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lunes, 22 de enero de 2018

CRÍTICA A LA VISITA DEL PAPA FRANCISCO


La visita del Papa Francisco puede (y debe) ser criticada desde tres niveles:

El primero tiene que ver con el evidente y descarado aprovechamiento que políticos cuestionados como el presidente, su entorno más cercano y otros actores de la cotidianeidad noticiosa -Keiko, congresistas de diversos y coloridos pelajes- han realizado de este acontecimiento, de innegable importancia dada la naturaleza del personaje, líder de la Iglesia Católica y Jefe de Estado del Vaticano, un micro-estado de enorme poder político-económico e influencia social a nivel mundial. 

El caso más patético es, como siempre, el de PPK, a quien solo le faltó disfrazarse de monaguillo para que el baño de popularidad le salpique alguito y lave, de manera epidérmica, la mugre de la que aun no puede deshacerse. Todo parece indicar que ni el mega convocante Papa será capaz de exorcizar al mandatario de los bailecitos de los fantasmas de Odebrecht y la vacancia que lo rondan como bíblicos ángeles de la muerte. 

En segundo lugar queda Keiko, ataviada con su kit papal, en medio del terral de Las Palmas, esperando, disforzadisima ella y su esposo, la bendición del Sumo Pontífice quien, bromista y bonachón, conversó con inicuas autoridades de Lima, Trujillo y Madre de Dios, llevando al extremo la noción de la tolerancia en tiempos en que la corrupción merecería ser arrasada, a palos, como hiciera Jesucristo con los mercaderes.

El segundo nivel es el de la irracionalidad de las masas enardecidas por esta visita, que responden de forma irreflexiva y, en muchos casos (no me aventuraría a decir que en todos para evitar la generalización siempre presta a error), sin saber exactamente de qué se trata el llamado de una supuesta fe que a lo largo de los años se ha convertido en poco menos que una moda superficial. 

Es difícil pensar que sea posible hacer entender a las multitudes que se abalanzaron a ver, aunque sea unos cuantos segundos, al Papa Francisco mientras pasaba por calles y avenidas de diversos distritos, o los gentíos congregados en la playa trujillana de Huanchaco o en la base militar limeña de Las Palmas, que no se trata de pegar gritos -como si estuviesen mirando al último artista de sus preferencias-, ni tampoco de hacer contacto visual aunque sea por milésimas de segundo, o tocar con las yemas de los dedos esa inmaculada sotana blanca para que tu vida cambie, tu enfermo cure, tu tristeza se esfume. Se trata, por el contrario, de ser más respetuosos y solidarios, de cuidar el medio ambiente, de proteger al prójimo. 

El Papa Francisco no es Jesucristo, es un ser humano, un señor muy amable que representa a la Iglesia, aquella institución que fuera establecida por Jesús de Nazaret hace 2018 años y que, más allá del respeto que le tengamos a entrañables símbolos instalados desde nuestra formación católica-apostólica-romana, y que así como tiene aciertos tiene también errores, algunos de ellos muy grandes. Y que así como puede influenciar positivamente en la gente también puede cometer delitos execrables que terminan destruyendo familias y vidas de niños y niñas.

La muchedumbre enloquecía con cada aparición del Papa y sus palabras, todas muy cuidadosamente escogidas y de innegable valor como discurso de paz, de amor y de unidad entre seres humanos, se perdían entre los alaridos destemplados y esa atmósfera de concierto que le daba a cada homilía o salida al balcón una apariencia extremadamente superficial y desenfocada.

Hasta ahí, nada entra en la responsabilidad misma del obispo argentino Jorge Mario Bergoglio, un intelectual de la teología que sabe además caer bien, consciente del inmenso poder de convocatoria que posee. No le corresponde a él moderar la algarabía de esta población que siente sobre sus hombros una responsabilidad de seguir siendo "la más creyente de Latinoamérica después de México" pero que, en su quehacer cotidiano, demuestra haber caído en un hondo vacío de espiritualidad, una suerte de Sodoma y Gomorra con varios becerros de oro que saltan como monos en la televisión -Esto Es Guerra y Combate- y una creciente tolerancia a los actos corruptos de los gobernantes y las clases dirigentes de turno, cuando no indiferencia e incluso complicidad a la espera de un puesto de trabajo, una dádiva, un pelo del lobo que esquilman desde sus altos cargos y oficinas. Tampoco es responsable -por lo menos es lo que se cree- de la actitud -entregada, objetiva o frontalmente opuesta- de la prensa acreditada para estar pendiente de todos sus pasos y acciones.

Pero entonces surge el tercer nivel de crítica, el más grave: La alta posibilidad de que, en nombre de continuar con la postura intransigente de encubrimiento a aquellos malos -malditos- elementos del clero que siguen perpetrando actos aberrantes de acoso y abuso sexual y de poder, perjudicando a niños y niñas alrededor del mundo, usando como coartada para cometer sus crímenes esa situación de ventaja que tiene el sacerdote-guía espiritual sobre la feligresía humilde y ávida de consuelo, de protección; digo, en nombre de seguir con eso, el Papa Francisco habría preparado un discurso bonito y lanzado disculpas masivas, quejidos de dolor frente a las atrocidades para luego, a renglón seguido, desautorizar a víctimas de violación que han demostrado plenamente sus situaciones. 

Ocurrió en Chile con la cortante respuesta y agresiva mirada que el Papa lanzó, apenas durante unos cuantos segundos, a la prensa chilena que se atrevió a preguntarle por un obispo, Juan Barros, que a pesar de haber sido señalado como cómplice y tapadera de un asqueroso y comprobado violador durante años, lo acompañó en su reciente paso por Santiago, previo a los tres días de epifanía y baño popular que los peruanos, tan desinformados y creyentes, le regalamos.

Es más, también habría ocurrido algo similar en Trujillo, donde un obispo perteneciente al Sodalicio también lo acompañó en sus actividades norteñas, a vista y paciencia de todos. La denuncia, ampliamente documentada en los artículos y posts del periodista peruano Pedro Salinas -el más notorio investigador del caso Sodalicio que sigue remeciendo al clero peruano- pasó desapercibida para los medios de comunicación de señal abierta, quienes no abandonaron el publicitado #ModoPapa ni siquiera frente a estas noticias de vibrante actualidad. 

Con esa postura mediática, que practica a la perfección aquello de invisibilizar y desaparecer las cosas con solo no nombrarlas, los canales de televisión convierten a las redes sociales -siempre de menor llegada a pesar de su auge- en un terreno de refugio para los quejosos e inconformes, reduciendo sus aportes a la información a simples rabietas que la masa jamás entendería siquiera. 

Lo cual nos lleva a identificar un cuarto nivel de crítica: la actuación de los medios de comunicación masiva peruanos, que abdican a su función de informar desde todos los ángulos de la noticia para limitarse a ser caja de resonancia del mensaje oficial, lo cual lejos de contribuir a que la opinión pública saque conclusiones y lecciones de los hechos, permanezca dócil y débil, vulnerable frente a las estrategias de dominación que se ejercen desde la política, desde la publicidad, desde la religión.


martes, 10 de octubre de 2017

PERÚ AL MUNDIAL: UN SUEÑO QUE PUEDE CONVERTIRSE EN PESADILLA


Casi nunca escribo sobre fútbol. Y no es porque no me guste sino porque, como me ocurre con la música, también desprecio las expresiones modernas del "deporte rey" al punto de no ser capaz de rescatar casi nada de esta nueva forma de entender este negocio que antes fuera un juego que, de niño, se convirtió en una de mis pasiones.

Desde que tengo uso de razón, me recuerdo a mí mismo coleccionando las noticias sobre los campeonatos locales, los suplementos en los que se detallaba tabla de posiciones, de goleadores. Cada vez que empezaba una Copa América o una Libertadores, usaba las últimas páginas de mis cuadernos de matemáticas (los cuadriculados) para armar mis cuadros de estadísticas. 

Veía los partidos con ojo atento, lapicero a la mano y cuaderno abierto para apuntar todo: alineaciones (cuidando escrupulosamente anotar apellido, nombre y número de camiseta de cada jugador), entrenadores, árbitros y jueces de línea, tarjetas amarillas y rojas, penales y goles, y los minutos en los que ocurrían. Nombres de estadios y horas de partidos. Todo. Aquella sana fiebre futbolera me dominó entre los 8 y los 13 años de edad. Y también jugaba. 

En el barrio, durante las vacaciones de colegio, hacíamos maratones de fulbito, que iban desde las 7 de la mañana hasta que nos diera la luz natural, y a veces más. Mis problemas de visión no fueron impedimento para aprender a jugar, digamos que más o menos (había compañeros mucho mejores que yo, sin duda). Me defendía, en fulbito de cemento o cancha grande (parques, uno que otro estadio). Siempre en la mitad de la cancha. Nunca de defensa ni de delantero. Ni de arquero.

En el colegio, aunque no destaqué tanto pues había una "camarilla" de peloteros que monopolizaba todo -además, al ser uno de los chancones, una nube de prejuicio se elevó siempre sobre mi cabeza- de vez en cuando hice también lo mío.

Coleccionaba los álbumes de cada mundial (hasta ahora trato de hacerlo, en secreto, pero las obligaciones de la vida adulta ya no me dejan tiempo ni plata para llenarlos) y, a solas en mi casa, cuando mi papá y mi mamá salían, yo corría por toda la casa detrás de una pelota hecha de medias viejas y era, a la vez, arquero, defensas, volantes y delanteros de dos equipos. Tenía no uno, sino veintiún amigos imaginarios, sin contar al público y los periodistas que hablaban de todos nosotros al día siguiente.

Pertenezco a la generación que recuerda con detalle -y sin necesidad de "googlear" salvo para confirmar algún dato caprichosamente oculto en el disco duro cerebral- los últimos procesos de eliminatorias que realmente valen la pena, hablando de selecciones peruanas, por supuesto: el de 1982 y el de 1986.

En el primero, las legendarias victorias a Uruguay y Colombia. El baile de Eduardo Malásquez al defensa uruguayo en la esquina izquierda. El gol de cabeza de Gerónimo "Patrulla" Barbadillo ante Colombia. La campaña en la que el equipo del brasileño Elba de Padua Lima "Tim" le ganó a la Francia de Platini y jugó con tra equipos tan diversos como Hungría, Argelia o el entonces famoso equipo norteamericano Cosmos, en la temida cancha de tartán. El accidente y muerte de Roberto "Cucurucho" Rojas. La tríada mágica de Velásquez, Cueto y Uribe, el mejor mediocampo del fútbol peruano en la romántica década de los ochenta. La salida en hombros de Héctor Chumpitaz.

En el segundo, la marca asfixiante que Luis Reyna, un jugador "de medio pelo" identificado con el Sporting Cristal, le hizo a Diego Armando Maradona, en su mejor momento, en el Nacional. La salvaje falta de Camino a un jovencísimo Franco Navarro en el Monumental de River, en el partido de vuelta. El gol de Gareca con empujón de Pasculli a Chirinos. El angustiante repechaje contra Chile y las críticas al arquero Eusebio Acasuzo.

A España '82 fuimos y regresamos canasteados por la poderosa selección polaca, en la que brillaban Boniek, Smolarek y Lato. A México '86 no llegamos, por poquito. A partir de entonces comenzaron los fracasos, la gitanería, la irregularidad, los ídolos de barro, «los cuatro fantásticos», las pendejadas con bataclanas, la asociación maloliente de jugadores de fútbol con borracheras, salsa cubana, vedettes, raros peinados y reggaetón.

El encanallamiento que sufrió la política y los medios de comunicación en el Perú, cortesía del preso y posible indultado Alberto Fujimori, también pudrió a mi amado fútbol. Dejé de ver el Descentralizado y comencé a despotricar contra el fútbol peruano.

El Canal 7 dejó de transmitir los alucinantes campeonatos locales de Argentina (el Apertura-Clausura original), Italia (el calcio) y Alemania (la Bundesliga), de los cuales también hacía cuadros estadísticos, listas de nombres y resultados y vi tremendos y electrizantes partidazos que se quedaron para siempre en mi memoria. 

Por eso me he mantenido cínico y desconfiado, con un ojo abierto y otro cerrado, frente a esta posibilidad de que Perú clasifique al Mundial de Rusia, que hoy es una realidad palpable y no un sencillo y mañoso cálculo de matemáticas forzadas.

Los vendedores de humo (y de camisetas bamba) siguen ahí, exacerbando y distrayendo a las masas que alguna publicidad oportunista ha denominado "los que siempre estuvieron allí". Pero es innegable que ahora sí, después de muchos años, estamos "en un tris", como decían los comentaristas ochenteros, de clasificar, toda una vida después, a la justa futbolera más importante del mundo.

Sin embargo sigo sin compartir esa ilusión desmedida, ese afán por deificar a estos jóvenes muchachos que vienen trabajando con relativa seriedad y gracias a ello -y a varios golpes de suerte también-, en el último tramo, han conseguido revertir una nueva e inminente, hasta hace algunas fechas, eliminación. En los ochenta lo raro era quedar fuera. Hoy somos la sorpresa, el golpe.

Si mañana se da el cruce de resultados necesario, la Selección Peruana de Fútbol habrá clasificado al Mundial Rusia 2018. Y si en ese cruce está incluido el triunfo ante Colombia, será una clasificación épica, inédita para quienes vivirán esa experiencia por primera vez. Pero el sueño puede convertirse en pesadilla.

Y no porque Perú no clasifique finalmente, ya que de una u otra forma estamos todos acostumbrados a ello. Sería, después de todo, una vez más, con la diferencia, en todo caso, de que la forma como se ha llegado a estas instancias, al ser diferente a las anteriores, marca la expectativa de un nuevo comienzo a la cual debe seguir un trabajo más serio y responsable, con los más viejos retirándose dignamente (Guerrero, Rodríguez, Carrillo) y los más jóvenes concentrándose y no dejándose engatusar por las mieles de la fama, con miras al Mundial de Qatar, dentro de cinco años. 

Este sueño puede convertirse en pesadilla precisamente si Perú clasifica al Mundial Rusia 2018. Porque entonces se darán las condiciones para que todos aquellos zamarros que están buscando distraer a la población para hacer de las suyas tendrán la puerta abierta en medio de las caravanas y bocinazos, las multitudes alcoholizadas y envueltas en camisetas blanquirrojas compradas en Gamarra o en Saga Falabella, dando tumbos en la Calle de las Pizzas y en los mega malls del Cono Norte, los titulares disforzados de la prensa cada vez más parecida a una esquina de barrio que a un panel de profesionales y comunicadores que busquen orientar a la opinión pública. Y así, patriotas y todo, habrá camionetas chocadas en la Costa Verde, tráficos infernales en todos los distritos, peleas callejeras, peperas que harán su agosto bolsiqueando a barristas en el clímax de la celebración y políticos corruptos tomándose fotos con la selección, gastando plata en homenajes y declarando feriados no laborables, recuperables para el sector privado.

Pero lo peor que puede ocurrir si Perú clasifica a Rusia 2018 es que Ricardo Gareca, el verdadero artífice de este sueño-pesadilla termine cediendo a la presión y al lobby mediático que Claudio Pizarro, ese oportunista que fracasó todas las veces que pudo con la selección nacional, ya viene haciendo desde ahora, con periodistas y hasta colegas jugadores que declaran a favor de que "regrese", y termine convocándolo con el pretexto ese de que se trata de "un referente" para los más jóvenes. Y entonces, si Pizarro se cuela al Mundial, la tan esperada clasificación se convertirá en el triunfo de la conchudez, la angurria y la injusticia. Estaremos atentos para tratar de evitar ese maltrato a una joven selección que merece disfrutar de la gloria sin la intromisión de un tipo que representa lo peor de esa tradición de derrotas que ellos están ayudando a dejar atrás.

lunes, 11 de septiembre de 2017

MASTER OF PUPPETS: REGRESA CLÁSICO DEL METAL EN EDICIÓN DE LUJO PARA COLECCIONISTAS



“Nosotros solo estábamos grabando un disco, jamás imaginamos el impacto que tendría” dijo recientemente Kirk Hammett, guitarrista de Metallica, refiriéndose al álbum Master of Puppets, el tercero del grupo. Sus producciones anteriores -Kill'em all (1983) y Ride the lightning (1984)- habían sido recibidas con enorme entusiasmo por la comunidad metalera que rondaba por subterráneos locales, desatando ruidosas catarsis en conciertos para públicos marginales, que veneraban al grupo como el más rápido y furioso de la primera generación de exponentes del thrash metal, pero fue este LP el que hizo notorio su poderío, por primera vez, al gran público.

Treinta y un años después de su aparición, se anuncia el lanzamiento de una colección con 3 vinilos, 10 CD, 2 DVD, 1 cassette y 1 libro con fotografías, letras de canciones y crónicas acerca de todo lo concerniente a este icónico disco. Hace una semana, James Hetfield, cantante y guitarrista, reveló los contenidos del boxset en un video de YouTube que supera las 200,000 visualizaciones.

Además del álbum remasterizado, esta edición de lujo incluirá material inédito: ensayos de cada tema, entrevistas y conciertos del periodo 1986-1987. Entre estas joyas de la corona metálica destaca una grabación artesanal del show que ofreciera el cuarteto el 26 de septiembre de 1986 en Suecia, el último del bajista Cliff Burton, quien falleció trágicamente horas después en la carretera rumbo a Dinamarca. Asimismo, las audiciones de su reemplazante, Jason Newsted, y su primer concierto con Metallica, mes y medio después del fatal accidente.

Master of Puppets, que ingresó el 2015 al Registro Nacional de Grabaciones de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, por ser “cultural, histórica y artísticamente significativo”, contiene una hora de contundente música, compuesta, arreglada e interpretada por cuatro muchachos que apenas superaban los 20 años de edad. Como comenta el baterista Lars Ulrich: “¿Cómo demonios lo hicimos? Éramos solo unos chicos fanáticos del metal. Hicimos música con muchas agallas”. El álbum impresiona desde su carátula, una distópica ilustración que muestra un camposanto bajo un cielo rojo sangre y dos manos que manipulan los hilos de una marioneta.

Este disco es para aquellos oyentes que buscan emociones fuertes a través de la música: sus ocho canciones, de atronadora agresividad, son ejecutadas con altos niveles de destreza técnica y arreglos sumamente complejos: pesados riffs, sutiles armonías en guitarras, repentinos cambios de ritmo y solos vertiginosos que hicieron de Metallica una banda respetada incluso por fuera de los ámbitos metaleros, a pesar de que no tenían presencia en los circuitos convencionales de difusión (radios, MTV). Desde el misterioso inicio acústico de Battery hasta la furia desatada de Damage Inc., el álbum genera una atmósfera de intenso vértigo de la cual es difícil escapar.

En cuanto a las letras, Hetfield aborda temas oscuros como la locura, la alienación social y la manipulación del poder con agudeza y creatividad, que pueden interpretarse de manera literal o figurada. Por ejemplo, Disposable heroes es una abierta diatriba contra el aparato militar que usa a los más jóvenes como escudos humanos al servicio del gobierno sin explicarles por qué; mientras que Master of puppets (la canción) propone la existencia de un poder omnímodo –los políticos, la religión, las drogas- que domina todos tus actos hasta someterte. Welcome home (Sanitarium) está contada desde el punto de vista de un peligroso paciente psiquiátrico; y Battery es una frenética invitación al desahogo. Por su parte, Leper Messiah ataca a los charlatanes evangelistas televisivos y The thing that should not be repite las referencias a la literatura fantástica de H. P. Lovecraft que exploraron antes en The call of Ktulu.  Orion, tema instrumental, nos ofrece un testimonio del incendiario talento del bajista Cliff Burton, un año antes de su muerte.


Metallica cambió, con Master of Puppets, la forma en que el público entendía el heavy metal y, tras la muerte de Burton, sus valores intrínsecos se potenciaron hasta convertirse en legendarios, razón por la cual se le considera hasta ahora como el mejor trabajo discográfico de esta banda, antes de convertirse en las superestrellas que son actualmente.

lunes, 26 de junio de 2017

IÇERDE: ACCIÓN Y SUSPENSO DESDE TURQUÍA


Içerde misin?” (“¿Estás adentro?”). Esta pregunta es el hilo conductor de Içerde (Adentro, Ay Yapim, 2017), una serie policial turca que explora, a un tiempo, el oscuro mundo de las mafias suburbanas que operan en Estambul; y los profundos traumas personales que la vida delictiva puede provocar en aquellas personas que terminan involucradas en la maraña de intrigas, mentiras, traiciones y una amplia gama de crímenes, que va del simple falseo de información a los asesinatos más crueles y sórdidos, con depuradas técnicas de tortura física y psicológica que la subcultura de los carteles de droga y el sicariato han hecho comunes en la sociedad contemporánea.

Con una trama caracterizada por su impredictibilidad, personajes construidos con interesantes matices  y notables actuaciones, Içerde fue un paso más allá del formato novela romántica -de enorme éxito en diversos países de Latinoamérica, incluido el Perú-, y presenta esta dinámica historia con elementos de acción (persecuciones, peleas callejeras, balaceras, explosiones) sin dejar de lado, por supuesto, los romances de sus protagonistas, que funcionan como complementos de enorme efectividad emotiva pero que no son, definitivamente, determinantes en su desarrollo narrativo.

La fuerza de Içerde, bajo la dirección de Uluç Bayraktar (quien previamente había dirigido otra serie policial, Ezel), radica en su excelente guion, escrito por Ertan Kurtalan y Toprak Karaoğlu, que toma como base la laureada película The departed (Martin Scorsese, 2006) pero con una variación sustancial: el policía y el criminal, infiltrados en la mafia y en el departamento policial, respectivamente, son enemigos mortales sin saber que son hermanos. Separados desde su niñez, ambos hacen hasta lo imposible por encontrarse, incluyendo numerosos intentos por destruirse mutuamente para lograr ese objetivo. El culpable de esta separación es un poderoso y despiadado capo de la mafia, traficante y asesino, que logra siempre escapar de las autoridades debido al trabajo de su informante en la sombra.

El boom de las series y novelas turcas en países de habla hispana comenzó hace dos o tres años, con Binbir gece (Las mil y una noches), grabada originalmente en el 2006 y, a partir de la buena acogida que tuvo entre el público, los canales de señal abierta comenzaron a transmitir otras como por ejemplo Ezel (2009), Fatmagül'ün suçu ne? (¿Qué culpa tiene Fatmagül?, 2010) y Adını Feriha koydum (El secreto de Feriha, 2011), con similares resultados de sintonía. A pesar de que estas y otras producciones turcas modernas han sido programadas unas tras otras, Içerde no ha llegado a nuestras pantallas con las ya conocidas traducciones oficiales hechas en Chile.

Sin embargo, la popularidad de esta serie –que pone en vilo a toda Turquía cada lunes desde septiembre del año pasado-, no ha pasado desapercibida para las entusiastas seguidoras de uno de sus principales protagonistas, el joven actor Çağatay Ulusoy, que se hiciera famoso entre nosotros en la romántica historia Adını Feriha koydum (El secreto de Feriha). 

Ellas, desde distintos países como Argentina, Chile y Perú, han buscado múltiples formas de estar al tanto de los avances de Içerde, desde la creación de grupos de Facebook en los que comparten avances, videos, fotos y notas relacionadas a sus capítulos, hasta una página web en la que cuelgan, con una semana de diferencia, la serie capítulo por capítulo, subtitulada al español y al inglés por un equipo de traductores y profesores del complicado idioma de este exótico país euroasiático.

Ulusoy interpreta a Sarp Yilmaz, el policía que se infiltra, a través de complejas estratagemas organizadas por su jefe y mentor, el director del departamento contra el crimen organizado, Yusuf Kaya, en el círculo más íntimo de Celal Duman, un traficante y asesino que, años atrás, secuestró a su hermano menor, Umut, para cumplir a su vez un maquiavélico y calculador plan: criarlo e inscribirlo en la escuela de policías para que, de mayor, trabajara como espía y así conocer los movimientos de las fuerzas del orden, lo que le permite tener garantizada absoluta libertad para operar sus oscuros negocios, que esconde bajo la fachada de un populoso restaurante de kebab, comida típica de diversos países de esa zona del mundo, hecha a base de carne molida de cordero. Umut, alejado de su familia desde los 3 años de edad, desconoce su origen y crece en las calles, bajo el nombre de Mert Karadağ, hasta que es “rescatado” por Celal y se convierte en un respetado y eficiente oficial de policía. Umut/Mert es interpretado por otro conocido galán de varias novelas románticas turcas, Aras Bulut İynemli.

Junto a ellos, un elenco que combina a actores de enorme experiencia en la televisión, cine y teatro turcos, como por ejemplo Çetin Tekindor (Celal Duman), Mustafa Uğurlu (Yusuf Kaya), Nihal Koldaş (Füsun Yılmaz), Uğur Yücel (Kudret Sönmez); con nuevas figuras como Bensu Soral (Melek Duman), Damla Colbay (Eylem), Yıldıray Şahinler (Alyanak), Rıza Kocaoğlu (Davut), crean un universo de personajes e historias paralelas que le dan dinamismo y tensión dramática a Içerde, que configuran diversas situaciones en las que prima la acción y el suspenso, con un acertado manejo de flashbacks, un guion técnico muy prolijo que combina el uso creativo de las cámaras, un concepto artístico de la iluminación y efectos especiales; y giros inesperados que mantienen a la audiencia en permanentes dudas sobre qué sucederá en la escena siguiente. 

Aunque inicialmente Içerde explotó la popularidad y atractivo de la dupla Çağatay Ulusoy/Aras Bulut İynemli para asegurarse la fidelidad del público femenino, las elaboradas tramas y consistentes dosis de acción y violencia, propias del género policial, demostraron ser efectivas también para el sexo opuesto, lo cual no hizo más que aumentar el exitoso rating de los capítulos semanales, que duran dos horas aproximadamente.

La serie llegó a su final el pasado lunes 19 de junio, tras la transmisión de sus 39 episodios. La expectativa que creó la resolución de sus misterios y el desenlace final de sus protagonistas, tras semanas de angustia, quedó reflejada en el gran éxito que tuvo este último capítulo, que fue todo un evento en Estambul: Ay Yapim, la productora, convocó a una gala especial, para pasar el final de Içerde en pantalla gigante, en simultáneo con la transmisión por televisión. 

Esa noche asistieron todos los actores, que fueron recibidos con la infaltable alfombra roja, al estilo de las grandes premiaciones (Oscar, Grammy) y un concierto como acto previo, en el que se interpretó en vivo la espectacular banda sonora de la serie, compuesta por el bajista Toygar Işıklı, músico graduado del prestigioso Berklee College. Miles de personas, entre personalidades de la TV turca y público invitado, colmó el local mientras que otros miles de teleespectadores esperaban, mordiéndose las uñas, el inicio del capítulo final, programado para las 8.30 de la noche (hora local de Turquía).

En las redes sociales, los fans latinoamericanos que han seguido Içerde en su versión subtitulada, se pasaron toda la semana debatiebdo sobre cuál sería el final de los hermanos Yilmaz, el malvado Celal y su fiel sicario Davut. Casi dos semanas antes del final oficial de Içerde, los medios anunciaron que la televisión chilena -responsable de versiones dobladas de casi todos los éxitos de la televisión turca contemporánea- ya aseguró los derechos de esta serie, por lo que pronto la tendremos en algún canal local en horarios estelares. 

El éxito ha sido tal que el elenco de Içerde participa de actividades benéficas y de responsabilidad social. Se les puede ver organizando partidos de fútbol y apoyando campañas para proteger a niños huérfanos –uno de los temas centrales de la serie- y difusión de información sobre seguridad ciudadana. Aunque no está confirmado, todo parece indicar que dentro de poco podrá verse también en versión doblada, lo cual sin duda aumentará su popularidad a nivel global.

Içerde, como otras series provenientes de Turquía, dan cuenta de una industria televisiva en constante evolución y efervescencia, con historias que van de lo tradicionalista a lo moderno, mostrando, a través de un cuidadoso trabajo de producción que incluye sofisticadas técnicas de filmación e iluminación de cinematográfica calidad, el exotismo de la ancestral cultura de una de las sociedades más antiguas del mundo con su idiosincrasia actual, un crisol de identidades que tiene tanto de europeo como de asiático, de cristiano como de musulmán, convirtiéndose en una buena fuente de información acerca de este país, antes desconocido, a través de sus costumbres, vestimentas, paisajes y lugares emblemáticos (como lo hiciera el cine y televisión mexicanas desde la década de los años cuarenta). 

Asimismo, el público latino ha entrado en contacto con toda una constelación de talentosos y carismáticos actores y actrices, algunos con décadas de experiencia en cine y teatro y otros, más jóvenes, que son la comidilla de la prensa de espectáculos turca.


TRAILER OFICIAL DE IÇERDE


domingo, 11 de septiembre de 2016

STEVE HACKETT & GENETICS: UN CONCIERTO MEMORABLE


LA PREVIA ¿QUIÉN ES STEVE HACKETT?

La expectativa no podía ser mayor. Desde que se anunció la llegada de Steve Hackett, quienes hemos dedicado años a escuchar buena música sabíamos que se trataba de una de las mejores noticias para la agenda de conciertos en nuestra capital en lo que va del año, tras la visita de The Rolling Stones en el pasado mes de marzo. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido con los legendarios intérpretes de (I can't get no) Satisfaction, Start me up y Angie, aquí no había espacio para poseros.

Efectivamente, quienes sabemos a la perfección quién es Steve Hackett sin necesidad de pasar dos o tres minutos en Google, conformamos una cofradía minoritaria que estuvo muy bien representada la noche del jueves 8 de septiembre, en el cómodo y elegante Gran Teatro Nacional. Guitarrista de Genesis entre 1970 y 1977, cofundador de GTR y Squakett -sus dos proyectos junto a Steve Howe y Chris Squire, de 1986 y 2012, respectivamente; y poseedor de una discografía personal amplia e interesante, desplegada en cuarenta años de carrera, en la que se aprecian desde sus aportes a lo que fuera el mejor periodo de su banda primigenia hasta impresionantes desarrollos de rock neoclásico y exploraciones con la música de cámara, la guitarra acústica de concierto y el blues, su presencia entre nosotros era todo un acontecimiento.

El estilo de Hackett en la guitarra, ominoso y filudo, le permitió ubicarse entre los dioses del rock progresivo de la década de los 70s, junto a otros grandes nombres como David Gilmour (Pink Floyd), Steve Howe (Yes) y Robert Fripp (King Crimson). Sus solos de notas largas y sus riffs rotundos cargados de distorsión se combinaban con profundos recursos acústicos, como el uso de armónicos naturales, escalas barrocas y una novedad: el tapping, esa técnica en la que, a dos manos, juega con las notas desde el diapasón, y que una década más tarde fuera perfeccionada por Eddie Van Halen, ese otro héroe de la guitarra a quien nunca le faltó humildad para referirse a Hackett como una de sus primeras influencias, elogio que también recibiría de Brian May, célebre por su trabajo con Queen.

El guitarrista de 66 años es, desde hace mucho, el responsable de que las nuevas generaciones de melómanos del mundo no se olviden de la música extraordinaria que produjo en esos años -de 1971 a 1977- junto a Mike Rutherford, Tony Banks, Phil Collins y Peter Gabriel, la formación clásica de Genesis, a través de discos y conciertos con su propia banda, en los que recreaba esos densos y complejos segmentos instrumentales que caracterizaron al quinteto. 

EL CONCIERTO: UNA EMOCIÓN TRAS OTRA

Para su primera visita a Lima, Steve Hackett llegó acompañado de Genetics, un grupo de músicos argentinos que reproduce a la perfección esos arreglos intensos con los que Genesis envolvió a sus públicos, en una época en que todo era nuevo y los artistas que se dedicaban al rock tenían el requisito obligatorio de ser buenos en lo que hacían para recibir la retribución del aplauso. Cuando uno ve, gracias a la magia del YouTube, cómo reaccionaban las personas que veían a la banda británica en los 70s, quedan claras las diferencias del nivel de apreciación que tenía la gente de antes con las masas actuales, incapaces de entender estas complejas y emocionantes canciones.

La noche de Steve Hackett & Genetics en Lima comenzó con Dance on a volcano, tema que abre A trick of the tail (1976), aquel disco que Genesis publicó tras la salida de Peter Gabriel y que significó la primera ocasión en que Phil Collins se encargó de los micrófonos del grupo. Aun cuando se sabe que Hackett comenzó a sentirse incómodo en la banda un año atrás -en 1975 había lanzado su debut como solista, el alucinante Voyage of the acolyte- permaneció con sus compañeros hasta 1977, en que se separó luego del lanzamiento de Wind and wuthering (1977).

Luego de Dance on a volcano vino un trío de canciones de The lamb lies down on Broadway (1974), la máxima obra conceptual del periodo dorado de Genesis. La apabullante oscuridad de Fly on a windshield seguida de Broadway melody of 1974 y la placidez misteriosa de Cuckoo cocoon. La fantástica y surrealista historia de Rael sería revisitada tres veces más: en The lamia y The carpet crawlers (dos de las piezas más espaciales del catálogo de Genesis) y Hairless heart, un subyugante instrumental incluido dentro del set acústico de Hackett, en el que brilló, por supuesto, Horizons y un espectacular tema de guitarra flamenca.

Los clásicos se sucedieron uno tras otros, con la respuesta de un público enfervorizado y comprometido, que coreaba esas extravagantes letras acerca de hermafroditas, ninfas, caballeros de la medianoche, cortadores de césped, juegos de crickett que acaban en asesinatos, ángeles, demonios y demás imaginería fantástica de suites como The fountain of Salmacis, Dancing with the moonlit knight, I know what I like (In your wardrobe), The cinema show, incluidas en los tres álbumes que definieron el sonido intenso y teatral de Genesis: Nursery crime (1971), Foxtrot (1972) y Selling England by the pound (1973). Es difícil determinar cuál fue el punto más alto del concierto, aunque sin lugar a dudas el solo de Firth of fifth, fue uno de los que el público esperó con mayor impaciencia, al tratarse del sello de Hackett como guitarrista de Genesis. La introducción acústica de Blood on the rooftops, romántica pieza del disco Wind and wuthering, también arrancó emocionados aplausos en el Gran Teatro Nacional.

Para el final, llegaron Supper's ready, la estrambótica suite de más de veinte minutos que cierra el disco Foxtrot, y sus múltiples cambios y temas que van de lo romántico y divertido a lo religioso, combinando la estética del vaudeville con críticas a la sociedad británica y un final apocalíptico y celestial a la vez. Luego de despedirse del público, Steve Hackett y sus cómplices argentinos regresaron para cerrar con Watcher of the skies -una espectacular versión- y The musical box, melodía de intensidad emocional que desgarró el corazón a más de un fanático de Genesis.

GENETICS: ORGULLO ARGENTINO

Genetics dejó boquiabierto al público peruano, conocedor de cada detalle y arreglo, con la exactitud con la que interpretan estos clásicos del prog rock. Una sensación de envidia me recorre el cuerpo cada vez que pienso que, mientras nosotros nos deshacemos en aplausos cuando surge un imitador/parodiador de artistas como Julio Iglesias, Sandro o Juan Gabriel, un conjunto de músicos argentinos relativamente jóvenes es capaz de tocar nota por nota composiciones de tan alto nivel de dificultad, y hacerlas sonar tal y como sonaban en los viejos vinilos y CDs que tanto nos emocionan. Una prueba más de lo mucho que nos falta si queremos hablar de educación musical en el Perú.

Esta banda argentina, formada en el año 2011, no merece más que elogios. Sus integrantes han conseguido apropiarse de cada sonido original de estas poderosas canciones y son, en la actualidad, considerados lo más cercano a cómo habría sonado Genesis en su época. Tomás Price, el cantante y flautista, tiene un tono vocal muy parecido al de Peter Gabriel y permanece sobrio sobre el escenario cuando le corresponde cantar o tocar, retirándose en cada segmento instrumental para permitir el protagonismo de Hackett. 

El resto de la banda hace un trabajo soberbio de interpretación musical, con Horacio Pozzo en teclados, piano y mellotron, Claudio Lafalce (bajos, guitarra de 12 cuerdas, pedalera de bajo) y Daniel Rawsi (batería) replicando las líneas y contrapuntos de Banks, Rutherford y Collins con precisión sorprendente. Por su parte, Leo Fernández (guitarra) hace una valiosa contribución apoyando a Hackett con solos furibundos, en un estilo más contemporáneo, pero sin ponerse nunca en primer plano. Lafalce y Pozzo tocan, como Rutherford y Banks, las guitarras acústicas en introducciones como las de The musical box, The cinema show o Supper's ready.

GRACIAS POR LA MÚSICA

Los amantes de la buena música estamos más que agradecidos a TQ Sessions, la productora liderada por el empresario Alberto Menacho que hizo posible este show, más allá de lo que las tendencias del marketing seguramente le aconsejan. Un concierto para 1,500 personas difícilmente sea rentable, pero el ímpetu para organizarlo denota, a pesar de las pérdidas que pueda traer, un amor por el talento de estos respetados artistas que es pocas veces visto entre nosotros, más acostumbrados a tener que soportar "lo que se vende más" o lo que le gusta a las grandes masas.

El recital de Steve Hackett & Genetics será recordado como uno de los mejores de este año, sin lugar a dudas. El legado discográfico de ese genial grupo que fue Genesis está en buenas manos. Ahora solo nos queda rezar para que Gabriel, Collins, Banks, Rutherford y Hackett decidan, de una vez, dejar atrás sus agendas personales y regalarnos una última gira. Después de todo, deberían aprovechar que aun están todos vivos y en actividad...






viernes, 26 de agosto de 2016

REUNIÓN DE EX ALUMNOS: LA ADOLESCENCIA PERMANENTE


"Provengo de la escuela pública". Es una frase que le escuché decir, en una de aquellas reuniones de trabajo en las que uno más se sienta a escuchar y aprender que a llenar espacios vacíos con lugares comunes, a don Manuel Burga Díaz, historiador y catedrático peruano de alto nivel que me honra con su amistad desde hace un par de años. Y que repito permanentemente con orgullo e inflamación, como un latigazo a los nuevos profesionales de la generación millennial que se conforman con la instrucción de oropel, disfrazada de modernidad hipster, que les brindan las actuales universidades privadas, más llena de términos en inglés que de sustancia académica y trasfondos humanistas.

Claro está, me refiero al colegio, pues mi formación universitaria sí fue particular, en una universidad que hoy también se ha metido en la dinámica esa de maestrías carísimas, cursos de actualización dictados por semianalfabetos funcionales y locales esplendorosos de infraestructuras colosales y contactos de primera en el mundo empresarial/estatal, pero cuyos buenos profesores se cuentan con los dedos de las manos (si nos ponemos exquisitos, podríamos asegurar que una sola mano bastaría para rescatar a las excepciones). 

Mi colegio, Bartolomé Herrera, es una histórica Gran Unidad Escolar -hoy Colegio Emblemático- que, como ya he dicho antes, me ofreció extremada libertad, calle y recuerdos muy divertidos. Después del 5to. de Secundaria empecé mi verdadera preparación profesional, apoyado en los rudimentos de una educación pública atravesada por las huelgas magisteriales, las limitaciones de toda la vida y mis propios problemas de entorno familiar -"época de vacas flacas", como diría mi padre, recientemente fallecido. 

Sin embargo lo que más recuerdo de mis tiempos en los amplios patios y pabellones del "Bartolo" son las palomilladas -en algunas de las cuales tuve activa participación, a pesar de ser uno de los "chancones"- que hoy, gracias a la magia de las redes sociales, regresan, más actuales que nunca, cada vez que hay reuniones de ex-alumnos como la que se realizará este sábado 27 de agosto, por el 69 aniversario del colegio.

Hace un par de años tuve una experiencia casi mística y terapéutica en la primera reunión de ex alumnos a la que asistí, experiencia que plasmé en este post, que muchos de mis compañeros de carpeta disfrutaron y agradecieron, algunos de manera exagerada. Desde entonces, varios de ellos han mantenido el contacto a través de un grupo cerrado de Whatssap, compartiendo frases filosóficas y poemas de enorme carga espiritual, ideales para un momento de relax en medio de nuestras atareadas jornadas laborales. Bromas aparte, el hecho que quiero destacar es que, tras años de haber estado desconectados, todos estos señores que acaban de atravesar la barrera de las cuatro décadas (como la señora de Arjona), viven una saludable segunda adolescencia en la realidad virtual de la popular app de la pantalla verde.

En lo personal solo volví a verlos una vez, en una reunión de coordinación para la elaboración de una placa recordatoria de nuestra promoción, al cumplir el año pasado un Cuarto de Siglo de haber egresado de las aulas, pero no asistí al almuerzo anual. Este sábado no me pierdo la reunión de ex alumnos y, aunque ya no va a tener la naturaleza de novedad -a diferencia del 2014 ya sé a lo que voy, y me gusta mucho la idea de la francachela, las risotadas y el retorno a esas épocas doradas que tuvimos entre 1986 y 1990, sin responsabilidades ni apuros, dejando a un lado nuestras vidas reales para meternos de cabeza al túnel del tiempo, no con ganas de no regresar, sino por la simple y llana necesidad de esa pequeña y efímera válvula de escape que recargue las baterías para el día siguiente.

El síndrome de la adolescencia permanente, bien manejado, ofrece eso: una vital oportunidad de desconectarse de lo cotidiano, abrazado a recuerdos de una época feliz, no exenta de dificultades, pero feliz al fin y al cabo. No se trata de olvidar nuestra edad actual sino de compartirla con aquellos cómplices de antaño, rememorar viejas y divertidas historias, reconocernos en nuestras diferencias actuales como provenientes de un mismo lugar -la escuela pública de la que todos salimos- y dejar de lado las imposturas y roles que asumimos en otros ámbitos, sin perder desde luego la identidad. Repito, no es un escapismo hueco, es un paréntesis. ¿Qué otra cosa son los recuerdos si no estímulos eléctricos que contribuyen a mantener vivas nuestras neuronas?

Me ilusiona ver nuevamente a mis amigos de colegio. Aun cuando no los frecuente nunca, más allá de formar parte de la comunidad virtual en la cual suceden las coordinaciones, acuerdos, almuerzos, pichangas, bromas e insultos de todo calibre -siempre en buena onda, por supuesto-, sé que están allí y viceversa. Me ilusiona ingresar al patio nuevamente, firmar el ticket de almuerzo y disfrutar, una vez más, del asombro que me produce recordar, línea por línea, los versos del himno del Bartolomé Herrera, aun cuando no lo escuche a diario desde hace 26 años. Ahí nos vemos...


domingo, 31 de julio de 2016

CAMBIO DE MANDO 2016: ALGUNAS REFLEXIONES


Antes que nada, hay que decirlo con todas sus letras: Lo mejor de este proceso electoral ha sido que Keiko Fujimori no haya llegado al poder. Hubiera sido lamentable y triste para un país como el nuestro, tan golpeado por la pobreza extrema, la ignorancia, la delincuencia y tantos otros vicios sociales, que una mujer como ella, hipócrita, mentirosa y asociada de forma innegable con la peor y más corrupta generación de políticos de la historia reciente del Perú, se hubiera encumbrado sin merecimiento alguno, aupada al poder máximo por un 34-35% de peruanos embrutecidos y enfrentados con todo lo que suene a solidaridad, decencia y respeto por la legalidad. 

La derrota de Keiko Fujimori es un triunfo de los estudiantes, de las múltiples minorías que, unidas, formaron una sólida oposición ante ese vendaval de imposturas, mascaradas producidas en reuniones de alto nivel lideradas por aceitosos asesores de imagen que hoy, presas de la frustración, se han caído y han mostrado, de manera impúdica, su verdadero rostro, el de la política de la chaveta y el cabe, la piconería insultante e irrespetuosa, la comprobación monolítica de que les importa un pepino el futuro del país y que lo único que desean es sentirse poderosos e indestructibles, para hacer lo que les diera la gana con la población a la que no se cansan de manipular.

Pedro Pablo Kuczynski -es necesario que todos aprendamos a deletrear y escribir este apellido correctamente ya que lo veremos todo el tiempo en los próximos cinco años- es ahora Presidente del Perú y, vale la pena recordarlo, lo ha conseguido gracias a esa oposición, asqueada de solo imaginar a la hija de Alberto Fujimori saliéndose con la suya, con lo que muchos analistas denominaron en su momento "votos prestados". El mío fue uno de ellos. Presté mi voto a favor de Kuczynski para cortarle el camino a Keiko, y nunca estuve convencido de que PPK fuese un buen candidato. Su perfil empresarial, su actitud excesivamente bromista y fingida, sus mohínes de coqueteo con la chacota populachera y su previo apoyo a quien le tocó ahora enfrentar en la Segunda Vuelta, me generaron permanente duda. No fue mi opción en la Primera Vuelta. Y voté por él sin esperanza, en la Segunda, pensando en una sola cosa -desbarrancar a Keiko- y en que nos tocarían cinco años más de saludos a la bandera.

Una de las cosas que más me he venido preguntando, a solas y en mi círculo más cercano, desde que se definió que Fuerza Popular y Peruanos Por el Kambio pasaban al ballotage final de junio, ha sido en qué momento Pedro Pablo Kuczynski iba a desprenderse de esa imagen pública medio cómica que había construido -con respuestas impredecibles y, a veces, hasta totalmente inapropiadas como lo de la "perra vida", bailecitos junto a "estrellas" de farándula y cuyes gigantes de dunlopillo- para dar paso al estadista, al hombre experimentado y bien conectado a nivel mundial que es, más allá de que represente una actitud política y económica diametralmente opuesta a los idearios de izquierda que, en nuestro país, se asocian más a la justicia y la equidad, para asumir el liderazgo que muchos le han venido reclamando a lo largo de su campaña y que ha llegado ya el momento de asumir frente al cargo que más de la mitad de peruanos le hemos concedido.

Y, luego de escuchar su primer Mensaje a la Nación, cargado de conceptos principistas y de generalidades a las que nadie podría oponerse en su sano juicio, con la excepción -que no debe dejar de hacerse a pesar de que sea tan obvia- de la miasma vomitiva fujimorista que, por supuesto, carece de sano juicio, me da la impresión de que está comenzando a aparecer esa catadura de profesional serio, abierto a todas las ideas que confluyan en el objetivo común de mejorar al Perú, que exhibe niveles de conocimiento, cultura, experiencia y relaciones con el mundo diferentes -ya el diario El País ha dicho que se trata de un presidente "atípico" para un país como el nuestro- de lo que normalmente nos ha tocado en suerte, por lo que una brisa de entusiasmo y optimismo llega a sentirse en los rostros de muchos votantes que, en el momento de la Segunda Vuelta, no podrían haber dicho que su apoyo a PPK era confiado y seguro. Salvo por el factor de evitar que Keiko se hiciera de la presidencia, las posibilidades de Kuczynski de despertar esperanzas en la población que votó por él eran nulas.

Sin embargo, es menester no dejarse llevar por las primeras apariencias -la sonrisa abierta, el mensaje que congrega a la unidad, los llamados a sectores sociales de toda laya, la familia estable y funcional- y evitar caer en una obnubilación general ya que, después de todo, esto recién está comenzando y hay cosas que ya son factibles de ser cuestionadas. Por ejemplo, la conformación de un gabinete 100% orientado al sector empresarial, con personajes asociados a grandes corporaciones -Backus, Macroconsult, Confiep- y universidades privadas que viven conectadas a ese sector -PUCP, la Pacífico, UPC- cuyo tránsito entre el Estado y el mundo privado está definido por la famosa "puerta giratoria" en la que también pasan de entrada y salida múltiples intereses particulares, la mayor parte de veces desligados de los intereses nacionales y de esa mayoría expectante de peruanos que necesita atención directa del Estado; ha encendido las alertas de los analistas más críticos, y colisiona un poco con los grandes anhelos fundamentales de cercanía al pobre y reducción de brechas económicas y sociales que marcaron el Mensaje a la Nación del pasado 28 de julio. 

Kuczynski está tratando de convencer a una buena parte del Perú para quienes su rostro, apellido, familia directa y pasado empresarial y extranjero son totalmente ajenos y desconocidos, que es un amante del Perú, que reposa sus ideales presidencialistas en consejos que recoge del pasado y del legado de políticos peruanistas como Fernando Belaúnde y de las enseñanzas de su padre, un médico europeo afincado en Iquitos. Y no será una tarea fácil. Por eso está manteniendo ciertos atisbos de ese personaje campechano, criollo, bromista y de agudeza popular: baila y rompe el protocolo de su paso marcial hacia Palacio de Gobierno, baila en la escalinata provocando la risa del edecán, baila mientras ve a una pareja de policías disfrutando con talento de una peruanísima Valicha. Sonríe y no se deja impresionar por las majaderías de la Presidenta del Congreso y de los 73 fujimoristas desleales y traidores a la Patria que, cumpliendo las consignas de su despechada lideresa, hacen gala de sus bajezas y no son capaces de hacerlas a un lado ni siquiera para aparentar que la Fiesta Nacional los conmueve. No hay nada que aplaudir dicen. Ni siquiera que es el cumpleaños 195 del Perú.

Más allá del mensaje de Kuczynski, emotivo en contenido aunque dicho de manera protocolar y ligeramente fría, no hay que perder de vista que el Congreso está tomado por esa gavilla de Becerriles, Salaverrys, Salgados, Chacones, Tubinos, Alcortas y Galarretas que, imbuidos de la matonería encanallada de la que son serviles escuderos, han comenzado a petardear al nuevo Gobierno incluso desde antes de empezar sus funciones, y que no lo dejarán de hacer en los próximos cinco años. También es cierto que, como la lealtad no es necesariamente un rasgo de su personalidad -sobre todo de los "invitados"- que ese número puede reducirse a los pocos años, ofreciendo equilibrio a lo que ahora parece tan desproporcionado en el Poder Legislativo.

Los análisis post-28 han estado, por una parte, enfocados a dejar de lado los ataques y concentrarse en "los intereses nacionales", en afanes de consolidación de la democracia y de ser políticamente correctos, diplomáticos en extremo. Por otro lado, los más acuciosos ponen su énfasis en esa dificultad representada por la presencia mayoritaria congresal de ese virus naranja que parece imposible de erradicarse. Por ende, lo declarativo y emocional de las Fiestas Patrias irá dando paso a la realidad cotidiana: la prensa adicta al fujimorismo, los negocios que giren en torno a los nuevos ministros, las amistades peligrosas que empezarán a dar vueltas alrededor de los poderes Ejecutivo y Legislativo. En suma, la política peruana retomará su espacio, perdido por un breve tiempo frente a la algarabía que produce el feriado largo, las tradiciones y ritos asociados a las Fiestas Patrias, el fervor de la ceremonia, las impresiones y comparaciones que se hacen con el Gobierno que ya terminó.

El Perú merece y necesita de esa pequeña dosis de optimismo, pero dependerá de sus nuevos dirigentes políticos -me refiero exclusivamente a Pedro Pablo Kuczynski y su círculo más cercano (su familia, sus vicepresidentes, sus ministros y congresistas) que se mantenga y crezca, sobre la base de resultados que a mediado y largo plazo, se reflejen en mejoras palpables para el maestro, para el policía, para el usuario de la seguridad social, para los padres de jóvenes que estudian y sueñan con oportunidades iguales para todos, para los transeúntes que viven asustados por la latente posibilidad de ser asaltados, baleados, seguidos al salir de un banco, violados y asesinados. En este quinquenio, previo al tan mentado Bicentenario, nos toca estar atentos y preparados porque apenas sea necesario, tendremos que salir nuevamente a las calles a bloquear a Keiko Fujimori y sus ansias personalistas de poder, una amenaza que también nos hará sombra una vez que las aguas vuelvan a su nivel y las noticias diarias se apoderen nuevamente del quehacer del peruano promedio.


jueves, 5 de mayo de 2016

SEGUNDA VUELTA 2016: ACTO FINAL DE LA COMEDIA


A partir de hoy quedan exactamente 30 días para que se produzca el balotaje, la Segunda Vuelta entre Fujimori y Kuscinsky -¿o se escribe Kuzcinsky?- y la verdad, salvo que nos unamos a la masa acrítica que fantasea con la idea de vivir en un país de procesos organizados, poblaciones enteradas e intenciones reales de avanzar de parte de sus principales personajes políticos, esta situación es absolutamente coherente con la visión que vengo expresando desde hace ya varios "rallies" electorales a la peruana: todo no es más que una broma, un chiste de muy mal gusto.

Cada vez que veo al señor PPK riendo a mandíbula abierta, mostrando los dientes como babuino excitado y desorbitados los ojos, mientras levanta y sacude torpemente los brazos al ritmo de alguna cumbia, encogiendo los hombros y cerrando los puños, flexionando las rodillas apenas -intentando bailar, en otras palabras- me pregunto qué será de este país que tanto quiero cuando sea gobernado por este personaje que tiene más de abuelito lunático que de respetable estadista. ¿Será que le volverá la seriedad, asociada a su perfil profesional, de pergaminos académicos y pertenencia a directorios internacionales, apenas le cuelguen la banda presidencial?

Y cada vez que escucho la voz de Keiko dando declaraciones en esas ruedas de prensa "improvisadas", en las que mira al cielo con los ojos perdidos, casi replicando la catatonia permanente de su hermano, el primer ser humano con habilidades diferentes del mundo que recibe el mote de "congresista más votado" en dos elecciones consecutivas; y en las que ejerce el cinismo, la mentira y la hipocresía de manera convencida y creyente de que convence a los demás, se me congela la sangre y se me escarapela la piel de imaginármela, hinchada como un globo, vanagloriándose de haber sido elegida la primera mujer presidenta del Perú, por decisión "del pueblo".

Porque resulta evidente que ninguna de las dos opciones es buena para lo que el Perú requería en el siguiente quinquenio, tras la traición de Ollanta Humala y las agendas de Nadine. No soy nadie para orientar el voto de los demás pero ni siquiera las plumas más lúcidas que he tenido oportunidad de leer me han convencido de que aquí hay un mal menor. No me parece. Los dos son malos. Y peores.

Claro, es evidente que lo de Keiko es ya delincuencial. No solo por el recuerdo inmediato de lo que hizo el papá sino por manifestaciones frescas como la última vendetta periodística que amenaza con cerrar el semanario de César Hildebrandt y la sentencia abusiva dictada contra Rafo León, que constituyen dos botones de muestra de lo que se nos viene- mientras que lo de PPK podría ser catalogado como de ultraderecha sin antecedentes penales. Pero haciendo un ligero ejercicio de memoria reciente ¿no es un hecho real que PPK y Keiko salieron bailando juntos en el cierre de campaña de esta última en las elecciones pasadas? ¿Qué puede haber cambiado para este periodo?

Si les preguntamos a ellos, responderán los mismos lugares comunes de siempre: que PPK es el candidato de Palacio (Keiko), que se ha deslindado de cualquier acuerdo con Fuerza Popular (PPK), que así son las campañas (ambos). Lo cierto es que más allá de los fuegos artificiales propios de la política farandulera nacional, y de que estamos hablando de dos personas diferentes en edad, sexo y tono de voz, Keiko y PPK representan las mismas ideas políticas y económicas. Aquí no hay planes de gobierno que valgan, pues todos sabemos también que son meros textos declarativos presentables como requisitos de una ley electoral que se cae a pedazos, pero carentes de valor y credibilidad a la hora de la verdad. 

Cuando quien gane se instale en el poder, hará lo que le dé la gana. Para Keiko será más fácil y directo el asunto, debido a la mayoría parlamentaria que ostenta. Pero a PPK lo único que le hará falta es repartir cargos, ministerios, embajadas, asesorías y ceder en lo que no afecte sus intereses o los de sus satélites. Y listo. En nombre de la gobernabilidad, quienes hoy se insultan ante las cámaras cómplices, mañana bailarán la cumbia juntos. Y revueltos.

Resulta también paradójico que los dos candidatos que quedaron fuera de carrera, es decir los impresentables César Acuña y Julio Guzmán, se hayan inclinado cada uno a las dos pésimas opciones con las que nos hemos quedado para la final del domingo 5 de junio. Mientras Acuña y sus principales colaboradores se abrazan y besan con PPK, Araoz, Vizcarra y sus congresistas electos (algunos de ellos deben estar más que incómodos, pienso por ejemplo en Juan Sheput; mientras que otros más acostumbrados al acomodo como Carlos Bruce y Salvador Heresi ya estarán listos para firmar alianzas con APP); los pocos seguidores que le quedan a Guzmán, a través de su principal asesor económico Elmer Cuba, ven a Keiko como posibilidad de entrar al Estado "a trabajar técnicamente", y terminarían votando por quien recibió ataques de ese líder de cartón morado. Aunque el propio Guzmán anunció que también apoyará a PPK, eso tiene el mismo peso que si yo anunciara por quién votaré. No representa a un grupo, es un solo voto sin arrastre.

A diferencia de Acuña, que compra lealtades con su "plata como cancha" y tiene algunos congresistas adentro confirmados; el pequeño grupo de Guzmán se atomizó tras su expulsión de la Primera Vuelta y, como la lealtad nunca fue una de las fortalezas de los integrantes de ese colectivo ocasional, se dispararon rápidamente hacia donde creyeron que más les convenía. Quizás ninguno fue a parar a la tienda naranja en la votación del 10 de abril pasado -ya que se repartieron entre las dos opciones perdedoras, las que realmente merecían entrar a la Segunda Vuelta, me refiero a Mendoza y Barnechea- pero ahora, en esta segunda etapa del desmadre y rompan-filas de ese partido fantasmal llamado Todos por el Perú, todo dependerá de quien les ofrezca más oportunidades de trabajo.

La comedia está matizada con anuncios y contradicciones que ya no dan risa sino una profunda pena. Por un lado, tenemos a un señor que declara estar dispuesto a eliminar la CTS y que luego se desdice, usa traductores, intérpretes y termina diciendo lo contrario. Por el otro, a una señora sin ninguna experiencia laboral verdadera ni brillo intelectual demostrado que discursea con tono grandilocuente e inclusivo, en Harvard, ante públicos open-minded, acerca de estar de acuerdo con la unión civil entre personas del mismo sexo y luego, meses después, firma un acuerdo con una institución liderada por un pastor que afirma, con cólera y convicción férreas, que la unión civil es una aberración. O esta otra perla de la hija de Alberto Kenya: pena de muerte para violadores de menores de 7 años. ¿Y los de 8 años, y los de 9 y 10, y los de 15 y 16? El escenario es patético y triste, y al mismo tiempo, hilarante y lleno de ocurrencias dignas de Mel Brooks o para ser más justos, de Melcochita o Nabito.

Este domingo 5 de junio sé que no voy a votar por Keiko Fujimori. Y también sé que votar por PPK solo servirá para evitar que Keiko Fujimori sea presidenta de mi país. LO que pasará después serán cinco años de componendas, imposturas, arreglos por arriba y por abajo de la mesa. Es decir, cinco años muy parecidos a los cinco años previos. A seguir esperando el cambio...


sábado, 2 de abril de 2016

ELECCIONES 2016: SE ACERCA LA HORA MÁXIMA DEL SAINETE


El sistema electoral peruano está tan mal hecho que, a dos semanas de los comicios, todavía hay candidatos que renuncian y tachas sin resolver en el Jurado Nacional de Elecciones y su apéndice, el Jurado Electoral Especial. Comenzamos el proceso, hace aproximadamente seis meses (la convocatoria formal a elecciones fue en noviembre de 2015) y de los 19 candidatos que se lanzaron ahora quedan "solo" 13 (*), de los cuales, al día de hoy, apenas 4 o 5 tienen real intención de voto.

(*) Este artículo comencé a escribirlo el lunes 28 de marzo en la mañana y para el jueves 31, en que recién pude continuarlo, la cantidad se había reducido a 10 candidatos. ¿Seguirá bajando? 

Como es evidente, hablar de un proceso electoral presidencial en el que compiten DIEZ opciones parece una broma de mal gusto, una ofensa a la inteligencia promedio, un chascarrillo que podría haber sido parte del guión de una película de Cantinflas o de Capulina. No hay forma de tomar estas elecciones en serio salvo que quiera uno formar parte de la enorme masa desinformada y autocomplaciente que cree estar viviendo en democracia con un esquema así de precario y confuso.

En apenas 10 semanas hemos tenido pruebas que, una tras otra, demuestran y refuerzan la idea de que este sistema electoral es un trabajo pésimo de organización y planeamiento, que no responde al más mínimo esfuerzo de reflexión acerca de sus alcances y múltiples aristas, y que pareciera no haber sido pensado entre profesionales de la ley, con conocimiento y experiencia, sino redactado a las patadas, entre gallos y medianoche, por un grupo de trabajo improvisado y sin oficio, con nula seriedad y mucho apuro en sacar lo primero que se les ocurrió, ya sea porque es expresión genuina de su incapacidad funcional o porque es un milimétrico y psicopático trabajo premeditado para confundir, para mantener el status quo, una conspiración para favorecer a los que ganan a río revuelto con la complicidad -tácita o explícita- de unos medios de comunicación serviles al poder y una opinión pública obnubilada, ciega, idiotizada por sus sueños de farándula, gastronomía y empates futboleros que se celebran como medallas de oro, con vuelta olímpica y caravana de claxons incluidas.

Una de las prácticas más irritantes de estos procesos electoreros modernos es la obstinada y arbitraria avalancha de carteles con los que candidatos de todas las raleas ensucian la ciudad: las bermas de avenidas céntricas, los aires de zonas atestadas de tráfico, y hasta las ventanas de edificios, balcones y puertas sirven de atriles para esas insoportables sonrisas de estudio, poses de medio lado con los brazos cruzados, mirando de manera torva hacia "sus" votantes, esa abstracción que solo les sirve a estos candidatos para ver a los ciudadanos como números, votos que pretenden echar a sus alforjas sin la más mínima intención de honrarlos luego. Los votantes solo servimos para hacerlos ganar y después de logrado el objetivo no te sonreirán nunca. Ni en foto.

Me pregunto si existe, en todos estos años de gigantografías, paraderos, pancartas clavadas en los jardines públicos y hasta modernos y luminosos pantallazos LED, algún estudio cuantitativo referido a la efectividad concreta de este método publicitario. ¿Alguno de ustedes ha decidido su voto después de mirar a esos rostros macilentos e inevitablemente fingidos, sonriendo de forma congelada, casi monstruosa, casi zombie, desde un cartel? Quizás si se tomaran el esfuerzo de investigar eso se darían cuenta de que, además de afear la ciudad durante toda la temporada electoral -afeamiento que se prolonga hasta mucho después de las elecciones, por cierto, ya que nadie se digna a retirar a tiempo toda esa contaminación visual agresiva y costosa- esos carteles constituyen un gasto innecesario e infructuoso.

Otra práctica habitual en nuestras pintorescas y desordenadas elecciones presidenciales -habitual y que exhibe, cada cinco años, niveles más y más bajos de degradación, una degradación orgánica, que hiede, que se pudre ante nuestros ojos y oídos- es la llamada "guerra sucia" que para los grupos políticos -no me atrevo a llamarlos partidos- es normal. La demolición sistemática del o los adversarios, las posibles amenazas y sus satélites, a través de una cuidadosa, psicopática, estrategia de desprestigio a cuatro bandas, que alcanza incluso a los ciudadanos que se organizan para manifestar sus opiniones en plazas públicas, tildándolos de terroristas.

Y aquí cuentan, cómo no, de nuevo con la publicidad de la bien llamada concentración de medios: canales, diarios, radios y uno que otro ciberperiodista que, en bloque y formación cerrada, encienden sus ventiladores y lanzan sus estiércoles a la masa que los ve como "líderes de opinión" y no recibe recibe, traga e incorpora a su sistema la bosta esparcida, sino que además la devuelve cual caja de resonancia, la extiende y replica, disfrazándose a veces de opinión sesuda cuando es, en el fondo, una expresión maquillada de los mismos niveles de intolerancia, de difamación, de temor a la confrontación de ideas y programas, rubros en los cuales saldrían perdiendo, sin duda alguna.

Hay que ir a votar, es nuestro derecho a escoger a las autoridades para el próximo quinquenio, que acabará con una efeméride importante: el Bicentenario de la Independencia. Esta variable le da especial valor a las elecciones -o por lo menos debería dárselo. Pero ir a votar también es un deber, una obligación. Si no vas, pagas una multa y tu DNI no tendrá el holograma fashion sin el cual no podrás hacer ningún trámite formal, por lo menos hasta que le pagues al Estado por no haber cumplido con tu tarea ciudadana.

Claro, las multas se han sincerado con esto de la estratificación según tipo de distrito pero ese detalle, que es menor, importa poco que funcione regular o bien, en medio de este caos en el que tenemos hasta un candidato que tendrá que ser sacado de un penal de alta seguridad para que participe del debate organizado por el JNE. ¿Qué pasaría si, por algún designio diabólico, Gregorio Santos ganara el 10 de abril? ¿Piedras Gordas se convertiría en sucursal de Palacio de Gobierno? ¿Los ministros juramentarían en la celda del presidente? Teniendo claro que es prácticamente imposible que Santos gane, es también claro que es el sistema político mal hecho el que permite que exista una posibilidad así de absurda, por muy remota que sea.

Este es el noveno proceso presidencial que tenemos desde la recuperación de la democracia en 1979-1980 tras los 11 años de dictaduras militares de Juan Velasco Alvarado (1968-1975) y Francisco Morales Bermúdez (1975-1979). Hasta antes del golpe con el que Velasco derrotó a Belaúnde las elecciones se decidían entre 3 o 4 candidatos, como hasta ahora ocurre en cualquier otro país del mundo. Sin embargo desde 1980 todos los procesos para escoger Presidente en el Perú han tenido una exagerada cantidad de candidatos, siendo el récord la elección del 2006, la que terminó en el segundo alanato. De 24 inscritos compitieron 20 tras la renuncia de cuatro. En esta ocasión comenzaron 19 y terminaron 10, la misma cantidad de las elecciones pasadas, las que llevaron al poder a Nadine Heredia y su esposo Ollanta, el de la Gran Transformación (se transformó de esperanza de cambio a conservación de todo lo anterior, corregido y aumentado con las veleidades y afanes de Nadine de convertirse en socialité de la noche a la mañana). Once listas con un promedio de 130 personas cada una postulan al Congreso: un total de 1,401 personas, de las cuales 845 son hombres y 556, mujeres. Alrededor de 60 son reincidentes (congresistas que quieren repetir el plato) y menos de 20 nostálgicos, congresistas entre 2006 y 2011, quieren regresar al Parlamento a pasarla de lo lindo con 15,000 soles mensuales, viajecitos, homenajes y quién sabe cuántas gollerías más. ¿Y el Parlamento Andino? Un pretexto para que cinco vagos (Ronald Gamarra dixít) reciban trato exclusivo por tres o cuatro sesiones al año. 

¿Qué hemos aprendido en estos 36 años de democracia? ¿Es justo que esa palabra -democracia- siga siendo manoseada por políticos, periodistas, opinólogos y ciudadanos, restringida al mero hecho de ir a votar este domingo 10 de abril? ¿Es democrático que haya diez candidatos y más de mil candidatos al Congreso? Para mí es la más clara y comprensible prueba del desorden, de la informalidad caótica que nos acompaña en tantas otras áreas de nuestra vida diaria como peruanos. No solo no es democrático tener 10 candidatos, no es sano ni representativo. ¿En realidad una persona con dos dedos de frente puede pensar que existen 10 formas diferentes de ver los problemas que tiene el Perú? Que las elecciones sean caldo de cultivo para la aparición de decenas de personas que, excitadas y seducidas por la idea de tener poder -y acicateadas por una ley electoral laxa, de requisitos mínimos y sin reglas de juego claras- se la jueguen y aspiren a alcanzar el cargo público más alto y representativo sin tener las credenciales adecuadas. 

Y el debate de mañana es la cereza que le falta al pastel. Hace unos días escuché a un locutor radial de esos que abundan en las mañanas, a los que les pagan por hablar estupideces y hacer chacota de todo, todo el tiempo, soltar una frase tonta: "La mecánica del debate electoral no parece haber sido organizada por el Jurado Nacional de Elecciones sino por la productora de Esto Es Guerra". Habida cuenta de las "duplas" anunciadas -dicen que fue por sorteo pero yo no me creo ese cuento-, cobra mucho sentido dentro de la lógica absurda que ha marcado el desarrollo de este sainete que todos los canales presentan con sus músicas épicas y animaciones en 3D. 



jueves, 1 de octubre de 2015

DÍA DEL PERIODISTA: ¿ERES "PERIODISTA" O "COMUNICADOR"?


En estos tiempos en que las plazas más atractivas, desde el punto de vista remunerativo, para un profesional de las comunicaciones son las que tienen que ver con consultorías, asesorías de imagen corporativa, comunicación institucional y demás hierbas, uno se pregunta si realmente hay la suficiente cantidad de periodistas en las calles y oficinas de Lima como para celebrar de manera tan entusiasta “su día”.

Desde hace no tan poco tiempo asistimos a una dicotomía engañosa y un poco amañada, arropada en gruesos paños de aquella ignorancia sutil que casi nadie percibe porque es compartida por la mayoría, según la cual existiría una diferencia sustancial entre ser “comunicador” y ser “periodista”. Esta dicotomía, como digo, mañosa, pretende distinguir una cosa de la otra y, en ambos casos, de ida y vuelta, la distinción se hace para guarecerse de no ser confundido entre una opción y la otra.

El “periodista” se siente superior al “comunicador” porque, en el plano conceptual, tiene un trasfondo, es culto, sabe de todo un poco y de nada en su totalidad, recoge lo mejor de cada experiencia y busca siempre llegar al fondo de las cosas. Por su parte, el “comunicador” afianza su superioridad porque, a diferencia del sesgo politizado y el aura crítica del “periodista”, es más pragmático, tiene olfato para la oportunidad, es ligero de pensamientos, reflexiones y conocimientos pero eficiente en la elaboración de mensajes que, en one, calarán tan hondo que cualquier cosa que recomiende será un éxito, un golazo. Los “periodistas” critican, investigan y analizan todo. Los “comunicadores” facilitan el proceso de entendimiento entre unos y otros, asesoran a los peces gordos, entretienen al público, lanzan sloganes, ganan elecciones.

Y este cara/sello, este bifrontismo en el que la profesión que nos convoca a todos los que sentimos pasión por escribir y desentrañar misterios, que nos iguala a quienes crecimos leyendo crónicas escritas desde una Remington o una Olivetti con quienes se dedican a hacer copy-paste de casi todo; en suma, esta doble cara se da a ambos espectros del ejercicio moderno de las Ciencias de la Comunicación, así, con mayúsculas, como los Cursos de Extensión de la San Martín: Se lo espetó Philip Butters (el “comunicador”) a Marco Sifuentes (el “periodista”) en el sonado caso de las acusaciones por mermelería que el primero le hiciera al segundo, al aire y a gritos. Se lo reprocha Magaly Medina (la “periodista”) a Laura Bozzo (la “comunicadora”) creyendo que así diferencia su basura localista de aquella que difunde con ventilador industrial la nefasta animadora afincada en México. Y el resultado es siempre el mismo: “no me digas nada porque tú no eres …” Completen el espacio en blanco con cualquiera de los dos sustantivos y la ecuación será exactamente la misma.

Esta diferenciación tiene, por cierto, un origen conceptual basado en la idea innegable de que la comunicación humana como hecho antropológico es anterior al oficio periodístico. Naturalmente todos los seres humanos tienen la capacidad de comunicarse, esa es una verdad de Perogrullo. Pero eso no significa de ninguna manera que cualquier hijo de vecino se arrogue el título de "comunicador" sólo porque sale a decir lo que se le ocurra y hacer chacota de todo frente a una cámara o un micrófono. Si bien es cierto todo periodista es, primero que nada, un ser humano que se comunica a través de ciertas técnicas, para ser comunicador no sólo basta con saber hablar y ser, entre comillas, carismático.

Sin embargo, la realidad en la que vivimos en el Perú –y me imagino que en otros países del mundo también, aunque no de manera tan descarada como aquí- nos deja claro lo siguiente: cada vez son menos periodistas y comunicadores los que merecen ser felicitados hoy.

El análisis, la profundidad, la absoluta objetividad/subjetividad para investigar y denunciar a todos por igual (cuando lo merecen), el buen decir y escribir -características de todo periodista formado en la tradición de aquella época en la que se estableció esta efeméride- han desaparecido casi por completo de periódicos, canales de televisión y cabinas de radio. Hoy reinan los errores de sintaxis, de ortografía, de cultura general. La ausencia de contenido y criterio para comentar y analizar hechos que la masa siempre ve de manera unidimensional. La incapacidad para desmarcarse del poder y llamar las cosas por su nombre. Todo ese bagaje de influencia social que antaño dio forma a los medios periodísticos, que no contaban con más que sus libretas y lapiceros, máquinas de escribir, grabadoras portátiles, cámaras fotográficas con rollo a revelar y, en muchos casos, su memoria y capacidad literaria para cerrar a medianoche sus historias, darles cuerpo y hacerlas atractivas al lector, es ahora una preocupante y cada vez más pequeña minoría. Y en los medios tecnológicos vigentes (el periodismo digital, los blogs y páginas web, las redes sociales), la crisis va por el mismo rumbo.

Y por la otra acera las cosas no andan muy bien que digamos. El mercado de puestos de trabajo ha convertido a los pocos comunicadores con formación profesional en meros empleados (como asesores de marketing político, jefes de prensa de instituciones públicas, publicistas de poco escrúpulo, cortas luces y múltiples ambiciones) al servicio del poder –político o económico o ambos-; las nuevas tendencias de las relaciones laborales han creado toda una generación de charlatanes que se dedican a mentir y crear expectativas falsas en masas de jóvenes desempleados (los famosos motivadores o consultores de coaching y manejo de la personalidad orientado a la búsqueda del empleo maravilloso que te sacará de la línea de pobreza); mientras que el permanente e indetenible enmierdamiento de la industria del espectáculo (la vulgar y huachafa farándula) ha hecho surgir a una avalancha agresiva, hedionda y cenagosa de nuevos "comunicadores" que destrozan el idioma, entierran los valores y pisotean todo lo que amenace con ser educativo, culturoso o simplemente útil con sus sintaxis simiescas y sus aspectos de barra brava combinada con delincuentes de toda laya, capaces de todo para que el rating no decaiga.

Los “coleguitas” en todos los medios de comunicación convencionales se saludan entre sí y estoy seguro de que cada uno de ellos, en sus fueros internos, reconoce con una claridad mucho mayor de la que serían capaces de aceptar en público que este no es su día. Porque no leen. Porque escriben mal hasta los subtítulos de tres líneas que lanzan al pie de pantalla anunciando los próximos destapes de fin de semana. Porque hacen del condicional –“habría”, “estaría”, “podría”, “presunto culpable”- una forma de vida y discurso. Porque comunican sin saber pensar. Porque apañan a corruptos por temor –o por complicidad. Porque firman facturas por servicios profesionales de todo tipo (conducción de eventos, asesorías, talleres, media training) que después les impide hacer señalamientos, comprarse pleitos y viven, por ello, de espaldas al sufrimiento de la gente de a pie.

El periodismo sigue existiendo por supuesto. Y todavía hay en calles y plazas, en redacciones y oficinas, periodistas que son también comunicadores, comunicadores que son también periodistas, capaces de mantenerse firmes en la persecución de los valores que los inspiraron a estudiar y ejercer, desde las páginas independientes de un periódico o blog que pocos leen, desde las oficinas de imagen de instituciones con orientación hacia cuestiones sociales o solidarias, esa profesión que, en su momento, también ejercieron Vargas Llosa y García Márquez, Fallaci y Kapuscinsky, Wiener y Martínez Morosini. Porque en un comienzo ser periodista y ser comunicador no eran cosas distintas.

Hubo un tiempo en que ser periodista y salir a comunicar cosas era estar comprometido con las causas de la gente común. Hubo un tiempo en que el público sentía que el periodista defendería sus intereses, daría espacio a sus denuncias, no cuestionaría sus dudas y quejas nacidas del hambre y no del cálculo político. Hubo un tiempo en que el comunicador buscaba transmitir diversión y cultura al mismo tiempo y no entregarse al hedonismo facilista de la vulgaridad rentable, esa que va encanallando a niños y niñas, adolescentes que hoy sueñan con ser prostitutas/diosas (ellas) y delincuentes/forzudos (ellos) porque eso les asegurará salir en la televisión, ganar dinero y pasar de ser nada a firmar autógrafos de la noche a la mañana, literalmente sin saber leer ni escribir ni entender nada de lo que pasa ni en el mundo ni en el país ni en la esquina de su barrio ni en la puerta de su casa ni en su propia cabeza.

Porque cada vez hay menos periodistas que los ayuden a salir de esa oscuridad y porque los llamados "líderes de opinión" operan, a veces de forma sutil y taimada, a veces de forma abierta y descarada, para que las cosas sigan así. Eso se siente, se huele en cada programa de noticias, en cada columna que defiende al establishment hasta en las situaciones en que son más evidentes sus efectos negativos y contrarios la población, contra el medio ambiente, contra la decencia.

Y después se sorprenden de ver cómo un estudiante universitario confunde a Abimael Guzmán con Gabriel García Márquez. Basta ver cuántas veces a la semana aparecen estos personajes en los reportajes de la prensa convencional (escrita, radial, televisiva y virtual) como para saber de dónde proviene tanta ignorancia. ¿Pasaría lo mismo si les muestran una fotografía de alguna de esas bataclanas o payasos, de esos animadores o guerreros/combatientes juan que salen todos los días a todas horas en todas partes? Adivinen la respuesta.