Mostrando entradas con la etiqueta Rock Progresivo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rock Progresivo. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de septiembre de 2016

STEVE HACKETT & GENETICS: UN CONCIERTO MEMORABLE


LA PREVIA ¿QUIÉN ES STEVE HACKETT?

La expectativa no podía ser mayor. Desde que se anunció la llegada de Steve Hackett, quienes hemos dedicado años a escuchar buena música sabíamos que se trataba de una de las mejores noticias para la agenda de conciertos en nuestra capital en lo que va del año, tras la visita de The Rolling Stones en el pasado mes de marzo. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido con los legendarios intérpretes de (I can't get no) Satisfaction, Start me up y Angie, aquí no había espacio para poseros.

Efectivamente, quienes sabemos a la perfección quién es Steve Hackett sin necesidad de pasar dos o tres minutos en Google, conformamos una cofradía minoritaria que estuvo muy bien representada la noche del jueves 8 de septiembre, en el cómodo y elegante Gran Teatro Nacional. Guitarrista de Genesis entre 1970 y 1977, cofundador de GTR y Squakett -sus dos proyectos junto a Steve Howe y Chris Squire, de 1986 y 2012, respectivamente; y poseedor de una discografía personal amplia e interesante, desplegada en cuarenta años de carrera, en la que se aprecian desde sus aportes a lo que fuera el mejor periodo de su banda primigenia hasta impresionantes desarrollos de rock neoclásico y exploraciones con la música de cámara, la guitarra acústica de concierto y el blues, su presencia entre nosotros era todo un acontecimiento.

El estilo de Hackett en la guitarra, ominoso y filudo, le permitió ubicarse entre los dioses del rock progresivo de la década de los 70s, junto a otros grandes nombres como David Gilmour (Pink Floyd), Steve Howe (Yes) y Robert Fripp (King Crimson). Sus solos de notas largas y sus riffs rotundos cargados de distorsión se combinaban con profundos recursos acústicos, como el uso de armónicos naturales, escalas barrocas y una novedad: el tapping, esa técnica en la que, a dos manos, juega con las notas desde el diapasón, y que una década más tarde fuera perfeccionada por Eddie Van Halen, ese otro héroe de la guitarra a quien nunca le faltó humildad para referirse a Hackett como una de sus primeras influencias, elogio que también recibiría de Brian May, célebre por su trabajo con Queen.

El guitarrista de 66 años es, desde hace mucho, el responsable de que las nuevas generaciones de melómanos del mundo no se olviden de la música extraordinaria que produjo en esos años -de 1971 a 1977- junto a Mike Rutherford, Tony Banks, Phil Collins y Peter Gabriel, la formación clásica de Genesis, a través de discos y conciertos con su propia banda, en los que recreaba esos densos y complejos segmentos instrumentales que caracterizaron al quinteto. 

EL CONCIERTO: UNA EMOCIÓN TRAS OTRA

Para su primera visita a Lima, Steve Hackett llegó acompañado de Genetics, un grupo de músicos argentinos que reproduce a la perfección esos arreglos intensos con los que Genesis envolvió a sus públicos, en una época en que todo era nuevo y los artistas que se dedicaban al rock tenían el requisito obligatorio de ser buenos en lo que hacían para recibir la retribución del aplauso. Cuando uno ve, gracias a la magia del YouTube, cómo reaccionaban las personas que veían a la banda británica en los 70s, quedan claras las diferencias del nivel de apreciación que tenía la gente de antes con las masas actuales, incapaces de entender estas complejas y emocionantes canciones.

La noche de Steve Hackett & Genetics en Lima comenzó con Dance on a volcano, tema que abre A trick of the tail (1976), aquel disco que Genesis publicó tras la salida de Peter Gabriel y que significó la primera ocasión en que Phil Collins se encargó de los micrófonos del grupo. Aun cuando se sabe que Hackett comenzó a sentirse incómodo en la banda un año atrás -en 1975 había lanzado su debut como solista, el alucinante Voyage of the acolyte- permaneció con sus compañeros hasta 1977, en que se separó luego del lanzamiento de Wind and wuthering (1977).

Luego de Dance on a volcano vino un trío de canciones de The lamb lies down on Broadway (1974), la máxima obra conceptual del periodo dorado de Genesis. La apabullante oscuridad de Fly on a windshield seguida de Broadway melody of 1974 y la placidez misteriosa de Cuckoo cocoon. La fantástica y surrealista historia de Rael sería revisitada tres veces más: en The lamia y The carpet crawlers (dos de las piezas más espaciales del catálogo de Genesis) y Hairless heart, un subyugante instrumental incluido dentro del set acústico de Hackett, en el que brilló, por supuesto, Horizons y un espectacular tema de guitarra flamenca.

Los clásicos se sucedieron uno tras otros, con la respuesta de un público enfervorizado y comprometido, que coreaba esas extravagantes letras acerca de hermafroditas, ninfas, caballeros de la medianoche, cortadores de césped, juegos de crickett que acaban en asesinatos, ángeles, demonios y demás imaginería fantástica de suites como The fountain of Salmacis, Dancing with the moonlit knight, I know what I like (In your wardrobe), The cinema show, incluidas en los tres álbumes que definieron el sonido intenso y teatral de Genesis: Nursery crime (1971), Foxtrot (1972) y Selling England by the pound (1973). Es difícil determinar cuál fue el punto más alto del concierto, aunque sin lugar a dudas el solo de Firth of fifth, fue uno de los que el público esperó con mayor impaciencia, al tratarse del sello de Hackett como guitarrista de Genesis. La introducción acústica de Blood on the rooftops, romántica pieza del disco Wind and wuthering, también arrancó emocionados aplausos en el Gran Teatro Nacional.

Para el final, llegaron Supper's ready, la estrambótica suite de más de veinte minutos que cierra el disco Foxtrot, y sus múltiples cambios y temas que van de lo romántico y divertido a lo religioso, combinando la estética del vaudeville con críticas a la sociedad británica y un final apocalíptico y celestial a la vez. Luego de despedirse del público, Steve Hackett y sus cómplices argentinos regresaron para cerrar con Watcher of the skies -una espectacular versión- y The musical box, melodía de intensidad emocional que desgarró el corazón a más de un fanático de Genesis.

GENETICS: ORGULLO ARGENTINO

Genetics dejó boquiabierto al público peruano, conocedor de cada detalle y arreglo, con la exactitud con la que interpretan estos clásicos del prog rock. Una sensación de envidia me recorre el cuerpo cada vez que pienso que, mientras nosotros nos deshacemos en aplausos cuando surge un imitador/parodiador de artistas como Julio Iglesias, Sandro o Juan Gabriel, un conjunto de músicos argentinos relativamente jóvenes es capaz de tocar nota por nota composiciones de tan alto nivel de dificultad, y hacerlas sonar tal y como sonaban en los viejos vinilos y CDs que tanto nos emocionan. Una prueba más de lo mucho que nos falta si queremos hablar de educación musical en el Perú.

Esta banda argentina, formada en el año 2011, no merece más que elogios. Sus integrantes han conseguido apropiarse de cada sonido original de estas poderosas canciones y son, en la actualidad, considerados lo más cercano a cómo habría sonado Genesis en su época. Tomás Price, el cantante y flautista, tiene un tono vocal muy parecido al de Peter Gabriel y permanece sobrio sobre el escenario cuando le corresponde cantar o tocar, retirándose en cada segmento instrumental para permitir el protagonismo de Hackett. 

El resto de la banda hace un trabajo soberbio de interpretación musical, con Horacio Pozzo en teclados, piano y mellotron, Claudio Lafalce (bajos, guitarra de 12 cuerdas, pedalera de bajo) y Daniel Rawsi (batería) replicando las líneas y contrapuntos de Banks, Rutherford y Collins con precisión sorprendente. Por su parte, Leo Fernández (guitarra) hace una valiosa contribución apoyando a Hackett con solos furibundos, en un estilo más contemporáneo, pero sin ponerse nunca en primer plano. Lafalce y Pozzo tocan, como Rutherford y Banks, las guitarras acústicas en introducciones como las de The musical box, The cinema show o Supper's ready.

GRACIAS POR LA MÚSICA

Los amantes de la buena música estamos más que agradecidos a TQ Sessions, la productora liderada por el empresario Alberto Menacho que hizo posible este show, más allá de lo que las tendencias del marketing seguramente le aconsejan. Un concierto para 1,500 personas difícilmente sea rentable, pero el ímpetu para organizarlo denota, a pesar de las pérdidas que pueda traer, un amor por el talento de estos respetados artistas que es pocas veces visto entre nosotros, más acostumbrados a tener que soportar "lo que se vende más" o lo que le gusta a las grandes masas.

El recital de Steve Hackett & Genetics será recordado como uno de los mejores de este año, sin lugar a dudas. El legado discográfico de ese genial grupo que fue Genesis está en buenas manos. Ahora solo nos queda rezar para que Gabriel, Collins, Banks, Rutherford y Hackett decidan, de una vez, dejar atrás sus agendas personales y regalarnos una última gira. Después de todo, deberían aprovechar que aun están todos vivos y en actividad...






sábado, 17 de octubre de 2015

THE WALL DE ROGER WATERS: GRAN CONCIERTO, MAL DOCUMENTAL


INTRODUCCIÓN

A mediados de agosto último, me enteré de que el documental Roger Waters: The Wall iba a ser estrenado en salas de cine de todo el mundo, de manera simultánea y en fecha única, el martes 29 de septiembre. Había pasado un año entero desde que se presentara en el Festival Internacional de Cine de Toronto y poco o nada se había dicho acerca de cómo fue recibido y ninguna reseña se había publicado en la red.

En esos doce meses entre su transmisión en dicho festival y la anunciada fecha de estreno global, no se filtró ni una sola escena, tráiler o pantallazo que diera señales de cómo lucía este nuevo producto asociado al mejor álbum conceptual de la historia del rock, The Wall, lanzado originalmente en 1979 por el cuarteto británico Pink Floyd.

Todo este secretismo, parte de una campaña publicitaria milimétricamente diseñada por el equipo de producción del documental, encabezado por Roger Waters, el temperamental bajista, cantante y compositor, creador en un 98% de esta obra clásica del arte moderno, no hizo más que aumentar la ansiedad de los millones de fans de la banda alrededor del mundo, quienes de una u otra manera han sido tocados en lo más íntimo de sus psiquis por su monumental argumento, cargado de profundos simbolismos y agudos cuestionamientos a todo lo establecido: las relaciones familiares, la escuela, el amor de pareja, la guerra, la política, la alienación social. Todos queríamos ver esta versión, de qué manera nos sorprendería esta vez el genio creativo y siempre confrontacional del notable artista inglés.

El documental no solo contiene la presentación, en pantalla gigante, de la espectacular gira mundial que Waters y su banda había realizado entre 2010 y 2013 tocando The Wall de principio a fin (la primera vez que esto sucedía desde los míticos shows de Pink Floyd en 1980), replicando la dinámica de ir levantado una pared de ladrillos blancos que separaba a los músicos del público pero con todas las ventajas y posibilidades de los adelantos tecnológicos de los últimos 35 años en todo lo concerniente a sonido, iluminación, vestuario, proyección de imágenes en altísima resolución, uso de robots; sino que además agrega un acercamiento personal a la vida de Waters y explora las principales motivaciones que lo llevaron a escribir esta historia como la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial. Todo apuntaba a que se trataría de una experiencia musical y psicológica sobrecogedora.

THE WALL: EL CONCIERTO

En cuanto a lo musical la promesa se cumple ampliamente, superando cualquier expectativa. La interpretación de cabo a rabo de las 26 canciones del disco original es perfecta, de un nivel superlativo. Entre Another brick in the world (Part III) y Goodbye cruel world, los dos últimos temas de la primera parte de The Wall, la banda incluye el medley instrumental The last few bricks, formado por fragmentos de The happiest days of our lives, Don’t live me now, Young lust y Empty spaces/What shall we do now? que no figura en el disco de estudio pero sí era tocado por Pink Floyd en los shows de 1980 para darles tiempo al equipo para que instale los últimos ladrillos antes de la suicida despedida del atribulado protagonista de la historia, Pink, alter ego que combina elementos de la personalidad del mismo Roger Waters y de Syd Barrett, el alucinado primer vocalista y guitarrista de Pink Floyd.

La otra novedad es el tema The ballad of Jean Charles Menezes, que Roger toca inmediatamente después de Another brick in the Wall (Part II). Este tema, dedicado a un joven brasileño de 27 años que fuera asesinado en el 2005 por la policía londinense en una de las estaciones del “Tubo” (el sistema de transporte público subterráneo de Londres), por sus presuntos y nunca probados vínculos en los atentados terroristas a la capital de Inglaterra producidos ese año, es como una coda a la archiconocida canción, la única de todo el disco que recibe atención de las radios locales, y es interpretada por Roger con guitarra acústica.

La puesta en escena es sorprendente, de excelencia visual y sonora. Para quienes hemos escuchado el disco hasta la saciedad y hemos visto, en sus respectivos momentos, la suprarrealista película de Alan Parker de 1982 (con Bob Geldof como protagonista) y el concierto The Wall in Berlin de 1990, organizado para celebrar un año de la emblemática caída del Muro de Berlín –en el cual Waters interpretó la obra en su integridad rodeado de un elenco de artistas de primera línea como Scorpions, Bryan Adams, The Band, Marianne Faithful, Cindy Lauper, Thomas Dolby, Paul Carrack, entre otros; este show es un hecho realmente trascendental. Aunque da la impresión de estar viendo siempre el mismo concierto, en realidad hay imágenes de las noches en Quebec (Canadá), Londres (Inglaterra), Atenas (Grecia) y Buenos Aires (Argentina). Mirando los acercamientos al público uno puede darse cuenta de las diferencias entre una y otra ciudad; lo mismo ocurre con el grupo de niños que baila y canta en Another brick in the wall (Part II), dando una señal clara de inclusión al escoger chicos y definir coreografías según el país visitado.

En el tema Mother, Roger Waters realiza la primera y única conexión con la versión original del show, cuando anuncia que la cantará acompañando en segunda voz y guitarra al "joven, miserable y jodido Roger" mientras proyecta imágenes, trabajadas en blanco y negro, de sí mismo interpretando esta canción, una de las principales de la primera parte de The Wall, durante el concierto de 1980 en el teatro Earls Court. 

El extremado cuidado en la interpretación musical (la banda es sencillamente excepcional), la enorme calidad de las imágenes proyectadas sobre el muro, que van cambiando de colores, texturas y mensajes, algunos de ellos muy explícitos, de crítica al orden mundial económico, social y político moderno, hacen de este concierto una experiencia multisensorial que apela a emociones ligadas a la búsqueda de paz y justicia social, uno de los aspectos recurrentes de la carrera de Waters post-Floyd: sobre la base de temas y reflexiones personales decanta en cuestiones más generales, de naturaleza universal que afectan a todos por diferentes motivos.

Por ejemplo, durante la intro de Goodbye blue sky, una animación moderna muestra una amenazante flota de aviones de guerra que lanza bombas, las cuales se convierten en símbolos de todas aquellas instituciones económicas, religiosas o políticas que controlan las mentes de poblaciones en el mundo entero: desde cruces latinas o árabes hasta estrellas de David; desde el símbolo del dólar o la hoz y el martillo hasta logos de conocidas compañías capitalistas como Schell, Mercedes Benz o McDonald, caen sobre una ciudad derruida, corrompiéndolo todo.

Estas –y muchas otras- imágenes alegóricas, diseñadas con tecnología de última generación, se combinan con las clásicas y pesadillescas animaciones de Gerald Scarfe que se proyectan sobre la pared/pantalla, mientras que las tomas muestran cada detalle y expresión en los rostros de músicos y público asistente, en una comunión de emociones que tiene de todo: desde las miradas de complicidad entre Roger y sus talentosos cómplices hasta las explosiones del público, que corea con lágrimas en los ojos cada verso de estos himnos al aislamiento social y las crisis existenciales más oscuras que son, dicho sea de paso, más comunes de lo que piensa la persona promedio.

THE WALL: EL DOCUMENTAL

Lamentablemente no ocurre lo mismo con los segmentos documentales. Aunque Roger Waters: The Wall inicia con buen pie –Roger, de pie frente a un monumento en homenaje a soldados caídos en la Primera Guerra Mundial, entre quienes se encuentra su abuelo, saca una trompeta para tocar la suave melodía de Outside the wall que es interrumpida abruptamente por los explosivos primeros acordes de In the flesh?- la historia que pretende contar no alcanza en ningún momento a conmover con sus desarrollos supuestamente dramáticos y, hasta cierto punto, sumamente disforzados. A contramano de estos vacíos en el contenido de las escenas no musicales, es justo indicar que la fotografía y las locaciones son de gran factura, con lugares hermosos como el cementerio de Montecassino en Italia o tomas de las carreteras, de intensa belleza visual.

Como prólogo al documental aparece Liam Neeson, nacido en la convulsionada Irlanda del Norte, confesándonos que asistió, siendo aun un actor emergente en Londres, a uno de esos conciertos en el Earls Court en el que Pink Floyd sorprendió a todo el mundo interponiendo un muro de enormes bloques que, al final de la obra, colapsaba encima de la gente. El reconocido actor de cine cuenta lo mucho que aportó a su sensibilidad y viaje personal la exposición a Roger Waters: The Wall y nos augura lo propio a quienes estamos por ver el largometraje. El efecto de esta introducción es engañoso ya que si bien es cierto la música y sus letras sí consiguen el impacto anunciado, Waters fracasa en el guión pues tiene varias carencias que no están a la altura de la magnificencia de The Wall como narrativa que compagina a la perfección música e historia generando angustia, identificación con sus principales ideas fuerza, dolor y reflexión a varios niveles.

Sus escenas rozan la superficialidad y hasta caen en la impostura, con un Roger Waters sumamente disperso y ensimismado, que pasa de la lectura de viejas cartas en las que su madre recibe la confirmación de la muerte en combate de su padre en la batalla de Anzio, Italia; a absurdas conversaciones en la ruta, con una persona no identificable, que no guardan ninguna relación con la creación del disco ni con su vida personal o artística ni con los diversos niveles de metalenguaje que tiene The Wall, la razón principal de que haya influenciado tan fuertemente a las generaciones posteriores.

Cuesta trabajo relacionar al genial compositor e intérprete que fue capaz de escribir una obra maestra del arte contemporáneo, con la faceta que nos muestra de sí mismo en este documental. La anodina escena en que está de pie con sus hijos frente a la lápida de su abuelo es la que más se acerca a producir algo de emoción. Waters, de 72 años de edad, nos muestra en primerísimo primer plano una lágrima que corre por sus curtidas mejillas al leer esas amarillentas cartas pero no les dice nada memorable a sus herederos y termina siendo, tanto en este diálogo como en otros a lo largo de la película, de lo más plano y prosaico. Como dije, la escena se acerca a emocionar pero en realidad no llega a generar nada. Otra secuencia medianamente rescatable podría ser aquella en la que Waters se sienta en la barra de un bar, en Francia, y comienza a contarle sus reflexiones y recuerdos -la muerte de su padre, sus pesadillas- al camarero, incapaz de entender inglés. Esta metáfora de la incomunicación es potencialmente buena pero, nuevamente, la trivialidad se apodera del guión y nos deja con la miel en los labios, con la sensación de que había más por hacer con esas ideas.

Para quienes esperábamos mayores exploraciones en el universo artístico de Waters, y que él nos ayudara a entender desde adentro su obra capital, la decepción es tan superlativa como la espectacular performance de él y su banda. Ni una sola escena dedicada a los ensayos de esta monumental gira que duró 3 largos años –más de 140 conciertos en ciudades de Estados Unidos, Canadá, prácticamente todo Europa y parte de Centro y Sudamérica-, ni una sola mención a la participación, en uno de esos conciertos, de David Gilmour y Nick Mason, sus ex compañeros de Pink Floyd, ni tampoco actualizaciones del Waters actual, con la sabiduría y contundencia que le han dado los años, respecto del por qué sentía esa aversión al público y cuáles fueron las verdaderas discusiones entre él y el resto del grupo con relación al contenido, básicamente autobiográfico y personal, de las letras de estas inmortales canciones.

Tras los créditos finales, una jocosa sesión de Q&A (Preguntas y Respuestas) en la que vemos a un Waters más relajado, menos preocupado en seguir las pautas cuadriculadas de un guión que él mismo había escrito, sentado en una pequeña mesa junto a Nick Mason, contestando una serie de preguntas sobre distintos momentos de Pink Floyd y de sus propias carreras, que habían sido seleccionadas en la internet, parece lanzarle un salvavidas al documental, pero no basta. Para mí, este segmento final es, de lejos, lo mejor del documental. Hubiera preferido mil veces ver solo el concierto completo sin esos paréntesis que interrumpen y deslucen al largometraje.

LA BANDA

Roger Waters se convirtió, desde 1973, en la principal fuerza creativa de Pink Floyd y, a partir de The dark side of the moon, el control férreo que ejercía sobre las direcciones musicales que iba tomando la banda se hicieron cada vez más evidentes. Esta situación llegó a su punto máximo con The Wall, a tal punto que, para la gira promocional, el tecladista Richard Wright ya había renunciado al grupo y participó de esos conciertos como músico contratado. Con Mason y Gilmour la cosa fue más sutil e incluso el guitarrista comparte créditos de composición en tres temas de la obra (Young lust, Comfortably numb y Run like hell) además de poner la voz principal en dos (Young lust y Goodbye blue sky) y cantar a dúo con Waters ocho temas más, entre ellos Mother, Comfortably numb, Hey you, Waiting for the worms y Another brick in the Wall (Part II).

Para esta gira The Wall Live 2010-2013, Waters armó una banda con una combinación de viejos conocidos y nuevos talentos, que le permiten replicar nota por nota el extenso álbum y, a pesar de ser sumamente respetuoso con las líneas melódicas y arreglos generales de su composición, le imprime fuerza y aire nuevos. Por supuesto él conserva la poderosa y angustiada voz intacta, alcanzando notas que suenan exactamente igual que hace 30 años y su bajo, potente y preciso, marca la pauta en cada una de sus intervenciones.

David Kilminster, joven músico de harta experiencia en el mundo del rock progresivo, está a cargo en un 80% de las partes más significativas de la guitarra de David Gilmour, y lo hace de manera sobresaliente. El espectacular solo que hace en Comfortably numb, encaramado en la parte más alta del muro y a oscuras, con un breve cañón de luz iluminándolo exclusivamente a él, es uno de los momentos más sublimes del show. El segundo guitarrista, Snowy White, viene trabajando con Roger desde hace muchos años atrás, e incluso fue músico de apoyo en la gira promocional del The Wall original en 1980 y hace un solo alucinante en Hey you. Como tercer guitarrista está G. E. Smith, conocido músico norteamericano que fue parte de Hall & Oates en los 80s y director musical de la banda de Saturday Night Live. Excepcional como guitarrista, su función es de complemento en arpegios y fondos, además de hacer las veces de bajista cuando Waters suelta el instrumento. Por ejemplo en Hey you, que da inicio a la segunda parte de The Wall, Smith toca el bajo fretless que en la versión en estudio fue grabado por Gilmour.

Las partes vocales de Gilmour son cubiertas por Robbie Wyckoff, soberbio cantante de mucha experiencia como vocalista en sesiones y que ha compartido escenarios con otros grandes de la industria. En esta oportunidad, Wyckoff luce su voz atenorada pero con absoluto control de sus capacidades dándole un tono ligeramente distinto a las líneas originales. Para las partes corales (Waiting for the worms, In the flesh, The show must go on) está acompañado de los hermanos Mark, Pat y Kipp Lennon, trío de voces que vienen trabajando desde mediados de los 70s bajo el nombre de Venice.

En los teclados, otro conocido de la familia floydiana post-separación de bienes, Jon Carin, uno de los pocos músicos que no han sido integrantes originales de Pink Floyd y que ha trabajado tanto con Waters como con Gilmour, en paralelo y en diferentes épocas. Carin ingresó a Pink Floyd tras la salida de Roger y grabó los álbumes en estudio A momentary lapse of reason (1987)The division bell (1994) y The endless river (2014) así como los discos en vivo Delicate sound of thunder (1988) y Pulse (1995). Y es miembro de la banda de Roger Waters desde el año 2006. Como segundo tecladista está Harry Waters, hijo de Roger, que además toca el acordeón. En la batería otro colaborador de hace muchos años de Waters, Graham Broad, completan una banda de extraordinarios recursos, que interpreta esta portentosa música con pasión, energía e intensidad.

COLOFÓN

En suma, Roger Waters: The Wall, como producto fílmico en el género de documentales deja mucho que desear y plantea algunas interrogantes: es un hecho que Waters no es ya la misma persona que fue cuando compuso este dolorido testimonio psiquiátrico con implicancias universales pero ¿tanto puede haber cambiado como para convertir su obra maestra, aquella que ya le aseguró un lugar en la inmortalidad, en un producto para consumo masivo, de personas que quizás no entiendan del todo sus mensajes pero que hacen largas colas en los cines, se toman selfies con sus afiches y llenan el Twitter con el hashtag “#IseeRogerWatersTheWall”? Puede que sí. Pero al hacerlo corre el riesgo de convertir a este fantástico alegato contra lo fatuo de la fama (el muro evitaba que la gente lo viera para favorecer la escucha de lo que tenía que decir y comunicar) y la terrible angustia de sentirse diferente en un mundo de personajes homogéneos, reprimidos, represores, alienados por la absorbente sociedad y por sus vacíos emocionales, en un espectáculo de fuegos artificiales, luces de colores y grandilocuencia que está condenado a ser, como todo en esta época, efímero, poco perdurable, desechable. Muchas de las personas que salieron de las salas bar del Multicines UVK después de ver Roger Waters: The Wall ya están haciendo cola para ver el pre-estreno de la última de Batman en 3-D con HD. Solo me queda cantar, con voz queda el trágico Goodbye cruel world… I’m leaving you today…

sábado, 21 de diciembre de 2013

MÁS SOBRE FRANK ZAPPA: HOY HABRÍA CUMPLIDO 73 AÑOS


Mi último post fue acerca del vigésimo aniversario del fallecimiento de Frank Zappa, uno de los músicos norteamericanos más importantes del siglo 20. Hoy estaría celebrando setenta y tres años de edad, de no haber sido porque un cáncer mal y tardíamente detectado, a la próstata, acabara con su camino musical y artístico, uno que probó ser el más mordaz, auténtico e irreverente frente a todas las instancias que le tocó atravesar. Respetadísimo entre la crema y nata del rock and roll y absolutamente desconocido para la masa consumidora de productos desechables e intercambiables, Zappa demuestra que hasta hoy sus creaciones musicales, sus conceptos sociales y políticos, y su actitud contracultural continúan siendo manjar de minorías. 

Como los primeros libros del socialismo, la música y personalidad de Frank Zappa son actualmente innombrables para la prensa convencional. Ni su muerte ni su cumpleaños son recordados por las principales webs o publicaciones del establishment porque él, a pesar de generar millones de fans en el mundo entero durante sus casi cuatro décadas de trabajo ininterrumpido e intenso con su humor bizarro -a veces intencionalmente absurdo- su desafiliación a todo lo que fuese "políticamente correcto", jamás se dedicó a entretener al público. 

Zappa no tenía concesiones a la hora de decir lo que pensaba o de tocar lo que se le antojaba tocar. Y en ese sentido, se ganó al más grande enemigo que un artista contemporáneo podría haberse ganado en el mundo del espectáculo: al gobierno de los Estados Unidos. Por eso no hay un doodle sobre él en Google. Por eso no hay posts del New York Times o de la Rolling Stone. Por eso El Comercio no pone su desagradable cara en portada a color en Luces. Zappa fue tan directo y confrontacional con las hipocresías y las angurrias del mercado en el que se ha convertido la sociedad occidental que, una vez muerto, recibió el peor de los castigos: el ninguneo, el ser borrado de la memoria colectiva, la aplicación de aquella ancestral ley egipcia: todo lo que no se nombra, simplemente no existe. Por lo menos eso es lo que ellos creen.

Por eso, en lugar de poner vídeos de algunas de sus cientos de canciones -tarea que queda para quienes realmente tengan interés: buscar en YouTube y ponerse a prueba escuchando la música de FZ- voy a darles una pequeña muestra de sus ideas, a través de frases extraídas de diversos contextos (entrevistas en revistas, programas de televisión, libros, letras de canciones, conciertos etc.). Así hablaba Zappatustra:

"Algunos científicos dicen que el hidrógeno, debido a que es tan abundante, es la principal base del universo. Yo discuto eso. Yo creo que hay más estupidez que hidrógeno, y esa es la principal base del universo, la estupidez".

"Si quieres tener sexo, ve a la universidad. Si quieres una educación, ve a la biblioteca".

"Estados Unidos es una nación de leyes: pésimamente escritas y aleatoriamente forzadas".

"La mayoría del periodismo musical está formada por personas que no pueden escribir, que entrevistan a personas que no pueden hablar, para personas que no pueden leer".

"El comunismo no funciona porque a la gente le gusta salir y comprar cosas".

"Si tus hijos se dan cuenta de lo estúpido que realmente eres, te mataran mientras duermes".

"Abandona la escuela antes de que tu mente se pudra al exponerse a nuestro mediocre sistema educativo. Olvídate del baile de promoción y anda a la biblioteca y edúcate a ti mismo, si tienes el valor de hacerlo".

"Cientología ¿qué rayos es eso? Te dan esas pequeñas latas y después viene este tipo a hacerte unas cuantas preguntas y, si pagas suficiente dinero, puedes unirte al grupo ¿qué clase de religión es esa?"

"Creo que si una persona no se siente cínica, está desfasada en este siglo 20. Ser cínico es la única manera de entender a la civilización moderna, no puedes tragarte el cuento completo".

"Cuando Dios creó a los Republicanos, abandonó todo lo demás".

"Me gusta ver las noticias, porque no me agrada mucho la gente y cuando ves las noticias... quiero decir: si tienes una ligera idea de que la gente es verdaderamente terrible, puedes ver las noticias y convencerte de que tienes razón al pensar así".

"No seamos tan rudos acerca de nuestra ignorancia... es lo que hace a Norteamérica grande".

"La esencia del Cristianismo está contada en la historia del Jardín del Edén. La fruta prohibida era del Árbol del Conocimiento. El subtexto es, todo lo que estás sufriendo ahora es porque quisiste entender qué estaba pasando. Aun podrías estar en el Jardín del Edén si hubieses mantenido la puta boca cerrada y no hubieses hecho ninguna pregunta".

"Tengo un mensaje importante para toda la gente bonita en el mundo. Si estás allá afuera y eres bonito o hermosa, solo quiero decirte algo: hay muchos más de nosotros feos de mierda, somos más que ustedes, así que cuídense".

"El síndrome de la persona "cool" es particularmente norteamericano. Parte de eso tiene que ver con la forma en que se maneja el negocio educacional en los Estados Unidos: no está basado en cuanto puedes enseñar a tus hijos. Está basado en cuanto dinero pueden hacer los proveedores de materiales educativos a partir de tus hijos".

"La información no es conocimiento. El conocimiento no es sabiduría. La sabiduría no es la verdad. La verdad no es la belleza. La belleza no es el amor. El amor no es la música. La música es lo mejor".

martes, 6 de agosto de 2013

GEORGE DUKE (1946-2013): UN VERDADERO GIGANTE DE LA MÚSICA NOS DEJÓ ESTA SEMANA


Por ser fanático y conocedor del universo artístico que Frank Zappa creó para todos nosotros, freaks del mundo, desde mediados de los 60s hasta su muerte, hace exactamente 20 años, la noticia del fallecimiento de George Duke (el lunes 5 de agosto) me impactó de manera particular. Cualquier persona que haya escuchado los álbumes que Duke grabó junto a Zappa entre 1970 y 1975 sabe de qué estoy hablando. Desde su ingreso para el álbum Chunga's revenge (1970), pasando por la alocada ópera-rock 200 Motels (1971), los vuelos de big band en Waka/Jawaka y The grand wazoo (1972) hasta el período jazz rock -para muchos "zappólogos", el mejor de su larga discografía- conformado por los clásicos Over-nite sensation (1973), Apostrophe, Roxy & Elsewhere (1974), One size fits all y Bongo fury (1975), George Duke se convirtió en el lugarteniente musical del delirante compositor y guitarrista, e imprimió su estilo de envolvente funk, jazz y R&B en cada fraseo, colaboración compositiva y explosivos pasajes improvisatorios.

Y es que George Duke no era ningún novato cuando llegó a Laurel Canyon. Un líder desde el principio, armó The George Duke Trio en 1965 y grabó algunas canciones con un jovencísimo Al Jarreau, con quien se encontraría muchas veces a lo largo de las décadas. También había trabajado junto al violinista francés Jean-Luc Ponty, con quien también compartió roles en casa de Frank. Paralelamente a su trabajo con Zappa -no es necesario decir lo demandante que eso era- se las arregló para grabar una decena de álbumes como solista de material propio y versiones en clave de jazz fusión de clásicos del género. En 1976 ensambló un poderoso cuarteto de jazz rock junto a sus amigos Billy Cobham (batería), Alphonso Johnson (bajo) y John Scofield (guitarra), desde el cual disparaba sus ráfagas de sintetizadores combinadas con dulces cantos estilo Earth Wind & Fire, telúricos ritmos funks que podrían haber salido de la Parliament Funkadelic y un acercamiento único a la música bufa, hecha por diversión (sin quitarle complejidad), que aprendió del genio de Baltimore.

Durante los 80s y 90s, el sonido de George Duke se consolidó en el territorio del jazz, el soul el pop y el R&B, y su nombre era garantía de calidad en una industria musical que ya comenzaba a mostrar los primeros visos de la profunda decadencia que la redujo a la casi nada que hoy es. Luego de cerrar la década de los setentas con una serie de álbumes influenciados por la música del Brasil (notables, por cierto), se embarcó en un ambicioso proyecto musical, junto a otra de las luminarias de la música negra norteamericana: el bajista Stanley Clarke. Junto al mítico ex integrante de Return to Forever, Duke lanzó tres discos bajo el nombre Clarke/Duke Project, con algunos años de distancia entre sí, que cubría con su prolífica producción solista. En sus tiempos libres trabajaba como músico de sesión y productor de consagrados nombres del R&B: Chaka Khan, Regina Belle, Jeffrey Osborne, entre otros.

La experiencia y el sofisticado talento de George Duke quedó plasmado en su imparable producción discográfica, que se extendió hasta julio de este año, un mes antes de su fallecimiento tras una larga lucha contra la leucemia. Dreamweaver (2013), es su álbum número 40 y contiene melodías subyugantes, impresionantes desarrollos en piano y teclados electrónicos y románticos tonos medios. Hace tres años, se unió Zappa Plays Zappa, la banda ensamblada por Dweezil (hijo de FZ) como invitado en una de sus giras y contó deliciosas anécdotas antes de tocar Uncle Remus (tema del álbum Apostrophe, 1974). Y en la última Zappanale, Duke y Ponty homenajearon a su antiguo amigo y jefe con espectaculares versiones de Echidna's arf e Inca roads, partes del increíble catálogo de esos años junto a Zappa.

Que en paz descanse, maestro de los teclados y los sintetizadores...


George Duke toca su clásico Brazilian love affair de 1979 y lo intercala con un segmento de Echidna's arf (of you), de su era junto a Zappa.

   
Cosmik debris, con impresionante solo de Duke en la sección intermedia.

   
Liderando el cuarteto de Billy Cobham, junto a John Scofield y Alphonso Johnson, en el Festival de Jazz de Montreaux de 1976.

   
Aquí lo vemos tocando School day junto a su partner-in-crime, el bajista Stanley Clarke. Esta presentación es de 1981.

   
Dweezil Zappa invitó a George Duke a tocar Uncle Remus (música de Duke y letra de Frank) junto a su banda-tributo a su padre.

   
En la edición 23 del Festival Zappanale (agosto 2012), George Duke se unió a Jean-Luc Ponty para recordar algunas canciones que grabaron junto a Frank en los setentas.

viernes, 17 de mayo de 2013

YES: INTENSA NOCHE PROGRE EN LIMA


Desde que aparecieron en el ambiente musical, en 1968, Yes dio claras señales de no ser una banda común y corriente. En medio de tendencias anquilosadas para cada década - la psicodelia a fines de los sesenta, el rock duro de los primeros setenta y el punk de los segundos, el pop de estadios y el metal de los ochentas, el grunge de los noventas y el repetitivo post-rock de los 2000s - el quinteto siempre se las arregló para marcar la pauta de un sonido propio y distintivo que, a pesar de encontrarse en los linderos de un género específico (el rock progresivo), conseguía trascender, sobre la base de una destreza instrumental superior a la del promedio, cualquier intento de rotulado. Eso, en sí mismo, constituía una declaración de principios por demás rockera, a contramano de sus críticos - de entonces y de ahora - que suelen tacharlos de pretensiosos y demasiado "académicos" para encajar en la concepción rebelde y anti-todo que se asocia al rock.

Musicalmente hablando, Yes se destacó del resto y muy a su manera, estableció el concepto de lo que debía ser un grupo de rock progresivo, por lo demás un concepto que se expande en la medida de la capacidad creativa e interpretativa de sus principales exponentes. Así, el rock progresivo se presenta como un subgénero del rock básicamente paradójico: elitista, pues no admite la simplicidad y, al mismo tiempo, de límites muy abiertos puesto que, en las mentes y manos correctas, las posibilidades de hacer música compleja y adelantada a su tiempo aumenta de manera exponencial dependiendo de cada grupo. Por eso es tan diversa la paleta de sonidos que, tanto Yes, como los otros grandes nombres del rock progresivo, han producido durante cuatro décadas y que, como comprobamos anoche en el Parque de la Exposición, resiste largamente el paso del tiempo.



EL CONCIERTO

Catorce años después de su primera visita, la banda llegó a Lima con un show en el que tocan tres álbumes fundamentales de su larga discografía: The Yes album (1971), Close to the edge (1972) y Going for the one (1977), en una ambiciosa gira por Latinoamérica y Estados Unidos. Esta gira, intuyo, ha sido programada para presentar en sociedad al nuevo vocalista del quinteto, Jon Davison, un cantante norteamericano que apenas se unió a la banda durante el 2012. Como todos los seguidores de Yes sabemos, en el 2011 se lanzó al mercado Fly from here, vigésimo álbum en estudio, grabado con Benoit David como vocalista, en reemplazo del fundador Jon Anderson, quien se había separado por motivos de salud. Curiosamente, David abandonó la banda poco después, también por problemas físicos y, casi de la nada, apareció Davison a completar el cuadro, convirtiéndose en el cuarto vocalista de la historia del grupo. 

Poco antes de las 9:00pm, el marco del Parque de la Exposición no podía ser mejor: el auditorio, que debe haber albergado a no más de 10,000 personas, lucía repleto y en la atmósfera se respiraba la expectativa de los conocedores. Todos estábamos advertidos de qué iba el show: tres álbumes tocados íntegramente, de principio a fin y en orden. Lo que no sabíamos era cuál abría el show. Luego de unos cuantos minutos de espera, las luces se apagaron y una serie de imágenes de las épocas doradas del grupo, combinadas con las carátulas de los discos, fotos de sus conciertos por todo el mundo y una extraordinaria música de fondo acompañó la aparición de los cinco músicos quienes, entre aplausos, tomaron sus instrumentos con parsimonia. El viaje astral estaba por empezar.

Close to the edge, And you and I y Siberian Khatru abrieron el espectacular derroche de virtuosismo que estos maestros nos brindaron anoche. Casi cuarenta minutos de uno de los discos capitales de la movida progresiva de los 70s (el cuarto en la carrera de Yes), en versiones más prolijas e impresionantes arreglos, que no hacen más que aumentar el impacto que producen. Luego siguieron Going for the one, Turn of the century, Parallels, Wonderous stories y Awaken, del octavo álbum de la banda, que marcó el límite entre el Yes místico y los primeros coqueteos con un sonido más accesible. La tercera y última parte fue para The Yes album, y sus clásicos Yours is no disgrace, Clap, Starship trooper, I've seen all good people, A venture y Perpetual change. Este disco, el tercero de su discografía es, sin dudas, uno de los favoritos del público. Cada pasaje instrumental en cualquiera de estas tres producciones discográficas parece extraído de una dimensión mágica, sobrenatural. Cuarenta años antes de la llamada "nueva era", esa combinación de teclados, bajos retumbantes y guitarras multifacéticas alternadas con bouzoukis y mandolinas ya presagiaban hacia donde iba la música, independientemente de membretes encorsetados y tendencias programadas con fines comerciales. No conformes con este despliegue de musicalidad, el quinteto nos regaló un bonus track: la poderosa Roundabout, tema emblemático de Fragile (1972), otra joya del progresivo británico.



LOS MÚSICOS DE YES: TALENTO A TIEMPO COMPLETO

STEVE HOWE (guitarras, coros): la increíble versatilidad de este guitarrista de 66 años es impresionante. Desde rápidos ataques rockeros hasta finos arreglos clásicos, desde las reminiscencias de country heredadas de Chet Atkins (y perfeccionadas al máximo) hasta ese toque en octavas de pura raigambre jazzística, Howe hace realidad el sueño de cualquier aspirante a guitarrista: ser capaz de llenar cada segundo del espectro musical con notas precisas y claras. Su arsenal de instrumentos incluye mandolinas, bouzoukis, guitarras acústicas, Fender eléctricas y la imponente steel guitar con la que decora cada pasaje instrumental elevándolo a la estratósfera. Un genio que ingresó a la banda en 1970 y le cambió la cara por completo y que sigue asombrándonos con su toque único. Momentos clave: el solo de steel en And you and I, todo en Yours is no disgrace y particularmente, Clap (hubiera dado lo que sea para que la tocara dos veces). El solo final de Starship trooper fue sencillamente apoteósico.

CHRIS SQUIRE (bajos, coros): la columna vertebral de Yes. Hay personas que no pueden faltar en una banda y ese es el caso de este portentoso bajista, el único integrante de la banda que ha estado presente desde su fundación. El tono profundo y la distorsión aplicada a sus clásicos instrumentos Rickenbacker son parte fundamental del sonido del quinteto. Y su presencia escénica se mantiene inalterable a pesar de que luce un tremendo sobrepeso, tan diferente a como se veía en los lejanos 70s. La naturalidad con la que acomete su función rítmica y la capacidad para entrar y salir de las líneas melódicas lo han convertido en una leyenda viva del bajo. Momentos clave: las armonías vocales en Awaken, Wonderous stories y Yours is no disgrace. El bajo de tres mástiles en Awaken en los que combina afinaciones y efectos. La intro a la última sección de Starship trooper, en la cual se pasea delante del público llenando el aire con largas y profundas notas graves, que parecen capaces de hacer estallar el escenario.

ALAN WHITE (batería): cuando llegó a la banda en 1973, con la difícil misión de reemplazar a Bill Bruford en las baquetas, White ya había demostrado su potencia rockera como miembro de The Plastic Ono Band de John Lennon. Y mientras Bruford se convirtió en un aventurero baterista con tendencial trabajo individual - en paralelo a su trabajo con King Crimson - White se hizo miembro estable de Yes hasta la actualidad, imponiendo su sentido del ritmo y su pulso vital inconfundible. Hoy, armado de baterías electrónicas, le pega con menos fuerza pero mantiene los tiempos de una forma sorprendente, tomando en cuenta que ninguna de las canciones de los tres álbumes interpretados anoche están escritas y arregladas en tiempos únicos. Lo que hace Alan White con la batería no es convencional, es casi como si estuviera pulsando las teclas de un piano, instrumento que, dicho sea de paso, también toca. Momento clave: la intro de Yours is no disgrace, el final apoteósico de And you and I y la sección media de Roundabout.



GEOFF DOWNES (teclados): Yes ha tenido seis tecladistas. De todos ellos, el más recordado es Rick Wakeman. Pero Downes tiene su propia historia con el grupo y con el rock progresivo en general. Antes de reemplazar a Wakeman para la grabación del álbum Drama, Downes (y su socio Trevor Horn) se habían hecho famosos gracias al tema Video killed the radio star, que grabaron juntos como The Buggles. Después de Drama - que contuvo dos clásicos de Yes, Tempus fugit e Into the lens - Geoff Downes participó en la formación del supergrupo Asia junto a Steve Howe, John Wetton y Carl Palmer. Tres décadas después de su primer paso por Yes, Downes fue convocado nuevamente, esta vez para reemplazar al hijo de Rick Wakeman, Oliver, y participó en las grabaciones de la última placa del quinteto, Fly from here. Momentos clave: Close to the edge, Turn on the century y la sección media de Wonderous stories. Un grande de los teclados.

JON DAVISON (voz): la sorpresa de la noche. El timbre de voz de Anderson, que parecía casi irreproducible (tanto Trevor Horn como Benoit David intentaron copiarlo sin éxito), es replicado prácticamente a la perfección por el nuevo vocalista. Pero el parecido no se limita al aspecto vocal. Davison se asemeja físicamente al Anderson del período 1973-1977, sus desplazamientos en el escenario son bastante similares y para colmo, se llama también Jon y su apellido puede relacionarse al del mítico vocalista y compositor. Además, demostró suficiente carisma para no pasar desapercibido por tener detrás suyo a tremendos músicos, y se metió al público al bolsillo desde el principio del show. Momentos clave: Going for the one, I've seen all good people y Roundabout.