sábado, 1 de junio de 2013

YO SOY: CREANDO CULTURA MUSICAL



La televisión nacional está llena de bodrios impasables, infectas sucesiones de vulgaridades que, bajo el pseudónimo de "programas-concurso", pudren la ya menoscabada mentalidad de nuestros niños, jóvenes, padres de familia y maestros de colegio con conductores estúpidos, "monos calatos" - como los llama Hildebrandt - que fungen de participantes y hordas delincuenciales de anunciantes, ladrones de cuello y corbata a quienes no les tiembla la billetera para soliviantar estos espacios burdelescos con el floro monse de "programa vendedor que le gusta a la gente". Si necesitan nombres, pues les suelto algunos: Esto es guerra, Combate, Bienvenida la tarde, y todas las clonaciones que estos esperpentos generan en otros canales.

Por otro lado están todos esos segmentos de espectáculos que, a raíz de la desaparición de Magaly Medina, extendieron su purulento estilo luego de provocar la muerte televisiva de su creadora. Quienes pensábamos que el retiro voluntario de la detestable "reina de los ampays" era una expresión de (tardía) higiene a las pantallas de nuestra televisión, nos equivocamos groseramente. Como una mala operación de cáncer, la salida del aire de Magaly TV provocó la metástasis de la telebasura y hoy tenemos canales cuya programación, desde los albores de cada día, nos carcomen la paciencia y envenenan los círculos sociales con noticias acerca de personajes intrascendentes, mugrientos y destalentados; narradas y presentadas por otra bola de tarados, que elevan diariamente a la categoría de íconos sociales a hombres y mujeres que son la epítome del mal gusto, en todas las manifestaciones que puedan darse de la vulgaridad y la huachafería.

En ese sentido y sin ser la maravilla, el programa-concurso de imitadores Yo Soy se erige como el único que puede verse sin que las náuseas nos invadan el espacio entre pecho y espalda. Por una simple y sencilla razón, que quizás compartan todos aquellos melómanos como yo: su estructura y objetivo principal (descubrir nuevos imitadores de cantantes famosos) está creando, casi sin darse cuenta, un poco de cultura musical en una masa deforme de tele-espectadores que, probablemente, sintonizan el programa por razones totalmente diferentes a un genuino interés por conocer artistas, canciones y géneros musicales totalmente opuestos a lo que escuchan siempre en sus casas, en los micros, en los mercados o en sus iPhones.

Escuchar temas como Rayito de luna (Los Panchos), Quién fuera (Silvio Rodríguez), Creeping death (Metallica), Move over (Janis Joplin), Comienzo y final de una verde mañana (Gilberto Santa Rosa) o Dancing days (Led Zeppelin), solo por nombrar algunos, en una señal abierta que todo lo ve Los Hermanos Yaipén y de allí para abajo, en caída libre, hasta las ciénagas de la garganta de Tongo; es casi una bendición. A mí la televisión peruana me genera unas arcadas que no solo son una metáfora del asco, sino que son físicamente reales. Sin embargo, trato de no perderme Yo Soy y a sus participantes, pues ofrecen una paleta diversa de canciones que no podría esperar en ningún otro momento ni canal. Y estoy seguro que ese no era uno de los objetivos del equipo de producción que lidera Ricardo Morán, a la sazón uno de los jueces del programa que hoy me suscita estas líneas.

Él y las otras dos personas a cargo de calificar a los participantes - empeñosos algunos, muy talentosos los que quedan en el tramo final de cada temporada - hacen un trabajo de mediano para abajo, sobre la base de sus propias limitaciones. Es diferente tener de jurado, en lo musical, a Randy Jackson (el gran bajista norteamericano que ha tocado con todos desde Barbra Streisand hasta Journey) que al mencionado Morán y Maricarmen Marín. Mientras el primero de ellos se las quiere dar de muy conocedor y dotado de un oído perfecto, la segunda está, como el público, recién conociendo a los artistas que representan los concursantes (en algunos casos, no puede ni siquiera pronunciar sus nombres). El caso de Fernando Armas, cómico e imitador de experiencia y recorrido, quizás las cosas no sean tan reprochables, además él mismo ha dado muestras de aceptar que, con relación a ciertos artistas y géneros, más es lo que tiene que estudiar antes que calificar de buenas a primeras algo que no entiende del todo bien.

En cuanto a la pareja que "co-conduce" (¿¿¿???) Yo Soy, pues son definitivamente los puntos más bajos del programa: Karen Schwarz es una niñata que divide su tiempo entre hablar tonterías farandulescas por las mañanas y hablar tonterías con los participantes durante cada emisión del show y Adolfo Aguilar es, simple y llanamente, insoportable. Sus bromas y parloteos, sus gestos y bailes ridículos, sus peinados y ternos huachafos son lo más cercano a una razón para no ver el programa. Pero la música es más fuerte. Y también lo es el talento y el buen gusto exhibido por muchos de los participantes. Ver a una multitud de jóvenes dando vivas a tres señores que imita a Los Panchos (trío de boleros cuya máxima fama se dio en la década de los 50s) es por momentos esperanzador. Quizás no es la manera más adecuada y duradera de generar cultura musical, pero de alguna manera transversal a sus originales propósitos, me parece que el programa lo consigue. 

Por eso lo veo y espero que los participantes sigan escogiendo artistas de géneros diversos que saquen a la audiencia del marasmo que producen la cumbia y Gianmarco, para que se den cuenta de que hay muchas otras cosas qué escuchar y apreciar. 

viernes, 17 de mayo de 2013

YES: INTENSA NOCHE PROGRE EN LIMA


Desde que aparecieron en el ambiente musical, en 1968, Yes dio claras señales de no ser una banda común y corriente. En medio de tendencias anquilosadas para cada década - la psicodelia a fines de los sesenta, el rock duro de los primeros setenta y el punk de los segundos, el pop de estadios y el metal de los ochentas, el grunge de los noventas y el repetitivo post-rock de los 2000s - el quinteto siempre se las arregló para marcar la pauta de un sonido propio y distintivo que, a pesar de encontrarse en los linderos de un género específico (el rock progresivo), conseguía trascender, sobre la base de una destreza instrumental superior a la del promedio, cualquier intento de rotulado. Eso, en sí mismo, constituía una declaración de principios por demás rockera, a contramano de sus críticos - de entonces y de ahora - que suelen tacharlos de pretensiosos y demasiado "académicos" para encajar en la concepción rebelde y anti-todo que se asocia al rock.

Musicalmente hablando, Yes se destacó del resto y muy a su manera, estableció el concepto de lo que debía ser un grupo de rock progresivo, por lo demás un concepto que se expande en la medida de la capacidad creativa e interpretativa de sus principales exponentes. Así, el rock progresivo se presenta como un subgénero del rock básicamente paradójico: elitista, pues no admite la simplicidad y, al mismo tiempo, de límites muy abiertos puesto que, en las mentes y manos correctas, las posibilidades de hacer música compleja y adelantada a su tiempo aumenta de manera exponencial dependiendo de cada grupo. Por eso es tan diversa la paleta de sonidos que, tanto Yes, como los otros grandes nombres del rock progresivo, han producido durante cuatro décadas y que, como comprobamos anoche en el Parque de la Exposición, resiste largamente el paso del tiempo.



EL CONCIERTO

Catorce años después de su primera visita, la banda llegó a Lima con un show en el que tocan tres álbumes fundamentales de su larga discografía: The Yes album (1971), Close to the edge (1972) y Going for the one (1977), en una ambiciosa gira por Latinoamérica y Estados Unidos. Esta gira, intuyo, ha sido programada para presentar en sociedad al nuevo vocalista del quinteto, Jon Davison, un cantante norteamericano que apenas se unió a la banda durante el 2012. Como todos los seguidores de Yes sabemos, en el 2011 se lanzó al mercado Fly from here, vigésimo álbum en estudio, grabado con Benoit David como vocalista, en reemplazo del fundador Jon Anderson, quien se había separado por motivos de salud. Curiosamente, David abandonó la banda poco después, también por problemas físicos y, casi de la nada, apareció Davison a completar el cuadro, convirtiéndose en el cuarto vocalista de la historia del grupo. 

Poco antes de las 9:00pm, el marco del Parque de la Exposición no podía ser mejor: el auditorio, que debe haber albergado a no más de 10,000 personas, lucía repleto y en la atmósfera se respiraba la expectativa de los conocedores. Todos estábamos advertidos de qué iba el show: tres álbumes tocados íntegramente, de principio a fin y en orden. Lo que no sabíamos era cuál abría el show. Luego de unos cuantos minutos de espera, las luces se apagaron y una serie de imágenes de las épocas doradas del grupo, combinadas con las carátulas de los discos, fotos de sus conciertos por todo el mundo y una extraordinaria música de fondo acompañó la aparición de los cinco músicos quienes, entre aplausos, tomaron sus instrumentos con parsimonia. El viaje astral estaba por empezar.

Close to the edge, And you and I y Siberian Khatru abrieron el espectacular derroche de virtuosismo que estos maestros nos brindaron anoche. Casi cuarenta minutos de uno de los discos capitales de la movida progresiva de los 70s (el cuarto en la carrera de Yes), en versiones más prolijas e impresionantes arreglos, que no hacen más que aumentar el impacto que producen. Luego siguieron Going for the one, Turn of the century, Parallels, Wonderous stories y Awaken, del octavo álbum de la banda, que marcó el límite entre el Yes místico y los primeros coqueteos con un sonido más accesible. La tercera y última parte fue para The Yes album, y sus clásicos Yours is no disgrace, Clap, Starship trooper, I've seen all good people, A venture y Perpetual change. Este disco, el tercero de su discografía es, sin dudas, uno de los favoritos del público. Cada pasaje instrumental en cualquiera de estas tres producciones discográficas parece extraído de una dimensión mágica, sobrenatural. Cuarenta años antes de la llamada "nueva era", esa combinación de teclados, bajos retumbantes y guitarras multifacéticas alternadas con bouzoukis y mandolinas ya presagiaban hacia donde iba la música, independientemente de membretes encorsetados y tendencias programadas con fines comerciales. No conformes con este despliegue de musicalidad, el quinteto nos regaló un bonus track: la poderosa Roundabout, tema emblemático de Fragile (1972), otra joya del progresivo británico.



LOS MÚSICOS DE YES: TALENTO A TIEMPO COMPLETO

STEVE HOWE (guitarras, coros): la increíble versatilidad de este guitarrista de 66 años es impresionante. Desde rápidos ataques rockeros hasta finos arreglos clásicos, desde las reminiscencias de country heredadas de Chet Atkins (y perfeccionadas al máximo) hasta ese toque en octavas de pura raigambre jazzística, Howe hace realidad el sueño de cualquier aspirante a guitarrista: ser capaz de llenar cada segundo del espectro musical con notas precisas y claras. Su arsenal de instrumentos incluye mandolinas, bouzoukis, guitarras acústicas, Fender eléctricas y la imponente steel guitar con la que decora cada pasaje instrumental elevándolo a la estratósfera. Un genio que ingresó a la banda en 1970 y le cambió la cara por completo y que sigue asombrándonos con su toque único. Momentos clave: el solo de steel en And you and I, todo en Yours is no disgrace y particularmente, Clap (hubiera dado lo que sea para que la tocara dos veces). El solo final de Starship trooper fue sencillamente apoteósico.

CHRIS SQUIRE (bajos, coros): la columna vertebral de Yes. Hay personas que no pueden faltar en una banda y ese es el caso de este portentoso bajista, el único integrante de la banda que ha estado presente desde su fundación. El tono profundo y la distorsión aplicada a sus clásicos instrumentos Rickenbacker son parte fundamental del sonido del quinteto. Y su presencia escénica se mantiene inalterable a pesar de que luce un tremendo sobrepeso, tan diferente a como se veía en los lejanos 70s. La naturalidad con la que acomete su función rítmica y la capacidad para entrar y salir de las líneas melódicas lo han convertido en una leyenda viva del bajo. Momentos clave: las armonías vocales en Awaken, Wonderous stories y Yours is no disgrace. El bajo de tres mástiles en Awaken en los que combina afinaciones y efectos. La intro a la última sección de Starship trooper, en la cual se pasea delante del público llenando el aire con largas y profundas notas graves, que parecen capaces de hacer estallar el escenario.

ALAN WHITE (batería): cuando llegó a la banda en 1973, con la difícil misión de reemplazar a Bill Bruford en las baquetas, White ya había demostrado su potencia rockera como miembro de The Plastic Ono Band de John Lennon. Y mientras Bruford se convirtió en un aventurero baterista con tendencial trabajo individual - en paralelo a su trabajo con King Crimson - White se hizo miembro estable de Yes hasta la actualidad, imponiendo su sentido del ritmo y su pulso vital inconfundible. Hoy, armado de baterías electrónicas, le pega con menos fuerza pero mantiene los tiempos de una forma sorprendente, tomando en cuenta que ninguna de las canciones de los tres álbumes interpretados anoche están escritas y arregladas en tiempos únicos. Lo que hace Alan White con la batería no es convencional, es casi como si estuviera pulsando las teclas de un piano, instrumento que, dicho sea de paso, también toca. Momento clave: la intro de Yours is no disgrace, el final apoteósico de And you and I y la sección media de Roundabout.



GEOFF DOWNES (teclados): Yes ha tenido seis tecladistas. De todos ellos, el más recordado es Rick Wakeman. Pero Downes tiene su propia historia con el grupo y con el rock progresivo en general. Antes de reemplazar a Wakeman para la grabación del álbum Drama, Downes (y su socio Trevor Horn) se habían hecho famosos gracias al tema Video killed the radio star, que grabaron juntos como The Buggles. Después de Drama - que contuvo dos clásicos de Yes, Tempus fugit e Into the lens - Geoff Downes participó en la formación del supergrupo Asia junto a Steve Howe, John Wetton y Carl Palmer. Tres décadas después de su primer paso por Yes, Downes fue convocado nuevamente, esta vez para reemplazar al hijo de Rick Wakeman, Oliver, y participó en las grabaciones de la última placa del quinteto, Fly from here. Momentos clave: Close to the edge, Turn on the century y la sección media de Wonderous stories. Un grande de los teclados.

JON DAVISON (voz): la sorpresa de la noche. El timbre de voz de Anderson, que parecía casi irreproducible (tanto Trevor Horn como Benoit David intentaron copiarlo sin éxito), es replicado prácticamente a la perfección por el nuevo vocalista. Pero el parecido no se limita al aspecto vocal. Davison se asemeja físicamente al Anderson del período 1973-1977, sus desplazamientos en el escenario son bastante similares y para colmo, se llama también Jon y su apellido puede relacionarse al del mítico vocalista y compositor. Además, demostró suficiente carisma para no pasar desapercibido por tener detrás suyo a tremendos músicos, y se metió al público al bolsillo desde el principio del show. Momentos clave: Going for the one, I've seen all good people y Roundabout.

viernes, 10 de mayo de 2013

DÍA DE LA MADRE: PUBLICIDAD INVASIVA Y DESNATURALIZADORA


"Todos tienen una madre, ninguna como la mía" canta la voz edulcorada de Leo Dan. "Esa flor que está naciendo... todo eso se parece a mi mamá" entona Palito Ortega, el personaje más nefasto de la cultura musical argentina y latinoamericana, según Daniel Ripoll, editor de la mítica revista argentina de rock, Pelo. En las radios de música en español nos embotan con Amor eterno (Juan Gabriel), Madre (Pimpinela & Maradona ¿¿¿???), y otros títulos más, en donde la madre es enaltecida hasta niveles sobrenaturales. 

En la televisión nos saturan de imágenes con fondos rosados, madres ultra nice que sirven desayunos opíparos, que llaman por teléfono a sus hijos en la universidad, que se emocionan al recibir un carro, una tablet, un pantalla plana, como regalos. Todo por su día. Los canales de cable anuncian películas que giran en torno a la madre, novelas, capítulos de series cómicas, etc. Mientras tanto la realidad, como siempre cuando se trata de publicidad dirigida a aumentar las ventas de todas las tiendas y productos imaginables durante mayo, es totalmente diferente:

Hay madres que abandonan niños de tres días de nacido en los pasillos de INABIF. Hay adolescentes que, desesperadas, tiran a los hijos que no quisieron tener en basureros. Hay señoras que, en contextos de supuesta "normalidad", exponen a sus retoños al peligro dejándolos en manos de desconocidas, encargándoles su crianza para que ellas puedan seguir yendo al "gym". Los embarazos no deseados, el abuso infantil infringido de madres a hijos(as), los crímenes por envenenamiento, la irresponsabilidad de tener hijos por doquier que terminan convertidos en delincuentes infantiles o muertos, víctimas de un incendio del cual no pudieron escapar por estar encerrados, las adolescentes que se caen de borrachas en las discotecas de Asia mientras su jóvenes y sofisticadas madres comen sushi en San Isidro es el otro pan de cada día desde Las Casuarinas hasta San Juan de Lurigancho, desde Ventanilla hasta San Borja. ¿A esas madres también hay que cantarles todo eso? ¿también hay que darles una tablet para que trabajen menos y se vacilen más, como dice el comercial protagonizado por ese odioso personaje de Al fondo hay sitio?

No tengo nada en contra del Día de la Madre pero sí me rebela profundamente la huachafería y el irritante consumismo que cada año se apodera de nuestra sociedad en fechas como esta. Particularmente porque este es un país en el cual los ejemplos de madres buenas son cada vez menos, a ambos espectros del entramado socioeconómico: desde los tristes casos de madres solteras o menores de edad que, carentes de información y apoyo, se deshacen de sus hijos impunemente hasta las enormes cantidades de mamás Marca Perú que, insertas en el boom económico ilusorio, pretenden que tener hijos es como tener un Smartphone nuevo o que el ideal es que su hijo tenga Twitter y miles de seguidores (como la tarada de Shakira), la distorsión promovida por la publicidad y la angurria comercial es desnaturalizadora e invasiva.

Prefiero recordar que también hubo madres dulces (como la mía) y que por ahí están, incapaces de exigir un televisor de 40" en su día. No está mal querer hacer regalos, el problema es cuando te hacen creer que tu felicidad - o la valoración de tu cariño - dependen de ello. Y eso es lo que consiguen todos estos mercachifles marketeros. Y prefiero escuchar canciones como esta:


miércoles, 8 de mayo de 2013

RINGO STARR EN LIMA: ¿Y SUS ALL STARR? ¿QUIÉNES SON?


En todos los diarios se ha confirmado la noticia: por primera vez, el mítico baterista de The Beatles, Ringo Starr, visitará Lima en noviembre de este año, junto a la décima segunda versión de la All-Starr Band, un proyecto que él lidera desde 1989. Básicamente, lo que hace Ringo es reunir a destacados músicos de los 70s y 80s - muchos de los cuales crecieron escuchándolo a él, durante sus años dorados en el cuarteto de Liverpool - con los que ofrece un repertorio conformado por las canciones de The Beatles que él cantó originalmente, temas de su discografía como solista (que ya pasa los 15 álbumes) y éxitos de las bandas a las que originalmente pertenecieron sus acompañantes de ocasión. Más que un supergrupo (entendido como un grupo nuevo formado por ex integrantes de otras bandas, qe se juntan para crear música nueva), Ringo Starr & His All-Starr Band es una invitación a disfrutar de un show de lujo, con canciones que todos conocemos y admiramos, una cita con la nostalgia y la oportunidad de ver sobre el mismo escenario a músicos de primera clase, que por derecho propio forman parte de la historia del rock. Tenemos muchos meses para hablar de la importancia de esta visita: Ringo Starr es, junto a Paul McCartney, lo único que nos queda de la magia beatlesca. Pero como ninguna nota de las que he visto da detalles respecto de quiénes llegan a Lima junto a Ringo Starr, aquí les ofrezco un breve repaso de cada uno:


GREGG ROLIE (teclados, voz): quienes hayan visto la película Woodstock 1969, recordarán la poderosa versión de Soul sacrifice de Santana. Rolie es el tecladista que hace vibrar a aquel órgano Hammond B-3 en el festival musical más famoso de todos los tiempos. Gregg Rolie perteneció a la banda de Carlos Santana entre los años 1966 y 1972 y grabó la voz original en temas clásicos del guitarrista mexicano como Evil ways, Black Magic woman, Everything's coming our way, entre muchas otras. Posteriormente, fundó junto al guitarrista Neal Schon (otro ex Santana) y el bajista Ross Valory el grupo de rock instrumental Journey, con el cual lanzó excelentes discos entre 1975 y 1981. Su lugar fue tomado por Johnatan Cain, para la segunda etapa del conocido quinteto norteamericano, ya con el vocalista Steve Perry al frente. En los 90s formó parte del proyecto Abraxas Pool, que reunió a los músicos de la banda de Santana en sus primeros años: Rolie, Schon, Mike Carabello (congas), Michael Shrieve (batería), José "Chepito" Arias (timbales) y Alphonso Johnson (bajo), el cual lanzó un extraordinario álbum titulado Abraxas pool, en 1997.




TODD RUNDGREN (guitarra, bajo, teclados, voz): ya sea como solista o como líder de la banda Utopia, Todd Rundgren consolidó su figura en los 70s como uno de los artistas más talentosos y prolíficos de esa década. Compositor, cantante y multi-instrumentista, Rundgren se desarrolló con naturalidad tanto en el soul, el rhythm & blues y el pop radial (en sus discos como artista solitario), en el rock progresivo, el hard rock, el glam y el new wave (en la camaleónica discografía de Utopia) y por si fuera poco, como uno de los productores más respetados y solicitados de la industria musical. Sus créditos detrás de las consolas figuran en las producciones de artistas diversos, desde New York Dolls hasta Cheap Trick, desde Hall & Oates hasta The Psychedelic Furs, desde Grand Funk Railroad hasta Bad Religion. Su trabajo más reciente es como vocalista/guitarrista de The New Cars, la nueva versión del clásico quinteto ochentero The Cars, conformada por él, su compañero de Utopia, Karim Sulton (bajo), Prairie Prince (batería), junto a Elliot Easton (guitarra) y Greg Hawkes (teclados), fundadores del quinteto liderado originalmente por Ric Ocasek.




STEVE LUKATHER (guitarra, voz): ¿quién no ha escuchado Toto? Lukather es el único miembro fundador que aun forma parte de esta famosísima banda norteamericana. Como guitarrista de sesión ha trabajado en más de 1,500 discos de reconocidos artistas a lo largo de cuatro décadas (desde Aretha Franklin y Michael Jackson hasta Boz Scaggs y Warren Zevon), un trabajo que inició antes de integrarse al proyecto del tecladista David Paich y los hermanos Steve y Jeff Porcaro - todos reputados músicos de estudio - que finalmente se transformaría en Toto. Desde 1989, Steve Lukather inició una prolífica carrera como solista, haciendo discos en los que desplegaba aun más su extenso rango de posibilidades como guitarrista de rock, hard rock y jazz, alternando producciones en las que cantaba con otras netamente instrumentales. A comienzos de la década del 2000, lanzó un álbum en vivo junto al guitarrista Larry Carlton, con el sello Favored Nations de Steve Vai. Considerado uno de los mejores guitarristas de todos los tiempos, Steve Lukather también se mueve con facilidad en el terreno de la fusión, como puede apreciarse en la discografía de Los Lobotomys, proyecto que armó en los ochentas.




MARK RIVERA (saxo, flauta, clarinete, guitarra, coros): este músico neoyorquino de ascendencia latina es mayormente conocido por ser miembro estable de la banda de Billy Joel desde 1982 hasta la actualidad. Sus solos más destacados se pueden escuchar en las versiones en vivo de clásicos del pianista norteamericano como You may be right, Just the way you are o New York state of mind. Paralelamente ha desarrollado una intensa carrera como músico de sesión y de giras, acompañando a grandes de la música como John Lennon, Elton John, Simon & Garfunkel, entre otros. Fue integrante de Foreigner durante la primera mitad de los ochentas. Escribió y tocó los arreglos de metales para el álbum So (1986) de Peter Gabriel - escuchar los temas Sledgehammer y Big time como ejemplos de su trabajo. Aunque su especialidad son los instrumentos de viento (en los conciertos de Billy Joel se le aprecia tocando saxos, flautas y clarinetes con absoluta tranquilidad), también es funcional con las guitarras, teclados y percusiones. Es el músico que más veces ha participado en The All Starr Band de Ringo Starr, proyecto al cual se unió en 1995.




RICHARD PAGE (bajo, voz): conocido mundialmente como integrante de la banda ochentera Mr. Mister, la voz de Richard Page se escucha permanentemente en las radios gracias a la vigencia de los temas Kyrie y Broken wings, ambos de su segunda producción discográfica Welcome to the real world, lanzada al mercado en 1985. Antes de fundar Mr. Mister, junto a Pat Mastelotto (batería), Steve Farriss (guitarra) y Steve George (teclados), Page había trabajado como músico de sesión en grabaciones de importantes nombres de la industria discográfica norteamericana como Quincy Jones, Donna Summer, Barbra Streisand, Kenny Loggins, Al Jarreau, entre otros. Incluso recibió propuestas para reemplazar a Bobby Kimball como vocalista de Toto y a Peter Cetera en Chicago, pero desestimó esas ofertas en aquel momento, para dedicarse a su propia música. Aunque Kyrie y Broken wings fueron ambos número 1 en todo el mundo, la carrera de Mr. Mister no se extendió durante mucho tiempo. Desde 1990 hacia adelante, Page se concentró en su trabajo como músico de estudio. Es la segunda vez que integra la All-Starr Band de Ringo.




GREGG BISSONETTE (batería): en el universo del heavy metal producido en los EE.UU. Gregg Bissonette es una leyenda. Junto a su hermano menor, Matt, han conformado una de las secciones rítmicas más respetadas de la era glam-hair-metal. Sus padres también fueron músicos, lo cual les dio el ambiente ideal para su desarrollo. Gregg, que estudió música en la universidad de Texas, ganó experiencia como miembro de una de las primeras formaciones de Los Lobotomys, el proyecto de jazz fusión que también involucró a Steve Lukather de Toto, pero saltó a los reflectores cuando David Lee Roth lo reclutó para la banda que armó luego de su salida de Van Halen. En esos años (1986-1989), Gregg salió de gira mundial con Lee Roth, Steve Vai (guitarra) y Billy Sheehan (bajo), una de las formaciones más aclamadas de heavy metal de entonces. Él y su hermano permanecieron en la banda del carismático cantante hasta los primeros años 90s. Gregg Bissonette ha participado en infinidad de proyectos de hard rock, jazz fusión y ha lanzado diversos videos de instrucción para bateristas.

lunes, 6 de mayo de 2013

JAVIER DIEZ CANSECO CISNEROS: EJEMPLO DE RECTITUD Y CONSECUENCIA


Jamás me cansaré de repetirlo: admiré y admiro mucho la figura de Javier Diez Canseco. No tuve el placer de conocerlo en persona pero siempre consideré que, por encima de rótulos y colores políticos, su coherencia en la defensa de ideales universales como la justicia, la honestidad y el respeto a las minorías y su actitud frontal frente a la miasma que, desde mediados de los 80s - de la mano con el primer gobierno aprista - fue gangrenando a la clase política peruana, sin caer en dobleces ni arreglos por debajo de la mesa, lo convirtieron en símbolo de aquello que hoy brilla por su ausencia: la claridad en el argumento, la valentía frente a las mafias que todo quieren ocultar y la sencillez de alguien que lo pudo tener todo (educación, vida cómoda, complascencias de todo tipo) y decidió, por opción personal, trabajar del brazo con "el pueblo" (yo prefiero decir "la población"), el verdadero, el que nunca es escuchado cuando se queja, el que nunca aparece en las páginas sociales de ninguna publicación, el que nunca aceptaría facturar millones pisando las cabezas y los derechos de los demás.

Sentí mucha pena ayer por la tarde, cuando me enteré de su muerte, una víctima más de esa maldita enfermedad que parece tener una obsesión por llevarse a los mejores, a los que hacen falta, a los imprescindibles como decía Bertolt Brecht. Y me arrepentí de no habérmele acercado, las dos únicas ocasiones que lo tuve cerca, para decirle que lo admiraba: la primera, sentado a unas cuantas mesas de distancia del Haití, a finales de los 90s. La segunda, hace relativamente poco tiempo, cuando salía del local de Derrama Magisterial, al que había ido yo pensando que había un concierto cuando se trataba de una reunión entre dirigentes de izquierda con representantes del magisterio peruano. Sentí pena y mucha rabia, como dice el periodista César Hildebrandt en un breve pero sentido homenaje que publicó hace unas semanas, porque con Javier se fue la última esperanza para quienes aun creemos que se puede dar batalla a los Alan García, a los Fujimoris (Alberto, hijos y súbditos), a los Carlos Bruce, a los tránsfugas de ideologías reversibles, a los dictadores del empresariado chusco y discriminador, a la prensa que defiende intereses privados, a las gentitas de la marca Perú.

Javier Diez Canseco, siempre al pie del cañón, demostró con su propia existencia que eso de la discapacidad es, cuando se tienen las oportunidades de chico y la inteligencia de grande, más que una desventaja, una razón para convertirse en mejor persona. Escucharlo hablar de política, desde una óptica culta y orientada a la justicia social - óptica que, con su muerte, ha desaparecido por completo - era un placer porque la retórica y el adorno engañoso no tenían preeminencia sobre la denuncia, sobre el cuestionamiento y la agudeza que desnudaba los enjuagues y las cuestiones "diplomáticas" que impedían llamar al ladrón por su nombre. Y escucharlo (o leerlo) hablar de cine, de música o de literatura era una demostración de que la cultura, ese bien inasible para tantas personas que reemplazan el cerebro y el espíritu por un Blackberry o una 4x4, era el sólido trasfondo que le permitía tener siempre los ojos muy abiertos y respetar, hasta las últimas consecuencias, el compromiso asumido por defender a quien necesitaba realmente ser defendido, y no a quien después podía devolverte el favor con un cargo sobre remunerado, con una comisión de varios ceros a la derecha o con una sentencia con sabor a complicidad.

También sentí orgullo de que su familia dejara de lado las hipocresías a las que estamos acostumbrados e impida el ingreso al velorio de un arreglo floral del impresentable ese de Víctor Isla, un ignorante que preside el Congreso cuando debería estar cobrando pasajes en una combi, y que envía eso para "quedar bien" luego de que, semanas atrás, apoyara la no reincorporación de Javier Diez Canseco al hemiciclo del que fue injustamente sacado por venganzas políticas de última calaña. Debieron lanzarlo a la pista para que el tráfico lo destrozara, porque sus empleados, lo más probable, es que lo hayan recogido para cambiarle la tarjeta y enviarlo a otro velorio, cosa que así no se pierde lo gastado. Así de canallas son estos. Y encima, en la mañana, Carlos Bruce se atrevió a criticar esa actitud respetable de la familia, que no hace sino honrar la rectitud y la consecuencia del perfil que siempre ha mostrado en su prolongada vida política. 

Solo quiero terminar este homenaje, que se úne a los artículos, posts y pensamientos de miles de anónimos (además de algunos respetables miembros de la prensa libre, amigos de toda su vida y camaradas de ruta) diciendo algo por lo cual seguramente tendré que rendirle cuentas a Dios, cuando llegue mi hora: ¿por qué el cáncer se llevó a Javier Diez Canseco, que entregó su vida a tratar de hacer algo bueno por el país y no se lleva a Alan García Pérez, que se dedica a pensar cómo seguir robándole más al Perú?

viernes, 3 de mayo de 2013

R.I.P. JEFF HANNEMAN (1964-2013)


El mundo del metal está de luto: Jeffrey John Hanneman, guitarrista y fundador de Slayer, falleció ayer a los 49 años, de una grave enfermedad hepática. Hanneman, de estilo feroz y extremadamente técnico - aunque aseguró siempre haber aprendido solo a tocar - fue además compositor de temas clásicos del período más creativo y oscuro del cuarteto que formó en 1981 junto a Kerry King: Die by the sword, Mandatory suicide, South of heaven, Seasons in the abyss, War ensemble, Raining blood, Angel of death, entre otros. Sus solos, considerados como salvajemente caóticos y de genio retorcido, marcaron el sonido a menudo cacofónico, que caracteriza a su banda. Lamentablemente, Jeff Hanneman no pudo estar con Slayer en su única visita a Lima, pues ya para entonces (año 2011), su salud lo había obligado a retirarse, en ese entonces se creía que temporalmente, de las giras. Su lugar fue ocupado por Gary Holt, guitarrista de Exodus, viejo camarada de los años dorados del thrash norteamericano. Hoy se reconoce su peso e influencia en el mundo del género metalero. Su actitud en escenario, sus letras influenciadas por su afición a la imaginería nazi (su padre fue soldado en la Segunda Guerra Mundial), y su inagotable energía estarán ahora en el lugar donde otros grandes músicos descansan... Esta versión de Angel of death (del recordado disco Reign in blood de 1986) es del DVD War at the warfield


 

lunes, 29 de abril de 2013

FALTA DE CRITERIO EN LA TV NACIONAL


Dos casos, en apariencia distintos, me sirven de ejemplos para graficar la inmensa falta de criterio de los comunicadores que en la actualidad dirigen los programas de televisión nacional más sintonizados. Se trate de un noticiero (elijan el canal y horario que ustedes prefieran) o del espacio de entretenimiento menos nocivo (en este caso sí aludo a una producción en específico de Frecuencia Latina), los conductores han demostrado, durante la última semana, que carecen del menor sentido común y cuidado que deberían mostrar cuando los protagonistas de sus informaciones o concursos, son individuos con comportamientos que podrían ser generados por serios problemas mentales.

Como ustedes comprenderán, los conductores - las caras visibles de cada espacio televisivo - son el eslabón final de una cadena en la que también están numerosos equipos de producción, directores y hasta dueños de medios. Nadie se da cuenta de las burradas que propalan. Quizás porque nada es suficientemente importante como para detener la maquinaria, porque asuntos como el respeto o la consideración están en la lista de cosas que sus públicos no reciben de buen grado y eso, obviamente, puede costarles algunos puntos de rating. O quizás sea pura ignorancia nada más. Vayamos a los ejemplos:

a) Todos los noticieros hablaron, hasta por los codos, del caso del "loco de la catedral", un pobre hombre diagnosticado con esquizofrenia que, luego de provocar un gran susto a familiares y amigos en medio de una boda, pistola en mano; fue injustamente trasladado a un penal común y corriente. Si bien es cierto el tono de las informaciones era de indignación y denuncia, pues esta persona tendría que haber sido internada en un hospital psiquiátrico, tanto por su seguridad como por la de las personas "normales" que habitan un penal, el solo hecho de que titulares y textos leídos por los bustos parlantes lo tilden de "loco" es una falta de respeto, no para él, que probablemente ni se entere de estas minucias, sino para la familia que debe hacerse cargo de esta persona atormentada.

Como me comentaba una persona hace poco, quizás se trate de esta cultura "reality" que está tocando fondos cada vez más cenagosos y que ve, como algo llamativo para la audiencia, el arrebato triste y preocupante de un ser humano que necesita ayuda y no que estén exhibiendo su esquizofrenia como si de tratara de un personaje casi farandulesco. Eso de "el loco de la catedral" es de pésimo gusto y alguien en las áreas de prensa tendría que haberse dado cuenta de ello. ¿Porque mejor no introducen sus cámaras en el Noguchi o en el Larco Herrera, captan todos los ataques de sus pacientes, y hacen un reality de eso? 

b) En una de las "galas" de la actual temporada de Yo Soy (insisto, lo único que se puede ver de la oferta televisiva nacional sin sentir náuseas, porque ofrecen una paleta diversa de artistas y canciones, independientemente de lo buenos o malos que sean los imitadores, que comúnmente no hay opción de escuchar en la telebasura habitual), el joven que imita a Marcelo Motta, cantante y guitarrista de la banda peruana de blues-rock Amén, mostró claras señales de estar al borde de un  sincero ataque de ansiedad. Incluso mencionó que había sentido eso, en medio de una de las actuaciones o los ensayos. Con el rostro desencajado, gravedad en el tono de la voz y los ojos fijos en el suelo, el muchacho dijo que lo único que deseaba era "llegar a su casa y echarse a dormir".

Si bien es cierto lo que digo es meramente especulatorio - a diferencia del primer caso que sí trata de una persona diagnosticada como esquizofrénica - lo mínimo que debieron hacer los "jueces" es tratarlo con algo de consideración. Mientras el tontuelo ese de Adolfo Aguilar le hacía preguntas, mirándolo fijamente a la cara, como si fuera su jefe; el trío conformado por Armas-Marín-Morán le increparon, cada uno a su estilo, su falta de actitud, su poco compromiso. En suma, se zurraron en la posibilidad de estar deprimiéndolo más. Repito, quizás este señor no tenga una enfermedad mental pero tampoco parece estar emocionalmente estable, como los otros participantes que encajan mejor las burlas o críticas, según sea el caso, que se generan en el contexto de este programa, en el cual participan por voluntad y empeño propios. Las consecuencias, cuando uno trata con personas que aparentan atravesar una crisis nerviosa, con impredecibles. Por ende, que las personas encargadas de dirigir y conducir Yo soy no hayan sido capaces de manejar esta situación específica con mayor tino es, francamente, criticable y revelador en cuanto al criterio que pueden llegar a tener en contextos más complejos.


lunes, 22 de abril de 2013

SILVIO: GRACIAS POR TANTA MÚSICA


Con Silvio sucede lo mismo que sucede con Vargas Llosa: cuando habla de política se transforma en un ser humano tan falible como usted o como yo y es mejor no tomarlo tan en cuenta. Como ocurre con las ficciones y comentarios de arte de nuestro Premio Nobel, las declaraciones políticas del trovador cubano no son impedimento para maravillarse con sus arpegios y golpes de acorde completo en la guitarra, con sus canciones-poemas que se aplican a cualquiera de las etapas de la vida, el amor y la lucha por la justicia social, con su facilidad para expresar en tres o cuatro minutos toda clase de sentimientos. Cuando yo escuchaba a Silvio, siendo adolescente, las imágenes e historias de Ernesto "Che" Guevara no eran de mi desagrado. Y hoy, aunque reconozco que en Cuba hay una dictadura, no puedo dejar de sentir envidia ajena cuando veo los altos niveles en educación, deporte, cultura, etc., que Cuba posee y que mi país, con todas las libertades y libertinajes que defiende a sangre y fuego, no es capaz siquiera de replicar en porcentajes mínimos. Y que de ese entramado sociocultural surgiera también alguien como Silvio Rodríguez, acaso el cantautor en español más talentoso y profundo de todos los tiempos.

Anoche, casi al final de su concierto en el Estadio Monumental de Lima, Silvio dedicó su canción El necio a Nicolás Maduro. Desde afuera se escucharon algunas rechiflas en medio de los aplausos y, aunque considero que ese Maduro es un Pedro Picapiedra impresentable, confieso que me dio gusto esa actitud provocadora, por parte de un artista que lo ha visto y soportado todo, a los 66 años de edad. Silvio sabe que no todas las personas que fueron a verlo en primera fila estarían de acuerdo con sus posturas políticas, muchas de ellas anacrónicas y ultra socialistas (sabe también que para muchos jóvenes actuales esa es una mala palabra) y sin embargo, lanzó esa provocación sin dar mayores explicaciones, en una absoluta muestra de consecuencia que muchos otros artistas no pueden exhibir actualmente. El problema es que Silvio comete un grave error al asociar su prestigio y conocida consecuencia a un personaje como Nicolás Maduro, que no exhibe ni los brillos ni el carisma ni las buenas intenciones del artista. Eso, en lugar de elevar la figura de ese politicastro venezolano, hace descender al gran poeta a territorios de la desinformación y el sectarismo ingenuo. 

El necio, que es en realidad una canción que habla de él mismo, como artista y trovador comprometido con la intransigencia y convencido de que es esa cualidad la que le provee independencia para decir lo que le dé la gana, viene dedicándola a personajes y autoridades con los que ha expresado abiertas afinidades, a contramano del pensamiento mayoritario, oficial, de derechas. Ya en Bolivia se la había dedicado a Evo Morales y si Hugo Chávez hubiera estado vivo, no haría falta ser "un nigromante o un ruiseñor" como diría el cubano, para adivinar a quién se la hubiese dedicado en Venezuela. Este tema, perteneciente al primer volúmen de la trilogía acústica Silvio (1992), Rodríguez (1994) y Domínguez (1996), fue uno de los tantos himnos de la Trova (que ya hace tiempo dejó de ser nueva para convertirse en clásica) que el consumado poeta y guitarrista interpretó ayer, en noche de luna llena, ante casi 10 mil personas.



No llegué a ingresar al recinto pues las entradas se habían agotado, pero todo lugar es preciso para escuchar estas eternas canciones que nos remiten - por lo menos a mí - a aquellas épocas en que la poesía era necesaria para sostener la endeble armazón de la personalidad cuando uno es más joven. Todo melómano que se respete debe haberse sentido elevado al escuchar álbumes como Al final de este viaje (1978), Mujeres, Rabo de nube (ambos de 1979), entre otros, cargados de musicalidad y emoción lírica, más allá de las evidentes connotaciones en defensa de la revolución cubana, un asunto que también muchos defendimos sobre la base de su ideario inicial. Y aunque sea inevitable, cada vez que uno menciona a Silvio, enredarse en este tema tan polarizante y casi tabú entre la sociedad caníbal neoliberal, cuya principal arma es un Blackberry de última generación y sus cuarteles generales se ubican en oficinas con aire acondicionado, discotecas en el sur y restaurantes sushi-bar-lounge-marca Perú, trataré de referirme únicamente a lo que escuché - a lo que escuchamos - desde afuera, sentados sobre la acera. Una noche especial, una noche romántica, una noche de música y poesía al aire libre.

Algunos temas desconocidos, pertenecientes a su última placa discográfica titulada Segunda cita, como acabo de corroborar por Internet, en la línea melódica que caracteriza al Silvio de mediados de los 90s hacia adelante, iniciaron el recital de reencuentro entre el trovador y su público, tras siete años de ausencia. Acompañado por Trovarroco, un grupo de cinco músicos en el que destaca su esposa Niurka Gonzáles en la flauta y clarinete, el maestro intercaló estas novedades con algunas gemas clásicas que sacó de su chistera, todas enmarcadas en elegantes arpegios de guitarra clara: Días y flores, El mayor, Canción del elegido, Mujeres, Quién fuera, La maza, La era está pariendo un corazón. Un intermedio musical que combinó melodías de Beethoven con el son Chan Chan de Compay Segundo fue el pretexto perfecto para que sus músicos se lucieran.


La discografía de Silvio Rodríguez es el ABC de lo que fue el movimiento de la nueva trova latinoamericana, hoy reducida a lo que pueda hacer este señor, en medio de los escarceos cómicos de la dupla Serrat-Sabina, las baladas noveleras de Milanés y los medianos aportes del mexicano Fernando Delgadillo. La noche llegó a su fin con una secuencia de lo que en el argot de la industria discográfica llamaríamos "éxitos": Ojalá, Te doy una canción, Playa Girón, Pequeña serenata diurna, Sueño con serpientes y Unicornio, todas entonadas a voz en cuello por el emocionado público, que supo encajar el golpe de la referencia al sucesor de Chávez en Venezuela. Aunque Silvio posee desde hace décadas, un público cautivo en el que coinciden desde políticos hasta artistas, desde profesionales en sus cincuentas hasta jóvenes universitarios, fue inevitable percibir, en ciertos conspicuos representantes de "la gentita" - esos infiltrados que siempre están en todos los conciertos, en primera fila porque les alcanza el sueldo y que se dedican a tomarse fotos en lugar de disfrutar de la música en vivo - la incomodidad que les produjo aquello.

Luego de un breve descanso, Silvio subió de nuevo al escenario para culminar el concierto con una rotunda joya de los trípticos, lanzados en 1984: Ángel para un final. Ante tanto talento solo puede uno decir: ¡Gracias Silvio por tanta música!

jueves, 18 de abril de 2013

THE CURE EN LIMA: TRES HORAS DE LUZ Y DE SOMBRAS


Durante años se rumoreó su llegada a nuestra capital, sin concretarse. Miles de fans de The Cure organizaban grupos en Facebook, lanzaban cartas abiertas a los promotores de conciertos pero nada. Problemas de agenda, problemas en la banda, problemas. En plena época de megaconciertos, la visita de The Cure seguía siendo una deuda pendiente para el público limeño. Sin embargo, la espera por la cura a tanta ansiedad llegó anoche, miércoles 17 de abril, y con sabor a sobredosis. 

Más de tres horas de concierto, quizás el más largo que se haya producido - de un solo grupo - en Lima, fueron suficientes para que The Cure demostrara, luego de 34 años de trayectoria, por qué siempre fue considerado el buque insignia de ese volátil combo de subgéneros que incluye new wave, post-punk, shoegazing, dark rock, gothic rock, dream pop, dance pop, del cual muchísimos grupos no resistieron la prueba del tiempo. Y ¿cuál es el secreto? Ninguno, solo el talento de Robert Smith, su virtuosismo, su originalidad y carisma han permitido que The Cure perpetúe su estatus de grupo leyenda del rock, no solo de los 80s sino de todos los tiempos.

En la nota de contracarátula del Perú21 de hoy mencionan que entre los temas que interpretó The Cure destacó To me (así, en cursivas). Me parece ejemplo suficiente para graficar el desdén y la ignorancia con la que la prensa convencional trata estos eventos musicales. En la televisión el resumen de noticias no puede ser más aburrido: que si Humala y Maduro, que si el funeral de Armando Villanueva, que si Canal 7 lanza a Nadine para presidenta. Del concierto ni una letra, ni una imagen, ni una mención en el cintillo de titulares. Las notas "más extensas" de los demás diarios - incluyendo la portada de la sección Luces de El Comercio - abundan en lugares comunes y adolecen de reseñas interesantes. Incluso hubo uno que tuvo la osadía de poner una foto de Carlos Alcántara viendo el concierto. ¿Ni siquiera la nombradía de esta banda merece que se olviden de las pachotadas de la farándula local?


Push, uno de los temas que interpretó The Cure en Lima. La versión original está en el álbum The head on the door de 1985.

La respuesta es no. Dicho eso, hablemos del show. Hubo dos teloneros, a quienes no vi (Kinder y Resplandor) y supongo que, más allá de lo mal o peor que hayan sonado, tuvieron la noche de sus vidas. Bien por ellos. Cuando llegué a mi ubicación en tribuna norte, el estadio ya lucía casi lleno. Para la polémica quedará decidir si las casi 40 mil personas estaban realmente seguras del grupo que habían ido a ver o, como yo creo, un gran porcentaje habrá salido de allí con rostros soñolientos preguntándose ¿por qué habrán tocado tanto si solo conozco cuatro canciones? En todo caso, Robert Smith (voz, guitarra y una ocasional zampoña), Simon Gallup (bajo), Roger O'Donnell (teclados), Jason Cooper (batería) y Reeves Gabrels (guitarra) prepararon un kilométrico setlist con el que se propusieron complacer a toda su gama de seguidores: desde los más fieles conocedores de su vasta discografía hasta los más advenedizos que únicamente han escuchado las mismas tres o cuatro canciones que rotan en las radios desde hace 25 años.

Casi media hora después de la hora anunciada, la música ochentera (en clave new wave del más duro) que se escuchaba de fondo se apagó y comenzó a sonar una inesperada e incomprensible ranchera. Un atisbo de papelón rondó mi mente por un momento: ¿y si la banda creía que estaba en México? En fin, nada grave pasó y cuando saltaron al escenario el estadio simplemente estalló. Y The Cure lanzó la primera parte de su concierto, de dos horas de duración, de corrido y sin respirar, intercalando los temas con escuetos "gracias" que a veces sonaban a estornudo. Por allí pasaron temas luminosos como Just like heaven, High, In between days, Friday I'm in love, viñetas mágicas como Open (que abrió la noche), Push, Lullaby, Pictures of you, Lovesong, Fascination street y bombazos oscuros como The end of the world, Play for today, Trust, A forest y One hundred years. Distintas épocas, distintos matices de una banda que está sonando mejor que nunca.

La prensa convencional, idiotizada por las cotidianas coberturas a programas y personajes intrascendentes, se fija en el sobrepeso de Robert Smith y sus patillas canosas. Sin embargo nadie apunta que este compositor y guitarrista de 53 años de edad conserva su voz intacta, tal y como la escuchamos en míticos álbumes como Pornography (1982), The head on the door (1985), Kiss me kiss me kiss me (1987), Disintegration (1989) o Wish (1992), algunos de los discos que más contribuyen al setlist que vienen paseando, con algunas modificaciones, en esta exitosa gira por Latinoamérica. Simon Gallup, convertido en su lugarteniente desde la primera deserción de Lawrence Tolhurst en 1987, lanza líneas de bajo profundas y muy bien tocadas, que van desde la distorsión hasta los quiebres jazzeros de The lovecats y la onda disco de Let's go to bed. Roger O'Donnell, que reemplazó a Tolhurst y es ya parte de la historia de la banda, domina todo desde sus teclados y aporta mucha emoción durante los temas más dark. El baterista Jason Cooper tiene un pulso más duro que el anterior Boris Williams y Reeves Gabrels, ex guitarrista de aquella banda Tin Machine que David Bowie formara a finales de los 80s, hizo olvidar completamente a Porl Thompson, con una técnica y filo rockero que acrecienta la tensión en los momentos más sombríos que ofreció The Cure durante el show, complementando el trabajo guitarrístico de Smith, pletórico en tonalidades graves y punteos que aparentan simplicidad pero que generan una carga emocional inconfundible en su grupo.


If only tonight we could sleep, del álbum Kiss me kiss me kiss me (1987).

Luego de esta monumental descarga de 25 canciones, el quinteto abandonó el escenario del Estadio Nacional por primera vez. Las noticias en Internet ya habían puesto en sobreaviso al público (me refiero al público seguidor de la banda): The Cure sigue con su costumbre de realizar shows extensos, que pueden llegar a las tres horas de duración. De manera que era obvio que iban a salir otra vez. Los demás, un tanto aturdidos por tantas canciones "desconocidas", alistaban sus celulares y cámaras digitales para captar el momento en que la banda saliera a tocar Boys don't cry. Pero The Cure no iba a hacer concesiones así, tan fácilmente. Como si el concierto comenzara de nuevo, la banda hizo seis canciones más, extraídas del más tenebroso baúl de sus posibilidades sónicas: The kiss, If only tonight we could sleep y Fight del disco Kiss me kiss me kiss me (1987); y Plainsong, Prayers for rain y Disintegration del álbum del mismo nombre pusieron a volar a los conocedores, a sorprender a los nuevos con sentido de la apreciación y a dormir a los poseros, con atmósferas de sonido - cortesía de densas guitarras y teclados - y alaridos vocales que pusieron a prueba a aquel público que esperaba más hits radiales.

Segunda desaparición del grupo. Y aun faltaban canciones. El cierre vino con una colección de temas clásicos, todos en clave más optimista: The lovecats, The caterpillar, la esperadísima Close to me (la que según Perú21 se llama To me) y las festivas Hot hot hot y Why can't I be you? calentaron lo suficiente a la multitud antes de lanzarle a la cara lo que tanto estaba esperando: Boys don't cry, ese gran éxito de 1980 que da título al primer-segundo álbum del grupo (en realidad es un single que después se convirtió en disco), tocada a un tiempo más acompasado y que hizo saltar a todo el estadio y para finalizar, dos clásicos más: 10:15 saturday night y Killing an arab (basada en la novela El extranjero de Albert Camus), interpretados con furia desatada, algo alucinante si tomamos en cuenta que ya eran más de las doce de la noche y la banda llevaba tocando tres horas y veinte minutos. Una proeza de resistencia y entrega al público.

El sonido y las luces fueron de primera, además de los impresionantes equipos de filmación que la banda trajo, pues piensa elaborar un documental de esta gira. Detrás de los músicos, una inmensa pantalla LED proyectaba imágenes que iban desde referencias a las carátulas de su álbumes hasta dantescas escenas en blanco y negro, de una resolución sorprendente. Todo un acontecimiento musical y artístico que, a pesar de no recibir el tratamiento debido por parte de la prensa, pudo ser disfrutado por las miles de personas devotas que esperaron tanto la llegada de esta icónica banda británica. Y por los miles de infiltrados que fueron a tomarse fotos para sus Facebook.

Boys don't cry, tema emblemático que une a los fans de The Cure (los que conocen su discografía y los que solo conocen esta canción), lanzado originalmente en 1980.






sábado, 6 de abril de 2013

NEW ORDER Y THE CURE: LAS VOCES DE LOS 80s


Entre 1986 y 1990 escuché de todo, desde el thrash metal más agresivo - según el cual bandas como Metallica, Slayer o Megadeth eran solo las puntas del iceberg - hasta las edulcoradas baladas en español de Pandora, Camilo Sesto y José Luis Rodríguez "El Puma" que programaban en RBC Radio. Mis preferencias, sin embargo, siempre estuvieron enfocadas hacia la música rock, en todas sus formas y géneros. Debo resaltar que en esa época era muy difícil ser consumidor compulsivo de buena música ya que las radios, como siempre, imponían unos límites muy reducidos con sus parrillas de 100 canciones que siempre eran las mismas y a las cuales solo les cambiaban de orden. Algunos programas de televisión como Disco Club o Mirando la radio trataban de marcar la diferencia, pero al final de cuentas uno siempre debía recurrir a recursos extremos (cassettes piratas del centro de Lima, amanecidas viendo la mala señal del Canal 27 UHF y cosas así).

En esa época no existía el YouTube y era imposible pensar en que los artistas que uno admiraba incluyeran a Lima en sus rutas de conciertos. Hoy, que ambas cosas son moneda corriente, la lista de bandas que pisan nuestra capital crece cada año más. Desde las épocas en que conciertos como los de Ian Gillan o Jon Anderson eran eventos de lo más extraños, que las visitas de Santana o de Phil Collins recibían toda la atención de la prensa de espectáculos por lo insólitas que eran; hasta hoy, en que mensualmente la oferta de conciertos es diversa y permanente; mucha agua ha corrido bajo el puente. La prensa musical (que nunca ha existido en este país, por lo menos no de forma organizada y sostenida) prácticamente está limitada a dos o tres párrafos en un periódico de tiraje nacional (El Comercio), por lo general más preocupado en hablar de Al fondo hay sitio o del romance de Magaly Medina con un estafador profesional y los grandes conciertos que se producen en la ciudad pasan desapercibidos para la mayoría. O en su defecto se convierten en una pequeña nota que comparte espacio con basuras como el K-Pop o el Harlem Shake.

En esa línea, no sorprende que nadie haya dicho nada de la visita de New Order, una de las más creativas y creíbles del género conocido como post-punk - lo más que he visto en Internet son notas repletas de lugares comunes y fruslerías del tipo "Bernard Sumner admira a Juan Diego Flórez" o "los integrantes de New Order ya no quieren ver ni un pisco sour más". Hasta los íconos del rock terminan, en este país, convertidos en comentarios superficiales como los que haría Fiorella Rodríguez o la chica de Yo soy (perdonen que no sepa bien su nombre) en sus "bloques de espectáculos". Lo cierto es que New Order, aquella banda formada por lo que quedó de Joy Division (grupo que, francamente, nunca me gustó) poco tiempo después de que Ian Curtis, su atormentado cantante y compositor principal, se suicidara a los 24 años de edad, ha llegado a Lima para explotar las dos leyendas sobre las cuales basa su fama: la de su emergencia como resultado de un evento trágico (el suicidio de Curtis) y la de su propia trayectoria, exitosa y colmada de creatividad musical, que sobrepasa fácilmente las tres décadas.





Por otro lado, el inminente concierto de The Cure, uno de los placeres culposos y ocultos de cualquier metalero que se respete, no pasa de ser una oferta de la tarjeta Interbank, colgada en paneles y vallas callejeras. Nadie en la prensa convencional (no hablo desde luego, de los verdaderos conocedores, que sí viven la emoción de este concierto, día a día, en las redes sociales) y, seguramente, cuando la banda llegue al Jorge Chávez, los programetes de turno harán las mismas notas aburridas y estancadas en la anécdota estúpida con la comida peruana, si algún integrante se puso la camiseta de la selección peruana de futbol o cualquiera de esas lamentables maneras de abordar esta clase de acontecimientos, que merecerían un trato periodístico-musical más respetuoso y relevante.

New Order y The Cure son dos de los grupos ingleses que más escuché durante mi adolescencia, en medio de la tormenta de guitarras de los thrashers y las voluptuosas producciones progresivas que consumí de forma viciosa en esa segunda mitad de los 80s. Recuerdo que, en las fiestecitas de barrio a las que iba, con mis amigos, a sentarme en la esquina y tomar todo lo que nos ofrecían (y lo que no nos ofrecían, también), siempre estaba, entre los LPs de Soda Stereo, Hombres G y Los Violadores, el LP Standing on the beach (aquella recopilación de The Cure con el primer plano de un anciano en la carátula) o los 45s de las versiones en 12" de Bizarre love triangle o Blue monday, los temas más emblemáticos del otrora cuarteto de Manchester. Eran infaltables, inclusive en algunas de las fiestas a las que fui durante los primeros años de universidad. Y por supuesto, había mucho que saber de ellos, más allá de las dos canciones por banda que programaban las radios locales. Si en el caso de New Order eran (y hasta hoy son) las dos mencionadas, en el caso de The Cure solo sonaban Boys don't cry y Close to me. Lo demás había que escucharlo en otros lugares.





Me acuerdo mucho que, de ese LP recopilatorio de la banda de Robert Smith, me obsesioné con temas como Killing an arab, Jumping on someone else´s train y algunos oscuros como Charlotte sometimes, The hanging garden y en especial A forest. Después, en alguna de las madrugadas de Canal 27 UHF vi más de una vez un concierto de The Cure con su formación clásica en el que me puse en contacto con toda su onda, más allá de lo que pasaban en los canales tradicionales (creo que era un show de la gira Faith o Ponography, de la primera mitad de los 80s). Por el otro lado, aunque no soportaba la música de Joy Division (ni la soporto ahora), lo de New Order siempre me pareció más inteligente, con aquella combinación de la luminosidad del pop electrónico con las atmósferas intimistas, deprimentes, heredadas de su asociación artística con ese muchacho de voz horrenda y permanente rictus moribundo (me refiero a Ian Curtis, por supuesto). Los videos de canciones como Ceremony, True faith, Regret, entre otras, eran transmitidos (siempre en ese "canal" de la UHF que era más estática que otra cosa, nunca pudo verse bien su señal) y, de vez en cuando,también tenían espacio en algunos medios convencionales.

Aunque ambas llegan algo disminuidas en sus formaciones - en New Order ya no está el mítico bajista Peter Hook, responsable del 50% de su sonido característico y The Cure es una banda totalmente diferente a la conocida hasta 1996 - son dos conciertos importantes en esta ciudad plagada de cumbiamberos, coreanos saltarines y vulgaridad esparcida en cada medio que se supone "importante". Está demás pensar que estas bandas, icónicas del pop-rock inglés de la década ochentera, vayan a ser tratadas con mayor respeto por la prensa de espectáculos, así que me conformo con saber que, por encima de esa indiferencia generada por una abismal ignorancia, están las personas que, al margen de esa realidad, ha seguido a sus grupos favoritos a lo largo de los años y que ahora pueden realizar el sueño que alguna vez tuvieron de verlos en vivo.