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jueves, 5 de diciembre de 2013

VEINTE AÑOS SIN FRANK ZAPPA (1993-2013)


Hace unas semanas una persona muy cercana me preguntó: "¿Y de verdad Frank Zappa es tu músico favorito?" Y aunque pareciera una pregunta inocua y de respuesta predecible, decidí tomarme unos minutos para pensarlo. Admiro a tantísimos músicos, de tantísimas épocas y estilos que sería muy difícil escoger uno que sea mi favorito, a exclusividad. Ocurre que -y esta fue parte de lo que contesté a mi inquisidora- Frank Zappa no es mi único músico favorito, pero si hablamos de artistas, el genio de Baltimore (Maryland) se lleva el primer lugar de mis encuestas internas por amplio margen, por tres características esenciales: independencia, agudeza y creatividad.

En la internet abundan los datos biográficos de Frank Vincent Zappa, de modo que no me sumergiré en aquellas cosas pues me tomarían mucho más tiempo. De hecho, muchas veces he pensado que si quisiera dedicarme a difundir todo el caudal de información del cual dispongo acerca de su vida y carrera, tendría que abrir un blog en el que exclusivamente escriba sobre eso. No se trata de un simple guitarrista de rock de los 70s. Hablar de Frank Zappa significa hablar de un personaje que cambió dramáticamente la manera de entender a la sociedad norteamericana, la política mundial, los análisis sociales, la industria discográfica y una multiplicidad de conceptos relacionados al rock, el jazz y la música clásica.

Este hijo de inmigrantes italianos nacido en 1940 -como él mismo decía "es hijo de la revolución industrial"- que se dedicó a la música popular casi de manera accidental, para mí es el equivalente a Miles Davis en el mundo del rock and roll. Empezó su carrera allá a mediados de los sesenta, con una banda de doo-wop y rhythm and blues llamada The Blackouts, en la que tocaba la batería. Su primera obsesión fue la música instrumental contemporánea (música "clásica" de los siglos 19 y 20), orientada a la percusión, que conoció a través de la obra del compositor francés afincado en los EE.UU. Edgar Varèse, de quien años más tarde adoptaría la siguiente expresión: "The present composer refuses to die" ("el compositor actual se rehusa a morir"). De allí que en sus múltiples ensambles encontremos siempre una gran diversidad de sonidos relacionados a la percusión: dos baterías, campanas, cencerros, panderetas, líneas extremadamente complejas para vibráfonos, xilófonos, etc.

¿Y por qué "el equivalente a Miles Davis"? Trataré de explicarlo brevemente: al igual que el negro Miles, FZ trascendió a la idea de ser un músico de rock para convertirse en un compendio de todas las opciones que pudiesen llegar a su paleta creativa. Armado de su inseparable Gibson SG, Zappa combinó, desde su primer álbum oficial, géneros aparentemente opuestos e inconexos como el blues, el soul, la música concreta, la música electrónica, el surf, el jazz, el country, entre muchos otros. Y con el correr de los años su discografía se convirtió en un indefinible cuerpo de trabajo que exigía cierta preparación y cultura musical para ser entendido. La música de Frank Zappa no es para todo el mundo, y lo digo sin un atisbo de arrogancia. Es simplemente la comprobación de algo perfectamente observable. Sométanse a escuchar, de principio a fin, el disco Absolutely free de 1967 (su segunda producción discográfica) y luego díganme si lo entendieron, si les pareció bueno a la primera. Es un desafío sonoro y letrístico, un punto de quiebre frente a lo que cualquier persona podría esperar de una banda de rock sesentero.

Otro de los aspectos que lo ligan al genial trompetista de jazz es que, bajo su égida, surgió toda una generación de músicos notables, a quienes Frank descubría y reclutaba por su extremo virtuosismo y posteriormente, ya cuando trabajaban para él, exigía al máximo para sacar lo mejor de ellos, en pos de conseguir que la compleja música que escribía estuviese siempre bien interpretada, sin errores. Así podemos enumerar, solo para que se den una idea, a personajes como Jean-Luc Ponty, George Duke, Captain Beefheart, Aynsley Dunbar, Lowell George, Alice Cooper, Terry Bozzio, Adrian Belew, Steve Vai, Warren Cuccurullo, Chester Thompson, entre muchísimos otros. Todos ellos iniciaron sus carreras en contextos musicales dirigidos por Frank Zappa y se convirtieron, por derecho propio, en famosos e influyentes artistas en sus respectivas áreas de creación e interpretación, tal y como sucedió con el creador de Kind of blue. Y todos recuerdan, siempre hasta hoy, las enseñanzas y experiencias a las que tuvieron acceso por haber pertenecido, alguna vez, al Universo Zappa.

Pero Frank Zappa tiene, además, una dimensión no-musical en la que no solo se aleja sino que supera al legado artístico de Miles Davis: su ácida manera de pensar con respecto a la sociedad norteamericana no dejó nunca de aparecer en las letras de sus canciones, en sus entrevistas televisivas (hay muchos ejemplos de ello en la internet). Recuerdo que en el DVD Does humor belong in music?, que registra un concierto de 1984, Zappa aparece mirando a la cámara y diciendo: "Un consejo para todos los niños que vean este programa: si se te acerca una persona en terno y corbata, te regala caramelos y te pregunta si está bien enviar soldados norteamericanos a Nicaragua, dile que NO", en clara alusión a la política exterior de Ronald Reagan, a quien criticó duramente todo el tiempo. Los demócratas tampoco se libraron de su agudeza y claro sentido común para disparar contra los corruptos de su gobierno. Son históricas sus intervenciones en el congreso norteamericano, en 1985, defendiendo el derecho a los músicos por expresarse, en medio de la cacería de brujas emprendida por Tipper Gore -esposa de Al- desde una institución llamada PMRC (Parents Music Resource Center) que consideraba sus letras como dañinas a la sociedad.

Compositor de ilimitada capacidad creativa, guitarrista extremadamente virtuoso e innovador, productor discográfico y cineasta, comentarista social poseedor de un humor negro capaz de provocar escozores en todas las instituciones, Zappa trabajó prácticamente hasta el último día de su vida, acaecido hace veinte años, en qe falleció víctima del cáncer de próstata. Desde entonces no han dejado de aparecer álbumes póstumos con material inédito, de años y años de acumulación de trabajo en The Utility Muffin Research Kitchen, el estudio propio que armó en su propia casa. Incluso, en los últimos años de su existencia, deslizó la posibilidad de postular a la presidencia de los Estados Unidos, organizando campañas para registro al voto y discursos en sus multitudinarios conciertos. La sociedad política estadounidense entró en pánico ante esta noticia y descargó toda su batería de ataques hacia esa amenaza al establishment. Zappa declaró en una de sus entrevistas: "Yo jamás gastaré millones de dólares en campañas publicitarias, sonriendo ante cámaras con sloganes pegajosos y cargando niños, diciéndote que soy la mejor opción. Si quieres saber lo que pienso hacer en el gobierno, llámame, ven a mi casa y te lo cuento".

Podría escribir muchas otras cosas pero en realidad es necesario mayor espacio para hacerlo cumplidamente. Me conformo con decir que ahora, veinte años después de su partida, es sintomático y curioso que la prensa de espectáculos y del negocio de la música de los EE.UU. no haga ningún recuerdo de él, por lo incómodo que era a sus propósitos embrutecedores, pero sí nos siga hablando de Elvis Presley, de Marylin Monroe o de John F. Kennedy, personajes que, independientemente de su importancia en el arte o en la política, eran, al final de cuentas, inocuos pues jamás pusieron el dedo en la llaga, jamás pisaron un solo callo y representaron el lado más amable y conveniente para efectos de sus objetivos como nación sin capacidad de autocrítica. 

Frank Zappa sigue vivo entre quienes amamos su música -que somos millones en el mundo- como se demuestra cada año en el Festival Zappanale, en Bad Doberan (Alemania) o en la gira de homenaje que realiza su hijo Dweezil, consumado guitarrista por derecho propio, con la banda Zappa Plays Zappa, que recorre EE.UU. y Europa desde el año 2006; y que en estos meses rinde homenaje al músico, interpretando íntegramente el clásico disco en vivo Roxy & Elsewhere, lanzado originalmente en el año 1974. Las imágenes corresponden al concierto de Halloween 2013 que Zappa Plays Zappa dio el pasado 31 de octubre en el mítico Beacon Theater de Broadway.


viernes, 1 de noviembre de 2013

R.I.P. LOU REED (1942-2013)


El mundo de la música contemporánea está de luto. Uno de los creadores más prolíficos e influyentes de la historia del rock and roll ha dejado de existir tras algunos meses de atravesar una complicada operación de transplante de hígado. Lewis Allan Reed falleció el último domingo, a los 71 años de edad. Parecía difícil de creer y asimilar una noticia como esa. ¿Lou Reed¿El mismo que editó, en un arriesgado movimiento, un álbum a dúo con Metallica hace un par de añosEs cierto que nadie es eterno, por lo menos no en el plano terrenal, pero la desaparición física de este irreverente narrador de cuentos urbanos golpea en la médula universo rockero, que él ayudó tanto a establecer como forma de expresión que fuese considerada artísticamente respetable.

Su voz rasposa y grave, su guitarra sucia y elemental y sus letras directas acerca de los aspectos más oscuros y sórdidos de la sociedad norteamericana lo convirtieron en un artista de culto casi desde el inicio de su carrera. Influenciadas por el movimiento de las calles de Brooklyn -donde nació- hasta la Universidad de Siracusa -donde estudió periodismo y escritura creativa-, las composiciones de Lou Reed son 100% neoyorquinas, pero no en la onda luminosa y casi romántica del Billy Joel más accesible, sino desde el punto de vista de la marginalidad y la violencia, a a veces descritas de manera estridente y otras haciendo uso de brillantes metáforas rodeadas de un rock sin concesiones ni artificios muy elaborados. 



Lou Reed fue el motor de ese cuarteto llamado The Velvet Underground -que completaban Maureen Tucker, Sterling Morrison y John Cale- que con solo cuatro álbumes oficiales, marcó el derrotero de lo que hoy conocemos como "indie rock". Con extenuantes dosis de psicodelia y algo de rockabillie en su sonido, las canciones de The Velvet Underground se convirtieron de inmediato en himnos de la libertad creativa y el surrealismo musical, actitud que llamó la atención del prominente artista plástico y visual Andy Warhol, quien se volvió su protector y mecenas. 

Cuando la vida del grupo se extinguió, Reed se consolidó como autor con inmensos discos como solista que no solo tuvieron gran resonancia e influencia para otros letristas sino que además contaron con la participación de algunos de los mejores músicos de la época. Desde Steve Howe y Rick Wakeman hasta Jack Bruce y Michael Brecker, el compositor supo rodearse de aquellas personas capaces de traducir sus ideas musicales, que iban desde el rock distorsionado de tres acordes hasta los experimentos con la música electrónica y el jazz urbano. En sus lanzamientos más recientes, excelentes instrumentistas como Robert Quine (guitarra) y Fernando Saunders (bajo) -con quienes trabaja desde mediados de los 80s- se convirtieron en sus cómplices más cercanos.


Como una persona me dijo hace unos días: "el indie rock no existiría sin la existencia de Lou Reed". Esta sencilla sentencia es de una contundencia irrefutable. Quizás en nuestro medio hablar de la muerte de Lou Reed sea materia de los pequeños cenáculos en los que nos movemos quienes algo podemos saber de música, pero en New York es titular de bandera en todos los periódicos y tema de conversación en esquinas, bares y plazas. Estamos hablando de uno de los padres fundadores de este género que tanto nos apasiona. 

Y además, que contaba con una amplia cultura no solo musical sino literaria y el criterio lo suficientemente abierto para trabajar con los mejores de su tiempo: desde sus colaboraciones con David Bowie e Iggy Pop, sus musicalizaciones de Edgar Allan Poe, sus homenajes a "Drella", apelativo de Andy Warhol o su último álbum conceptual junto a Metallica que, aunque fallido, demostró que continuaba derrochando inquietud y sentido vanguardista, la obra de Lou Reed se ubica, sin duda alguna, en el exclusivo primer nivel del panteón de los grandes del rock, a quienes ahora debe estar acompañando en un psicotrópico jam, rodeado de humo, cervezas y unas cuantas buenas y oscuras historias.

martes, 6 de agosto de 2013

GEORGE DUKE (1946-2013): UN VERDADERO GIGANTE DE LA MÚSICA NOS DEJÓ ESTA SEMANA


Por ser fanático y conocedor del universo artístico que Frank Zappa creó para todos nosotros, freaks del mundo, desde mediados de los 60s hasta su muerte, hace exactamente 20 años, la noticia del fallecimiento de George Duke (el lunes 5 de agosto) me impactó de manera particular. Cualquier persona que haya escuchado los álbumes que Duke grabó junto a Zappa entre 1970 y 1975 sabe de qué estoy hablando. Desde su ingreso para el álbum Chunga's revenge (1970), pasando por la alocada ópera-rock 200 Motels (1971), los vuelos de big band en Waka/Jawaka y The grand wazoo (1972) hasta el período jazz rock -para muchos "zappólogos", el mejor de su larga discografía- conformado por los clásicos Over-nite sensation (1973), Apostrophe, Roxy & Elsewhere (1974), One size fits all y Bongo fury (1975), George Duke se convirtió en el lugarteniente musical del delirante compositor y guitarrista, e imprimió su estilo de envolvente funk, jazz y R&B en cada fraseo, colaboración compositiva y explosivos pasajes improvisatorios.

Y es que George Duke no era ningún novato cuando llegó a Laurel Canyon. Un líder desde el principio, armó The George Duke Trio en 1965 y grabó algunas canciones con un jovencísimo Al Jarreau, con quien se encontraría muchas veces a lo largo de las décadas. También había trabajado junto al violinista francés Jean-Luc Ponty, con quien también compartió roles en casa de Frank. Paralelamente a su trabajo con Zappa -no es necesario decir lo demandante que eso era- se las arregló para grabar una decena de álbumes como solista de material propio y versiones en clave de jazz fusión de clásicos del género. En 1976 ensambló un poderoso cuarteto de jazz rock junto a sus amigos Billy Cobham (batería), Alphonso Johnson (bajo) y John Scofield (guitarra), desde el cual disparaba sus ráfagas de sintetizadores combinadas con dulces cantos estilo Earth Wind & Fire, telúricos ritmos funks que podrían haber salido de la Parliament Funkadelic y un acercamiento único a la música bufa, hecha por diversión (sin quitarle complejidad), que aprendió del genio de Baltimore.

Durante los 80s y 90s, el sonido de George Duke se consolidó en el territorio del jazz, el soul el pop y el R&B, y su nombre era garantía de calidad en una industria musical que ya comenzaba a mostrar los primeros visos de la profunda decadencia que la redujo a la casi nada que hoy es. Luego de cerrar la década de los setentas con una serie de álbumes influenciados por la música del Brasil (notables, por cierto), se embarcó en un ambicioso proyecto musical, junto a otra de las luminarias de la música negra norteamericana: el bajista Stanley Clarke. Junto al mítico ex integrante de Return to Forever, Duke lanzó tres discos bajo el nombre Clarke/Duke Project, con algunos años de distancia entre sí, que cubría con su prolífica producción solista. En sus tiempos libres trabajaba como músico de sesión y productor de consagrados nombres del R&B: Chaka Khan, Regina Belle, Jeffrey Osborne, entre otros.

La experiencia y el sofisticado talento de George Duke quedó plasmado en su imparable producción discográfica, que se extendió hasta julio de este año, un mes antes de su fallecimiento tras una larga lucha contra la leucemia. Dreamweaver (2013), es su álbum número 40 y contiene melodías subyugantes, impresionantes desarrollos en piano y teclados electrónicos y románticos tonos medios. Hace tres años, se unió Zappa Plays Zappa, la banda ensamblada por Dweezil (hijo de FZ) como invitado en una de sus giras y contó deliciosas anécdotas antes de tocar Uncle Remus (tema del álbum Apostrophe, 1974). Y en la última Zappanale, Duke y Ponty homenajearon a su antiguo amigo y jefe con espectaculares versiones de Echidna's arf e Inca roads, partes del increíble catálogo de esos años junto a Zappa.

Que en paz descanse, maestro de los teclados y los sintetizadores...


George Duke toca su clásico Brazilian love affair de 1979 y lo intercala con un segmento de Echidna's arf (of you), de su era junto a Zappa.

   
Cosmik debris, con impresionante solo de Duke en la sección intermedia.

   
Liderando el cuarteto de Billy Cobham, junto a John Scofield y Alphonso Johnson, en el Festival de Jazz de Montreaux de 1976.

   
Aquí lo vemos tocando School day junto a su partner-in-crime, el bajista Stanley Clarke. Esta presentación es de 1981.

   
Dweezil Zappa invitó a George Duke a tocar Uncle Remus (música de Duke y letra de Frank) junto a su banda-tributo a su padre.

   
En la edición 23 del Festival Zappanale (agosto 2012), George Duke se unió a Jean-Luc Ponty para recordar algunas canciones que grabaron junto a Frank en los setentas.

lunes, 6 de mayo de 2013

JAVIER DIEZ CANSECO CISNEROS: EJEMPLO DE RECTITUD Y CONSECUENCIA


Jamás me cansaré de repetirlo: admiré y admiro mucho la figura de Javier Diez Canseco. No tuve el placer de conocerlo en persona pero siempre consideré que, por encima de rótulos y colores políticos, su coherencia en la defensa de ideales universales como la justicia, la honestidad y el respeto a las minorías y su actitud frontal frente a la miasma que, desde mediados de los 80s - de la mano con el primer gobierno aprista - fue gangrenando a la clase política peruana, sin caer en dobleces ni arreglos por debajo de la mesa, lo convirtieron en símbolo de aquello que hoy brilla por su ausencia: la claridad en el argumento, la valentía frente a las mafias que todo quieren ocultar y la sencillez de alguien que lo pudo tener todo (educación, vida cómoda, complascencias de todo tipo) y decidió, por opción personal, trabajar del brazo con "el pueblo" (yo prefiero decir "la población"), el verdadero, el que nunca es escuchado cuando se queja, el que nunca aparece en las páginas sociales de ninguna publicación, el que nunca aceptaría facturar millones pisando las cabezas y los derechos de los demás.

Sentí mucha pena ayer por la tarde, cuando me enteré de su muerte, una víctima más de esa maldita enfermedad que parece tener una obsesión por llevarse a los mejores, a los que hacen falta, a los imprescindibles como decía Bertolt Brecht. Y me arrepentí de no habérmele acercado, las dos únicas ocasiones que lo tuve cerca, para decirle que lo admiraba: la primera, sentado a unas cuantas mesas de distancia del Haití, a finales de los 90s. La segunda, hace relativamente poco tiempo, cuando salía del local de Derrama Magisterial, al que había ido yo pensando que había un concierto cuando se trataba de una reunión entre dirigentes de izquierda con representantes del magisterio peruano. Sentí pena y mucha rabia, como dice el periodista César Hildebrandt en un breve pero sentido homenaje que publicó hace unas semanas, porque con Javier se fue la última esperanza para quienes aun creemos que se puede dar batalla a los Alan García, a los Fujimoris (Alberto, hijos y súbditos), a los Carlos Bruce, a los tránsfugas de ideologías reversibles, a los dictadores del empresariado chusco y discriminador, a la prensa que defiende intereses privados, a las gentitas de la marca Perú.

Javier Diez Canseco, siempre al pie del cañón, demostró con su propia existencia que eso de la discapacidad es, cuando se tienen las oportunidades de chico y la inteligencia de grande, más que una desventaja, una razón para convertirse en mejor persona. Escucharlo hablar de política, desde una óptica culta y orientada a la justicia social - óptica que, con su muerte, ha desaparecido por completo - era un placer porque la retórica y el adorno engañoso no tenían preeminencia sobre la denuncia, sobre el cuestionamiento y la agudeza que desnudaba los enjuagues y las cuestiones "diplomáticas" que impedían llamar al ladrón por su nombre. Y escucharlo (o leerlo) hablar de cine, de música o de literatura era una demostración de que la cultura, ese bien inasible para tantas personas que reemplazan el cerebro y el espíritu por un Blackberry o una 4x4, era el sólido trasfondo que le permitía tener siempre los ojos muy abiertos y respetar, hasta las últimas consecuencias, el compromiso asumido por defender a quien necesitaba realmente ser defendido, y no a quien después podía devolverte el favor con un cargo sobre remunerado, con una comisión de varios ceros a la derecha o con una sentencia con sabor a complicidad.

También sentí orgullo de que su familia dejara de lado las hipocresías a las que estamos acostumbrados e impida el ingreso al velorio de un arreglo floral del impresentable ese de Víctor Isla, un ignorante que preside el Congreso cuando debería estar cobrando pasajes en una combi, y que envía eso para "quedar bien" luego de que, semanas atrás, apoyara la no reincorporación de Javier Diez Canseco al hemiciclo del que fue injustamente sacado por venganzas políticas de última calaña. Debieron lanzarlo a la pista para que el tráfico lo destrozara, porque sus empleados, lo más probable, es que lo hayan recogido para cambiarle la tarjeta y enviarlo a otro velorio, cosa que así no se pierde lo gastado. Así de canallas son estos. Y encima, en la mañana, Carlos Bruce se atrevió a criticar esa actitud respetable de la familia, que no hace sino honrar la rectitud y la consecuencia del perfil que siempre ha mostrado en su prolongada vida política. 

Solo quiero terminar este homenaje, que se úne a los artículos, posts y pensamientos de miles de anónimos (además de algunos respetables miembros de la prensa libre, amigos de toda su vida y camaradas de ruta) diciendo algo por lo cual seguramente tendré que rendirle cuentas a Dios, cuando llegue mi hora: ¿por qué el cáncer se llevó a Javier Diez Canseco, que entregó su vida a tratar de hacer algo bueno por el país y no se lleva a Alan García Pérez, que se dedica a pensar cómo seguir robándole más al Perú?

miércoles, 6 de marzo de 2013

LA MUERTE DE HUGO CHÁVEZ FRÍAS



Ayer anunciaron la muerte del presidente venezolano Hugo Chávez Frías, quizás el mandatario sudamericano más conocido de los últimos cincuenta años. Las primeras reacciones son diversas y van desde la pena de un enorme sector del pueblo que, a pesar de lo que digan sus detractores más recalcitrantes, lo quería y lo llora con sinceridad; hasta la inconcebible leña que hace el músico estadounidense de origen portorriqueño Willie Colón desde "su Facebook". ¿Es posible celebrar la muerte de alguien, en especial si se trata de una víctima de cáncer? Mi agudeza cede paso a la ingenuidad y pienso que no, pero después de leer los sarcasmos de este señor - a quien admiro mucho como pionero de la salsa - me imagino que, como él, muchos otros personajes (pienso en George W. Bush, por ejemplo) deben estar destapándose más de un champagne por la noticia.

Y es que el comandante despertaba toda serie de filias y fobias (parafraseando a Fito Páez) que no aceptaban matices. Pues bien, aquí va un matiz: siempre he reconocido que Hugo Chávez no era un modelo de caballero, que su populismo sirvió de eficaz cortina para una dictadura que, de ser él inmortal, hubiese durado para siempre y que su largo régimen debe estar plagado de corruptelas, fuga de dineros para sus familiares y amigos, desapariciones de personas incómodas. O sea, el menú común y corriente cuando hablamos de esta clase de "reyezuelos bananeros", como solía apodarlo la derecha bruta y achorada.

Pero cómo me identifiqué con él cuando le dijo "burro" y "Mr. Danger" a Bush-hijo. "Usted es un alcohólico, un ladrón". Cada vez que veo ese video una gran sonrisa de complacencia acude a mi rostro, porque expresa exactamente lo que yo pienso de el expresidente norteamericano. Y también le di la razón cuando, en uno de sus innumerables intentos por influir en las agendas políticas que le eran ajenas, llamó "ladrón de siete suelas, de cuatro esquinas" a Alan García Pérez. "Debo tener cuidado, no dejar un billetico aquí porque seguro Alan se lo lleva" dijo, más o menos, en un foro internacional. Era deslenguado Chávez. Claro, dirán algunos, después negoció con los EE.UU. del Bush que insultó y después se abrazó con el gordo al que describió con tanta exactitud. De la misma manera cuando, a voz en cuello, mandó "100 veces al carajo a los yanquis de mierda", sentí que por fin, alguien tenía la valentía de decir en público lo que todos decimos a escondidas, y desde un cargo público e importante como el presidente de un país.

El asunto es que no estoy de acuerdo con las celebraciones a media voz de sus adversarios que, sin haber necesidad de compartir todas las ideas y procederes de Hugo Chávez, son también los míos ni con esta sensación de que "Venezuela inicia una nueva era" tras su fallecimiento. Me parece de mal gusto y de nula humanidad, por decir lo menos. Por otro lado, como recordaba el analista Carlos Tapia en un noticiero, el surgimiento de este generalote caudillista tiene relación con uno de los peores gobiernos democráticamente corruptos y apañadores de Venezuela, el de Carlos Andrés Pérez, gemelo político de Alan García Pérez, a quien ningún periodista salvo César hildebrandt, le dice las cosas a la cara sino que, en plan acomodaticio, le hacen la corte a través de su hija, esa oportunista que ahora es una "personalidad" de la televisión y la prensa locales.

Por ese motivo, mis condolencias a sus partidarios y a sus detractores, menos ironías y más respeto por un ser humano de 58 años que, en los últimos tramos de su vida dio cara a esa maldita enfermedad, con entereza y religiosidad. Quienes hemos tenido familiares cercanos con cáncer en casa, sabemos lo devastadoras que son las etapas finales de sus padecimientos. Y comprendemos por ello que Chávez dio un ejemplo de optimismo frente a tamaño sufrimiento. Que descanse en paz ahora.