miércoles, 29 de abril de 2020

RECORDANDO A MI PAPÁ (1931-2016)


"Uy... Ya me jodí..." dijo mi papá, con esa voz clara que siempre tuvo, cuando apareció una de las primeras señales de la enfermedad que finalmente lo apartó de nuestro lado, hace cuatro años ya. Había cruzado la barrera de los ochenta caminando bien, hablando fuerte, pensando y recordando con lucidez. Pero esa mañana no pudo sostener un tenedor. Estaba en su cama, en casa, después de unos malestares por los que tuvo que ingresar unos días al hospital. A nosotros no nos parecía gran cosa pero él la tuvo clara desde el principio.

Su salud venía dando algunos tumbos desde que cumplió setenta, como él mismo decía. Y no le extrañaba en absoluto. Siempre había estado consciente de que tenía ya una edad avanzada. Presión alta, arritmias, laberintitis, la cervical, cinco pastillas al despertar y cinco al acostarse. Ese año, el 2001, comenzó a ir más seguido al Seguro, para chequeos, recojo de medicamentos, análisis. Mi mamá, siempre a su lado, lo acompañaba y lo llevaba del brazo para ayudarlo con los mareos. Ella era catorce años menor que él. Era lo normal.

Sin embargo, la vida no sabe de normalidades. La muerte de mi mamá, en el 2010, fue como una enorme anomalía temporal, una incongruencia. Nadie en la casa -mis hermanos, mi esposa, yo- lo entendía en su totalidad, ni siquiera ahora que ha pasado ya tanto tiempo y que, reflexionando y escarbando detalles, queden claras algunas situaciones. La misma preocupación que sentíamos por la fragilidad de la salud de papá nos distrajo de la de mamá. Lo normal, la noción de que no era posible que ella enfermara antes que él, nos jugó en contra aquella vez.

Uno o dos años después de que mamá se fuera, le instalaron un marcapasos a mi papá para controlar la arritmia que tanto le aquejaba. Las gestiones para la importación el aparato, el turno para la operación, todo se hizo en orden y no sin demoras. Los doctores le venían recomendando eso al viejo desde hacía mucho tiempo. Pero él no quería. Le tenía miedo a las operaciones. Los años siguientes al implante cardíaco los pasó mucho más tranquilo. La pena por su nueva soledad la procesaba viendo fútbol todo el día, escuchando música, haciendo bromas. Cuando lo llamaba desde el trabajo me decía que "hablaba hasta con los muebles, carajo... "

Era muy bromista, mi papá. Criollo de la guardia vieja, tenía esa chispa de barrio, esa picardía quimbosa de zambo sacalagua que pasó su adolescencia entre las zonas más picantes del corazón de La Victoria (donde había nacido), enamorando a las pitucas de Santa Beatriz, jironeando en el Centro de Lima, bailando mambo en los carnavales de Barranco, a los que llegaba con su patota en tranvía, en los gloriosos años cuarenta y cincuenta.

Cuando yo nací, en 1974, mi papá tenía 43 años. Fui su tercer hijo, su fallido intento por conseguir "a la mujercita" tras los dos hijos seguidos que había tenido seis años antes. Y cuando salí de la Secundaria, en el '90, estaba a punto de cumplir 60. Siempre vi a mi papá como un hombre muy mayor, a diferencia de mis hermanos que lo vieron treintón y cuarentón. Mayor y experimentado, canchero y algo cínico. Orgulloso de sus orígenes humildes, de su colegio fiscal -"que los malditos apristas desalojaron para armar la Casa del Pueblo" me completaría él-, de ser victoriano y limeño. "¡Yo soy el último limeño, carajo, Lima está llena de serranos!" decía. Esas frases y muchas otras que llegaban cargadas de un racismo reprochable y socialmente incorrecto, las pronunciaba con una inflexión de voz especial, graciosa, como de chiste, cortando la última sílaba y apretando los dientes, que nos hacía reír. Y que yo mismo reproduzco en mi hablar cotidiano, como lo hacen también mis dos hermanos mayores.

Era un gran admirador de la cultura popular norteamericana -decía que era "yankinista". Los western de John Wayne (las "coboyadas", extraña castellanizacion de las películas de vaqueros o "cowboys") y el jazz de Glenn Miller o Tommy Dorsey. Las comedias afroamericanas de la televisión como los Jefferson o el show de Bill Cosby. Y, por supuesto, las divas del cine de oro como Doris Day, Yvonne de Carlo o Elizabeth Taylor. Cuba y México también tuvieron gran influencia en sus gustos. Tres Patines y Cantinflas. La Tongolele y María Antonieta Pons. Pedro Infante y Pérez Prado. 

Amaba la música mi papá. Siempre nos hablaba de su colección de vinilos en la que no podían faltar Frank Sinatra (su "role model" si de cantantes se trata), Lucho Gatica y Mario Lanza. Esa colección -que yo nunca vi- la vendió su alocado hermano Eduardo a sus espaldas. Solo Dios y el Señor de los Milagros saben en qué usó el dinero aquella vez. Todas las mañanas de los fines de semana escuchaba, en los ochenta, a Juan Ramírez Lazo presentando boleros de Los Panchos, rancheras de Javier Solís, guarachas de Rolando La Serie y La Sonora Matancera con todos sus cantantes. De adolescente lo logré convencer de que Freddie Mercury era un gran cantante y que Silvio Rodríguez era un genio. No le gustaba el rock y sabía quiénes eran los Bee Gees solo porque su pequeño tercer hijo (yo) repetía, desde la cuna, los nombres de sus tres integrantes, antes de siquiera haber aprendido a hablar correctamente. Y era fanático de Alfredo Kraus, Plácido Domingo y Lucíano Pavarotti. 

Pero si un género le gustaba a mi papá era, por supuesto, la música criolla. Destacó entre sus ocho hermanos hombres como cantante. De joven, en los almuerzos con sus amigos del Interbank (que entonces también era conocido como Banco Internacional del Perú), en donde trabajó 40 años, le pedían valses antiguos y boleros como Júrame y le pagaban las cervezas en el Ton Kin Sen, legendario chifa de Capón, en el Centro de Lima que él conoció, distinguido y jaranero, limpio y colonial. Cantaba bonito mi papá. En las jaranas familiares de la casa de la abuela, en la Av. José Gálvez, brillaba su voz de tenor, siempre con la mano derecha en alto, saludando al horizonte, como en esas clásicas fotos de Augusto Polo Campos, cantando joyas de la Guardia Vieja: Comarca, Amor iluso, Ocarinas, Ídolo, Pasión de hinojos, Anita, Guardián, y tantas otras. Nada de Mal paso, Mi propiedad privada... "¡Nada de mariconadas!", sentenciaba.

Sí pues. Mi papá era reilón, palomilla, buen cantor y chupacaña (el guitarrista era Humberto, otro de sus hermanos). Y tenía todos los defectos del limeño de su tiempo: decía que odiaba a los serranos aunque varios de sus mejores amigos eran de la sierra (su "odio" no era, después de todo, destructivo sino estructural, aprendido de sus padres y abuelos), y era bastante machista. Había nacido en el '31 pues. Le costó mucho adaptarse al mundo moderno de Internet, mujeres votantes y un país inclusivo, de todas las sangres. También tenía una ética muy particular en temas personales: todo lo resolvía con aire relajado, sin estresarse (incluso en épocas de duras estrecheces económicas, sus procesiones fueron siempre por dentro), jamás se metía en la vida y/o problemas ajenos, le encantaba el raje (a quién no, a ver confiesen...) y sentarse a resolver los problemas del país y del mundo, de la religión y la política, desde su sillón. "¡A los que sabemos no nos llaman!" En eso tiene mucha razón. Hasta ahora.

Los seis años que pasaron entre 2010 y 2016 transcurrieron para él de una forma distinta a lo que había sido su vida entera. Sin su compañera de siempre, se acostumbró a pasar más tiempo con nosotros -sus hijos y su nuera- en casa, con todos los cuidados que fuimos capaces de darle. Asistió a mi matrimonio y nos dio más de una sonrisa con sus ocurrencias, ya convertido en un adorable abuelito -sin nietos- querendón y dicharachero. Los fines de semana nos juntábamos para almorzar y escuchar canciones en el YouTube, un juego que disfrutaba mucho. Se fue en junio del 2016, dos meses después de haber cumplido 85 años. Hoy, 29 de abril del 2020, habría llegado a los 89.

Gracias a Dios ni él ni mi mamá tuvieron que ver la situación en la que estamos actualmente. Pudimos despedirnos de ambos como corresponde, en familia y sin restricciones. Su franca y pícara sonrisa viven siempre en mi recuerdo y afloran, de vez en cuando, cuando me miro al espejo.

lunes, 24 de febrero de 2020

CONGRESO ENCINAS: CUANDO LA EDUCACIÓN NO ES NOTICIA




Estuvieron todos los que tenían que estar: analistas reconocidos, funcionarios del Minedu, ex ministros y ex viceministros, maestros innovadores de Lima y provincias, integrantes del Consejo Nacional de Educación, representantes de importantes instituciones como Unesco y Fundación SM, dirigentes del Sutep, catedráticos de La Cantuta y la Facultad de Educación de la Cayetano Heredia.

Hasta el nuevo Ministro de Educación, en su primera aparición pública tras su nombramiento hace una semana, clausuró el evento, ante cientos de docentes del sector estatal. Pero nadie habló del tema en la gran prensa. Y, como bien establecieron los sabios de Egipto hace centurias, aquello que no se nombra simplemente no existe.

¿A qué se deberá tanta indiferencia? ¿Será porque este evento de tres días (del 19 al 21 de febrero), que lleva el nombre de uno de los educadores más importantes y a la vez más olvidados de nuestra historia republicana, el puneño José Antonio Encinas (1888-1958), fue organizado por la Derrama Magisterial, esa entidad previsional que para los periodistas viejos -y los jóvenes supuestamente informados- sigue siendo un rezago de la izquierda más ortodoxa, mientras que para los gacetilleros y bustos parlantes de la televisión es un permanente enigma que se conforman con asociar, de manera reduccionista, a prejuicios y desinformaciones de todo calibre?

Si Martín Benavides Abanto, ex cabeza de la Sunedu y hoy nuevo Ministro de Educación, que cubrió la hasta ahora inexplicable renuncia de Flor Pablo Medina -quien, a pesar de un inicio accidentado y errático, básicamente por el escándalo de los links sexuales en el material educativo elaborado por su cartera, había alcanzado cierta estabilidad en la gestión- hubiera debutado ante auditorios públicos y reflectores en algún evento organizado por la Cámara de Comercio de Lima, la Confiep o la UPC habría sido titular de bandera en todos los noticieros nocturnos, portada en todos los diarios "serios" y tema central de las entrevistas de los KOL de moda (para los no iniciados en las estúpidas frases en inglés de las que abusan las empresas dedicadas a la asesoría en imagen, "KOL" es el acrónimo de "Key Opinion Leaders", en lengua romance "Principales Líderes de Opinión"). Pero ahora pasó desapercibida su presencia en estas jornadas de conferencias que giraron en torno a la educación inclusiva, la diversidad territorial y la modernidad tecnológica.

Pero más allá de que tenga relación con la institución organizadora, asociada indisolublemente al Sutep, uno de los pocos sindicatos activos y fuertes que quedan en el Perú, a pesar de sus divisiones internas y limitante politización, el desprecio de la prensa concentrada hacia los temas educativos en general es muestra inequívoca de que, por más campañas y comerciales de alto presupuesto y calculadas imágenes construidas para causar identificación emotiva y sensación de que les preocupa el futuro del país, las prioridades siguen siendo otras.

El escándalo político de poca monta (el audio de un funcionario resinoso insultando a una ministra), el morbo babeante (los detalles del descuartizamiento de una joven) y el embrutecimiento de las masas (las últimas de Farfán y su ex), son temas que, al imponerse como noticias de alta relevancia, facilitan que el eterno status quo permanezca inamovible. 

El poder y el control social de unos pocos está asegurado si la educación sigue en ese estado de fracaso y abandono continuo, incapaz de ingresar al imaginario colectivo con la importancia y urgencia que debería tener, porque los medios de comunicación solo voltean a mirarla por dos motivos: a) escándalos en el sector (cambios ministeriales, crímenes y abusos, huelgas) y b) cuando alguno de sus asociados, generalmente agentes del poder hegemónico y privilegiado, requieren posicionarse como adalides de la buena educación y/o necesitan desprestigiar a los "radicales" que exigen mejoras para el magisterio o que intentan cortar el negocio de los colegios privados. 

Un tercer motivo por el cual los medios convencionales "hablan" de educación es, por supuesto, cuando llega en la forma de jugosos contratos publicitarios: Un afiche a página completa en la edición dominical, un creativo comercial de 40 segundos con un actor/actriz conocido disfrazado de escolar, un slogan para repetir por la radio a cada rato, a 50 dólares la mención. Así, política, poder y dinero hacen que la educación deje de ser percibida como un servicio para convertirse en una mercancía.

Claro, no quiero decir con esto que si el Congreso Encinas hubiese sido cubierto con la misma intensidad y cantidad de espacio que el affaire Farfán versus Klug o el escabroso asesinato de Solsiret seríamos un país mejor. 

De hecho, el Congreso Encinas adolece de los mismos males de otros cónclaves profesionales más publicitados y pomposos, de esos que tienen auspiciadores como bancos, mineras o constructoras (que, casualidades de la vida, también auspiciaron a organizaciones criminales disfrazadas de partidos políticos): discursos cargados de buenas intenciones, estadísticas, menciones a Finlandia y Corea del Sur, Howard Gardner y sus inteligencias múltiples, la importancia de la diversidad idiomática nacional, etc. pero que, al final, terminan olvidándose con la misma facilidad con la que se pronuncian.

Y es que, precisamente, el poco interés de la prensa por los conceptos y propuestas desplegadas en los eventos de esta clase -algunos pueden ser de legítima excelencia, otros estar más cerca del absurdo o la improvisación y otros simplemente son cantaletas que se repiten año tras año sin opción de implementarse- lo que hace que temas importantes se conviertan en cuestiones superficiales que no despiertan interés en los públicos consumidores de noticias. Mientras autoridades y periodistas juegan a la dinámica del analista de realidades, las masas viven de espaldas a todo ello, con su atención y sus devociones entregadas a cosas diametralmente opuestas.

¿Por qué, si no es por otra cosa, la gente en la calle sabe perfectamente cuántos minutos duró la presentación de JLo/Shakira en el Super Bowl y lo recuerda durante semanas pero no tiene idea de qué debe hacer exactamente si siente una fuga de gas en casa? ¿Por qué conocen al detalle las idas y vueltas del juicio entre Farfán y Klug pero no tiene idea de quiénes fueron/son Antonio Gramsci, Eric Hobsbawm, Patti Smith, Alan Parsons, Bobby Charlton, Leo Masliah o Los Morochucos? ¿Por qué saben las razones por las cuales Nicola Porcella estuvo en titulares la semana pasada pero no saben que los adolescentes en la selva sueñan con emigrar a Lima porque no quieren parecerse a sus padres/abuelos porque los consideran pobres e ignorantes (Martín Vegas, integrante del CNE, en el Congreso Encinas)?

La respuesta es simple. Todos los días, a todas horas, los medios de comunicación nos repiten esas babosadas que todos, incluso aquellos a quienes no nos interesa saber de ellas, hasta instalarlas en nuestros cerebros de forma indeleble, imborrable. Si así nos repitieran las recomendaciones para evitar explosiones a causa de fugas de gas, las capitales de los países de Europa Oriental o tantos otros datos e informaciones valiosas de historia, arte, páginas web de excelencia, cine, música, modernidad, tecnología, etc. nuestras juventudes estarían mejor educadas. Ni hablar de valores que nadie conoce ni respeta porque todos están pensando en hacerse millonarias y poderosos como la Klug y Daddy Yankee, ganando miles de dólares sin hacer nada de valor, para gastarlo en viajes al Caribe, lentes de sol, carros de lujo y demás.

Por eso, eventos como el Congreso Encinas pasan desapercibidos mientras que noticias sórdidas sin solución ni enseñanza social alguna brillan con detalle de antropólogo forense en las sobremesas de familias en el Perú entero.

Por eso, si alguien se atreviera a llamar las cosas por su nombre, la única conclusión sería que los máximos enemigos de la educación peruana son los medios de comunicación. Por eso la educación per se no es noticia. Por eso estamos como estamos.

lunes, 10 de febrero de 2020

JENNIFER LÓPEZ Y SHAKIRA: REAFIRMANDO ESTEREOTIPOS NEGATIVOS


El pasado viernes 31 de enero, en Frecuencia Latina, María Teresa Braschi y Pedro Tenorio leyeron, con inocultable entusiasmo, la noticia más importante de esa semana para el mundo del espectáculo: "Jennifer López y Shakira compartirán escenario en el Super Bowl -la final de la Liga Nacional de Futbol Americano, NFL- en Miami, para reafirmar el orgullo de ser mujeres y latinas".

El mini concierto de menos de 15 minutos, producido el domingo 2 de febrero durante el entretiempo de un partido que no le interesaba a nadie más que al público norteamericano, fue visto por más de 100 millones de personas en el mundo, quienes no despegaron los ojos de las contorsiones y disfuerzos de estas dos señoras que han alcanzado gran fama y fortuna vendiéndole al público globalizado la versión más recalcitrante de anacrónicos estereotipos que dañan constantemente la imagen de la mujer de nuestra región.

El tradicional cliché de la latina siempre dispuesta para la fiesta y el coqueteo sensual, que genera tantos resquemores en ciertas agendas feministas, ha sido y es explotado hasta la náusea por estas estrellas pop quienes, junto al reggaetón y sus procacidades, terminan estigmatizando a muchas mujeres latinoamericanas cuando van de turistas por EE.UU., Europa e incluso países del Medio y Lejano Oriente, donde son comparadas con estas figuras del bataclanismo internacional por ser jóvenes y atractivas, aunque no anden sobajeándose contra paredes, pasamanos y tubos, ni les interese hacerlo.

Ante la repetitiva pobreza de sus producciones musicales, ambas construyeron su éxito en el exhibicionismo y la supuesta sofisticación de su imagen fashion con vocación de strippers, amparadas en un conjunto de características físicas que les aseguran una masiva atención, tanto de públicos masculinos como femeninos. El problema es que, aunque una ancha mayoría de mujeres las admira y sueña con parecerse a ellas, hay también muchas otras que se sienten incómodas y hasta ofendidas por quedar reducidas al superficial papel de "divas latinas" que ambas representan con interesado orgullo, valorizado en millones de dólares, por supuesto.

En realidad, la performance de JLo/Shakira en el Super Bowl fue una agresiva reafirmación de estereotipos negativos, socialmente aceptados y muy rentables, que desautorizan las eternas luchas femeninas por ser más respetadas e imponen modas y autonomías económicas logradas con la explotación de la imagen y la cosificación como bandera. Muy poco de orgullo latino y mucho, eso sí a raudales, de show vulgarón del Sunset Strip (baile del tubo, reggaetón). Estereotipos que dan mucha plata y alejan a la masa del verdadero orgullo latino. Una sofisticada salsa que ambas señoras pudieron haber bailado, con clase, fina sensualidad y algo de elegancia, hubiera quedado mejor que esa exhibición de poca monta y alto presupuesto que refleja lo peor de lo que actualmente el mundo entiende como "sabor latino".

Eddie Trunk, personalidad radial de EE.UU., publicó en Twitter: "El show del entretiempo califica como un buen video instruccional de aeróbicos, pero en cuanto a calidad musical debe haber sido el peor de la historia. ¡Bravo NFL! ¿Tuvieron a Guns 'N Roses en Florida pero escogieron transmitir esto? ¡Ridículo!" Por su parte, Dee Snider, vocalista del quinteto rockero Twisted Sister, también criticó el aclamado intermedio, considerando que fue un exceso montar un espectáculo de nightclub en un evento deportivo y familiar, como prueba de que existen puntos de vista contrarios al aparente consenso unánime de que la actuación de marras fue “épica”.   

miércoles, 22 de enero de 2020

ELECCIONES 2020: UN SUEÑO INCUMPLIDO



Las elecciones de este domingo 26 de enero son una de esas tantas pantomimas que, a diario y de distintas formas, la sociedad peruana ejecuta para perpetuar la falacia aquella de que somos un país organizado, orgullo de la región, a un paso del Primer Mundo y la OCDE, adalides de la democracia participativa, el respeto a los derechos humanos y la estabilidad jurídica que promueve la inversión... 

Con tal de no aceptar una realidad que nos avergüenza -la del profundo y espeso primitivismo en el que nos arrastramos-, los ciudadanos de esta nación inconclusa y fracasada aspirante a república cumplimos cívicamente el ritual sufragante y, con el holograma pegado al DNI, validamos la farsa una vez más. Y seguimos nuestra vida superficial, homogeneizada por las tarjetas de crédito y lobotomizada por el reggaetón, las redes sociales y los realities.

Pero pudo no ser así. 

Si el Jurado Nacional de Elecciones no hubiera estado dirigido por un topo fujimorista quizás no habría perpetrado, desde sus resinosos escritorios, esa doble traición a los vientos de esperanza que llegaron tras la disolución y cierre constitucional del Congreso chavetero y obstruccionista. Doble traición porque, primero, les abrió las puertas a los disueltos para que participen en este proceso extraordinario, razón por la cual tenemos a Mulder, Bartra, Vilcatoma, Sheput, Heresi, todos ellos personajes que deberían haber sido legalmente expectorados de la vida política nacional, a punto de volver, orondos, a sus curules. 

Y segundo porque, a solo dos semanas de la ya contaminada jornada electoral, ese mismo despacho le lanza un centro perfecto a los partidos y movimientos más despreciables anunciando que, así no superen la "valla electoral" (5% de votos válidos), no perderán su inscripción y podrán participar, por lo tanto, de las presidenciales/congresales del 2021. O sea, acá no pasó nada.

Si, en lugar de ello, las decisiones post-disolución hubiesen incluído inhabilitaciones, investigaciones y juicios sumarios, sentencias y demás instrumentos legalmente aplicables a todos esos maleantes que han vivido a cuerpo de rey como parlamentarios, para que la actividad política hubiera sido realmente fumigada de tanto cinismo, estaríamos frente a un momento de renovación obligada, que habría tenido ciertamente dificultades (la pregunta "¿de dónde sacamos 130 personas totalmente nuevas para el Congreso?", válida desde todo punto de vista, circuló mucho apenas Vizcarra anunció el cierre) pero que, en esa novedad, habría generado una participación social y ciudadana inevitable.

¿No hubiera sido perfecto un proceso electoral sin Fuerza Popular, sin Solidaridad Nacional, sin el Apra, sin Alianza por el Progreso, sin Contigo, partidos y movimientos cuyos líderes están encarcelados, procesados o cuestionados? ¿Por qué tenemos a organizaciones criminales usando la franja electoral pagada por el Estado diciéndole al electorado que todo va a cambiar, como por arte de magia, con esas "caras nuevas" que usan los mismos polos naranjas o amarillos, que siguen rindiendo culto al suicida mitómano, al plagiario que se jacta de no leer, al lobbista descarado? Si ese proceso de limpieza le hubiese cerrado las puertas a todos los congresistas disueltos y sus allegados (familiares, asesores, protegidos, testaferros, chalecos y demás) las cosas habrían sido muy diferentes.

En esa ucronía tendrían que haber salido a la palestra los verdaderamente desconocidos, los sin experiencia congresal, los mejores. Los partidos y movimientos que hubieran quedado tras la purga que nunca se logró por culpa del JNE, tras el enjuague estomacal que necesitaba (que aun necesita) el Perú, se hubieran visto en la obligación de abrir convocatorias públicas, visitar universidades y barrios, escarbar entre artistas y filósofos, para ofrecerles la oportunidad de, por primera vez, servir al país desde un punto de partida básico, elemental. 

Si eso hubiera sido así, ¿quiénes tendrían que haber tomado la responsabilidad de reemplazar a toda esa gavilla de impresentables que fueron disueltos en septiembre/octubre del año pasado? Profesionales comunes y corrientes, como usted o como yo. Mi padre, que en paz descanse, solía decir una frase con la que concluía aquellas míticas conversas de sobremesa, en las que todos los apolíticos hemos participado más de una vez, en familia o entre amigos, para analizar y desmenuzar todo: la economía, el gobierno, la educación, la salud pública, la televisión, la religión, el fútbol: "¡A los que sabemos no nos llaman, carajo!" 

Ese dicho condensaba la indignación de ver, siempre desde fuera, cómo los mediocres son los que están enquistados en el poder satisfaciendo sus propios intereses, los mismos pobres de espíritu incapaces de hacer algo por el país, mientras que la gente bienpensante está ahí, en casa y en su trabajo, rumiando soluciones basadas en la buena voluntad y en una cierta ingenuidad sobre cómo funcionan realmente las cosas en el Estado. Si el JNE los hubiera erradicado como esperábamos tras el valiente y constitucional acto de Vizcarra, ciudadanos de a pie y con buenas intenciones tendrían que haber iniciado la nueva clase política. 

Pero lamentablemente la realidad es otra. Y si bien es cierto no todos están pugnando por regresar -personajes como Vitocho, Salgado, Tubino, Letona, Chacón, Velásquez Quesquén, entre tantos otros, se han hecho a un lado para aparentar desprendimiento o para permitir que el tiempo traiga consigo el olvido de sus fechorías- hay unos cuantos que sí lo hacen con descaro, amparados en las traiciones del JNE y dispuestos a mantenerse como cuñas para conservar sus privilegios y evitar que la fumigación sea completa. Y, por otro lado, los partidos que deberían haber sido borrados del espectro electoral han sembrado sus listas de multiformes topos, agentes patógenos de diversa índole: desde zombies reciclados como Martha Chávez, Omar Chehade, Luis Solari, Nidia Vílchez... hasta nuevos lunáticos como Mijail Garrido Lecca, Mario Bryce, Diethel Columbus... a quienes la juventud no les sirve para nada pues exhiben las mismas mañas que sus líderes, maestros, padres y padrinos políticos. Todos con los primeros números en cada lista, para asegurarse el ingreso sí o sí. Todas se las saben...

Así las cosas, este domingo 26 de enero no será la base fundacional de una nueva realidad parlamentaria. Será un acto protocolar y rutinario con algunas novedades que son, en esencia, misterios pero que, en líneas generales, provienen de las mismas canteras de donde salieron estos cálculos biliares que tienen postrado al Perú desde hace décadas. Así no querramos y un breve porcentaje de votantes hayamos comprendido cómo votar para cerrarles el paso a estos desgraciados, hay una enorme masa desinformada y, por otro lado, mucho empresario cómplice, que nos sobrepasará e impondrá, en virtud al mal uso del sistema electoral como "herramienta democrática", el retorno a sus escaños de apellidos nefastos para la historia reciente del Perú como Bartra, Heresi, Mulder y Sheput.

Ojalá me equivoque...


miércoles, 18 de diciembre de 2019

EL CAPITALISMO SALVAJE (Y ASESINO) DE McDONALDS


La muerte trágica de Alexandra Porras Inga (18) y Gabriel Campos Zapata (19) es, qué duda cabe, la noticia más triste de este 2019, uno de los peores años de lo que va del siglo 21. 

Dos jovencitos trabajan de madrugada en el local de una de las cadenas de comida rápida más famosas del mundo y terminan electrocutados porque, a pesar del prestigio de esta franquicia transnacional, llega al Perú a ser administrada por idiotas e irresponsables que hacen de monigotes del capitalismo más salvaje, ese que encuentra valor en el abaratamiento de costos laborales a través de la no implementación de medidas de seguridad adecuadas, labores mediocres de mantenimiento y explotación de fuerza de trabajo necesitada que hará cualquier cosa por mantener su empleo. 

Anoche, en el local de McDonalds del Parque Kennedy, en Miraflores que, si mal no recuerdo, es el primero que abrió la sanguchería del payaso y la "eme de mamá" como cariñosamente la llaman varias personas que tienen buenos recuerdos de sus colores y sabores, hubo un plantón en donde pertinentes carteles y consignas se lanzaron en contra de esta marca presente en los cinco continentes. Una de las que más se gritaron fue "¡El capitalismo internacional asqueroso está matando al mercado laboral peruano!" La frase "el capitalismo nos está matando" se repetía en pancartas y pregones. No nos está matando el capitalismo. Hace tiempo nos mató y enterró. 

En todo caso, lo ocurrido con Alexandra y Gabriel que, para colmo de males y mayor desesperación de sus padres, eran buenos muchachos, estaban enamorados y habían expresado ambos en casa su incomodidad por el trato de mierda que les daba la empresa, es la versión más macabra de ese crimen que el capitalismo salvaje perpetra desde hace décadas en el mundo globalizado y adicto a la comida chatarra. 

Pero Mónica Delta, con ese tonito de voz entre monacal y achorado que la caracteriza cada vez que sale, con todo, a defender al gran billetón desde su tribuna de privilegios, salió anoche, en 90 Segundos, a ningunear las proclamas contra ese capitalismo salvaje que McDonalds hoy representa de la peor manera con estas consecuencias horribles de dolor y muerte, diciendo que "hay que tener cuida'o. Mucho cuida'o. No hay que confundir las cosas. Esto es explotación pero no es capitalismo". Y Gestión titula hoy, al día siguiente que ambos jóvenes fueron sepultados, juntos, como símbolo de esa unión que, a una edad en la que nadie sabe con quién va a terminar y que todo puede cambiar en cuestión de horas, se volvió eterna de manera arbitraria e inesperada, este agravio a su memoria: "Cadenas de fast food moverán US$ 2,500 millones el próximo año". 

Estas son solo dos muestras de lo podrida que está la prensa en nuestro país. De su pobreza espiritual, ausencia de empatía e inescrupulosa angurria para salir en defensa del poderoso, del de la plata, del que corta –en este caso- el sandwich. Delta y Gestión son operadores de ese capitalismo salvaje que, en lo político y lo económico, nos tiene sometidos como sociedad al gobierno de la corrupción y el arreglo bajo la mesa, el eufemismo y el eterno condicional. 

A veces uno piensa, ingenuamente, que si acaso es ya normal que los periodistas “líderes de opinión” –si entendemos por ello a aquellos personajes que copan medios escritos, televisivos y radiales con su plena disposición a prostituir su palabra y su imagen para estar siempre vigente en las encuestas de influencia y poder- nunca se pongan del lado de la gente en temas de índole político, por los evidentes conflictos de interés de los dueños de sus centros de trabajo y, a veces, de ellos mismos, la cosa debería cambiar en casos de naturaleza humana como la lamentable muerte de dos peruanos en pleno florecimiento laboral y personal, que buscan un futuro en este país que no les ofrece nada más que subempleos, frustraciones, entretenimiento barato y, finalmente, una desgracia para sus familias. 

Pero no. Ni eso los mueve a ponerse del lado de la población que, entristecida e indignada, enfila sus débiles -siempre débiles- baterías contra el funcionario que declara sandeces, el abogado que cobra dinero grasiento y mezclado con una MacDoble con queso cheddar y papas fritas en aceites requemados para lanzar leguleyadas en medio de lo evidente. Alguien me dijo anoche que, si esto hubiera ocurrido en Chile, varios locales de McDonalds habrían amanecido incendiados y los editorialistas exigirían el retiro de la franquicia de su país. Jamás tendrán una gastronomía, una historia y un pisco como el nuestro pero empiezo a pensar que, en esa capacidad de reacción ciudadana sí nos superan nuestros “vecinos del sur”. 

¿Quién demonios va a irse a la cárcel por este doble asesinato en McDonalds? ¿Quedará impune esta terrible negligencia? ¿Qué clase de Navidad van a pasar las familias Porras y Campos ahora que sus hijos no están? ¿Dónde está el CEO de McDonalds Perú? El silencio como respuesta y prácticamente nadie en la prensa convencional sale a ponerle el cascabel a este gato con cara de payaso y orejas en forma de M. Temas como la “precarización de la relación laboral entre empleadores y empleados” por ejemplo, tocado por Rosa maría Palacios, cuestionando el uso del término “colaboradores” para definir a los trabajadores, una práctica común entre las empresas comerciales, de servicios y consumo, son importantes. 

Pero más que análisis despersonalizados y atemporales lo que necesitamos es señalamientos directos, críticas y hasta insultos hacia los responsables, hasta que las autoridades y la ley hagan lo correcto e impongan multas, cierren locales, dicten sentencias. Eso no traerá de vuelta a Alexandra y Gabriel pero algo de consuelo podría dar a sus sufrientes padres, quienes deben estar en este momento al borde de la locura. Si fueran mis hijos, yo lo estaría. 

¿Y el público? ¿Cómo reaccionará el público? Lo ideal sería que, una vez que el tiempo le eche más tierra a la que ya tienen encima estas dos inocentes víctimas del capitalismo salvaje que Mónica Delta y Gestión defiende a capa y espada, el público castigue a McDonalds dejando sus locales vacíos a tiempo completo, a ver si de una vez se largan con sus cables sueltos, sus pisos mojados y sus subempleos de madrugada a otra parte. A ver si de una vez dejan de consumir esas camionadas de grasas saturadas y carnes de cartón que tanto bloquean las arterias y electrocutan jóvenes.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

KEIKO, EL NUEVO CONGRESO Y LA CONTRAESFERA PÚBLICA


Cuando uno cree que, por fin, se acerca la justicia a este país que vive, desde hace tantos años, esquilmado por toda clase de ladrones y estafadores, ocurre una más. La incomprensible decisión del Tribunal Constitucional, anunciada el lunes 25 de noviembre por la tarde, de anular la prisión preventiva a Keiko Fujimori, apenas una semana después de las (no tan) sorprendentes revelaciones de Dionisio Romero Paoletti, hijo y heredero privilegiado de uno de los dueños del Perú, Dionisio Romero Seminario, según las cuales entregó a la hija de Alberto Fujimori millones de dólares sin bancarizar -a pesar de que su principal rubro de negocios es, precisamente, la banca, símbolo de formalidad económica y transparencia- echa sobre la población peruana, ligeramente esperanzada tras el cierre del Congreso, una nueva sombra de dudas, indignación y desconsuelo.

Quizás lo más patético de todo este momento, que algunos vimos de manera un tanto ingenua como refundacional para el Perú, sea la pantomima en la que se ha convertido esto de las nuevas elecciones congresales del próximo enero. 

Uno soñaba, si tal cosa era posible, tras la histórica patada en el fundillo que Martín Vizcarra le dio al Parlamento, no sin evitar bochornosas escenas como aquellas protagonizadas por los malandrines cerrándole las puertas a Salvador del Solar y todo lo acaecido aquel histórico fin de septiembre, que a la semana siguiente de establecida la fecha para la elección del "nuevo" Congreso, los partidos y movimientos políticos "de bien" comenzarían a lanzar comerciales de televisión y avisos de prensa, dirigidos al público en general, convocando a los mejores, para dar inicio a la nueva era.

Estudiantes, académicos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, personas comunes y corrientes, profesionales que nunca hayan tenido participación y ni siquiera el más mínimo vínculo con la politiquería corrupta (familiar, amical, laboral, delincuencial), habrían recibido, en esta convocatoria, la invitación a animarse a participar en política para, por primera vez en casi 200 años de historia republicana, intentar renovarla desde la buena intención, desde la higiene y la conciencia pública entusiasmada por ser útil y trascender a la idea del voto a ciegas, el salto al vacío, el mal menor, abriendo la posibilidad de construir ciudadanía a partir de algo inédito: que haya oportunidad de que accedan al Congreso aquellos peruanos sin pasado político pero con capacidades para hacer algo por su país. Así, muchos de nosotros hasta hubiéramos pensado qué pasaría si, en esa coyuntura, entrábamos de invitados a alguna agrupación con miras a adecentar la política.

Pero no. Nadie convocó a los ciudadanos anónimos que vimos en este quiebre democrático la ocasión perfecta, ideal, para contribuir con decencia, sensibilidad y amor por el Perú, enfermo y gangrenado de los corruptos de siempre. Revisando las 24 listas notamos que los principales partidos políticos, desde los más cuestionados -Fuerza Popular, Apra, Acción Popular, Juntos por el Perú/Frente Amplio- hasta los neutrales y desconocidos -comenzando por el Partido Morado y Somos Perú y terminando en nombres anodinos como Democracia Directa o Avanza País-, todos han incluido en sus listas a personajes reciclados de sus entornos y militancias. Es decir, quizás sean nuevos para la opinión pública, pero no son en absoluto conjuntos de aspirantes que garanticen una renovación.

¿Podemos pensar que los ex asesores de congresistas disueltos tendrán pensamientos o intenciones diferentes a las de sus jefes? Y ni hablar de los reacomodos, reencauches y reapariciones de personas que buscan regresar tras años de desaparición pública. Rosa Bartra como cabeza de lista de Solidaridad Nacional, Martha Chávez como "nueva" fuerza de choque del fujimorismo o Carmen Omonte paseándose por los medios de comunicación como el nuevo jale de Alianza para el Progreso, son solo botones de muestra. El resto, desconocidos para nosotros mas no para sus agrupaciones. Suplentes ávidos de lo mismo que caracterizó a los titulares. ¿Opciones nuevas? Solo las que la suerte nos depare.

Todo esto de Keiko, el nuevo Congreso y demás perlas de esa rancia política corrupta que sigue dominando el sistema judicial y mediático con sus insoportables voces y presencias por todas partes me hizo pensar en si esta necesidad de cambio es real. Hace pocas semanas tuve el placer de asistir a la presentación del libro Inteligencia salvaje: La contraesfera pública (1979-2019) que apareció como colofón de la exposición del mismo título, una retrospectiva del artista plástico, instalador, activista y gestor contracultural Herbert Rodríguez quien, a sus 60 años, mantiene la misma actitud de libre, articulada y ácida repulsión contra lo establecido en el Perú, bajo la convicción de que eso "establecido" es un pantano de raterías, apariencias, hipocresías y podredumbres, muchas de ellas disfrazadas bajo la aceptación general de aquello que da prestigio, estatus social. 

Desde sus trincheras, siempre minúsculas pero de sustanciosos contenidos -E.P.S. Huayco, Revista Macho Cabrío, Centro Cultural El Averno, Agustirock y demás- Rodríguez y sus colegas/sus patas de toda la vida (Jorge "El Negro" Acosta, Jorge Miyagui, Elio Martucelli, Óscar Malca, entre otros) han plantado cara a la corrupción y la ignorancia de la manera más agresiva y frontal posible, con creatividad y sentido crítico, haciendo política a través del arte. Han sido cuarenta años de trabajo los que han permitido que tanto la muestra como el libro sean un logro artístico que merece la visibilidad obtenida en los medios durante su paso por la escena local de eventos culturales y artísticos. 

Tal y como ocurrió con la publicación de Fabiola Bazo sobre el rock subterráneo el año pasado -movida de la que Herbert fue cercano protagonista- la cultura oficial de hoy, homogeneizada y pobremente preparada a nivel intelectual, ofrece cada vez más espacios a la indignación vomitada (frase que tomo de una de las citas que hace Jorge Villacorta en las páginas de Inteligencia salvaje...), en este caso por Herbert, casi como si fuera este hecho parte de un proceso de asimilación, en clave vintage pero cuyos efectos directos ya deberían haber sido disueltos (como el Congreso y los congresistas pestíferos que hoy desean regresar a su nueva versión 2020) por el inexorable paso del tiempo. 

Sin embargo, los collages y la memoria organizada con estética de fanzine, marginal e informal, institiva y callejera, de Herbert Rodríguez es tan actual que da pavor. Como él mismo mencionó la noche de su presentación en el ICPNA de Miraflores, estar flanqueado por las autoridades del MAC y el MALI, dos funcionarios del arte oficial que, sorprendentemente, mostraron admiración genuina y casi podría decir que contemplaban, desde su inevitable acartonamiento, la facilidad del artista para arremeter contra los conceptos tradicionales sin temor, con absoluta libertad (salvando distancias que no tienen que ver con su talento o capacidad perturbadora del orden establecido, Herbert es nuestro Zappa o nuestro Banksy) no era necesariamente una satisfacción sino que proponía una preocupación pues las instituciones a las que representan son, ambas, blanco constante de los demoledores ataques de Rodríguez.

En ese sentido, y tras reconocer esto como un pequeño avance hacia el cambio de paradigma en el arte nacional y su relación con la política, los medios de comunicación y la agenda ciudadana, no podía dejar de expresar sus dudas con respecto a cómo tomarían estos museos dedicados a los eventos corporativos y las visitas de los Polizontes las imágenes duras, revulsivas, que emergen de sus papeles y lienzos.

Como digo, esa contraesfera pública, tan bien descrita en el libro, termina siempre siendo minimizada por las  aplastantes mayorías de la realidad La indignación está en nosotros pero ¿es realmente suficiente como para romper con un Tribunal Constitucional y un Poder Judicial podridos que acaban de anular las prisiones preventivas de Keiko o de los árbitros que favorecieron a Odebrecht durante años para que roben, roben y sigan robando? ¿Es suficiente el trabajo de cuarenta años de Herbert Rodríguez y sus adláteres para que el público retire la gruesa y oscura venda que años de publicidad y cánones prostituidos de éxito personal, emprendedurismo y arribismo socioeconómico le han puesto en los ojos y logre ver a los Romero, a los Rodríguez Pastor, como lo que realmente son a pesar de sus brillantes ternos, sus casas en Miami, sus sonrisas empáticas/cínicas, sus discursos en la CADE?


lunes, 21 de octubre de 2019

UN SOLO MUNDO, UN SOLO DIOS



Hace aproximadamente veinte años, cuando mi actual esposa era mi amor imposible, ella me relataba sus viajes por el mundo y en sus historias había una combinación fascinante y extraña de esa noción general de cosmopolitismo que uno puede encontrar en cualquier persona y una sensibilidad única, profunda, capaz de hacerte emocionar con reflexiones que iban más allá del souvenir, la noche de gala o la anécdota de comedia romántica hollywoodense.

Yo, que en ese entonces no tenía ni la capacidad ni la esperanza concreta de trascender en cuestión de viajes por el mundo y que todo me parecía lejano y ajeno a mi forma de pensar, la escuchaba con ilusión pero también con algo de incredulidad, pues me era imposible reconocer la veracidad de esas narraciones emotivas con las que intentaba contagiarme su ánimo para dejar atrás el derrotismo, la negatividad, la mala onda natural del limeño clasemediero y semi-resentido que yo era, embriagado de cinismo y desconfianza porque jamás había visto más allá de lo que estaba a mi alrededor. "Cuando salgas del Perú -me repetía, cuando detectaba mi cara de condescendencia- lo entenderás".

Y vaya si lo he entendido, tras nuestros primeros cinco años de matrimonio, en los que venimos cumpliendo uno de los principales objetivos de vida en común: desconectarnos de Lima un mes completo cada año, el mes de vacaciones, y salir a otras realidades, otras sociedades y costumbres, otras alegrías y tristezas. Salir a entender que no estamos solos y que no somos, ni por casualidad, el ombligo del mundo. Que la corrupción del fujiaprismo y las estupideces de la izquierda peruana y su nueva Lourdes Flores (Verónika Mendoza) se ven, cuando uno está lejos, como si los kilómetros que nos separan de casa en cada viaje no fuesen recorridos siguiendo la circunferencia del planeta Tierra sino hacia arriba, como cuando estás en la azotea de un edificio de cinco pisos y tratas de distinguir, allá abajo, la moneda de diez centavos que dejaste caer por accidente.

Hoy estamos en el Medio Oriente, conociendo Israel y Jordania -mientras escribo esto estamos atravesando la ruta del desierto hacia el sur jordano, en un viaje por tierra de tres horas que nos conduce hacia Petra, la ciudad perdida de los nabateos (siglo III aC-siglo II dC), una de las siete nuevas maravillas del mundo (como Machu Picchu)-, en una travesía que resulta fundamental para confirmar nuestras creencias, desarrolladas luego de adquirir el don del raciocinio: ningún fanatismo religioso sirve para nada ante la maravilla que produce, en las almas y cerebros entrenados para la tolerancia y la comprensión de lo ínfima que es nuestra existencia, el ver en los rostros diferentes de múltiples razas, la misma raíz humana, las mismas posibilidades de ser brutalmente descortés, luminosamente empático, risiblemente ignorante o profundamente apto para hacer cosas por los demás.

Recorrer la Vía Crucis, hoy convertida en un mercado de souvenirs, la ancestral ciudad romana de Jaresh o Belén, el pueblo pastoril donde nació Jesús y que ahora, por ser zona palestina, está separada de Jerusalén por un muro y alambrada, sometida a los más estrictos controles fronterizos impuestos por las autoridades judías; son solo algunas de las cosas que a uno lo convencen de que la estupidez humana no tiene bandera, nacionalidad ni credo y que, al momento de la verdad, hasta ser ateo o agnóstico termina siendo un tonto y personalista anhelo humano por sentirse diferente cuando, en el fondo, todos somos presos de esa odiosa vanidad que nos hace creer capaces de "entender mejor" lo que pasa a nuestro alrededor. Pero, en realidad, lo único que parece inamovible y rotundo, como las interminables montañas que algunos insisten en llamar "La Tierra Prometida", es que la plaga humana ha sobrepoblado este noble planeta que nos alberga. Y esa plaga humana ha desarrollado hábitos y egoísmos tan nocivos para la convivencia armónica que, tanto en las mortíferas guerras como en las incomodidades cotidianas, sus manifestaciones parecen no tener final.

Al mismo tiempo, en paralelo, se ven y sienten aquellas cosas que, ahora no solo entiendo claramente sino que además experimento y reconozco, le quitan a uno el aliento por su majestuosidad, por su significado simbólico, porque dan cuenta de aquellos tiempos idos en que posiblemente no todo fuese tan agresivo. Después de todo, aún cuando en épocas pasadas no existiesen las comodidades de las cuales hoy hacemos uso y abuso -viajes aéreos, internet, electricidad, plástico, servicios hoteleros que te liberan de mayores esfuerzos más allá del traslado de tus maletas, tarjetas de crédito, etc.-, quizás las comunidades tenían más posibilidades de cohesionarse, sin negar desde luego que las más sangrientas guerras y masacres de la humanidad, salvajes y descontroladas, se produjeron en esos tiempos primigenios, en nombre y defensa de dioses, profetas y creencias que comparten, por más que lo nieguen, orígenes comunes.

Como (casi) todos sabemos, las religiones se convirtieron, prácticamente desde su más temprana aparición, en causa de luchas y enfrentamientos entre pueblos que aún hoy persisten en formas violentas, en carne viva y que, en nuestros tiempos modernos, son además contaminados y azuzados por países que no tienen nada que ver en esa enemistad confesional pero que toman partido por intereses económicos (petróleo, tecnología armamentista, etc.). En pleno siglo XXI, los judíos y los musulmanes se muestran hostiles entre sí, de forma irracional e incomprensible para los cristianos y católicos, relajadísimos y consumistas, los turistas que visitan sus países en búsqueda de un amplio rango de cosas que van desde el selfie vacío para el Facebook a la peregrinación occidentalizada, la paz interior, el recargue de energías antes de volver a sus rutinas.

Antes de llegar a Israel tenía el prejuicio de que la fama antipática de los descendientes de judíos, en nuestros países latinoamericanos, era una combinación de su doble idiosincrasia y, aún cuando conocemos las tropelías que comete el estado israelí contra la diáspora palestina, pensaba que su pueblo era distinto. Sin embargo, evitando generalizaciones inapropiadas desde luego, la mayoría de gentes que nos cruzamos en aeropuertos, hoteles, restaurantes y tiendas en Jerusalén y Tel Aviv fueron descorteses, de mirada torva y desconfiada, carentes de amabilidad. También debe haber personas amables, por supuesto, pero estaban, seguramente, en otros lugares y a otras horas.

En Jordania, en cambio, abundan las sonrisas y los buenos modales, la hospitalidad hacia el viajante que llega desde lejos y el trato cordial como regla general, además de unas nociones del orden y la organización turística que parecen aún no haber llegado a la Ciudad de David. Salvo cuando se trata de rechazar aquellos símbolos religiosos del pueblo judío. En ese caso, el jordano militante islámico se convierte en un enemigo temible. Un incidente ocurrido en la aduana jordana, en que tres oficiales -dos mujeres y un hombre- se desesperaron y buscaron con fiereza entre las maletas de tres personas, porque sus equipos de rayos x y detección de metales habían visto un Menorah (candelabro de uso ritual en el judaísmo), casi hasta desfallecer de la cólera, profiriendo gritos y miradas desencajadas por la ira, como si estuvieran evitando así el ingreso de una bomba o de un alijo de cocaína, fue más que suficiente para entender este fanatismo en su máximo extremo.

En medio, por supuesto, hay miles de matices, con la globalización y la era virtual en sus puntos más altos de auge socioeconómico, aunque es cierto que tanto Jerusalén como Ammán, capitales de Israel y Jordania respectivamente, se muestran muchísimo más conservadoras en sus aspectos urbanos e incluso en su oferta de locales (bares, restaurantes) que otras ciudades de mayoría no cristiana como Estambul o Mumbai.

Como siempre en esta clase de experiencias, lo más importante es lo que cada uno es capaz de recoger en los lugares que visita. Por ejemplo, la emoción enorme de estar pisando los campos de Belén, aquel pueblito cuyo nombre aprendimos a pronunciar desde niños, en nuestras casas sudamericanas, cantando aquellos divertidos villancicos que son parte de nuestras tradiciones a raíz de la colonización española, y que representa el recuerdo directo de esas Navidades que celebramos de niños con papá y mamá. Más allá de lo que hoy creamos acerca de las historias bíblicas, esa conexión con nuestro pasado personal vale más que las miles de investigaciones que hoy están a disposición para saber realmente qué pasó. O la sensación de estar frente al lugar en que fue colocado el cuerpo de Jesús tras fallecer en la cruz, para ser lavado y sepultado, una escena que hemos visto en cientos de cuadros y películas durante años. O llegar a Petra, espectacular formación rocosa y complejo arquitectónico cuya antigüedad tiene centurias. Todo ello no hace más que reforzar la idea que domina nuestras reflexiones desde hace tiempo. Nuestro mundo es uno solo y, si existe un Dios, es también uno solo. Ambas entidades están por encima de todo lo que los seres humanos nos hemos inventado, a través de los años, para tratar de explicar nuestro origen y destino, nuestra vida y nuestra muerte. Todos pasaremos. Pero estas montañas, estos caminos, estas ruinas, se quedan.

PD: Aún nos falta Egipto y Grecia... ¡Allá vamos!

lunes, 30 de septiembre de 2019

HISTORIAS: CUANDO LENNON LE ROBÓ A ZAPPA



En junio de 1971, Frank Zappa & The Mothers of Invention tocaron dos noches en el Fillmore East, legendaria sala de conciertos en el Bajo Manhattan, New York, que Bill Graham, promotor y dueño del local, estaba a punto de cerrar. 

Para el segundo show, el 6 de junio, Zappa tuvo como invitados a John Lennon y Yoko Ono, a sugerencia del periodista neoyorquino Howard Smith. El ex Beatle y Frank acordaron que ambos podrían lanzar sus propias versiones del encuentro, organizado como cierre del concierto de la banda de Zappa, que en ese entonces incluía algunas de sus mejores rutinas satíricas sobre circos italianos (The Sanzini Brothers), músicos pervertidos (The Mud Shark) y groupies, combinadas con la extrema complejidad musical de sus composiciones. 

El encore arrancó con un clásico del R&B, Well (Baby please don’t go) de 1958 de The Olympics, para luego embarcarse en una interesante jam session de casi media hora, malograda por los horrendos y desafinados alaridos de Yoko. 

Pero lo que pasó después generó una de las polémicas menos difundidas de la historia del rock. 

Aunque no existen imágenes oficiales -en YouTube circula un video de muy mala calidad-, la célebre pareja Lennon-Ono decidió lanzar una mezcla del concierto en su álbum doble Some time in New York City (1972), alterando groseramente el audio original del tema Scumbag, para eliminar las voces de Howard Kaylan y Mark Volman, ex vocalistas de The Turtles, que se habían unido a The Mothers of Invention el año anterior. 

Pero eso no fue todo. En el lado B del segundo disco del mencionado álbum figura una canción llamada Jamrag, sin créditos, que no es otra cosa que King Kong, instrumental compuesto por Zappa en 1970 y que formaba parte de su repertorio habitual en esos años. Lennon no solo cambió el título sino que además omitió toda mención de su verdadero autor, zurrándose en los derechos de propiedad intelectual del líder de The Mothers. 

En una entrevista de 1984, el genio de Baltimore dijo: “No sé si fue idea de John o de Yoko, pero ellos cambiaron el nombre a mi canción, la incluyeron en su disco y no me pagaron. No era una improvisación, se trataba de una canción organizada. Fue decepcionante”. 

Para cerrar el atropello y, a pesar de su acuerdo previo, el equipo legal de Lennon prohibió a Zappa lanzar su propia versión de lo ocurrido aquella noche. Por ese motivo, en el fantástico álbum Fillmore East, June 6th 1971 de The Mothers of Invention, no hay rastro alguno del histórico dúo. Lennon nunca se pronunció sobre el asunto. 

Recién en 1992, en su disco de recopilaciones en vivo titulado Playground psychotics, Frank lanzó su propia mezcla, omitiendo el robo de King Kong y rebautizando los últimos seis minutos del concierto, que Lennon tituló , como A small eternity with Yoko Ono, título con el cual se burla del insoportable "canto" de la japonesa.




viernes, 27 de septiembre de 2019

PERÚ: UN PAÍS DERROTADO POR LA CORRUPCIÓN



En su espléndido libro La historia de la corrupción en el Perú (publicado en el 2014, un año después de su prematura muerte a los 56 años de edad), el investigador y catedrático Alfonso W. Quiroz demuestra con precisión de cirujano y armado con una aplastante cantidad de datos concretos que el virus corrupto acompaña nuestra vida republicana desde sus inicios. 

Esta noción es la única que permite comprender la actual putrefacción del sistema político, económico, social, educativo, empresarial, periodístico, artístico, cultural y doméstico que nos aqueja, ese hedor que no nos deja respirar, ese cinismo del congresista, del abogado "líder de opinión", del columnista defensor de intereses privados, del comerciante que falsea facturas y balanzas, del vecino que roba luz y no paga sus cuentas. La densidad de esta infecta pus solo se explica a partir de una descomposición con antigüedad de doscientos años. Tiene sentido. 

Los últimos acontecimientos políticos -el cantado archivamiento del proyecto de adelanto de elecciones, la vergonzosa actuación de Aníbal Quiroga, requerido en los medios como un supuesto gurú de las leyes, tratando de liberar a Keiko (algo que ya habíamos visto con la patética defensa que Alberto Borea, otra vaca sagrada del derecho local, hizo de PPK), la estratagema mañosa de renovación del Tribunal Constitucional para volverlo mesa de partes de Fuerza Popular, la inacción de Martín Vizcarra- hacen que las esperanzas de los pocos hombres y mujeres de bien que quedan en el Perú sean, por enésima vez, pisoteadas y arrastradas. La corrupción manda y decide. La corrupción pone la agenda. La corrupción es tratada con temor y sumisión. La corrupción ordena. La corrupción gana. 

Muchos pensamos que, con la renuncia de Kuczynski y la consiguiente subida de Vizcarra al trono de Palacio, se acercaba un período diferente, de limpieza. Sobre todo por sus primeras apariciones y palabras públicas. Sin particular brillo intelectual y esgrimiendo un perfil bajo pero con ciertos visos de eficiencia y carácter que inspiraba confianza y empatía con el ciudadano de a pie, el ex Presidente Regional de Moquegua parecía tener las cosas claras. En poco tiempo pasó de ser el "presidente por accidente" al "presidente con mayor aceptación de la historia". Todo parece indicar que, a pesar de esas buenas señales, que se tradujeron en una abierta y creciente popularidad, eso no era tan real como hubiésemos querido. 

Que Vizcarra haya permitido que las cosas lleguen a este punto instala, en el imaginario colectivo, una idea absurda y nociva: en nombre de la democracia debo llamar a la conciencia al ladrón, al chavetero, al insultador, al agresivo bujiero, al venezolano descuartizador. En lugar de despedazarlos con la fuerza de la indignación, meterlos presos, poner en evidencia sus majaderías y sus culpas, combatirlos y erradicarlos, ahora debo conversar con ellos. Negociar. Las futuras generaciones se sentarán a almorzar con quienes les arrebaten sus celulares o se roben los ahorros familiares luego de meterse, con engaños, a sus casas y haber matado a hachazos a sus padres y abuelos. Porque eso los hace demócratas. Exigir destierro y cárcel para los traidores a la patria, desde la más alta encargatura política, será dictatorial e inconstitucional. Defender tu casa de delincuentes será mal visto por los demás. 

Nuestro país sueña con ser del Primer Mundo, con ingresar a la OCDE, con organizar el Mundial (esto último, dirán algunos, es posible tras el éxito de los Panamericanos, pero aún tengo mis dudas). Sin embargo, es incapaz de deshacerse de una muchedumbre lumpenesca de congresistas, asesores, colaboradores y sobones que está aferrada al poder y dispuestos a todo para mantener intacta la fuente del enriquecimiento para ellos y sus adláteres -que van desde los cómplices directos tan merecedores de prisión como ellos hasta espontáneos tuiteros y opinólogos que, desde la ignorancia más vergonzosa, defienden al sistema político ("la clase política") y ridiculizan el hartazgo de la gente en las calles, sin recibir un sol, o un tupper, por ello. 

No había otra solución. Si el Congreso está podrido por el descaro y la malcriadez de los fujiapristas, la analogía perfecta es la del brazo gangrenado, negruzco y maloliente, que debe amputarse de inmediato, como en la chocante escena de aquella película del año 2000 llamada Requiem for a dream, del director norteamericano Darren Aronofsky. No cabía seguir conversando con los asaltantes. Si usted logra capturar a la banda criminal que ha robado su negocio seis veces en dos años, asustando a su personal, insultándolo a diario, amenazándolo de muerte todo el tiempo, mandándole a sus policías y matones a sueldo, corruptos como ellos, para imponer sus propósitos... digo, si los logra usted capturar ¿Se sentaría con ellos a la mesa para llegar a un acuerdo, para trabajar de la mano en pro del desarrollo de la cuadra? No ¿verdad? Exactamente eso es lo que ha hecho Vizcarra y su gabinete. Con una equivocada postura de "policía bueno" o "representante moderado de la reflexión política" Vizcarra se sentó a conversar con una turba que, gracias a una manipulación que existe desde hace décadas, ha cambiado los verduguillos por herramientas legales -cargos públicos, leyes, la mismísima Constitución- y las bermudas sucias por los cuellos, corbatas, trajecitos de sastre y peinados de peluquería fina. Ni más ni menos. 

Lo han dicho con claridad los tres únicos periodistas en quienes se puede confiar al 100%, en términos de análisis político: César Hildebrandt, Gustavo Gorriti y Glatzer Tuesta: estos no son políticos, son una organización criminal escondida detrás de un manto de legalidad trucha para defender sus oscuros intereses. Sin condicionales ni "presuntos". Sin las ironías tetudas de quienes creen que aún están en pregrado y piensan, a veces con demasiado convencimiento, que la vacía e inútilmente escapista chacota ayuda. Y sin el doble rasero de quienes hoy, ante lo innegable, se ubican al frente de la condena al fujiaprismo pero siempre dejando ese pedacito de ambigüedad que les permita no caer tan antipáticos cuando se recompongan los círculos de poder y quedar siempre vigentes en las agendas de todas las autoridades de turno, sin importar de qué color político sean o a qué mafia pertenezcan. Porque siempre hay que dejar la puerta (giratoria) abierta para cualquier posibilidad: un coctelito, un evento institucional, una consultoría. 

La educación convertida en simple trámite y gran negocio también ha hecho su parte en este desmadre. Se nota en la apatía y falta de compromiso de la población, dividida entre remedos de derechistas que se sienten parte del poder porque tienen a Roque Benavides y Mark Zuckerberg de amigos en el Facebook (sin conocerlos), remedos de izquierdistas que no entienden lo que leen (las poquísimas veces que lo hacen) y, en el medio (al fondo y a los costados), una elefantiásica masa deforme, narcotizada hasta la estupidez con las redes sociales, los realities, las maratones de Netflix, la expectativa mundial por el lanzamiento al mercado del último Galaxy-iPhone y la procaz farándula con sus lobotomizados programas "de espectáculos", sus discjockeys tarados y una banda sonora interpretada por aspirantes a narcos y putas. Jóvenes millennials y viejos cojudos (hombres y mujeres) que se la pasan mirando las pantallas de sus celulares, subidos en scooters, bicicletas y camionetas desde las cuales atropellan al prójimo, en lugar de dejar a un lado, aunque sea un par de días, sus minúsculas ambiciones cotidianas y deseos de figuración y éxito social para apoyar una sola causa común, aunque sea la única o la última de sus vidas. 

Si Vizcarra no hace nada drástico, si no saca de la chistera el mágico conejo que algunos todavía creen que podría tener, la corrupción habrá derrotado otra vez al país. Conforme pasan los minutos, y tras un nuevo capítulo en el que la cuestión de confianza es interpuesta a la elección digitada del TC, ese pronóstico no hace más que convertirse en certeza. Una triste certeza.

lunes, 9 de septiembre de 2019

TOOL: EN LA REPETICIÓN ESTÁ EL GUSTO



Muy pocas bandas pueden darse el lujo de repetirse a sí mismas sin cansar. Tool es una de ellas. El cuarteto integrado por Maynard James Keenan (voz), Adam Jones (guitarra), Justin Chancellor (bajo) y Danny Carey (batería) ha logrado, con la formación clásica de las bandas de rock de antaño, crear una identidad absolutamente propia, sobre la base de otras dos características que el rock moderno, orientado al minimalismo autocomplaciente, suele despreciar: virtuosismo y creatividad.

Si uno escucha su primer álbum oficial, Undertow y, de inmediato, pone a sonar su quinta producción discográfica, Fear inoculum, sin conocer al grupo, podría pensar que se trata de uno de esos misteriosos álbumes conceptuales dobles que encierran arcanos conceptos, imposibles de dilucidar a la primera pasada, como si todas esas canciones hubieran sido escritas durante un mismo periodo de tiempo. El primero apareció en 1993. El último, hace una semana, ¡26 años después!

Tool -"herramienta" en inglés- surgió en plena era grunge, un tiempo de indefiniciones en la escena norteamericana, de ruptura -el rock de estadios, el punk y el heavy metal eran sinónimos de lo obsoleto- y, haciendo honor a su primer logo (una fálica llave de tuercas) desentornilló los engranajes de la maquinaria del espectro más oscuro del pop hasta hacer que se desmorone a sus pies.

Al sorprendente Undertow le siguieron tres álbumes más: Ænima (1996), Lateralus (2001) y 10,000 days (2006) –además de una recopilación en vivo, Salival (2000). Todos superan la hora de duración y contienen piezas de sonido metálico, letras oscuras y ejecución vertiginosa, en las que pueden sentirse sus principales influencias: pesados riffs de Black Sabbath, arrebatos de velocidad al estilo del primer Metallica, siniestros cambios de ritmo y disonancias de King Crimson, sublimes pasajes de tensa calma (también cortesía del Rey Carmesí), progresiones de drónica música oriental. La voz gritante de Keenan y las destrezas instrumentales de Jones, Carey y Chancellor (que reemplazó en 1995 a Paul D'Amour) crean una atmósfera extraña y pesadillesca que fácilmente puede convertirse en adicción auditiva.

Una de las fortalezas de Tool es su trabajo visual, desde sus conciertos, las carátulas y presentaciones de sus álbumes hasta sus espeluznantes videos en stop motion con esos seres monstruosos, masas deformes de nervios y músculos que se modifican y transforman como un caleidoscopio de tonos claroscuros que causan fascinación en sus seguidores y temor en el resto.


Pasaron 13 años antes del lanzamiento de Fear inoculum, que está batiendo récords de reproducciones en Spotify. La fórmula es exactamente la misma. Pero no porque Tool no haya evolucionado. Su continuum sonoro es una marejada que discurre con pocas variaciones en la forma pero que en los detalles no dejan nunca de sorprender. En esto tiene mucho que ver Danny Carey, probablemente el mejor baterista de estos tiempos. Desde la envolvente Fear inoculum hasta la enigmática Mockingbird, estamos ante un nuevo logro artístico del grupo.


Aquí un video de Tool en vivo, en el año 2014, tocando uno de sus (ahora) clásicos temas: Schism, del álbum Lateralus... y debajo 7empest, uno de los mejores cortes del Fear inoculum. Disfrútenlo...