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miércoles, 23 de agosto de 2017

CHRISTOPHER CROSS EN LIMA (C. C. María Angola, martes 22-8-2017)



Sobrio, sencillo y talentoso, Christopher Cross tocó por segunda vez en Lima y nos regaló una noche de buena música, interpretada de manera soberbia por una banda de extraordinarios instrumentistas que, sin mayores aspavientos ni estridencias, atacó cada uno de sus fraseos, solos y acompañamientos de manera limpia, perfecta. 

El público, conformado en su mayoría por personas que sobrepasaban la barrera de los 50 años, seguía con atención las evoluciones de este conjunto de artistas que mostró su talento sobrenatural, forjado a través de años de experiencia, práctica disciplinada y entrega a lo suyo, de una forma en la que todo parecía fluir con naturalidad, sin esfuerzos.

Conciertos como estos, que en otras latitudes son moneda corriente, cosa de todos los días, se convierten en hechos memorables en esta ciudad cada vez más acostumbrada a la informalidad y simplonería arrogante de quienes creen que ser "estrella" es abusar de los demás a través de sus exhibicionismos televisivos o disfuerzos musicales que, si por algo destacan, es por su carencia absoluta de ensayo, técnica y el despliegue de un talento básico, lleno de limitaciones, que no se desarrolló nunca por esa propensión a la autocomplacencia, común en varios músicos de nuestro país. 

Cuando pienso en las poses de "divos de la música" que adoptan personajes como Pelo Madueño, Lucho Quequezana (solo por mencionar a dos de los más ubicuos protagonistas de la escena local, cuyas presentaciones son catalogadas como fantásticas, con intencional ligereza, por sus amigos y clientes) o, por ponernos un poco más rebuscados, grupos como Laguna Pai o Kanaku y El Tigre, me basta con repasar en la mente cada una de las notas tocadas la noche del martes 22 de agosto por los seis fenomenales músicos que, junto a Christopher Cross, tocaron esas inolvidables canciones con las cuales muchos de nosotros crecimos, escuchando la radio durante los años ochenta, entrenando sin querer nuestra capacidad de apreciación.

El show comenzó un poco más allá de las 9pm., y aunque el local no estaba del todo lleno, era evidente que una buena cantidad de público, entre los nostálgicos y los ocasionales concertgoers que nunca faltan a ningún evento que les asegure ciertos aires de sofisticación, había respondido positivamente a las convocatorias de Kijada Producciones, empresa encargada de traer de vuelta a este músico norteamericano, actualmente de 66 años de edad, que tuvo cuatro años de gloria entre 1979 y 1983, tiempo en el que se llevó todos los Premios Grammy con solo un disco en el mercado y hasta ganó un Oscar por la alucinante balada Arthur's theme (The best that you can do), de la película Arturo, el millonario seductor, que fuera protagonizada por Liza Minelli y Dudley Moore.

Este tema, que llegó prácticamente a la mitad del concierto, fue el que más emocionó al público, como pudo notarse por los ensordecedores aplausos y el bosque de celulares que se levantó para registrar la canción. El característico intermedio instrumental fue replicado, nota por nota, por el saxofonista Andy Suzuki, músico de ascendencia japonesa que brilló a lo largo del show con su precisión y solvencia en cada una de sus intervenciones Suzuki, además, se encargó de los teclados, generando atmósferas parecidas a las de una sección de cuerdas para complementar el piano de Pierre Leonid, fuertemente influenciado por el smooth jazz, uno de los elementos constitutivos de las composiciones de Cross, que formaron parte del género denominado soft-rock, muy popular en los años setenta gracias a bandas como Steely Dan, The Doobie Brothers, Ambrosia, entre otras.

La noche comenzó con Haila, un tema semi-instrumental, con los coros femeninos repitiendo un cántico que parecía un mantra, del más reciente trabajo en estudios de Christopher Cross titulado Take me as I am (2017), que aun no ha sido lanzado al mercado. Baby it's all you, otro tema de estreno, formó también parte del repertorio el martes 22. En ambos se nota una vocación más orientada al trabajo instrumental, que le permite a Christopher Cross mostrar sus habilidades como guitarrista, en un despliegue de técnica y velocidad que nos hacen recordar a otros ejecutantes muy relacionados a su carrera como Larry Carlton, Dean Parks o Eric Johnson.

Luego de presentar a su banda, Cross calentó de inmediato el ambiente con Sailing y Never be the same, conocidísimos éxitos de su clásico álbum debut, el de la carátula del flamingo. Y aunque se sintió la ausencia de Say you'll be mine, otros dos temas de ese aclamado LP, The light it's on y Spinning, sí entraron al setlist. En el caso del segundo de los mencionados, en una versión especial a dúo con una de las coristas, Stephcynie Curry, como parte de un segmento acústico que incluyó además las canciones Think of Laura, de su segundo disco Another page (1983) y Abro mi ventana, versión en español de Open up my window -del álbum Window de 1994- que interpretó a dúo con Marcia Ann Ramírez, su otra corista, arrancando aplausos por este esfuerzo de cantar en nuestro idioma, trabajo que debe haber sido bastante pesado para este cantautor nacido en Texas a quien se le hace sumamente pesado siquiera pronunciar "gracias". Un detalle que el público peruano supo agradecer como corresponde.

El sonido en el María Angola estuvo muy bien calibrado, permitiéndonos escuchar con claridad a la impecable banda en cada tema, tanto los muy conocidos y reconocibles como aquellos que, a pesar de no haber recibido difusión en su momento, hoy suenan frescos y agradables como por ejemplo Dreamers (Doctor Faith, 2011), In the blink of an eye (Rendezvous, 1993) o la contundente Walking in Avalon, del álbum del mismo nombre de 1998, tema en el que el bajista francés Kevin Reveyrand mostró sus credenciales, en interacción apretada con el baterista, su compatriota Francis Arnaud. Ambos sostienen la carga rítmica de las canciones y dejan espacios abiertos para los espectaculares solos de Suzuki al saxo, las elegantes melodías del piano de Leonid o las ráfagas guitarreras del cantante quien, con el gesto tímido y casi escondiendo la mirada bajo una boina, cortaba el aire y la respiración con esa capacidad que era desconocida para muchos, salvo para quienes sabían que Christopher Cross, en su juventud, reemplazó al mismísimo Ritchie Blackmore en un concierto que Deep Purple dio en Texas, en 1970. Reverend Blowhard y Simple, ambos temas de Secret ladder (2014), su último disco publicado, no desentonaron con el aura sofisticada de las demás canciones.

Siguieron dos temas conocidos del Another page: No time for talk y All right. Mientras la primera recibió un tratamiento idéntico al de la versión del vinilo, la segunda fue presentada con arreglos totalmente nuevos y un electrizante solo de batería de Arnaud al principio. Curry y Ramírez alternan sus voces con Cross en esta nueva versión de uno de sus temas más famosos, que preparó el camino para un energético y setentero final con Ride like the wind, en el que ambas se lucieron vocalmente haciendo el trabajo que hiciera, en la versión grabada, el genial Michael McDonald. El solo de guitarra de Cross al final de este tema fue uno de los mejores momentos de la noche.

Para el encore Christopher Cross tomó nuevamente su guitarra acústica para hacer un correcto cover, a su estilo, del clásico himno a la paz Imagine de John Lennon, mientras la pantalla mostraba imágenes alusivas a esta profunda invocación que escribiera en 1971 el ex Beatle para promover la hermandad entre seres humanos. Lamentablemente, este significativo final se vio eclipsado por una de las más odiosas costumbres de la modernidad. A medida que Cross y su banda dejaron claro que estaban tocando esta emblemática canción la gente de las primeras filas comenzó a abandonar sus asientos para acercarse al escenario. Pero lo que parecía ser el inicio de un acto de comunión sublime entre el artista, la banda y su público, se convirtió en una grotesca sucesión de personas idiotizadas que le daban la espalda a los músicos, haciendo cola para tomarse selfies con ellos, pisoteando lo que probablemente haya sido la idea original que tuvo el cantante al despedirse con este clásico de la música popular contemporánea. 

Pero ni siquiera este desagradable momento, en el que personas que pasan las cuatro y hasta cinco décadas de vida se prestaban a esta actitud infantil propia de millennials, que dejan pasar la experiencia de asistir a un concierto por estar buscando el ángulo perfecto para su hedonista, superficial y egocéntrica fotografía, consiguió opacar esta velada, una de las mejores en términos de calidad e interpretación musical.

miércoles, 8 de mayo de 2013

RINGO STARR EN LIMA: ¿Y SUS ALL STARR? ¿QUIÉNES SON?


En todos los diarios se ha confirmado la noticia: por primera vez, el mítico baterista de The Beatles, Ringo Starr, visitará Lima en noviembre de este año, junto a la décima segunda versión de la All-Starr Band, un proyecto que él lidera desde 1989. Básicamente, lo que hace Ringo es reunir a destacados músicos de los 70s y 80s - muchos de los cuales crecieron escuchándolo a él, durante sus años dorados en el cuarteto de Liverpool - con los que ofrece un repertorio conformado por las canciones de The Beatles que él cantó originalmente, temas de su discografía como solista (que ya pasa los 15 álbumes) y éxitos de las bandas a las que originalmente pertenecieron sus acompañantes de ocasión. Más que un supergrupo (entendido como un grupo nuevo formado por ex integrantes de otras bandas, qe se juntan para crear música nueva), Ringo Starr & His All-Starr Band es una invitación a disfrutar de un show de lujo, con canciones que todos conocemos y admiramos, una cita con la nostalgia y la oportunidad de ver sobre el mismo escenario a músicos de primera clase, que por derecho propio forman parte de la historia del rock. Tenemos muchos meses para hablar de la importancia de esta visita: Ringo Starr es, junto a Paul McCartney, lo único que nos queda de la magia beatlesca. Pero como ninguna nota de las que he visto da detalles respecto de quiénes llegan a Lima junto a Ringo Starr, aquí les ofrezco un breve repaso de cada uno:


GREGG ROLIE (teclados, voz): quienes hayan visto la película Woodstock 1969, recordarán la poderosa versión de Soul sacrifice de Santana. Rolie es el tecladista que hace vibrar a aquel órgano Hammond B-3 en el festival musical más famoso de todos los tiempos. Gregg Rolie perteneció a la banda de Carlos Santana entre los años 1966 y 1972 y grabó la voz original en temas clásicos del guitarrista mexicano como Evil ways, Black Magic woman, Everything's coming our way, entre muchas otras. Posteriormente, fundó junto al guitarrista Neal Schon (otro ex Santana) y el bajista Ross Valory el grupo de rock instrumental Journey, con el cual lanzó excelentes discos entre 1975 y 1981. Su lugar fue tomado por Johnatan Cain, para la segunda etapa del conocido quinteto norteamericano, ya con el vocalista Steve Perry al frente. En los 90s formó parte del proyecto Abraxas Pool, que reunió a los músicos de la banda de Santana en sus primeros años: Rolie, Schon, Mike Carabello (congas), Michael Shrieve (batería), José "Chepito" Arias (timbales) y Alphonso Johnson (bajo), el cual lanzó un extraordinario álbum titulado Abraxas pool, en 1997.




TODD RUNDGREN (guitarra, bajo, teclados, voz): ya sea como solista o como líder de la banda Utopia, Todd Rundgren consolidó su figura en los 70s como uno de los artistas más talentosos y prolíficos de esa década. Compositor, cantante y multi-instrumentista, Rundgren se desarrolló con naturalidad tanto en el soul, el rhythm & blues y el pop radial (en sus discos como artista solitario), en el rock progresivo, el hard rock, el glam y el new wave (en la camaleónica discografía de Utopia) y por si fuera poco, como uno de los productores más respetados y solicitados de la industria musical. Sus créditos detrás de las consolas figuran en las producciones de artistas diversos, desde New York Dolls hasta Cheap Trick, desde Hall & Oates hasta The Psychedelic Furs, desde Grand Funk Railroad hasta Bad Religion. Su trabajo más reciente es como vocalista/guitarrista de The New Cars, la nueva versión del clásico quinteto ochentero The Cars, conformada por él, su compañero de Utopia, Karim Sulton (bajo), Prairie Prince (batería), junto a Elliot Easton (guitarra) y Greg Hawkes (teclados), fundadores del quinteto liderado originalmente por Ric Ocasek.




STEVE LUKATHER (guitarra, voz): ¿quién no ha escuchado Toto? Lukather es el único miembro fundador que aun forma parte de esta famosísima banda norteamericana. Como guitarrista de sesión ha trabajado en más de 1,500 discos de reconocidos artistas a lo largo de cuatro décadas (desde Aretha Franklin y Michael Jackson hasta Boz Scaggs y Warren Zevon), un trabajo que inició antes de integrarse al proyecto del tecladista David Paich y los hermanos Steve y Jeff Porcaro - todos reputados músicos de estudio - que finalmente se transformaría en Toto. Desde 1989, Steve Lukather inició una prolífica carrera como solista, haciendo discos en los que desplegaba aun más su extenso rango de posibilidades como guitarrista de rock, hard rock y jazz, alternando producciones en las que cantaba con otras netamente instrumentales. A comienzos de la década del 2000, lanzó un álbum en vivo junto al guitarrista Larry Carlton, con el sello Favored Nations de Steve Vai. Considerado uno de los mejores guitarristas de todos los tiempos, Steve Lukather también se mueve con facilidad en el terreno de la fusión, como puede apreciarse en la discografía de Los Lobotomys, proyecto que armó en los ochentas.




MARK RIVERA (saxo, flauta, clarinete, guitarra, coros): este músico neoyorquino de ascendencia latina es mayormente conocido por ser miembro estable de la banda de Billy Joel desde 1982 hasta la actualidad. Sus solos más destacados se pueden escuchar en las versiones en vivo de clásicos del pianista norteamericano como You may be right, Just the way you are o New York state of mind. Paralelamente ha desarrollado una intensa carrera como músico de sesión y de giras, acompañando a grandes de la música como John Lennon, Elton John, Simon & Garfunkel, entre otros. Fue integrante de Foreigner durante la primera mitad de los ochentas. Escribió y tocó los arreglos de metales para el álbum So (1986) de Peter Gabriel - escuchar los temas Sledgehammer y Big time como ejemplos de su trabajo. Aunque su especialidad son los instrumentos de viento (en los conciertos de Billy Joel se le aprecia tocando saxos, flautas y clarinetes con absoluta tranquilidad), también es funcional con las guitarras, teclados y percusiones. Es el músico que más veces ha participado en The All Starr Band de Ringo Starr, proyecto al cual se unió en 1995.




RICHARD PAGE (bajo, voz): conocido mundialmente como integrante de la banda ochentera Mr. Mister, la voz de Richard Page se escucha permanentemente en las radios gracias a la vigencia de los temas Kyrie y Broken wings, ambos de su segunda producción discográfica Welcome to the real world, lanzada al mercado en 1985. Antes de fundar Mr. Mister, junto a Pat Mastelotto (batería), Steve Farriss (guitarra) y Steve George (teclados), Page había trabajado como músico de sesión en grabaciones de importantes nombres de la industria discográfica norteamericana como Quincy Jones, Donna Summer, Barbra Streisand, Kenny Loggins, Al Jarreau, entre otros. Incluso recibió propuestas para reemplazar a Bobby Kimball como vocalista de Toto y a Peter Cetera en Chicago, pero desestimó esas ofertas en aquel momento, para dedicarse a su propia música. Aunque Kyrie y Broken wings fueron ambos número 1 en todo el mundo, la carrera de Mr. Mister no se extendió durante mucho tiempo. Desde 1990 hacia adelante, Page se concentró en su trabajo como músico de estudio. Es la segunda vez que integra la All-Starr Band de Ringo.




GREGG BISSONETTE (batería): en el universo del heavy metal producido en los EE.UU. Gregg Bissonette es una leyenda. Junto a su hermano menor, Matt, han conformado una de las secciones rítmicas más respetadas de la era glam-hair-metal. Sus padres también fueron músicos, lo cual les dio el ambiente ideal para su desarrollo. Gregg, que estudió música en la universidad de Texas, ganó experiencia como miembro de una de las primeras formaciones de Los Lobotomys, el proyecto de jazz fusión que también involucró a Steve Lukather de Toto, pero saltó a los reflectores cuando David Lee Roth lo reclutó para la banda que armó luego de su salida de Van Halen. En esos años (1986-1989), Gregg salió de gira mundial con Lee Roth, Steve Vai (guitarra) y Billy Sheehan (bajo), una de las formaciones más aclamadas de heavy metal de entonces. Él y su hermano permanecieron en la banda del carismático cantante hasta los primeros años 90s. Gregg Bissonette ha participado en infinidad de proyectos de hard rock, jazz fusión y ha lanzado diversos videos de instrucción para bateristas.

jueves, 18 de abril de 2013

THE CURE EN LIMA: TRES HORAS DE LUZ Y DE SOMBRAS


Durante años se rumoreó su llegada a nuestra capital, sin concretarse. Miles de fans de The Cure organizaban grupos en Facebook, lanzaban cartas abiertas a los promotores de conciertos pero nada. Problemas de agenda, problemas en la banda, problemas. En plena época de megaconciertos, la visita de The Cure seguía siendo una deuda pendiente para el público limeño. Sin embargo, la espera por la cura a tanta ansiedad llegó anoche, miércoles 17 de abril, y con sabor a sobredosis. 

Más de tres horas de concierto, quizás el más largo que se haya producido - de un solo grupo - en Lima, fueron suficientes para que The Cure demostrara, luego de 34 años de trayectoria, por qué siempre fue considerado el buque insignia de ese volátil combo de subgéneros que incluye new wave, post-punk, shoegazing, dark rock, gothic rock, dream pop, dance pop, del cual muchísimos grupos no resistieron la prueba del tiempo. Y ¿cuál es el secreto? Ninguno, solo el talento de Robert Smith, su virtuosismo, su originalidad y carisma han permitido que The Cure perpetúe su estatus de grupo leyenda del rock, no solo de los 80s sino de todos los tiempos.

En la nota de contracarátula del Perú21 de hoy mencionan que entre los temas que interpretó The Cure destacó To me (así, en cursivas). Me parece ejemplo suficiente para graficar el desdén y la ignorancia con la que la prensa convencional trata estos eventos musicales. En la televisión el resumen de noticias no puede ser más aburrido: que si Humala y Maduro, que si el funeral de Armando Villanueva, que si Canal 7 lanza a Nadine para presidenta. Del concierto ni una letra, ni una imagen, ni una mención en el cintillo de titulares. Las notas "más extensas" de los demás diarios - incluyendo la portada de la sección Luces de El Comercio - abundan en lugares comunes y adolecen de reseñas interesantes. Incluso hubo uno que tuvo la osadía de poner una foto de Carlos Alcántara viendo el concierto. ¿Ni siquiera la nombradía de esta banda merece que se olviden de las pachotadas de la farándula local?


Push, uno de los temas que interpretó The Cure en Lima. La versión original está en el álbum The head on the door de 1985.

La respuesta es no. Dicho eso, hablemos del show. Hubo dos teloneros, a quienes no vi (Kinder y Resplandor) y supongo que, más allá de lo mal o peor que hayan sonado, tuvieron la noche de sus vidas. Bien por ellos. Cuando llegué a mi ubicación en tribuna norte, el estadio ya lucía casi lleno. Para la polémica quedará decidir si las casi 40 mil personas estaban realmente seguras del grupo que habían ido a ver o, como yo creo, un gran porcentaje habrá salido de allí con rostros soñolientos preguntándose ¿por qué habrán tocado tanto si solo conozco cuatro canciones? En todo caso, Robert Smith (voz, guitarra y una ocasional zampoña), Simon Gallup (bajo), Roger O'Donnell (teclados), Jason Cooper (batería) y Reeves Gabrels (guitarra) prepararon un kilométrico setlist con el que se propusieron complacer a toda su gama de seguidores: desde los más fieles conocedores de su vasta discografía hasta los más advenedizos que únicamente han escuchado las mismas tres o cuatro canciones que rotan en las radios desde hace 25 años.

Casi media hora después de la hora anunciada, la música ochentera (en clave new wave del más duro) que se escuchaba de fondo se apagó y comenzó a sonar una inesperada e incomprensible ranchera. Un atisbo de papelón rondó mi mente por un momento: ¿y si la banda creía que estaba en México? En fin, nada grave pasó y cuando saltaron al escenario el estadio simplemente estalló. Y The Cure lanzó la primera parte de su concierto, de dos horas de duración, de corrido y sin respirar, intercalando los temas con escuetos "gracias" que a veces sonaban a estornudo. Por allí pasaron temas luminosos como Just like heaven, High, In between days, Friday I'm in love, viñetas mágicas como Open (que abrió la noche), Push, Lullaby, Pictures of you, Lovesong, Fascination street y bombazos oscuros como The end of the world, Play for today, Trust, A forest y One hundred years. Distintas épocas, distintos matices de una banda que está sonando mejor que nunca.

La prensa convencional, idiotizada por las cotidianas coberturas a programas y personajes intrascendentes, se fija en el sobrepeso de Robert Smith y sus patillas canosas. Sin embargo nadie apunta que este compositor y guitarrista de 53 años de edad conserva su voz intacta, tal y como la escuchamos en míticos álbumes como Pornography (1982), The head on the door (1985), Kiss me kiss me kiss me (1987), Disintegration (1989) o Wish (1992), algunos de los discos que más contribuyen al setlist que vienen paseando, con algunas modificaciones, en esta exitosa gira por Latinoamérica. Simon Gallup, convertido en su lugarteniente desde la primera deserción de Lawrence Tolhurst en 1987, lanza líneas de bajo profundas y muy bien tocadas, que van desde la distorsión hasta los quiebres jazzeros de The lovecats y la onda disco de Let's go to bed. Roger O'Donnell, que reemplazó a Tolhurst y es ya parte de la historia de la banda, domina todo desde sus teclados y aporta mucha emoción durante los temas más dark. El baterista Jason Cooper tiene un pulso más duro que el anterior Boris Williams y Reeves Gabrels, ex guitarrista de aquella banda Tin Machine que David Bowie formara a finales de los 80s, hizo olvidar completamente a Porl Thompson, con una técnica y filo rockero que acrecienta la tensión en los momentos más sombríos que ofreció The Cure durante el show, complementando el trabajo guitarrístico de Smith, pletórico en tonalidades graves y punteos que aparentan simplicidad pero que generan una carga emocional inconfundible en su grupo.


If only tonight we could sleep, del álbum Kiss me kiss me kiss me (1987).

Luego de esta monumental descarga de 25 canciones, el quinteto abandonó el escenario del Estadio Nacional por primera vez. Las noticias en Internet ya habían puesto en sobreaviso al público (me refiero al público seguidor de la banda): The Cure sigue con su costumbre de realizar shows extensos, que pueden llegar a las tres horas de duración. De manera que era obvio que iban a salir otra vez. Los demás, un tanto aturdidos por tantas canciones "desconocidas", alistaban sus celulares y cámaras digitales para captar el momento en que la banda saliera a tocar Boys don't cry. Pero The Cure no iba a hacer concesiones así, tan fácilmente. Como si el concierto comenzara de nuevo, la banda hizo seis canciones más, extraídas del más tenebroso baúl de sus posibilidades sónicas: The kiss, If only tonight we could sleep y Fight del disco Kiss me kiss me kiss me (1987); y Plainsong, Prayers for rain y Disintegration del álbum del mismo nombre pusieron a volar a los conocedores, a sorprender a los nuevos con sentido de la apreciación y a dormir a los poseros, con atmósferas de sonido - cortesía de densas guitarras y teclados - y alaridos vocales que pusieron a prueba a aquel público que esperaba más hits radiales.

Segunda desaparición del grupo. Y aun faltaban canciones. El cierre vino con una colección de temas clásicos, todos en clave más optimista: The lovecats, The caterpillar, la esperadísima Close to me (la que según Perú21 se llama To me) y las festivas Hot hot hot y Why can't I be you? calentaron lo suficiente a la multitud antes de lanzarle a la cara lo que tanto estaba esperando: Boys don't cry, ese gran éxito de 1980 que da título al primer-segundo álbum del grupo (en realidad es un single que después se convirtió en disco), tocada a un tiempo más acompasado y que hizo saltar a todo el estadio y para finalizar, dos clásicos más: 10:15 saturday night y Killing an arab (basada en la novela El extranjero de Albert Camus), interpretados con furia desatada, algo alucinante si tomamos en cuenta que ya eran más de las doce de la noche y la banda llevaba tocando tres horas y veinte minutos. Una proeza de resistencia y entrega al público.

El sonido y las luces fueron de primera, además de los impresionantes equipos de filmación que la banda trajo, pues piensa elaborar un documental de esta gira. Detrás de los músicos, una inmensa pantalla LED proyectaba imágenes que iban desde referencias a las carátulas de su álbumes hasta dantescas escenas en blanco y negro, de una resolución sorprendente. Todo un acontecimiento musical y artístico que, a pesar de no recibir el tratamiento debido por parte de la prensa, pudo ser disfrutado por las miles de personas devotas que esperaron tanto la llegada de esta icónica banda británica. Y por los miles de infiltrados que fueron a tomarse fotos para sus Facebook.

Boys don't cry, tema emblemático que une a los fans de The Cure (los que conocen su discografía y los que solo conocen esta canción), lanzado originalmente en 1980.






sábado, 6 de abril de 2013

NEW ORDER Y THE CURE: LAS VOCES DE LOS 80s


Entre 1986 y 1990 escuché de todo, desde el thrash metal más agresivo - según el cual bandas como Metallica, Slayer o Megadeth eran solo las puntas del iceberg - hasta las edulcoradas baladas en español de Pandora, Camilo Sesto y José Luis Rodríguez "El Puma" que programaban en RBC Radio. Mis preferencias, sin embargo, siempre estuvieron enfocadas hacia la música rock, en todas sus formas y géneros. Debo resaltar que en esa época era muy difícil ser consumidor compulsivo de buena música ya que las radios, como siempre, imponían unos límites muy reducidos con sus parrillas de 100 canciones que siempre eran las mismas y a las cuales solo les cambiaban de orden. Algunos programas de televisión como Disco Club o Mirando la radio trataban de marcar la diferencia, pero al final de cuentas uno siempre debía recurrir a recursos extremos (cassettes piratas del centro de Lima, amanecidas viendo la mala señal del Canal 27 UHF y cosas así).

En esa época no existía el YouTube y era imposible pensar en que los artistas que uno admiraba incluyeran a Lima en sus rutas de conciertos. Hoy, que ambas cosas son moneda corriente, la lista de bandas que pisan nuestra capital crece cada año más. Desde las épocas en que conciertos como los de Ian Gillan o Jon Anderson eran eventos de lo más extraños, que las visitas de Santana o de Phil Collins recibían toda la atención de la prensa de espectáculos por lo insólitas que eran; hasta hoy, en que mensualmente la oferta de conciertos es diversa y permanente; mucha agua ha corrido bajo el puente. La prensa musical (que nunca ha existido en este país, por lo menos no de forma organizada y sostenida) prácticamente está limitada a dos o tres párrafos en un periódico de tiraje nacional (El Comercio), por lo general más preocupado en hablar de Al fondo hay sitio o del romance de Magaly Medina con un estafador profesional y los grandes conciertos que se producen en la ciudad pasan desapercibidos para la mayoría. O en su defecto se convierten en una pequeña nota que comparte espacio con basuras como el K-Pop o el Harlem Shake.

En esa línea, no sorprende que nadie haya dicho nada de la visita de New Order, una de las más creativas y creíbles del género conocido como post-punk - lo más que he visto en Internet son notas repletas de lugares comunes y fruslerías del tipo "Bernard Sumner admira a Juan Diego Flórez" o "los integrantes de New Order ya no quieren ver ni un pisco sour más". Hasta los íconos del rock terminan, en este país, convertidos en comentarios superficiales como los que haría Fiorella Rodríguez o la chica de Yo soy (perdonen que no sepa bien su nombre) en sus "bloques de espectáculos". Lo cierto es que New Order, aquella banda formada por lo que quedó de Joy Division (grupo que, francamente, nunca me gustó) poco tiempo después de que Ian Curtis, su atormentado cantante y compositor principal, se suicidara a los 24 años de edad, ha llegado a Lima para explotar las dos leyendas sobre las cuales basa su fama: la de su emergencia como resultado de un evento trágico (el suicidio de Curtis) y la de su propia trayectoria, exitosa y colmada de creatividad musical, que sobrepasa fácilmente las tres décadas.





Por otro lado, el inminente concierto de The Cure, uno de los placeres culposos y ocultos de cualquier metalero que se respete, no pasa de ser una oferta de la tarjeta Interbank, colgada en paneles y vallas callejeras. Nadie en la prensa convencional (no hablo desde luego, de los verdaderos conocedores, que sí viven la emoción de este concierto, día a día, en las redes sociales) y, seguramente, cuando la banda llegue al Jorge Chávez, los programetes de turno harán las mismas notas aburridas y estancadas en la anécdota estúpida con la comida peruana, si algún integrante se puso la camiseta de la selección peruana de futbol o cualquiera de esas lamentables maneras de abordar esta clase de acontecimientos, que merecerían un trato periodístico-musical más respetuoso y relevante.

New Order y The Cure son dos de los grupos ingleses que más escuché durante mi adolescencia, en medio de la tormenta de guitarras de los thrashers y las voluptuosas producciones progresivas que consumí de forma viciosa en esa segunda mitad de los 80s. Recuerdo que, en las fiestecitas de barrio a las que iba, con mis amigos, a sentarme en la esquina y tomar todo lo que nos ofrecían (y lo que no nos ofrecían, también), siempre estaba, entre los LPs de Soda Stereo, Hombres G y Los Violadores, el LP Standing on the beach (aquella recopilación de The Cure con el primer plano de un anciano en la carátula) o los 45s de las versiones en 12" de Bizarre love triangle o Blue monday, los temas más emblemáticos del otrora cuarteto de Manchester. Eran infaltables, inclusive en algunas de las fiestas a las que fui durante los primeros años de universidad. Y por supuesto, había mucho que saber de ellos, más allá de las dos canciones por banda que programaban las radios locales. Si en el caso de New Order eran (y hasta hoy son) las dos mencionadas, en el caso de The Cure solo sonaban Boys don't cry y Close to me. Lo demás había que escucharlo en otros lugares.





Me acuerdo mucho que, de ese LP recopilatorio de la banda de Robert Smith, me obsesioné con temas como Killing an arab, Jumping on someone else´s train y algunos oscuros como Charlotte sometimes, The hanging garden y en especial A forest. Después, en alguna de las madrugadas de Canal 27 UHF vi más de una vez un concierto de The Cure con su formación clásica en el que me puse en contacto con toda su onda, más allá de lo que pasaban en los canales tradicionales (creo que era un show de la gira Faith o Ponography, de la primera mitad de los 80s). Por el otro lado, aunque no soportaba la música de Joy Division (ni la soporto ahora), lo de New Order siempre me pareció más inteligente, con aquella combinación de la luminosidad del pop electrónico con las atmósferas intimistas, deprimentes, heredadas de su asociación artística con ese muchacho de voz horrenda y permanente rictus moribundo (me refiero a Ian Curtis, por supuesto). Los videos de canciones como Ceremony, True faith, Regret, entre otras, eran transmitidos (siempre en ese "canal" de la UHF que era más estática que otra cosa, nunca pudo verse bien su señal) y, de vez en cuando,también tenían espacio en algunos medios convencionales.

Aunque ambas llegan algo disminuidas en sus formaciones - en New Order ya no está el mítico bajista Peter Hook, responsable del 50% de su sonido característico y The Cure es una banda totalmente diferente a la conocida hasta 1996 - son dos conciertos importantes en esta ciudad plagada de cumbiamberos, coreanos saltarines y vulgaridad esparcida en cada medio que se supone "importante". Está demás pensar que estas bandas, icónicas del pop-rock inglés de la década ochentera, vayan a ser tratadas con mayor respeto por la prensa de espectáculos, así que me conformo con saber que, por encima de esa indiferencia generada por una abismal ignorancia, están las personas que, al margen de esa realidad, ha seguido a sus grupos favoritos a lo largo de los años y que ahora pueden realizar el sueño que alguna vez tuvieron de verlos en vivo. 

martes, 15 de enero de 2013

GREG HAM: UN TALENTO DE LOS 80's

Greg Ham (saxofón, flauta, teclados, coros), John Rees (bajo, coros), Colin Hay (voz, guitarra), Jerry Speiser (batería, coros) y Ron Strykert (guitarra, coros), la formación original de Men At Work (1978-1986)

A través de un link del New York Times, en el que hacían breves semblanzas de todos los músicos que fallecieron durante el 2012, me enteré de que Greg Ham había sido encontrado sin vida, el 19 de abril, en su departamento de Melbourne. Tenía 59 años.

Como saxofonista, flautista y tecladista de la banda australiana Men At Work, Gregory Norman Ham tocó la cima del éxito mundial, durante la primera mitad de los 80s. El sonido de sus instrumentos fue la marca registrada de los temas más populares de este quinteto. ¿Quién no identifica Down under luego de los primeros acordes con esa introducción de flauta traversa? ¿o el comienzo del saxofón en Who can it be now?, la canción que lanzó a la banda al número 1 de todas las listas del mundo?

Junto al cantante y guitarrista escocés Colin Hay, Ham fundó Men At Work y se convirtió en la segunda cara visible del grupo. Años después de la disolución oficial en 1986, Hay y Ham relanzaron Men At Work con otros músicos, con giras mundiales que rememoraban los megaéxitos que produjeron sus dos primeros álbumes Business as usual (1981) y Cargo (1983), ambos discos de platino.

Recuerdo que hace unos años, creo que fue el 2008 o 2009, Ham cargó "con los platos rotos" tras una denuncia por plagio, interpuesta por la compañía que poseía los derechos de la obra de un compositor australiano de música para niños, fallecido en 1988, que aseguraba que el riff de flauta de Down under era una reproducción exacta de un tema de 1932 titulado Kookaburra. La canción, quizás la más conocida de la banda, había sido compuesta por Colin Hay y Ron Strykert (primera guitarra) pero ambos alegaron que Greg, durante los ensayos del tema, tocó la línea de flauta de manera natural, quizás recordando subconscientemente una melodía que habría oído en su infancia. El estigma del "plagio" obligó a Ham a retirarse del primer plano en el mundo de la música, aunque se le pudo ver colaborando con otros artistas australianos como Kylie Minogue, entre otros.

Sirvan estas líneas como breve homenaje a uno de los músicos responsables del sonido de los 80s, con algunos de los pasajes instrumentales más representativos de esa década y miembro fundamental de una bandas fresca e inteligente: Men At Work.