tan bien presenta el trabajo de edición del largometraje. 

Por otra parte, aunque el protagonista principal es el interpretado por el recordado actor Charlton Heston, uno de los hilos conductores de la trama es el nacimiento de Jesús, el inicio de su vida pública y su muerte en la cruz. En una decisión magistral del guión, durante las 4 horas de la película no se ve el rostro de Jesucristo, solo sus manos, espalda y parte trasera de la cabeza. Para identificarlo, Rózsa usa el único leitmotiv -secuencia de notas que se repite a intervalos y variaciones durante una composición musical- de su larga partitura: una sobrecogedora y emotiva línea de violines que puede escucharse, ya de forma amplia y celestial, en los créditos finales. 

Luego de estos 3 LPs lanzados en 1959 -año de estreno de la película- han aparecido infinidad de versiones, algunas de ellas supervisadas por el mismo Miklós Rózsa. Pero es en la era del CD en que encontramos los mejores registros de esta banda sonora: primero a través de Sony Music Records, en un CD doble (1991) y posteriormente en Rhino Records, que sacó, también en dos CDs, la primera versión "completa" en formato digital, en 1996 (la que escucharemos en este enlace). Pero fue recién en el año 2012 que apareció una caja con 5 CDs y un folleto en el que se explica la sinfonía, tema por tema, gracias al sello de la revista especializada Film Score Monthly (FSM Records), en el que se incluyen todas las sesiones tal y como se grabaron originalmente, tomas alternas y secuencias originales de los tres primeros LPs originales de la MGM.


lunes, 8 de abril de 2019

ALBERTO CORTEZ (1940-2019): CREADOR DE BELLEZA MUSICAL



Hay muertes que deberían paralizar las redacciones y poner de luto al mundo. La del cantautor y poeta argentino Alberto Cortez es una de ellas. Cuando un amigo se va, dice una de sus canciones más famosas, queda un espacio vacío… (Cuando un amigo se va, 1969).

Y el espacio que deja don Alberto es inmenso. Como lo era él, no solo por su imponente figura, siempre vestido de negro (“para que no se distraigan mirándome y escuchen”, decía), y esa potente voz tanguera, sino por la profunda sensibilidad de sus letras, rimas precisas sobre temas universales: amistad, amor, lealtad, identidad y compromiso social. En esta época de engendros como Maluma, Daddy Yankee y Bad Bunny, su ausencia quizás no sea sentida por las masas consumidoras de chabacanería, pero sí deja enmudecidos y llorosos a quienes fuimos mejores solo por haberlo escuchado.

Su verdadero nombre era José Alberto García Gallo, pero cambió a "Alberto Cortez" a comienzos de los años sesenta, en España. El argentino ya venía cantando en diversos restaurantes y teatros de su país, pero fue recién cuando adoptó este nombre que comenzó a hacerse famoso. Al principio esto causó una tensa polémica con un cantante peruano que a mediados de la década anterior había logrado fama por sus interpretaciones junto a orquestas tropicales como las de Carlos Pickling y Freddy Roland, e incluso a nivel internacional. El cantante chalaco Alberto Cortez Olaya interpuso incluso acciones legales contra el joven argentino, acusándolo de haber "usurpado" su nombre y fama para grabar su primer disco. El peruano, que en ese momento se hizo llamar "El Original" para validar su nombre de pila, no pasó de ser un buen intérprete mientras que la inspiración oceánica del argentino lo convirtió en un clásico de la música latinoamericana.

Con respecto a esta historia, don Alberto Cortez siempre reconoció que no era nu nombre real, aunque el tema de la polémica con nuestro compatriota estuvo bastante oculto para el público. Sin embargo, hay registros reales de la demanda por usurpación de identidad que Alberto Cortez Olaya, hoy de 89 años de edad, abrió en contra del compositor de joyas como Instrucciones para ser un pequeño burgués o Distancia, y que inclusive tuvo un encuentro cara a cara con él, en medio del entuerto, que habría llegado a los tribunales de países lejanos como España, Portugal y Bélgica. Este asunto incluyó un episodio en el que Cortez (el argentino) fue detenido y luego liberado por intervención de su sello discográfico, el gigante Hispavox. A pesar de ofrecimientos de corrección que hiciera el poeta argentino, la cosa permaneció así, como somos ahora todos testigos. Al parecer, la impulsividad del joven artista y su ascendente carrera hizo irreversible el tema del nombre, que podría haber sido una casualidad y no un acto voluntario de suplantar al cantante peruano, más identificado con los boleros y guarachas que con poesías musicalizadas de Antonio Machado o Pablo Neruda. Después de todo, el talento para la poesía y el canto del "cantante de las cosas cotidianas" sí le pertenecía. Y eso no puede negarse tras cuatro décadas de fructíferas creaciones musicales.

Recuerdo la entrevista que César Hildebrandt le hiciera a él y a Facundo Cabral, su gran amigo y cómplice en eso de crear belleza, en la que hablaron de Borges y Shostakovich, de Whitman y Jesucristo, de Monet y Guayasamín, de los animales y las plantas, con la misma soltura con la que hoy se dicen estupideces y vulgaridades mañana, tarde y noche en esa caja que, antes, no era tan boba. O quizás sí lo era, pero no estaba tan infectada de canallas como ahora. Esa televisión permitió que muchos adolescentes tuviéramos contacto con artistas como Alberto Cortez, inclasificables y eternos. Hoy, más eternos que nunca.

En el 2004 lanzó un fantástico recital titulado Alberto Cortez: Sinfónico, donde entrega lo mejor de su repertorio. Bromea con el público, cuenta anécdotas, sonríe. Y educa. Porque cada frase suya sirve para educar esa sensibilidad y romanticismo que las últimas generaciones han perdido, quizás para siempre. Aun cuando en cierto momento de su carrera se le incluyó, en diversas radios locales, dentro de las programaciones de baladas románticas, Alberto Cortez es más que nada un trovador, que le cantaba a la vida y a la muerte, al arte y al alma, por lo que era más apropiado asociarlo al movimiento de la nueva trova en español, junto con otros creadores de poesías musicalizadas como Serrat, Silvio, Pablo o Cabral, con quien se unió en los noventa para dar la vuelta por el mundo hispanohablante con unos shows a dos voces en los que ofrecían humor, inteligente y fino -como Les Luthiers- recuerdos de sus andares por la vida artística, diálogos extensos sobre el arte, el amor y la vida, y por supuesto, mucha música.

Alberto Cortez falleció, hace cuatro días, a los 79 años. Padecía un extraño mal estomacal por el cual fue hospitalizado dos semanas antes, en Madrid. Una hemorragia gastrointestinal acabó con su vida pero no con sus canciones. Más de cuarenta álbumes, extraordinarios registros de sus conciertos con don Facundo –Lo Cortez no quita lo Cabral (1994-1995) y su segunda parte, Cortezías y Cabralidades (1998)- y un catálogo de canciones inolvidables: En un rincón del alma (1971), A mis amigos (1975), Te llegará una rosa (1974), Callejero (1973), Mi árbol y yo (1970), Como el primer día (1983).

Pero de todas esas maravillas que escribió, sobresalen  A partir de mañana (1979) y Castillos en el aire (1980), cuyas letras son más inspiradoras que los miles de discursos y libros de autoayuda/coaching escritos por charlatanes angurrientos y posicionados por el marketing. Esa sana locura fue la que le permitió a don Alberto “volar igual que las gaviotas, libre en el aire, por el aire libre”. Pero eso es imposible… ¿o no?



jueves, 4 de abril de 2019

Y NOSOTROS KÉ: SENTIMIENTO DE REIVINDICACIÓN



Lo primero que sorprende de este libro, cuyo título completo es Eutanasia: ¿Y nosotros ké? Hasta el global colapso, 1985-2012 (Muki Records, 2018) es su voluminoso peso. Son 500 páginas, en couché de alto gramaje, dedicadas al cuarteto victoriano Eutanasia. De entrada, esto lo hace difícil de manipular, minimizando su potencial efectividad como medio para dar a conocer, a los jóvenes actuales, el impacto que tuvo esta banda en la movida subte de Lima en los ochenta. Ningún adolescente rebelde moderno, que con las justas y a regañadientes lleva su maletín a cuestas y todo lo hace a través de su Smartphone, se subirá al Metropolitano cargando un ladrillo de papel de casi tres kilos de peso.

Sin embargo, su lectura resulta gratamente ilustrativa sobre cómo se sentían los jóvenes en esos tiempos de apagones, toques de queda, corrupción aprista y barbarie terrorista. Recientemente se ha idealizado demasiado el fenómeno del rock subterráneo en el Perú, hasta convertirlo en un capítulo más de las rentables ondas retro que explotan lo nostálgico como mercancía. Exposiciones, reediciones, libros, revivals y hasta documentales -algunos de ellos de muy mala calidad- vienen proliferando sin ton ni son para sacar alguito de esta moda, según la cual un movimiento que causó abierta repulsión en el discurso oficial, hoy es casi un artículo atractivo para los asiduos a la agenda de actividades arty de fin de semana.

Este libro, afortunadamente, escapa a ese estigma por su lenguaje descarnado, directo, de calle. Con una cuidadosa labor de arqueología documentaria, la publicación nos ofrece una recopilación de aquellos medios alternativos que, desde la más absoluta informalidad y amateurismo, dieron cobertura amplia al fenómeno "subte" -me refiero, por supuesto, a los fanzines, artesanales pasquines que se distribuían a través de fotocopias- y uno que otro reportaje de revistas respetadas por la oficialidad como Oiga o Gente, que daban cuenta del punk y lo subterráneo desde sus raíces. 

Una de las cosas más interesantes, ajenas al tema del libro, es la información que, sin querer, se cuela entre sus páginas, que nos muestra cómo estaba el mundo de la cultura a nivel global. En uno de los primeros capítulos, que en la columna derecha da cuenta de una nota informativa sobre el punk publicada en los ochenta, se puede leer el remate de lo que parece ser un extenso artículo sobre los hábitos de lectura de la juventud norteamericana, donde mencionan que los jóvenes se emocionaban con Hermann Hesse. Hoy, que las juventudes gringas también se han alejado de la gran cultura, ese dato resulta de lo más elocuente.

Sobre el sonido de Eutanasia no hay mucho que se pueda añadir. Y aunque la parcialización con su supuesta evolución sea a veces un poco invasiva, resulta interesante ver cómo estos chiquillos de barrios populares vivieron su sueño de hacer punk en una ciudad hostil y con el mínimo presupuesto, sin contar con el desprecio del gran público, no tanto porque tocaran mal (que definitivamente lo hacían) sino por asuntos más prosaicos como la discriminación racial o socioeconómica. El rock nacional siempre ha sido, por naturaleza y salvo contadas excepciones a la regla. deficiente y amateur. La ausencia de políticas de educación musical en las escuelas públicas y el desprecio por todo lo que no esté de moda que siempre han mostrado los medios de comunicación masiva, han hecho que tanto músicos como oyentes hayan desarrollado un pobrísimo criterio sobre lo que es hacer y apreciar expresiones musicales de diversos géneros. La estética del punk, desaliñada y antimusical, fue perfecta para que las limitaciones de Eutanasia -y de otras bandas de la época, fueran comerciales o marginales- pasen como componentes de orgullo e identidad. Su único registro discográfico oficial, Sentimiento de agitación (1990), es prueba de ello. Canciones urgentes y rabiosas, por supuesto, con mensajes muy acordes a lo que pasaba -desesperanza, temor mezclado con odio hacia el poder corrupto, energía adolescente desperdiciada en frenéticos desbordes de agresividad- pero de una pobreza musical evidente y hasta intencional.

Pedro Grijalva, autor y ex integrante de Sociedad de Mierda (otro grupo de aquel entonces), entrevistó a todos los "eutanásicos" –entre ellos Mario “Tifoidea” Mendoza, quien años después fundaría, con Jorge “Cocó Ciëlo” Revilla, el dúo shoegazer Silvania, en España; y Rafo Ráez- y sus allegados, para armar esta biografía que incluye harto material gráfico, entre fotos, revistas y fanzines que dieron cobertura tanto a la carrera del grupo, entre 1985 y 1991, como a su regreso a los oscuros escenarios del underground nacional, en la gira Global Colapso del año 2012, con su formación definitiva: Guillermo "Kike Excomulgado" Castro (voz), Nicolás "Nico" Morales (guitarra), José Luis "Pepe Asfixia" Matta (bajo) y José "Auxilio" Valdez (batería). Aun cuando ya han sido mencionados en otras publicaciones en esta onda retro-subte, es en este libro que por primera vez se resalta la importancia de los locales en los que estas bandas solían hacer sus tocadas, a ambos espectros del movimiento. Desde El Hueko de Santa Beatriz hasta la Casa Hardcore de Barranco, las hordas subterráneas vivían su fantasía rockera en una ciudad a la que el rock nunca le ha importado. Y lo hacían con pasión y, hasta cierto punto, ese compromiso solo posible cuando uno es adolescente y no está contaminado por intereses subalternos o simplemente por la necesidad de mantener un trabajo, una familia, las cuentas al día.

¿Y nosotros ké? es un libro ambicioso que descubre los entresijos de una subcultura musical con matices sociales, económicos y políticos, desarrollados en un mundo distinto, en que las diferencias entre grupos sociales/raciales supuestamente antagónicos se resolvían en las calles y no en las redes, que continúan vigentes. Y lo hace a través de la reivindicación de la carrera de Eutanasia que, aunque ha sido reconocida por sus pares como la primera banda punk peruana, no resulta tan familiar para los nuevos públicos consumidores de rock local como, por ejemplo, Jorge "Pelo" Madueño o Daniel F.

martes, 26 de marzo de 2019

CONCIERTOS EN LUGARES NO CONVENCIONALES




La semana pasada, los Red Hot Chili Peppers –Anthony Kiedis (voz), Flea (bajo), Chad Smith (batería) y Josh Klinghoffer (guitarra, teclados, coros)- reventaron las redes sociales transmitiendo en vivo un concierto frente a las fantásticas pirámides de Egipto. Con una iluminación sorprendente y alta calidad en las imágenes que pudieron verse, en tiempo real, a través de su canal de YouTube, los autores de clásicos noventeros como Give it away, Suck my kiss y Under the bridge, tuvieron en vilo a sus fans. Pero el extravagante cuarteto no ha sido la primera banda que organiza una tocada usando como escenario importantes sitios emblemáticos del mundo.

Grateful Dead, el grupo liderado por Jerry García, tocó en Giza mucho antes, allá por el año 1978. Durante tres noches, los californianos convocaron los secretos del inframundo ancestral con su música, pasando del country-rock a sus lisérgicos viajes astrales. De esa experiencia salió Rock the cradle: Egypt 1978, un álbum doble lanzado treinta años después, en el 2008. El inmortal misterio de estas imponentes tumbas hizo mejor maridaje, de lejos, con la psicodelia hippie que con los elásticos y descuajeringados saltos de los reyes del funk-rock. Sting, Yanni y Jean-Michel Jarre también llevaron su música ante las enigmáticas arenas del desierto norafricano.

En 1971, Pink Floyd tomó por asalto las ruinas de Pompeya, legendaria ciudadela italiana arrasada por la erupción del Vesubio en el siglo I de nuestra era, en un concierto sin público que quedó registrado en un alucinante documental. A pleno sol, las descargas angustiantes de temas como Careful with that axe, Eugene y los enigmáticos acordes de Echoes hicieron despertar a los espíritus dormidos en el derruido anfiteatro, invadido por altas torres de parlantes que se veían diminutas en estas monumentales ruinas, los mismos que servían para amplificar al máximo los instrumentos del cuarteto británico, entonces en su máximo esplendor. David Gilmour (voz, guitarra), Roger Waters (voz, bajo), Richard Wright (voz, teclados) y Nick Mason (batería) contestaron de esta manera al multitudinario festival de Woodstock, desplegando una de sus primeras manifestaciones anti-público que después refinarían al máximo en su producción The wall (1979).

Salir de estadios y teatros en búsqueda de vibraciones diferentes ha sido una práctica muy común. Muchos recuerdan, por ejemplo, al grupo chileno Los Jaivas lanzando su folk-rock progresivo desde el Cusco, en 1981, para un especial de televisión denominado Alturas de Machu Picchu (como su sexto álbum), con narración de Mario Vargas Llosa incluida. O los espectaculares conciertos del tecladista griego Yanni en monumentales locaciones como el Partenón de Atenas, Grecia (Live at the Acropolis, 1994); el Taj Mahal de Agra, India; y la Ciudad Prohibida de Beijing, China (Tribute, 1997), con puestas en escena y elencos musicales que eran realzados por los sensacionales alrededores. La música de Yanni, encuadrada en el estilo que hoy todos conocemos como new age, es una combinación poderosa de música tradicional de diversos países con fuertes arreglos para orquestas y teclados (al estilo de su compatriota Vangelis), cargadas de exotismo y enigma, ideales para musicalizar la historia atemporal de los pueblos.

Otros lugares poco convencionales para conciertos de rock han sido utilizados por Paul McCartney. Por ejemplo, tenemos los multitudinarios shows que ofreció en la Plaza Roja de Moscú y la plaza central de San Petersburgo, que fueron además significativos por ser la primera vez que el ex Beatle llegaba a tierras soviéticas, en el año 2004. Macca también tocó, con su electrizante banda, en el Coliseo Romano (Italia) y en la legendaria Estación Central del metro de New York (EE.UU.). este último concierto fue como una antesala al lanzamiento de su más reciente producción en estudio, Egypt station (2018).

Genesis, la banda de rock progresivo británico integrada por Phil Collins (voz, batería), Mike Rutherford (bajo, guitarra), Tony Banks (teclados), Daryl Stuermer (guitarra, bajo) y Chester Thompson (batería), realizó en el 2007 un concierto gratuito en el Circus Maximus, uno de los monumentos más impresionantes de Roma antigua, que fue visto por casi medio millón de personas. Esta locación también ha sido usada por los Rolling Stones y por el concierto benéfico Live 8.

Artistas como B. B. King y Johnny Cash realizaron conciertos en cárceles. El rey del blues lo hizo en dos ocasiones: en 1971 en la penitenciaria de Cook County, Illinois; y en 1990, en la cárcel de San Quintín, California. Por su parte, el recordado "hombre de negro", amo y señor del country, también llevó sus incendiarias canciones a las cárceles de San Quintín y Folsom. Este último show produjo uno de los álbumes más reconocidos de su amplio catálogo: Live at Folsom Prison, de 1968. 

En 1978, la banda de rockabilly y punk The Cramps hizo un concierto en el Hospital Mental de Napa, en California. El trío clásico integrado por Lux Interior (voz), Poison Ivy (guitarra) y Bryan Gregory (batería) armaron la fiesta en este sanatorio psiquiátrico ante un aproximado de 150 personas, entre doctoresy pacientes, quienes respondieron positivamente, bailando ante los bizarros ritmos de una de las bandas más extrañas que hayan salido de los Estados Unidos. The Mutants, otros grupo de la época, también participó de este extraño concierto.

Finalmente, no podemos dejar de mencionar al cuarteto norteamericano Metallica, que realizó un concierto nada menos que en la Antártida, en el año 2013. El show, titulado Freeze’em all (en alusión a su primer disco, Kill’em all) se realizó en una base científica argentina ante un reducido público (poco más de cien personas entre científicos y ganadores de un concurso organizado por Coca Cola). Para proteger el ecosistema polar, la banda tocó sin amplificación hacia afuera, con el público escuchando la música conectados a audífonos especiales.


miércoles, 20 de marzo de 2019

UNA TRAGEDIA QUE PINTA DE CUERPO ENTERO A NUESTRA SOCIEDAD ENFERMA


Un escolar manipula una pistola cargada en clase. El arma se dispara y el adolescente termina matando a un compañero e hiriendo a otro. De todos los lugares que conforman un colegio, el salón en hora de clase es -era- el más seguro de todos. 

Las notas de prensa son lastimeras, descriptivas, hasta morbosas. Pero nadie hasta ahora escarba en la(s) terrible(s) arista(s) que hacen posible este despropósito. Porque vista con lupa, está situación no solo tiene como responsables a los actores más obvios (el padre irresponsable que deja el arma de fuego suelta y cargada al alcance de sus hijos, el colegio al que ahora exigen que revise a los alumnos al entrar, como si fuera un banco o una entidad pública para trámites de adultos). 

Esta tragedia también ha sido ocasionada por nuestras nociones básicas de convivencia, nuestros gustos y prioridades, nuestras formas de entretenimiento, los modelos de comportamiento que son difundidos e impuestos a niños y adolescentes por los mismos medios de comunicación masiva que hoy lloriquean y pontifican acerca de este lamentable caso. 

¿Por qué un empresario, un civil con licencia para portar armas, es capaz de "olvidarse" de dejar su pistola a buen recaudo antes de salir de la ciudad? ¿No será que hablar y exhibir pistolas como símbolos de poder, de masculinidad, de ese "ser imbatible" que hoy es tan apreciado, era común en esa casa? ¿Qué nos diría eso -de confirmarse- respecto de las relaciones entre los integrantes de esa familia? ¿Qué hábitos tiene ese padre? ¿Juega con su adorable hijo, ahora ad portas de ingresar a Maranguita, esos videojuegos en los que se mata a diestra y siniestra? ¿Verían juntos, en su TV LED de 80", Narcos en Netflix? 

En los años ochenta hubo en los EE.UU. una cruzada oficialista contra diversos artistas del mundo del pop-rock, acusándolos de provocar suicidios, alteraciones en la identidad sexual y comportamientos antisociales en niños, jóvenes e incluso adultos. Nombres como Ozzy Osbourne, W.A.S.P., Prince, Frank Zappa, Twisted Sister, entre otros, fueron señalados con el dedo de asociaciones encopetadas que encontraban en las letras de sus canciones las razones de problemas que ellos eran incapaces de controlar. 

El rock y sus variables, al no formar parte del establishment, quiso ser estigmatizado y tomado como chivo expiatorio. Sendas sesiones en el congreso norteamericano, programas televisivos como CrossFire y otros trataron el tema y, después de mucho análisis quedó demostrado que las obras artísticas no tenían el poder suficiente para influir y concretar acciones como asesinatos, suicidios o violaciones, ya que las familias y el Estado estaban en la obligación de dejar claro a sus menores hijos cuáles eran los límites entre lo real y lo ficticio. 

Ocurre todo lo contrario en estos tiempos. A diferencia de los rockeros, quienes mostraban una imagen en público e incluso tenían estilos de vida extremos, jamás intentaron imponer a los demás sus decisiones ni hábitos como deseables a niños y adolescentes. Hoy, los reggaetoneros se exhiben en videoclips en enormes mansiones rodeados de dealers (vendedores de drogas), matones, mujeres a su disposición, estilos de vida asociados al narcotráfico. Incluso en muchos casos, todos estos personajes representan con esas imágenes el lujo y la bonanza económica alcanzada sin necesidad de leer ni ser una persona común y corriente. El ascenso social y sobretodo económico es conseguible si eres como nosotros, mi pana. Los jóvenes ven eso a diario y, por supuesto, lo desean fervientemente para sus vidas. 

Los vídeos de Mötley Crüe, Motörhead o Twisted Sister mostraban un mundo paralelo, de ficción, casi de dibujos animados que, con la orientación adecuada de padres y maestros, hasta se convertía en fuente de aprendizaje y construcción de identidad, para cuestionar lo establecido y formar una personalidad propia. O simplemente para entretenerse. Y, salvo patologías declaradas, no eran capaces de convertir a un niño en adolescente por muchas veces que lo vieran o escucharan. 

Pero hoy, series como Narcos, El Patrón del Mal, Las Muñecas de la Mafia, Escobar; videojuegos de realidad virtual en los que se simulan con hiperrealismo diversas formas de matanzas; y los mencionados videos de reggaetón que son fácilmente asociados a la actitud agresiva y sinvergüenza de los narcotraficantes, al lujo y la libertad/libertinaje para hacer lo que te dé la gana; son parte de las fuentes de entretenimiento oficial, no marginal, publicitadas y halagadas hasta la náusea por expertos, opinólogos y demás, con la finalidad de vender más televisores, más consolas, más discos, más likes en redes sociales, más vistas en YouTube. 

Conceptos nocivos que promocionan modos de vida que lindan con lo delincuencial y que, gracias a Netflix y a Frecuencia Latina, se inoculan sistemáticamente hasta llegar a las sobremesas de las casas de las nuevas clases medias/altas para quienes tener licencia para portar armas ya no es únicamente un asunto de seguridad sino de poder, de invencibilidad y hasta de estatus. 

Todo eso es lo que lleva a un adolescente a querer "lucirse" frente a sus compañeros de clase, mostrando una pistola. Todo eso y el haber aprendido, en casa, que tener pistola "es bacán". 

Las presiones que nuestra enferma sociedad actual impone a las nuevas generaciones -ser exitoso, popular y poderoso lo más rápido posible y sin el mayor esfuerzo-, el consumismo y las tendencias de moda esparcidas por los medios ha venido formando, desde hace ya algunos años, a individuos agresivos y desenfocados. Y esos individuos, con la mentalidad carcomida por la insensibilidad y la ambición, ya comenzaron a tener hijos, que aprenden en la comodidad de su hogar que ser patán, malcriado, egoísta y superior da más resultado, en el camino hacia el éxito y la realización personal, que ser respetuoso, educado, solidario y perfil bajo. Habilidades "blandas" las llama la educación oficial. 

No vamos a solucionar este asunto con peroratas acerca de quién es responsable, ni con propuestas estúpidas como las de colocar detectores de metales en las puertas de los colegios. La sola idea de que esa medida sea parte de una solución deja claro que la enfermedad que padece nuestra sociedad está tan extendida que ya no le queda espacio libre a su piel gangrenada para el pinchazo que contenga el coctel de antibióticos que nos libere de tamaña infección. 

Necesitamos refundar la educación e intervenir los medios masivos. Necesitamos sacar de la televisión a tanto idiota que esparce basura impunemente y después se lava las manos por la democracia del control remoto. Necesitamos, como dice un conocido empresario/educador español, crear una nueva generación de buenas personas para que este mundo no siga convirtiéndose en este fuego cruzado en el que los insensibles, los corruptos y los agresivos tienen siempre las de ganar.