lunes, 29 de abril de 2013

FALTA DE CRITERIO EN LA TV NACIONAL


Dos casos, en apariencia distintos, me sirven de ejemplos para graficar la inmensa falta de criterio de los comunicadores que en la actualidad dirigen los programas de televisión nacional más sintonizados. Se trate de un noticiero (elijan el canal y horario que ustedes prefieran) o del espacio de entretenimiento menos nocivo (en este caso sí aludo a una producción en específico de Frecuencia Latina), los conductores han demostrado, durante la última semana, que carecen del menor sentido común y cuidado que deberían mostrar cuando los protagonistas de sus informaciones o concursos, son individuos con comportamientos que podrían ser generados por serios problemas mentales.

Como ustedes comprenderán, los conductores - las caras visibles de cada espacio televisivo - son el eslabón final de una cadena en la que también están numerosos equipos de producción, directores y hasta dueños de medios. Nadie se da cuenta de las burradas que propalan. Quizás porque nada es suficientemente importante como para detener la maquinaria, porque asuntos como el respeto o la consideración están en la lista de cosas que sus públicos no reciben de buen grado y eso, obviamente, puede costarles algunos puntos de rating. O quizás sea pura ignorancia nada más. Vayamos a los ejemplos:

a) Todos los noticieros hablaron, hasta por los codos, del caso del "loco de la catedral", un pobre hombre diagnosticado con esquizofrenia que, luego de provocar un gran susto a familiares y amigos en medio de una boda, pistola en mano; fue injustamente trasladado a un penal común y corriente. Si bien es cierto el tono de las informaciones era de indignación y denuncia, pues esta persona tendría que haber sido internada en un hospital psiquiátrico, tanto por su seguridad como por la de las personas "normales" que habitan un penal, el solo hecho de que titulares y textos leídos por los bustos parlantes lo tilden de "loco" es una falta de respeto, no para él, que probablemente ni se entere de estas minucias, sino para la familia que debe hacerse cargo de esta persona atormentada.

Como me comentaba una persona hace poco, quizás se trate de esta cultura "reality" que está tocando fondos cada vez más cenagosos y que ve, como algo llamativo para la audiencia, el arrebato triste y preocupante de un ser humano que necesita ayuda y no que estén exhibiendo su esquizofrenia como si de tratara de un personaje casi farandulesco. Eso de "el loco de la catedral" es de pésimo gusto y alguien en las áreas de prensa tendría que haberse dado cuenta de ello. ¿Porque mejor no introducen sus cámaras en el Noguchi o en el Larco Herrera, captan todos los ataques de sus pacientes, y hacen un reality de eso? 

b) En una de las "galas" de la actual temporada de Yo Soy (insisto, lo único que se puede ver de la oferta televisiva nacional sin sentir náuseas, porque ofrecen una paleta diversa de artistas y canciones, independientemente de lo buenos o malos que sean los imitadores, que comúnmente no hay opción de escuchar en la telebasura habitual), el joven que imita a Marcelo Motta, cantante y guitarrista de la banda peruana de blues-rock Amén, mostró claras señales de estar al borde de un  sincero ataque de ansiedad. Incluso mencionó que había sentido eso, en medio de una de las actuaciones o los ensayos. Con el rostro desencajado, gravedad en el tono de la voz y los ojos fijos en el suelo, el muchacho dijo que lo único que deseaba era "llegar a su casa y echarse a dormir".

Si bien es cierto lo que digo es meramente especulatorio - a diferencia del primer caso que sí trata de una persona diagnosticada como esquizofrénica - lo mínimo que debieron hacer los "jueces" es tratarlo con algo de consideración. Mientras el tontuelo ese de Adolfo Aguilar le hacía preguntas, mirándolo fijamente a la cara, como si fuera su jefe; el trío conformado por Armas-Marín-Morán le increparon, cada uno a su estilo, su falta de actitud, su poco compromiso. En suma, se zurraron en la posibilidad de estar deprimiéndolo más. Repito, quizás este señor no tenga una enfermedad mental pero tampoco parece estar emocionalmente estable, como los otros participantes que encajan mejor las burlas o críticas, según sea el caso, que se generan en el contexto de este programa, en el cual participan por voluntad y empeño propios. Las consecuencias, cuando uno trata con personas que aparentan atravesar una crisis nerviosa, con impredecibles. Por ende, que las personas encargadas de dirigir y conducir Yo soy no hayan sido capaces de manejar esta situación específica con mayor tino es, francamente, criticable y revelador en cuanto al criterio que pueden llegar a tener en contextos más complejos.


lunes, 22 de abril de 2013

SILVIO: GRACIAS POR TANTA MÚSICA


Con Silvio sucede lo mismo que sucede con Vargas Llosa: cuando habla de política se transforma en un ser humano tan falible como usted o como yo y es mejor no tomarlo tan en cuenta. Como ocurre con las ficciones y comentarios de arte de nuestro Premio Nobel, las declaraciones políticas del trovador cubano no son impedimento para maravillarse con sus arpegios y golpes de acorde completo en la guitarra, con sus canciones-poemas que se aplican a cualquiera de las etapas de la vida, el amor y la lucha por la justicia social, con su facilidad para expresar en tres o cuatro minutos toda clase de sentimientos. Cuando yo escuchaba a Silvio, siendo adolescente, las imágenes e historias de Ernesto "Che" Guevara no eran de mi desagrado. Y hoy, aunque reconozco que en Cuba hay una dictadura, no puedo dejar de sentir envidia ajena cuando veo los altos niveles en educación, deporte, cultura, etc., que Cuba posee y que mi país, con todas las libertades y libertinajes que defiende a sangre y fuego, no es capaz siquiera de replicar en porcentajes mínimos. Y que de ese entramado sociocultural surgiera también alguien como Silvio Rodríguez, acaso el cantautor en español más talentoso y profundo de todos los tiempos.

Anoche, casi al final de su concierto en el Estadio Monumental de Lima, Silvio dedicó su canción El necio a Nicolás Maduro. Desde afuera se escucharon algunas rechiflas en medio de los aplausos y, aunque considero que ese Maduro es un Pedro Picapiedra impresentable, confieso que me dio gusto esa actitud provocadora, por parte de un artista que lo ha visto y soportado todo, a los 66 años de edad. Silvio sabe que no todas las personas que fueron a verlo en primera fila estarían de acuerdo con sus posturas políticas, muchas de ellas anacrónicas y ultra socialistas (sabe también que para muchos jóvenes actuales esa es una mala palabra) y sin embargo, lanzó esa provocación sin dar mayores explicaciones, en una absoluta muestra de consecuencia que muchos otros artistas no pueden exhibir actualmente. El problema es que Silvio comete un grave error al asociar su prestigio y conocida consecuencia a un personaje como Nicolás Maduro, que no exhibe ni los brillos ni el carisma ni las buenas intenciones del artista. Eso, en lugar de elevar la figura de ese politicastro venezolano, hace descender al gran poeta a territorios de la desinformación y el sectarismo ingenuo. 

El necio, que es en realidad una canción que habla de él mismo, como artista y trovador comprometido con la intransigencia y convencido de que es esa cualidad la que le provee independencia para decir lo que le dé la gana, viene dedicándola a personajes y autoridades con los que ha expresado abiertas afinidades, a contramano del pensamiento mayoritario, oficial, de derechas. Ya en Bolivia se la había dedicado a Evo Morales y si Hugo Chávez hubiera estado vivo, no haría falta ser "un nigromante o un ruiseñor" como diría el cubano, para adivinar a quién se la hubiese dedicado en Venezuela. Este tema, perteneciente al primer volúmen de la trilogía acústica Silvio (1992), Rodríguez (1994) y Domínguez (1996), fue uno de los tantos himnos de la Trova (que ya hace tiempo dejó de ser nueva para convertirse en clásica) que el consumado poeta y guitarrista interpretó ayer, en noche de luna llena, ante casi 10 mil personas.



No llegué a ingresar al recinto pues las entradas se habían agotado, pero todo lugar es preciso para escuchar estas eternas canciones que nos remiten - por lo menos a mí - a aquellas épocas en que la poesía era necesaria para sostener la endeble armazón de la personalidad cuando uno es más joven. Todo melómano que se respete debe haberse sentido elevado al escuchar álbumes como Al final de este viaje (1978), Mujeres, Rabo de nube (ambos de 1979), entre otros, cargados de musicalidad y emoción lírica, más allá de las evidentes connotaciones en defensa de la revolución cubana, un asunto que también muchos defendimos sobre la base de su ideario inicial. Y aunque sea inevitable, cada vez que uno menciona a Silvio, enredarse en este tema tan polarizante y casi tabú entre la sociedad caníbal neoliberal, cuya principal arma es un Blackberry de última generación y sus cuarteles generales se ubican en oficinas con aire acondicionado, discotecas en el sur y restaurantes sushi-bar-lounge-marca Perú, trataré de referirme únicamente a lo que escuché - a lo que escuchamos - desde afuera, sentados sobre la acera. Una noche especial, una noche romántica, una noche de música y poesía al aire libre.

Algunos temas desconocidos, pertenecientes a su última placa discográfica titulada Segunda cita, como acabo de corroborar por Internet, en la línea melódica que caracteriza al Silvio de mediados de los 90s hacia adelante, iniciaron el recital de reencuentro entre el trovador y su público, tras siete años de ausencia. Acompañado por Trovarroco, un grupo de cinco músicos en el que destaca su esposa Niurka Gonzáles en la flauta y clarinete, el maestro intercaló estas novedades con algunas gemas clásicas que sacó de su chistera, todas enmarcadas en elegantes arpegios de guitarra clara: Días y flores, El mayor, Canción del elegido, Mujeres, Quién fuera, La maza, La era está pariendo un corazón. Un intermedio musical que combinó melodías de Beethoven con el son Chan Chan de Compay Segundo fue el pretexto perfecto para que sus músicos se lucieran.


La discografía de Silvio Rodríguez es el ABC de lo que fue el movimiento de la nueva trova latinoamericana, hoy reducida a lo que pueda hacer este señor, en medio de los escarceos cómicos de la dupla Serrat-Sabina, las baladas noveleras de Milanés y los medianos aportes del mexicano Fernando Delgadillo. La noche llegó a su fin con una secuencia de lo que en el argot de la industria discográfica llamaríamos "éxitos": Ojalá, Te doy una canción, Playa Girón, Pequeña serenata diurna, Sueño con serpientes y Unicornio, todas entonadas a voz en cuello por el emocionado público, que supo encajar el golpe de la referencia al sucesor de Chávez en Venezuela. Aunque Silvio posee desde hace décadas, un público cautivo en el que coinciden desde políticos hasta artistas, desde profesionales en sus cincuentas hasta jóvenes universitarios, fue inevitable percibir, en ciertos conspicuos representantes de "la gentita" - esos infiltrados que siempre están en todos los conciertos, en primera fila porque les alcanza el sueldo y que se dedican a tomarse fotos en lugar de disfrutar de la música en vivo - la incomodidad que les produjo aquello.

Luego de un breve descanso, Silvio subió de nuevo al escenario para culminar el concierto con una rotunda joya de los trípticos, lanzados en 1984: Ángel para un final. Ante tanto talento solo puede uno decir: ¡Gracias Silvio por tanta música!

jueves, 18 de abril de 2013

THE CURE EN LIMA: TRES HORAS DE LUZ Y DE SOMBRAS


Durante años se rumoreó su llegada a nuestra capital, sin concretarse. Miles de fans de The Cure organizaban grupos en Facebook, lanzaban cartas abiertas a los promotores de conciertos pero nada. Problemas de agenda, problemas en la banda, problemas. En plena época de megaconciertos, la visita de The Cure seguía siendo una deuda pendiente para el público limeño. Sin embargo, la espera por la cura a tanta ansiedad llegó anoche, miércoles 17 de abril, y con sabor a sobredosis. 

Más de tres horas de concierto, quizás el más largo que se haya producido - de un solo grupo - en Lima, fueron suficientes para que The Cure demostrara, luego de 34 años de trayectoria, por qué siempre fue considerado el buque insignia de ese volátil combo de subgéneros que incluye new wave, post-punk, shoegazing, dark rock, gothic rock, dream pop, dance pop, del cual muchísimos grupos no resistieron la prueba del tiempo. Y ¿cuál es el secreto? Ninguno, solo el talento de Robert Smith, su virtuosismo, su originalidad y carisma han permitido que The Cure perpetúe su estatus de grupo leyenda del rock, no solo de los 80s sino de todos los tiempos.

En la nota de contracarátula del Perú21 de hoy mencionan que entre los temas que interpretó The Cure destacó To me (así, en cursivas). Me parece ejemplo suficiente para graficar el desdén y la ignorancia con la que la prensa convencional trata estos eventos musicales. En la televisión el resumen de noticias no puede ser más aburrido: que si Humala y Maduro, que si el funeral de Armando Villanueva, que si Canal 7 lanza a Nadine para presidenta. Del concierto ni una letra, ni una imagen, ni una mención en el cintillo de titulares. Las notas "más extensas" de los demás diarios - incluyendo la portada de la sección Luces de El Comercio - abundan en lugares comunes y adolecen de reseñas interesantes. Incluso hubo uno que tuvo la osadía de poner una foto de Carlos Alcántara viendo el concierto. ¿Ni siquiera la nombradía de esta banda merece que se olviden de las pachotadas de la farándula local?


Push, uno de los temas que interpretó The Cure en Lima. La versión original está en el álbum The head on the door de 1985.

La respuesta es no. Dicho eso, hablemos del show. Hubo dos teloneros, a quienes no vi (Kinder y Resplandor) y supongo que, más allá de lo mal o peor que hayan sonado, tuvieron la noche de sus vidas. Bien por ellos. Cuando llegué a mi ubicación en tribuna norte, el estadio ya lucía casi lleno. Para la polémica quedará decidir si las casi 40 mil personas estaban realmente seguras del grupo que habían ido a ver o, como yo creo, un gran porcentaje habrá salido de allí con rostros soñolientos preguntándose ¿por qué habrán tocado tanto si solo conozco cuatro canciones? En todo caso, Robert Smith (voz, guitarra y una ocasional zampoña), Simon Gallup (bajo), Roger O'Donnell (teclados), Jason Cooper (batería) y Reeves Gabrels (guitarra) prepararon un kilométrico setlist con el que se propusieron complacer a toda su gama de seguidores: desde los más fieles conocedores de su vasta discografía hasta los más advenedizos que únicamente han escuchado las mismas tres o cuatro canciones que rotan en las radios desde hace 25 años.

Casi media hora después de la hora anunciada, la música ochentera (en clave new wave del más duro) que se escuchaba de fondo se apagó y comenzó a sonar una inesperada e incomprensible ranchera. Un atisbo de papelón rondó mi mente por un momento: ¿y si la banda creía que estaba en México? En fin, nada grave pasó y cuando saltaron al escenario el estadio simplemente estalló. Y The Cure lanzó la primera parte de su concierto, de dos horas de duración, de corrido y sin respirar, intercalando los temas con escuetos "gracias" que a veces sonaban a estornudo. Por allí pasaron temas luminosos como Just like heaven, High, In between days, Friday I'm in love, viñetas mágicas como Open (que abrió la noche), Push, Lullaby, Pictures of you, Lovesong, Fascination street y bombazos oscuros como The end of the world, Play for today, Trust, A forest y One hundred years. Distintas épocas, distintos matices de una banda que está sonando mejor que nunca.

La prensa convencional, idiotizada por las cotidianas coberturas a programas y personajes intrascendentes, se fija en el sobrepeso de Robert Smith y sus patillas canosas. Sin embargo nadie apunta que este compositor y guitarrista de 53 años de edad conserva su voz intacta, tal y como la escuchamos en míticos álbumes como Pornography (1982), The head on the door (1985), Kiss me kiss me kiss me (1987), Disintegration (1989) o Wish (1992), algunos de los discos que más contribuyen al setlist que vienen paseando, con algunas modificaciones, en esta exitosa gira por Latinoamérica. Simon Gallup, convertido en su lugarteniente desde la primera deserción de Lawrence Tolhurst en 1987, lanza líneas de bajo profundas y muy bien tocadas, que van desde la distorsión hasta los quiebres jazzeros de The lovecats y la onda disco de Let's go to bed. Roger O'Donnell, que reemplazó a Tolhurst y es ya parte de la historia de la banda, domina todo desde sus teclados y aporta mucha emoción durante los temas más dark. El baterista Jason Cooper tiene un pulso más duro que el anterior Boris Williams y Reeves Gabrels, ex guitarrista de aquella banda Tin Machine que David Bowie formara a finales de los 80s, hizo olvidar completamente a Porl Thompson, con una técnica y filo rockero que acrecienta la tensión en los momentos más sombríos que ofreció The Cure durante el show, complementando el trabajo guitarrístico de Smith, pletórico en tonalidades graves y punteos que aparentan simplicidad pero que generan una carga emocional inconfundible en su grupo.


If only tonight we could sleep, del álbum Kiss me kiss me kiss me (1987).

Luego de esta monumental descarga de 25 canciones, el quinteto abandonó el escenario del Estadio Nacional por primera vez. Las noticias en Internet ya habían puesto en sobreaviso al público (me refiero al público seguidor de la banda): The Cure sigue con su costumbre de realizar shows extensos, que pueden llegar a las tres horas de duración. De manera que era obvio que iban a salir otra vez. Los demás, un tanto aturdidos por tantas canciones "desconocidas", alistaban sus celulares y cámaras digitales para captar el momento en que la banda saliera a tocar Boys don't cry. Pero The Cure no iba a hacer concesiones así, tan fácilmente. Como si el concierto comenzara de nuevo, la banda hizo seis canciones más, extraídas del más tenebroso baúl de sus posibilidades sónicas: The kiss, If only tonight we could sleep y Fight del disco Kiss me kiss me kiss me (1987); y Plainsong, Prayers for rain y Disintegration del álbum del mismo nombre pusieron a volar a los conocedores, a sorprender a los nuevos con sentido de la apreciación y a dormir a los poseros, con atmósferas de sonido - cortesía de densas guitarras y teclados - y alaridos vocales que pusieron a prueba a aquel público que esperaba más hits radiales.

Segunda desaparición del grupo. Y aun faltaban canciones. El cierre vino con una colección de temas clásicos, todos en clave más optimista: The lovecats, The caterpillar, la esperadísima Close to me (la que según Perú21 se llama To me) y las festivas Hot hot hot y Why can't I be you? calentaron lo suficiente a la multitud antes de lanzarle a la cara lo que tanto estaba esperando: Boys don't cry, ese gran éxito de 1980 que da título al primer-segundo álbum del grupo (en realidad es un single que después se convirtió en disco), tocada a un tiempo más acompasado y que hizo saltar a todo el estadio y para finalizar, dos clásicos más: 10:15 saturday night y Killing an arab (basada en la novela El extranjero de Albert Camus), interpretados con furia desatada, algo alucinante si tomamos en cuenta que ya eran más de las doce de la noche y la banda llevaba tocando tres horas y veinte minutos. Una proeza de resistencia y entrega al público.

El sonido y las luces fueron de primera, además de los impresionantes equipos de filmación que la banda trajo, pues piensa elaborar un documental de esta gira. Detrás de los músicos, una inmensa pantalla LED proyectaba imágenes que iban desde referencias a las carátulas de su álbumes hasta dantescas escenas en blanco y negro, de una resolución sorprendente. Todo un acontecimiento musical y artístico que, a pesar de no recibir el tratamiento debido por parte de la prensa, pudo ser disfrutado por las miles de personas devotas que esperaron tanto la llegada de esta icónica banda británica. Y por los miles de infiltrados que fueron a tomarse fotos para sus Facebook.

Boys don't cry, tema emblemático que une a los fans de The Cure (los que conocen su discografía y los que solo conocen esta canción), lanzado originalmente en 1980.






sábado, 6 de abril de 2013

NEW ORDER Y THE CURE: LAS VOCES DE LOS 80s


Entre 1986 y 1990 escuché de todo, desde el thrash metal más agresivo - según el cual bandas como Metallica, Slayer o Megadeth eran solo las puntas del iceberg - hasta las edulcoradas baladas en español de Pandora, Camilo Sesto y José Luis Rodríguez "El Puma" que programaban en RBC Radio. Mis preferencias, sin embargo, siempre estuvieron enfocadas hacia la música rock, en todas sus formas y géneros. Debo resaltar que en esa época era muy difícil ser consumidor compulsivo de buena música ya que las radios, como siempre, imponían unos límites muy reducidos con sus parrillas de 100 canciones que siempre eran las mismas y a las cuales solo les cambiaban de orden. Algunos programas de televisión como Disco Club o Mirando la radio trataban de marcar la diferencia, pero al final de cuentas uno siempre debía recurrir a recursos extremos (cassettes piratas del centro de Lima, amanecidas viendo la mala señal del Canal 27 UHF y cosas así).

En esa época no existía el YouTube y era imposible pensar en que los artistas que uno admiraba incluyeran a Lima en sus rutas de conciertos. Hoy, que ambas cosas son moneda corriente, la lista de bandas que pisan nuestra capital crece cada año más. Desde las épocas en que conciertos como los de Ian Gillan o Jon Anderson eran eventos de lo más extraños, que las visitas de Santana o de Phil Collins recibían toda la atención de la prensa de espectáculos por lo insólitas que eran; hasta hoy, en que mensualmente la oferta de conciertos es diversa y permanente; mucha agua ha corrido bajo el puente. La prensa musical (que nunca ha existido en este país, por lo menos no de forma organizada y sostenida) prácticamente está limitada a dos o tres párrafos en un periódico de tiraje nacional (El Comercio), por lo general más preocupado en hablar de Al fondo hay sitio o del romance de Magaly Medina con un estafador profesional y los grandes conciertos que se producen en la ciudad pasan desapercibidos para la mayoría. O en su defecto se convierten en una pequeña nota que comparte espacio con basuras como el K-Pop o el Harlem Shake.

En esa línea, no sorprende que nadie haya dicho nada de la visita de New Order, una de las más creativas y creíbles del género conocido como post-punk - lo más que he visto en Internet son notas repletas de lugares comunes y fruslerías del tipo "Bernard Sumner admira a Juan Diego Flórez" o "los integrantes de New Order ya no quieren ver ni un pisco sour más". Hasta los íconos del rock terminan, en este país, convertidos en comentarios superficiales como los que haría Fiorella Rodríguez o la chica de Yo soy (perdonen que no sepa bien su nombre) en sus "bloques de espectáculos". Lo cierto es que New Order, aquella banda formada por lo que quedó de Joy Division (grupo que, francamente, nunca me gustó) poco tiempo después de que Ian Curtis, su atormentado cantante y compositor principal, se suicidara a los 24 años de edad, ha llegado a Lima para explotar las dos leyendas sobre las cuales basa su fama: la de su emergencia como resultado de un evento trágico (el suicidio de Curtis) y la de su propia trayectoria, exitosa y colmada de creatividad musical, que sobrepasa fácilmente las tres décadas.





Por otro lado, el inminente concierto de The Cure, uno de los placeres culposos y ocultos de cualquier metalero que se respete, no pasa de ser una oferta de la tarjeta Interbank, colgada en paneles y vallas callejeras. Nadie en la prensa convencional (no hablo desde luego, de los verdaderos conocedores, que sí viven la emoción de este concierto, día a día, en las redes sociales) y, seguramente, cuando la banda llegue al Jorge Chávez, los programetes de turno harán las mismas notas aburridas y estancadas en la anécdota estúpida con la comida peruana, si algún integrante se puso la camiseta de la selección peruana de futbol o cualquiera de esas lamentables maneras de abordar esta clase de acontecimientos, que merecerían un trato periodístico-musical más respetuoso y relevante.

New Order y The Cure son dos de los grupos ingleses que más escuché durante mi adolescencia, en medio de la tormenta de guitarras de los thrashers y las voluptuosas producciones progresivas que consumí de forma viciosa en esa segunda mitad de los 80s. Recuerdo que, en las fiestecitas de barrio a las que iba, con mis amigos, a sentarme en la esquina y tomar todo lo que nos ofrecían (y lo que no nos ofrecían, también), siempre estaba, entre los LPs de Soda Stereo, Hombres G y Los Violadores, el LP Standing on the beach (aquella recopilación de The Cure con el primer plano de un anciano en la carátula) o los 45s de las versiones en 12" de Bizarre love triangle o Blue monday, los temas más emblemáticos del otrora cuarteto de Manchester. Eran infaltables, inclusive en algunas de las fiestas a las que fui durante los primeros años de universidad. Y por supuesto, había mucho que saber de ellos, más allá de las dos canciones por banda que programaban las radios locales. Si en el caso de New Order eran (y hasta hoy son) las dos mencionadas, en el caso de The Cure solo sonaban Boys don't cry y Close to me. Lo demás había que escucharlo en otros lugares.





Me acuerdo mucho que, de ese LP recopilatorio de la banda de Robert Smith, me obsesioné con temas como Killing an arab, Jumping on someone else´s train y algunos oscuros como Charlotte sometimes, The hanging garden y en especial A forest. Después, en alguna de las madrugadas de Canal 27 UHF vi más de una vez un concierto de The Cure con su formación clásica en el que me puse en contacto con toda su onda, más allá de lo que pasaban en los canales tradicionales (creo que era un show de la gira Faith o Ponography, de la primera mitad de los 80s). Por el otro lado, aunque no soportaba la música de Joy Division (ni la soporto ahora), lo de New Order siempre me pareció más inteligente, con aquella combinación de la luminosidad del pop electrónico con las atmósferas intimistas, deprimentes, heredadas de su asociación artística con ese muchacho de voz horrenda y permanente rictus moribundo (me refiero a Ian Curtis, por supuesto). Los videos de canciones como Ceremony, True faith, Regret, entre otras, eran transmitidos (siempre en ese "canal" de la UHF que era más estática que otra cosa, nunca pudo verse bien su señal) y, de vez en cuando,también tenían espacio en algunos medios convencionales.

Aunque ambas llegan algo disminuidas en sus formaciones - en New Order ya no está el mítico bajista Peter Hook, responsable del 50% de su sonido característico y The Cure es una banda totalmente diferente a la conocida hasta 1996 - son dos conciertos importantes en esta ciudad plagada de cumbiamberos, coreanos saltarines y vulgaridad esparcida en cada medio que se supone "importante". Está demás pensar que estas bandas, icónicas del pop-rock inglés de la década ochentera, vayan a ser tratadas con mayor respeto por la prensa de espectáculos, así que me conformo con saber que, por encima de esa indiferencia generada por una abismal ignorancia, están las personas que, al margen de esa realidad, ha seguido a sus grupos favoritos a lo largo de los años y que ahora pueden realizar el sueño que alguna vez tuvieron de verlos en vivo. 

sábado, 30 de marzo de 2013

DANIEL RIPOLL EN LIMA: REENCUENTRO CON UNA VIEJA AFICIÓN


Me enteré, gracias a un compañero de trabajo - César Medina Chalco, quien produce y conduce con tenacidad y mucho corazón un programa radial por Internet dedicado a difundir rock en nuestro idioma (mayoritariamente peruano y argentino), llamado Mixtura - que el fundador y editor de la mítica revista de rock argentino PELO, Daniel Ripoll, estaba en Lima para ofrecer una conferencia respecto de su activa participación en la formación del movimiento de rock argentino que hoy, gracias al talento de sus principales exponentes y a la solidez de sus diversas propuestas artísticas, es motivo de orgullo para el país gaucho. Como preámbulo a su ponencia, se proyectaría la clásica película de 1973 Hasta que se ponga el sol, que registra las incidencias del festival Buenos Aires Rock de 1972 (llamado coloquialmente B. A. Rock o Barrock), en el que actúan algunos de los padres fundadores del rock clásico argentino.

Entre mis filias musicales más queridas está el rock argentino producido entre 1969 y 1989, sobre todo el asociado a géneros como psicodelia, hard rock, rock progresivo y algunos vuelos acústicos-místicos fusionados con el folklore. Como se imaginarán, fui a la conferencia, realizada el jueves 28 (sí, el Jueves Santo) en un pequeño sitio ubicado casi frente al Teatro Marsano en Miraflores, que se llama El Local. La onda, como era de esperarse, era bastante subte: un lugar pequeño, oscuro, ligeramente descuidado y un público reducido aunque ciertamente comprometido con la causa. 

Definitivamente quienes allí estaban, sabían de qué se trataba el asunto. Vasos de cerveza a ocho soles, chilcano de pisco a seis. Nada de empresas auspiciadoras de publicidad invasiva ni prensa ni figurettis de ninguna clase. Confundidos entre el público, Daniel F. y Christian Van Lacke preparaban oídos y ojos para la película mientras que por allí desfilaban los mismos personajes de siempre: vendedores de las galerías Brasil, de Quilca, alguno que otro miembro del colectivo virtual FaceRock, en fin; una reunión de extraños dispuestos a hermanarse a través de la música que han escuchado toda la vida. Y a conocer a uno de sus principales promotores, el ahora sexagenario Daniel Ripoll

Ripoll es un tipo amable y sencillo, un señor mayor con espíritu juvenil y rebelde que despotrica contra los militares y contra Palito Ortega y todo lo que surgiera del afamado Club del Clan de los 60s ("Palito Ortega es el personaje más siniestro de la cultura argentina") y se deshace en halagos cuando habla de Luis Alberto Spinetta, a quien considera "el profeta incorruptible del rock nacional argentino" (estoy de acuerdo con ambas cosas, aunque reconozco que la "nueva ola" argentina representada por el compositor de La felicidad tuvo gran resonancia entre el público masivo latinoamericano). Su conferencia fue interesante pues relató, en primera persona y con lujo de detalles, cómo se inició este movimiento cultural que hasta hoy perdura, a pesar de que sus principales nombres ya no están en la palestra y sobre todo cuál fue el contexto que permitió la aparición de la revista PELO, conocida por muchos melómanos limeños de los 70s y 80s, gracias a las ediciones contrabandeadas que llegaban en aquellos años de dictadura militar.

Las referencia a la relación entre la represión de los "milicos" y la efervescencia artística que se desarrolló en Argentina tanto en la música como en el cine, la literatura y las artes plásticas es casi obvia pero más allá de las palabras del periodista - que diserta acompañado de su esposa, quien no deja de grabarlo a él y al público con su cámara digital - yo prefiero detenerme en el film Hasta que se ponga el sol, un verdadero documento histórico para quienes admiramos a las bandas fundacionales de aquel movimiento. 

Hace unos días, un par de mequetrefes hablaban en Canal 7 (programa Tiempo después, para más señas) acerca de la historia del rock peruano y repetían lugares comunes con respecto a Los Saicos, Los Doltons, Los Belkings y demás nombres que, siendo respetables e importantes, no tenían ni la mitad de talento ni tuvieron la décima parte de influencia en nuestro país de lo que tuvieron esos jóvenes melenudos que finalmente llevaron su arte a toda Latinoamérica. Francamente, al ver este festival argentino, filmado con la calidad amateur del Woodstock de 1969 (apenas tres años antes) y mostrando bandas muy sólidas, dispuestas a reventar al establishment con su sonido, sentí una profunda envidia ajena y reafirmé mis opiniones con respecto a la mentada "historia del rock en el Perú" que algunos tratan de poetizar desde diversos puntos de vista: acá no hubo nada, señores. Solo unas cuantas canciones hechas en el momento, sin profesionalismo alguno, sin intenciones de trascender ni remover ningún cimiento social ni artístico.

Definitivamente las escenas más aplaudidas de Hasta que se ponga el sol - que no es un documental 100% perfecto pues tiene secuencias demasiado preparadas, incluso aquellas en las que se le ve a Ripoll presentando a los artistas, con planos medios y fondos retocados en estudio - son las canciones de Pescado Rabioso (Despiértate nena y Post-crucifixión), tocadas con furia por Luis Alberto Spinetta y David Lebón, jovencísimos; y la entonces nueva Canción para mi muerte de Sui Generis, que es presentada como una banda "de la nueva camada". Charly García y Nito Mestre interpretan este himno de campamentos con una sobriedad propia de músicos experimentados y no de los casi adolescentes que eran en ese momento.

También son relevantes los temas del guitarrista bluesero Norberto Aníbal Napolitano, "Pappo" para los amigos, Color Humano, Lito Nebbia (cantante de Los Gatos) con su set acústico, Vox Dei y los temas de su segundo álbum La Biblia (1971), Claudio Gabis y La Pesada (con una estética que me hizo recordar a Canned Heat, salvando las distancias por supuesto) y una sorprendente banda progresiva llamada Orion's Beethoven, que se perdió en el olvido. Personalmente me gustó la secuencia dedicada al grupo de fusión rock-folklore Arco Iris, liderado por un irreconocible Gustavo Santaolalla, hoy uno de los productores más exitosos de tango electrónico (a él se debe la aparición de ese bodrio llamado Bajofondo Tangoclub, entre otras cosas enmarcables en el fenómeno comercial del lounge-chill-out y demás subgéneros prefabricados). 

Sospecho que Daniel Ripoll, aunque no lo dijo con claridad, siente un repudio estructural frente a estas expresiones que abandonan el espíritu rebelde y transgresor del rock como expresión cultural y se convierten en música para centros comerciales y ascensores. De alguna manera, Santaolalla y su transformación representan la desaparición de esa actitud rockera genuina que ahora se vende al mejor postor, con la finalidad de conseguir más contratos de publicidad y posibilidades de difusión en una industria musical dominada por las multinacionales. La mala noticia: no existen versiones digitales de los números de la revista PELO y al parecer, según lo manifestado por don Daniel, ya no queda ninguna en circulación. Una lástima.




Color Humano - banda del guitarrista de Almendra, Edelmiro Molinari, tocando el tema Larga vida al sol.

Pescado Rabioso: Luis Alberto Spinetta (voz, guitarra), David Lebón (voz, bajo), Carlos Cutaia (teclados) y  Black Amaya (batería) tocan dos de sus clásicos: Despiértate nena y Post-crucifixión (singles de 1973, incluidos en la versión CD de su primer álbum Desatormentándonos (1972). En el medio, la canción titulada Corto de su segundo LP, Pescado 2 (1973)


Ver en este enlace el análisis de la película desde un portal argentino:

http://www.dospotencias.com.ar/rebelde/esp_rock.htm

martes, 26 de marzo de 2013

PRELUDIO No. 1

Este tema es un reto... el dramatismo romántico al prncipio y la alegría de la sección  media son marcas registradas de la obra del brasileño Heitor Villa-lobos (1887-1959), aquí interpretada por el español Andrés Segovia (1893-1987)... el Preludio No. 1 (1940) es una de las piezas para guitarra más bonitas que he escuchado...


jueves, 21 de marzo de 2013

¿MUJERES DE ÉXITO? ¡NO, MOUNSTRUOS!


Esto es Guerra y Combate son, sin duda alguna, los dos "productos televisivos" más vulgares, aberrantes y dañinos que se hayan producido en la historia de la caja boba peruana. Acorde a la metástasis de embrutecimiento de las masas perpetradas desde mediados de los 80s (en el Perú y el mundo), estos esperpentos - que además han generado "escuela" con remedos de lo mismo en diferentes horarios - son creados y producidos por un par de señoras - hasta trabajo me cuesta llamarlas así - que las pegan de "exitosas", "experimentadas triunfadoras en asuntos del rating", "competidoras natas" y toda serie de halagos autoimpuestos y refrendados por una multitud decadente de padres, jóvenes y lo que es peor, niños, que siguen las incidencias, paso a paso, de una bola estúpidos y estúpidas dispuestos a cualquier exceso con tal de "hacerla" en el mundo de la farándula peruana, cada vez más agresiva en su ignorancia e inescrupulosa en sus contenidos.

El público tiene la culpa, desde luego. Y los anunciantes, que renuevan sus aceitosos contratos de publicidad porque la basura en horario de protección infantil produce más ingresos y potenciales clientes. Y los dueños de los canales, que aprueban y promueven campañas en las que afirman que ofrecen "televisión blanca" y "diversión para toda la familia". Y las autoridades que, como la ministra de la Mujer, callan en siete idiomas ante este atropello mediático pero sí saltan hasta el techo cuando critican a Nadine Heredia "por ser mujer". Pero quiero detenerme aquí para señalar con el dedo (medio) a este par de viejas picudas que se embadurnan a sí mismas de orgullo por sus ratings de dos dígitos y no dudan en defender las tropelías que azuzan sin ninguna vergüenza. Se llaman Mariana Ramírez del Villar (productora de Esto es Guerra, ATV) y Marisol Crosillat (productora de Combate, Canal 4 ¿el apellido les suena?).

Ambas tienen el descaro de afirmar que sus hijos son profesionales "en otros aspectos", con lo cual desnudan su desprecio por esa masa a la que embrutecen. Por eso no tienen remordimiento de llenarse los bolsillos con la miseria que les hacen tragar a diario, porque los desprecian tanto que sus programas y sus palabras las delatan. En esta era de "inclusión social" y "no a la discriminación", este único hecho merecería que las dos fuesen expectoradas de cualquier círculo social.

Este par de "señoronas", que tienen el descaro de  merecerían el escarnio público. Si fueran puneñas, la población tendría que agarrarlas a correazos hasta que no puedan más. Y si fueran palestinas, deberían ser condenadas a la lapidación en la plaza de armas. Me importa un rábano que sean mujeres y que sean "de éxito". Son en realidad un par de mounstruos arrugados y enjoyados que no merecen respeto. Por lo menos no el mío. Les dejo algunas frases célebres de este dúo de atorrantes (fuente: Hildebrandt en sus trece, 15 de marzo de 2013):

"Yo trabajo bajo ciertas condiciones dadas: estoy en un canal comercial con exigencias de rating y de facturación que están establecidas contractualmente. Estoy obligada al éxito. Tengo que satisfacer a un público múltiple y no me puedo dar el lujo de reorientarme o pensar en hacer un programa cultural cuando lo que marca las tendencias es este género" (Mariana Ramírez del Villar).

"Lo que pasa es que en la televisión, cuando alguien te empieza a ganar, tú empiezas a perder los papeles. He sentido en algunos momentos que he perdido la brújula" (Marisol Crousillat).

"Hay gente que está hecha para cada cosa. Si tuviera un hijo que quisiera exposición mediática para usar esta plataforma y lograr algún objetivo, no tendría ningún reparo (en que participe o vea su programa). Pero mis hijos no van por esa línea, no les interesa estar en pantalla, prefiern ser profesionales en otros aspectos" (Mariana Ramírez del Villar).

"A uno de los participantes, Mario Irivarren, le traje a su ex para que concursara. Yo sabía que eso le iba a molestar. Él ya estaba en coqueteos con otra chica. Le arruiné la vida a propósito. Lo hice para generar reality y lo generé. Y funcionó muy bien, se pelearon y todo salió al aire" (Marisol Crousillat).

lunes, 11 de marzo de 2013

¿DEBATE? ¿CUÁL DEBATE?



Como se imaginarán, considero que Correo es el diario que menos respeto me merece por la asociación directa que tiene con la Derecha Bruta y Achorada (desconozco si la salida de Aldo Mariátegui ha generado algún cambio en ese sentido, pero lo más probable es que no haya sido así) pero lamento decir que, esta mañana, su titular es el más exacto respecto a la humorada esa, huachafa hasta más no poder y colindante con lo ridículo, que la prensa convencional sigue llamando, hasta ahora, "debate" para que los partidarios del SÍ y del NO "expongan sus motivos" frente a la anómica y farandulizada población limeña.

Lo que vi anoche fue una de las más grandes estupideces de nuestra historia republicana. Un payaso, Federico Salazar, hacía de moderador ante los atriles vacíos de los revocadores y, en la otra esquina, cinco regidores lanzaban lugares comunes, arengas y promesas como si recién fueran a ser elegidos. La única representante del SÍ, la castañedista Patricia Juárez, es una señora con discurso simplón que al final terminó siendo expectorada por el Jurado Nacional de Elecciones debido a que sus compañeros, como dirían los palomillas de callejón de la televisión nacional, "habían arrugado", quién sabe por qué razones.

Algunos consideran que esto favoreció al NO, pues los del SÍ habrían perdido por un futbolero "walk-over" (término en inglés que se utiliza para describir una situación según la cual uno de los dos equipos no se presenta al partido). Y superficialmente tienen razón. Villarán, Zegarra, Glave, Townsend, Favre y demás se habrán descorchado un par de tintos para celebrar este triunfo "en mesa".

Pero en realidad quien triunfa es la parodia, esa especie de película de Mel Brooks protagonizada por cómicos ambulantes en la que se ha convertido este asunto de la revocatoria. Me daban arcadas de la risa cada vez que los canales ponían la fachada del JNE, en picado, con iluminación verdosa a la discoteca-style, y la música entre épica y deportiva que ponían de fondo. Y la siguiente toma, el payaso ese del Federico Salazar anunciaba 30 segundos de silencio debido a que no había representante del SÍ. Previamente, Juárez había desplegado su vacía retórica frente a Zegarra y Glave quienes, como diría Mauricio Mulder, deberían dedicarse a otra cosa porque como polemistas dan pena.

Pero lo que a mí me da pena es que los medios de comunicación den cuenta de esta monumental payasada, de este absurdo sin sentido, como si de un debate serio se tratara, como si los limeños hubiésemos escuchado exposiciones de polendas, cargadas de sentido político, de preocupación por el futuro de la ciudad, de conceptos e ideas brillantes, cada cual más difícil de contestar y rebatir por el contrario. Los conductores de los programas nocturnos dominicales (escoja usted cuál) invitaron a analistas que pretendían dilucidar lo que había detrás de las ausencias, detrás de las presencias, detrás de cada gesto y cada rostro. No hay nada detrás. Solo esta sensación de que la metástasis del embrutecimiento ciudadano es ya irreversible.

NOTA: Seguramente cuando terminen de leer este artículo, van a ver debajo del mismo un video publicitario del NO, con los impresentables personajes de la excrementicia farándula limeña apoyando a Susana Villarán, sin mi autorización. Esta práctica execrable, de introducir publicidad de manera arbitraria en páginas web personales como esta, es una de las razones por las cuales me parece que esa fachada de "buena gente" que la señora Villarán se trata de arrogar es tan o más falsa que los revocadores. Por prácticas como estas, imposibles de contrarrestar - porque por más que intento, no puedo deshacerme de ese maldito video propagandístico - es que VOY A VICIAR MI VOTO E INSISTO EN INVITAR A QUIENES QUIEREN DEMOSTRAR QUE ESTÁN EN DESACUERDO CON TODAS ESTAS PAYASADAS A QUE HAGAN LO MISMO. Ya una vez me infiltraron publicidad a favor del NO y tuve que pedir disculpas por ello. Mil disculpas de nuevo. Dicho sea de paso, los del SÍ jamás han hecho esto. Digo, por si acaso...

miércoles, 6 de marzo de 2013

LA MUERTE DE HUGO CHÁVEZ FRÍAS



Ayer anunciaron la muerte del presidente venezolano Hugo Chávez Frías, quizás el mandatario sudamericano más conocido de los últimos cincuenta años. Las primeras reacciones son diversas y van desde la pena de un enorme sector del pueblo que, a pesar de lo que digan sus detractores más recalcitrantes, lo quería y lo llora con sinceridad; hasta la inconcebible leña que hace el músico estadounidense de origen portorriqueño Willie Colón desde "su Facebook". ¿Es posible celebrar la muerte de alguien, en especial si se trata de una víctima de cáncer? Mi agudeza cede paso a la ingenuidad y pienso que no, pero después de leer los sarcasmos de este señor - a quien admiro mucho como pionero de la salsa - me imagino que, como él, muchos otros personajes (pienso en George W. Bush, por ejemplo) deben estar destapándose más de un champagne por la noticia.

Y es que el comandante despertaba toda serie de filias y fobias (parafraseando a Fito Páez) que no aceptaban matices. Pues bien, aquí va un matiz: siempre he reconocido que Hugo Chávez no era un modelo de caballero, que su populismo sirvió de eficaz cortina para una dictadura que, de ser él inmortal, hubiese durado para siempre y que su largo régimen debe estar plagado de corruptelas, fuga de dineros para sus familiares y amigos, desapariciones de personas incómodas. O sea, el menú común y corriente cuando hablamos de esta clase de "reyezuelos bananeros", como solía apodarlo la derecha bruta y achorada.

Pero cómo me identifiqué con él cuando le dijo "burro" y "Mr. Danger" a Bush-hijo. "Usted es un alcohólico, un ladrón". Cada vez que veo ese video una gran sonrisa de complacencia acude a mi rostro, porque expresa exactamente lo que yo pienso de el expresidente norteamericano. Y también le di la razón cuando, en uno de sus innumerables intentos por influir en las agendas políticas que le eran ajenas, llamó "ladrón de siete suelas, de cuatro esquinas" a Alan García Pérez. "Debo tener cuidado, no dejar un billetico aquí porque seguro Alan se lo lleva" dijo, más o menos, en un foro internacional. Era deslenguado Chávez. Claro, dirán algunos, después negoció con los EE.UU. del Bush que insultó y después se abrazó con el gordo al que describió con tanta exactitud. De la misma manera cuando, a voz en cuello, mandó "100 veces al carajo a los yanquis de mierda", sentí que por fin, alguien tenía la valentía de decir en público lo que todos decimos a escondidas, y desde un cargo público e importante como el presidente de un país.

El asunto es que no estoy de acuerdo con las celebraciones a media voz de sus adversarios que, sin haber necesidad de compartir todas las ideas y procederes de Hugo Chávez, son también los míos ni con esta sensación de que "Venezuela inicia una nueva era" tras su fallecimiento. Me parece de mal gusto y de nula humanidad, por decir lo menos. Por otro lado, como recordaba el analista Carlos Tapia en un noticiero, el surgimiento de este generalote caudillista tiene relación con uno de los peores gobiernos democráticamente corruptos y apañadores de Venezuela, el de Carlos Andrés Pérez, gemelo político de Alan García Pérez, a quien ningún periodista salvo César hildebrandt, le dice las cosas a la cara sino que, en plan acomodaticio, le hacen la corte a través de su hija, esa oportunista que ahora es una "personalidad" de la televisión y la prensa locales.

Por ese motivo, mis condolencias a sus partidarios y a sus detractores, menos ironías y más respeto por un ser humano de 58 años que, en los últimos tramos de su vida dio cara a esa maldita enfermedad, con entereza y religiosidad. Quienes hemos tenido familiares cercanos con cáncer en casa, sabemos lo devastadoras que son las etapas finales de sus padecimientos. Y comprendemos por ello que Chávez dio un ejemplo de optimismo frente a tamaño sufrimiento. Que descanse en paz ahora.

sábado, 2 de marzo de 2013

UNA VERDAD INCÓMODA: CARDENAL MARCIAL MACIEL, EL MÁS ABOMINABLE CRIMINAL DE TODOS LOS TIEMPOS


Durante siglos la Iglesia ha sido cuestionada por no ser de confiar. Control económico, poderío militar, censuras, secretismos. Quienes creemos en Dios, aunque no practiquemos los rituales católicos con los que crecimos, sabemos desde hace tiempo que la institución eclesiática no es nada más que una monarquía caduca y decadente, que pregona la austeridad desde sus asientos en primera clase y sus lujosas mansiones.

Cuando se anunció la canonización de Juan Pablo II, mucha gente se alegró pues el papa polaco despertaba mucha admiración por su carisma y poder de comunicación con las masas. Sin embargo, tras esa fachada de buena gente que incluso le ha valido ser candidato a Santo, se esconde un perfil escabroso, capaz de proteger y ocultar a un malvado ser humano, que se valía de su sotana para cometer los abusos más abominables que uno pueda imaginar, contra niños y jóvenes seminaristas.

El renunciante Benedicto XVI, que impulsó la mencionada canonizacón, también conocía de estos crímenes y, más o menos, se hizo de la vista gorda, tanto desde su cargo durante el papado de Juan Pablo II como desde el púlpito privilegiado que ocupó tras su muerte, en el 2005. Ambos - y toda la cúpula vaticana detrás - han mantenido durante años un silencio cómplice y oprobioso, que ensucia por completo a la institución católica, con los peores delitos de los que haya sido capaz un ser humano.

Si en este mundo cabe la posibilidad de que haya existido el Anticristo, definitivamente se llamó Marcial Maciel, cardenal mexicano fundador de la congregación Los Legionarios de Cristo, que se dedicó a violar niños y jóvenes durante más de cuatro décadas, utilizando el nombre de Dios como disfraz y excusa para someter, física y psicológicamente, a indefensos menores que confiaban ciegamente en él.

En este reportaje de una cadena televisiva chilena, se cuenta la historia completa, la que durante años el Vaticano silenció, pagando millones de dólares a periodistas de todo Europa para que no tocaran esta horrible realidad. Maciel fue "exiliado" por la Iglesia, tiempo durante el cual se dedicó a viajar por el mundo con su amante e hija, drogándose por todas las esquinas y mirando de reojo a los jovencitos que tanto atraíoan su atención. Murió de viejo, sin que un policía lo arreste, sin que un juez lo condene. Y la prensa convencional, tan adicta al embrutecimiento y al ocultamiento de las verdades que incomodan al poder, se dedica a despedirse, a lágrima suelta, del renunciante Joseph Ratzinger. Una vergüenza.