sábado, 23 de noviembre de 2013

UN HEADBANGER EN BROADWAY: WICKED, UNA SOBRECOGEDORA EXPERIENCIA MUSICAL


¿Qué hace un fanático de Frank Zappa como yo, una persona que vibra con los gritos de Tom Araya en Angel of death, un tipo que aun se emociona cuando escucha a los Ramones o a los Sex Pistols y que se pega con los vuelos psicotrópicos de King Crimson o Kraftwerk en una función de Wicked, el musical comercial más exitoso de la última década? Había escuchado hablar de esta puesta en escena pero jamás le había prestado atención, porque definitivamente los Musicales no son mi especialidad, aunque algo sé de su importancia, por cultura general. Pero debo decir una cosa: Wicked en vivo, en el Teatro Gershwin, ubicado en el corazón de Manhattan, es una de las experiencias musicales más sobrecogedoras que he tenido la suerte de ver. Y en este post trataré de explicarles por qué.

Conceptualmente hablando, no hay nada más opuesto al hard rock/heavy metal que los musicales de Broadway. La rudeza y desaliño del primero contrasta con la delicadeza y sofisticación asociadas a este género que existe desde hace más de 150 años y que fue, en algún momento de la historia, lo más cercano a una ópera popular. De hecho, existe un prejuicio ridículo, utilizado como recurso cómico en infinidad de películas y series de televisión, que liga esta clase de shows, voluptuosos y exagerados por naturaleza, con la homosexualidad masculina -casi lo mismo que ocurre con el ballet- pero ese pensamiento corresponde, ciertamente, a una forma de ver el mundo ignorante y, por decir lo menos, cavernaria. Para decirlo con todas sus letras: homosexuales hay en todas partes, en un concierto de Cannibal Corpse o en una función de The phantom of the opera. Así que dejemos ese tema fuera de la discusión.

Como fanático del rock en todas sus formas, carezco de una amplia cultura acerca de Broadway; pero como melómano y estudioso de la expresión musical como arte, no me son ajenas las clásicas composiciones de Rodgers & Hammerstein, Bernstein, Sondheim, Gershwin, Lloyd Weber y tantos otros, escritas para historias que han sido llevadas, muchas de ellas, al cine, la televisión y cuyas melodías emblemáticas forman parte del imaginario colectivo de... unas cuantas personas con cierta cultura musical (iba a decir de todo el mundo pero, francamente, dudo que el título West side story, solo por mencionar un caso, signifique algo para las masas embrutecidas que ven El valor de la verdad cada sábado por la noche...).

Por otro lado, existe una estrecha relación entre musicales y pop-rock, establecida en los años 60s con el surgimiento de títulos como Jesus Christ Superstar, Hair o Tommy y que se ha mantenido hasta el día de hoy en las partituras de algunos de los musicales más conocidos de los últimos años, que combinan ensambles sinfónicos y coros operáticos con instrumentos básicos de un contexto rockero como guitarras, bajos, teclados y baterías; sin perder, desde luego, las características principales e inconfundibles de un musical: temas universales (amor, amistad, traición, ambición), vestuarios, maquillajes y peinados sobrecargados, escenografías grandilocuentes, etc. Asimismo, existe una tendencia nueva en el teatro musical norteamericano que arma historias sobre la base de las canciones más conocidas de algunos íconos del pop-rock: Mamma mia! (Abba), Movin' out (Billy Joel), We will rock you (Queen) y la más reciente, A night with Janis Joplin, un tributo a la mítica cantante de blues y rock, al estilo Broadway.

Pero volvamos a Wicked. Decía que esta obra, que cuenta la historia oculta de la Bruja Mala del Oeste, el malévolo personaje del clásico film de 1939 The wizard of Oz, es uno de los espectáculos musicales más sobrecogedores que he visto. El nivel de perfección que alcanza esta puesta en escena, prácticamente en todos su aspectos, no acepta discusiones, salvo que las plantee algún experto en Musicales capaz de encontrarle desaciertos, en comparación a otras temporadas, a otras obras o incluso a otras épocas de este género, equivalente a la opereta italiana y la zarzuela española.

Se trata de una adaptación libre -muy libre, por cierto- de un libro escrito en 1995 por Gregory Maguire, titulado Wicked: The life and times of the Wicked Witch of the West, que se desarrolla en paralelo a la historia original del mágico mundo de Oz, antes de que la pequeña Dorothy aterrice, con casa y todo, en esta tierra de brujas, animales parlanchines y monos voladores (algo así como el Episodio I de Star wars). Aunque las referencias a The wizard of Oz son permanentes, en realidad este cuento musical posee una temática y personalidad propias, creando un universo nuevo de situaciones, personajes y argumentaciones por demás interesantes: la Bruja Mala del Oeste es presentada como una outcast: una mujer inteligente, luchadora y discriminada desde su nacimiento por tener la piel de color verde; y su contraparte, la rubilinda Bruja Buena del Norte, una mujer frívola, superficial, socialmente popular y bastante tonta. Ambas desarrollan una intensa amistad, en el contexto de una escuela para adolescentes, que atraviesa diversos problemas por, entre otras razones, la competencia por el amor de un "príncipe", nada convencional por cierto, pero príncipe al fin.

La historia es entretenida y posee momentos de mucha emotividad, pues incluye lecturas diferentes de determinados códigos y lugares comunes que se pueden encontrar en un musical de Broadway: hay romance, humor, tristeza, bailes coreográficos y todo lo demás, pero con un discurso que se aleja de la cursilería para entrar en terrenos un poco más complejos (el tema del rechazo del padre, la discriminación de los amigos, la defensa de los animales, el Mago de Oz como símbolo del engaño y el control social). Pero lo que hace de Wicked una obra sobrecogedora es su música: el impresionante talento de las y los intérpretes, una generación de vocalistas capaces de conseguir cotas elevadísimas de volumen y emoción. Si bien es cierto el trabajo que resalta más es el de las protagonistas (para esta temporada, las jóvenes cantantes Donna Vivino y Alli Mauzey), cada una de las apariciones de personajes secundarios o de coros es verdaderamente notable.

Al escuchar aquellas voces afinadísimas, potentes y a la vez expresivas, dosificando cada fraseo y lanzando notas con la precisión milimétrica propias de un violín pulsado por un músico entrenado académicamente, desfilaron en mi memoria los nombres y rostros de Gianmarco, Denisse Dibós, Marco Zunino, Gisela Ponce de León, Bruno Ascenzo y etcéteras en su naturaleza más cucarachesca, con la mediocridad de los que se sienten talentosos en un medio como el peruano, sin acceso a las grandes ligas. Siempre he opinado que los musicales presentados, con pompa y huachafería extrema, en Lima (presentaciones que incluyen alfombras rojas, fotos en Cosas y demás) son de lo peor, pero nunca tuve eso tan claro como esa noche en el mítico Teatro Gershwin, el mismo escenario en que Wicked se estrenó, hace exactamente diez años, en octubre del 2003, sin salir de cartelera hasta el día de hoy y registrando récords de taquilla, temporada tras temporada.

El marco musical ha sido compuesto por un peso pesado de estos asuntos, el señor Stephen Schwartz, responsable de las bandas sonoras de clásicos modernos del cine animado como The huncback of Notredame o Pocahontas, entre otros títulos. Schwartz ofrece en Wicked una combinación perfecta de los vuelos sinfónicos propios del cine y teatro modernos con ensambles de pop-rock contemporáneo, junto a distintivos sonidos extraídos del jazz y el vaudeville. La emoción y la gravedad de ciertos momentos específicos de Wicked se reflejan en la partitura, la cual es interpretada en vivo por una orquesta de 23 músicos. Eso, más las alucinantes instalaciones del teatro en sí mismo, el lleno total y toda la atmósfera creada por cada detalle de la puesta en escena, cuidadosamente diseñada para que el público se introduzca en la historia, hacen de Wicked un espectáculo realmente inolvidable.

Al final, cuando las miles de personas que abarrotan la función descienden las escaleras para salir del teatro, se encuentran con unos enormes carteles que dicen "You are now leaving Oz/Reality straight ahead" (Ahora usted está saliendo de Oz/La realidad comienza afuera". Y es verdad. Al terminar Wicked uno no solo deja atrás el teatro, uno deja atrás la magia, la fantasía de haber estado dos horas en otro mundo.

sábado, 9 de noviembre de 2013

EN MEMORIA DE MI MAMÁ (1945-2010)


Un día como hoy, hace exactamente tres años, mi mamá partió de este mundo para convertirse en una presencia permanente, que acompaña todos mis movimientos, mis pensamientos y mis sueños. De verla de vez en cuando, en las mañanas antes de salir al trabajo, en las tardes al regresar de él, o algún domingo que pasaba sin hacer nada fuera de casa; pasé a verla y sentirla todo el tiempo, aun ahora que escribo estas breves líneas pensando en su nombre y que el tiempo, aunque no desaparece el dolor, sí permite ver las cosas con la calma y la paz que, en aquel primer momento de su partida, parecían imposibles de recuperar.

La recuerdo todo el tiempo. La recuerdo sonriente, conversadora, amable con las personas, preocupada por nuestros problemas, contenta con nuestros pequeños logros, ilusionada con todo, como una niña. La recuerdo cantando las baladas y boleros de La Inolvidable, bailando la cumbias que me enseñó a escuchar, riéndose a carcajadas de nuestras bromas. Y de los últimos meses, recuerdo su enorme valentía, su inmenso deseo de recuperarse cuando esa era aun una posibilidad; y cuando las cosas tomaron otro camino, recuerdo su genuino y desesperado deseo de no sufrir más, de descansar, de dejarnos.

Mi mamá era colombiana de nacimiento y cada vez que puedo, lo digo con orgullo a quienes me conocen por primera vez. De Manizales, estado de Caldas, al norte de Cali. Se nacionalizó peruana y se hizo peruana de corazón, pero en su acento, en sus canticos (con acento en la "i", no como en "cánticos") y en su conversación asomaba siempre esa nacionalidad original que la hacía sentir especial. A sus amigas les decía que siempre ansió volver a su país, aunque fuera de visita, algo que no pudo hacer en vida. Desde el cielo, debe haberla visitado ya más de una vez.

Le encantaba la música y las películas, en especial El mago de Oz y Alicia en el país de las maravillas. En la televisión era novelera a tiempo completo, en especial las que venían de Colombia, vivía enamorada de Fernando Colunga y lloraba de risa viendo El Chavo del Ocho, Patacláun y en los últimos tiempos, a las monjas con nariz roja de Canal 2. Admiró a Gisela Valcárcel desde que la vio recibiendo llamadas a fines de los 80s y aunque después se desencantó de ella, nunca dejaba de pensar en cómo se transformó, según su opinión, en esa cosa que hacía programas nocturnos aburridos y daba supuestos discursos filosóficos. Durante el último año, desarrolló una intensa conexión con la vida y carrera de Michael Jackson y me hizo traducirle todas sus canciones y entrevistas. 

También tenía su carácter, mi mamá. Cuando se enojaba, sobre todo con mi papá, era capaz de decir cosas fuertes, lanzar miradas matadoras y lisuras peruanísimas. Pero siempre la dulzura y la calidez de su naturaleza le ganaban la partida y terminaba riendo y charlando y haciendo del problema o el error una anécdota más. La libertad de su carácter, esa inocencia que le permitía no tomar las cosas tan en serio, fue la base de esa forma de ser diáfana y abierta que tanto extrañamos quienes la conocimos de cerca. 

A sus hijos, que fuimos tres, nos trató siempre con cariño, ya sea en la infancia o en la adultez, y ninguna de nuestras situaciones le fueron ajenas. No voy a decir que fue una madre estricta o controladora, pues sería mentir acerca de ella. Tampoco que era melancólica o depresiva, pues no encaja en el perfil. Mi mamá era un ser humano muy especial, difícil de catalogar siguiendo las líneas conceptuales convencionales. Lo que en vida le faltó de instrucción, le sobró en amabilidad, sencillez y amor. Mi mamá era un espíritu libre, en el sentido más etéreo y angelical del término. Y hoy lo es a tiempo completo. Mi mamá era única.


viernes, 1 de noviembre de 2013

R.I.P. LOU REED (1942-2013)


El mundo de la música contemporánea está de luto. Uno de los creadores más prolíficos e influyentes de la historia del rock and roll ha dejado de existir tras algunos meses de atravesar una complicada operación de transplante de hígado. Lewis Allan Reed falleció el último domingo, a los 71 años de edad. Parecía difícil de creer y asimilar una noticia como esa. ¿Lou Reed¿El mismo que editó, en un arriesgado movimiento, un álbum a dúo con Metallica hace un par de añosEs cierto que nadie es eterno, por lo menos no en el plano terrenal, pero la desaparición física de este irreverente narrador de cuentos urbanos golpea en la médula universo rockero, que él ayudó tanto a establecer como forma de expresión que fuese considerada artísticamente respetable.

Su voz rasposa y grave, su guitarra sucia y elemental y sus letras directas acerca de los aspectos más oscuros y sórdidos de la sociedad norteamericana lo convirtieron en un artista de culto casi desde el inicio de su carrera. Influenciadas por el movimiento de las calles de Brooklyn -donde nació- hasta la Universidad de Siracusa -donde estudió periodismo y escritura creativa-, las composiciones de Lou Reed son 100% neoyorquinas, pero no en la onda luminosa y casi romántica del Billy Joel más accesible, sino desde el punto de vista de la marginalidad y la violencia, a a veces descritas de manera estridente y otras haciendo uso de brillantes metáforas rodeadas de un rock sin concesiones ni artificios muy elaborados. 



Lou Reed fue el motor de ese cuarteto llamado The Velvet Underground -que completaban Maureen Tucker, Sterling Morrison y John Cale- que con solo cuatro álbumes oficiales, marcó el derrotero de lo que hoy conocemos como "indie rock". Con extenuantes dosis de psicodelia y algo de rockabillie en su sonido, las canciones de The Velvet Underground se convirtieron de inmediato en himnos de la libertad creativa y el surrealismo musical, actitud que llamó la atención del prominente artista plástico y visual Andy Warhol, quien se volvió su protector y mecenas. 

Cuando la vida del grupo se extinguió, Reed se consolidó como autor con inmensos discos como solista que no solo tuvieron gran resonancia e influencia para otros letristas sino que además contaron con la participación de algunos de los mejores músicos de la época. Desde Steve Howe y Rick Wakeman hasta Jack Bruce y Michael Brecker, el compositor supo rodearse de aquellas personas capaces de traducir sus ideas musicales, que iban desde el rock distorsionado de tres acordes hasta los experimentos con la música electrónica y el jazz urbano. En sus lanzamientos más recientes, excelentes instrumentistas como Robert Quine (guitarra) y Fernando Saunders (bajo) -con quienes trabaja desde mediados de los 80s- se convirtieron en sus cómplices más cercanos.


Como una persona me dijo hace unos días: "el indie rock no existiría sin la existencia de Lou Reed". Esta sencilla sentencia es de una contundencia irrefutable. Quizás en nuestro medio hablar de la muerte de Lou Reed sea materia de los pequeños cenáculos en los que nos movemos quienes algo podemos saber de música, pero en New York es titular de bandera en todos los periódicos y tema de conversación en esquinas, bares y plazas. Estamos hablando de uno de los padres fundadores de este género que tanto nos apasiona. 

Y además, que contaba con una amplia cultura no solo musical sino literaria y el criterio lo suficientemente abierto para trabajar con los mejores de su tiempo: desde sus colaboraciones con David Bowie e Iggy Pop, sus musicalizaciones de Edgar Allan Poe, sus homenajes a "Drella", apelativo de Andy Warhol o su último álbum conceptual junto a Metallica que, aunque fallido, demostró que continuaba derrochando inquietud y sentido vanguardista, la obra de Lou Reed se ubica, sin duda alguna, en el exclusivo primer nivel del panteón de los grandes del rock, a quienes ahora debe estar acompañando en un psicotrópico jam, rodeado de humo, cervezas y unas cuantas buenas y oscuras historias.

viernes, 18 de octubre de 2013

BLUR: UNA DE LAS MEJORES BANDAS DE LOS 90s EN LIMA


Si hablamos de música popular contemporánea asociada al rock, los noventas fueron una década de renovación, de tránsito hacia la nueva era, dominada por la tecnología digital y la compulsiva aparición de fusiones con expresiones folklóricas de los cinco continentes. La resaca ochentera generó una gama variopinta de movimientos musicales en los dos centros de producción que siempre han marcado la pauta de los desarrollos, idas, vueltas y confusiones en la escena musical mundial, que para fines didácticos solemos llamar "rockera" -una generalización que yo, en lo particular, no encuentro incómoda pero que ocasiona más de una arcada en diversos círculos de crítica especializada. 

Desde el grunge que asesinó al glam metal y la recalcitrante movida pop que fue deteriorándose, tras la (afortunada) desaparición de los New Kids On The Block, en Norteamérica; hasta las hordas de bandas herederas del post-punk y la breve pero sustanciosa movida localizada en Manchester, Inglaterra (Madchester para los entendidos), que fueron reunidas bajo el rótulo Britpop; la lista de artistas nuevos creció exponencialmente. A pesar de ello, desde inicios de la década se notó una tendencia hacia la homogeneización, con propuestas sonoras que divergían muy poco entre sí, provocando dificultades al momento de aplicar filtros que definieran cuáles serían protagonistas del cambio y cuáles deberían pasar al discreto silencio y posterior olvido.

Blur -"borroso" en español- fue, desde el principio de su carrera discográfica, una de las agrupaciones animadoras de esta lucha por sobresalir en medio de tanta distorsión, en algunos casos demasiado amateur, de esta generación de músicos ansiosos por demostrar, a un tiempo, que estaban tan influenciados por The Beatles como por The Velvet Underground, por The Clash como por Ramones, por The Stone Roses como por Pavement (y todo lo que hubiese en medio), y así. Damon Albarn (voz, teclados, guitarra), Graham Coxon (guitarra, voz), Alex James (bajo) y Dave Rowntree (batería), luego de reconstruir sus amistades y dejar atrás un largo período de silencio grupal -siete u ocho años separados- han superado la prueba del tiempo y se acercan a Lima por primera vez, para ofrecer un concierto que ha despertado gran expectativa, el próximo 29 de octubre. Ahora ellos son un grupo asociado al concepto de lo clásico, como representantes de una década que dejó poco (o nada) para el recuerdo, salvo una miríada de nombres, cada uno reclamando su porción de influencia por haber hecho más ruido de estática con sus guitarras, por escribir las letras más oscuras o por manipular la tecnología mejor que su vecino.


Confieso no estar tan emocionado por la visita de Blur, aunque sí reconozco su influencia y la importancia que tuvieron sus canciones en esos años. El cuarteto, formado en una escuela de arte de Essex (Londres), se convirtió en una especie de símbolo para la generación previa a los que hoy conocemos despectivamente como hipsters -muchachones de escuela privada, con lentes de montura negra y gruesa, que leen poesía moderna, admiran a Bolaño, compran Etiqueta Negra y creen que Trainspotting es un hito en la historia del cine- gracias a esa combinación inteligente (y meritoria, hasta cierto punto, por no haber sido calculada), de la actitud lánguida típica del inglés clasemediero y un filo rockero respetuoso de la tradición más básica: toques de psicodelia, letras influenciadas por compositores y escritores de la era dorada (sesentas y setentas) y poco temor a la reinvención en cuanto a su sonido. 

A lo largo de sus siete discos en estudio, Blur desplegó creatividad y eclecticismo sobre la base de su noción de trabajo en equipo; mientras que sus eternos émulos Oasis perdieron el tiempo tratando de imitar a The Beatles y soportando las atorrantes actitudes de los hermanos Gallagher. Si Oasis fueron The Beatles de los noventas, Blur fueron The Kinks. Es curioso como han evolucionado los perfiles de estas dos bandas con el paso de los años: mientras la banda de los antipáticos Noel y Liam Gallagher, inicialmente asociada a la clase trabajadora, terminó atomizada y finalmente desaparecida por las arrogancias de sus principales cabezas; Damon Albarn y sus amigos, tachados de "creídos" como diríamos en el Perú y de andar mirando todo por encima del hombro, se ganaron largamente el cariño de su público y sus canciones, simples y algunas veces bastante tontas -pienso en Charmless man, Girls and boys o Song 2-, invitan a la nostalgia de aquellos años. Como dice el cantante en el interesante documental No distance left to run, filmado en el 2010: "La principal razón para regresar como Blur fue porque somos amigos, eso nos hace diferentes del resto". Agarren esa flor, muchachos de Oasis.

Musicalmente, ya lo dije, lo de Blur es simple y por momentos, algo tonto. Sin embargo, es difícil no reconocer el valor de canciones como The universal, Coffe and TVShe's so high, Beetlebum o Tender; que constituyen el lado brillante del cuarteto. Además de la voz inconfundible de Damon Albarn, está el innovador trabajo en guitarras de Graham Coxon y la sólida base rítmica de Alex James y Dave Rowntree, que revela ciertas destrezas contenidas, para favorecer el formato de pop luminoso y sencillo que caracteriza a sus producciones discográficas. Sus álbumes Leisure (1991), Modern life is rubbish (1993), Parklife (1994), The great escape (1995), Blur (1997) y 13 (1999) son diversos entre sí, pero reconocibles de inmediato. No es casualidad que su único álbum de la siguiente década, Think tank (2003), el último hasta la fecha, suene diferente, en actitud y en calidad.



Albarn se convirtió en uno de los rostros más reconocibles del Britpop y además, dio un paso adelante con aquel gracioso proyecto virtual llamado Gorillaz, con el cual su estatus como artista se elevó. Posteriormente participó en otro proyecto denominado The Good, the Bad and the Queen, junto a Paul Simonon (exbajista de The Clash) y otros músicos conocidos. En sus tiempos libres, Coxon desarrolló una interesante y personal discografía solista. Mientras tanto, James publicó un libro sobre la banda y Rowntree desapareció del ambiente musical hasta el resurgimiento de Blur, en el 2009, en un multitudinario concierto en el Hyde Park de Londres. Desde entonces han estado de gira, reencontrándose con su público en diversas ciudades del mundo, a las cuales se sumará nuestra capital, este 29 de octubre, en el Estadio de San Marcos. Sus seguidores peruanos ya están contando los días. Bien por ellos.

domingo, 13 de octubre de 2013

SONIDOS (Y SABORES) DEL MUNDO: UNA NUEVA E ¿INGENIOSA? FORMA DE NINGUNEAR A LA MÚSICA EN LA TELEVISIÓN PERUANA


¿Qué tienen que ver Paco de Lucía y su esperada visita al Perú con un fantoche español, contratado por Gisela Valcárcel para "llevársela fácil" en la televisión nacional y un restaurante de paellas, callos a la madrileña y cocina gourmet? Para Canal 7 y Mabela Martínez, parece que mucho, pues resulta que el nuevo proyecto televisivo del canal del Estado apunta a hacer rating combinando la supuesta cultura musical de esta señora con el ultra manoseado tema de la gastronomía.

Me refiero al programa Sonidos y Sabores del Mundo (sábado, de 7 a 7:30pm.), una extensión del sintonizado espacio que Martínez conduce en el cable, con un añadido (...y Sabores...) que busca, en apariencia por lo menos, atraer a las grandes masas de teleespectadores que ven todo lo que tenga relación con tenedores, mandiles blancos, frituras y combinaciones absurdas, al mundo de la música. Sin embargo, lo que consigue es todo lo contrario: una irritante mescolanza de publicherry gastronómico con la conocida costumbre de Mabela de poner treinta segundos de cada canción para luego arremeter con sus comentarios desabridos, sus entrevistas aburridas y esa sensación de que la música es lo último que importa, para darle preferencia a los auspiciadores. Algo que, por cierto, siempre ocurre en su programa matriz.

Paco de Lucía es, para muchos entendidos, el mejor guitarrista del mundo. Tocará en Lima este 29 de octubre en el recientemente inaugurado Gran Teatro Nacional, tras dieciséis años desde su última visita. Su relación con el Perú es muy íntima pues, como algunos saben, fue él el primer artista vinculado al mundo del flamenco que llevó el cajón peruano a España, luego de conocerlo en una de sus múltiples estadías musicales en nuestro país y, a partir de ello, su uso se extendió hasta el punto de que algunos distraídos creen en la existencia del "cajón flamenco". Ha tocado con todos los grandes de la música; transformó al flamenco, un género localista por naturaleza, en patrimonio musical del mundo y hasta ahora realiza demostraciones sorprendentes de destreza, creatividad y vigencia, a pesar de tener 65 años de edad.

¿No daba esto -y todas las demás cosas interesantes que podrían contarse acerca de su carrera artística- como para dedicarle una hora completa? La respuesta es, desde luego, sí. Pero, evidentemente, Mabela Martínez y los programadores de Canal 7 no piensan lo mismo. Y para asegurarse público, contaminan los electrizantes e incendiarios ataques andaluces de este genio de la guitarra con el sonido del aceite caliente sobre la sartén, el acento españolete de dos compadres que vienen al Perú a hacer plata fácil -uno haciéndose el galán para después aparecer en titulares enfrentándose a Laura Bozzo o Magaly Medina; y el otro, subiéndose al carro de la comida como forma de vida moderna- y las tomas detalle, en cámara lenta, de cómo se sirven gazpacho, un plato que, en este país, nadie consume. Huachafería y de la buena, en señal abierta.

El problema que le encuentro a Sonidos y Sabores del Mundo es que, desde el nombre nada más, fuerza hasta el extremo el concepto del efectismo en televisión nacional. Y, en el caso específico de este espacio, constituye una nueva expresión de nuestra patética realidad en cuanto a la idea que tienen, en principio, los broadcasters locales con respecto a la música como tema digno de difusión: si ponen Sonidos del Mundo (que así, a secas, tampoco es un buen programa) en señal abierta, nadie lo vería, pues. Entonces, deciden pasar por contrabando unos cuantos acordes y datos sueltos acerca de cualquier artista -en este caso fue Paco de Lucía, mañana será Buena Vista Social Club, Jorge Drexler o alguna de las otras obsesiones de Mabela Martínez- en medio de conversaciones acerca de comida, tópico que es utilizado hasta la náusea por todo, en todos los canales y programas. 

¿No es suficiente con Mistura, Gastón Acurio, 20 Lucas, el 90% de la programación de Canal 6 y los glotones reportajes que cotidianamente nos lanzan, ni las campañas publicitarias invasivas que, dentro de poco, propondrán que el chancho al palo reemplace a la cornucopia de la abundancia en el Escudo Nacional? No necesitamos otro programa gastronómico o culinario más. Y, por cierto, tampoco necesitamos seguir viendo a Mabela Martínez haciendo el papel de la musicóloga que no es, solo porque desde hace años se atornilló en un programa de radio, luego pasó a la televisión por cable y hoy marca tendencias para los melómanos de iPod y mp3 para el carro. 

No es justo que tenga que decir "gracias Canal 7 por darme la oportunidad de ver veinte segundos del DVD de Paco de Lucía en vivo en Montreaux 2012", para lo cual debo soplarme los comentarios de un personaje intrascendente como ese presentador español de quien no recuerdo siquiera el nombre. Claro, me dirán algunos, puedo comprarme el DVD o ver el concierto completo por Youtube. Pero no se trata de lo que yo pueda hacer o no. Se trata de que la música, sea flamenco, criolla, electrónica, trova o thrash metal, constituye un tópico lo suficientemente amplio e interesante para dedicarle un programa en la televisión, más aun si se trata del canal del Estado, que no necesariamente tiene como objetivo central las ganancias por publicidad sino la difusión de cultura, y no depender de tres personas comunes y corrientes hablando de comida para generar un público de manera original y bien enfocada.

Es triste comprobar, una vez más, el nulo significado que tiene el fascinante mundo de la música para la televisión nacional. El público masivo con su falta de interés, los anunciantes con su desmedida ambición y los dueños de los canales, contribuyen a que el arte incomparable de Paco de Lucía se vea reducido, en el Perú, a un pretexto para hacerle publicidad a un restaurante de comida española. Como si no se pudiera producir un programa de calidad que trate exclusivamente de música.

viernes, 11 de octubre de 2013

MICHAEL URTECHO: EL PEOR DE TODOS


Tras el aluvión de evidencias que terminaron en esta sanción preliminar -120 días sin goce de haber y una acusación constitucional por múltiples delitos- el congresista de Solidaridad Nacional, Michael Urtecho, pasará a la historia como el más corrupto entre los corruptos. ¿Por qué? Porque cada una de sus acciones ilegales las habría maquinado no solo con el cinismo y la tranquilidad con las que las ejecutan sus maestros Luis Castañeda o Alan García, sino con la premeditación y alevosía de quien sabe que está provocando la lástima de la gente, la conmiseración por su condición de discapacitado, la idea generalizada de que nada malo podría surgir de un hombre que se encuentra postrado en una silla de ruedas electrónica. Su aura de "ejemplo de superación", conseguida con su llegada al congreso a pesar de padecer de esta atrofia muscular que le impide movilizarse normalmente, fue la coartada, el escudo que lo protegió todo este tiempo.

Hace poco, el sorprendente Papa Francisco I, declaró que así como hay políticos corruptos, médicos corruptos, abogados corruptos, etcétera; también debemos aceptar que hay sacerdotes, obispos, cardenales y papas corruptos. Esa frase debería extenderse ahora, para que alcance a casos como el de Michael Urtecho: a contramano de lo que la generalidad suele pensar, también hay discapacitados corruptos.

Cierto es que este congreso, que está plagado de ladrones, personajes que fabrican sus hojas de vida, tipejos que mantienen negocios de meretricio, lumpenaje, narcotráfico y afines, hace lo mínimo con desaforarlo y acusarlo constitucionalmente, y que por cada Urtecho haciendo de las suyas en los pasos perdidos, habrá decenas de otros que siguen contratando, para funciones congresales fantasmas, a sus empleadas, a sus amantes, a sus cuidaperros o a sus parientes -o a todos juntos- y que esta es, como siempre, una reacción ante el escándalo mediático. Pero cierto es también que los testimonios de los empleados que el trujillano utilizó para sus arreglos son por demás, contundentes.

El tema no da para muchos rollos, más allá de lo que podamos enterarnos a través de la prensa convencional, que ve en el tema solo un motivo más de rating y demolición política y no una cruzada por adecentar esta politiquería pues ella misma se encarga de engrasar los motores de la pulla barata, el chisme de vieja callejonera trasladado al congreso y los discursos huecos, que sirven para llenar pautas insulsas y realizar entrevistas que no sirven para nada en un país que necesita más dedos acusadores y menos sonrisitas Milagros-Leyva-style. Pero me nace una pregunta en medio de todo este alboroto, que nadie ha formulado hasta ahora: si Urtecho es condenado por enriquecimiento ilícito, asociación ilícita para delinquir, o cualquiera de las otras tipificaciones que encajan con sus malas mañas ¿a qué cárcel irá? ¿o saldrá algún "connotado" penalista a decirnos que por su condición médica no puede cumplir encierro o carcelería? 

Si un discapacitado -condición que, de por sí, lamentamos y que no nos complace en absoluto-, es capaz de robar (una actividad que planifica utilizando su cerebro, operativo al 100% como podemos apreciar), también puede ir preso ¿o no?

domingo, 6 de octubre de 2013

ENTREVISTA A HERBERT RODRÍGUEZ: ¿ES EL MAC REALMENTE UN "MUSEO DE ARTE?

Conversamos con Herbert Rodríguez, uno de los artistas plásticos más representativos de las décadas 80-90, gracias a su compromiso con lo social, lo ciudadano y lo tradicional. Desde las míticas instalaciones del colectivo Huayco hasta los murales del ahora fenecido centro cultural El Averno, Rodríguez ha dejado siempre en claro su posición frente a tópicos como la discriminación, la violencia política y la corrupción, en un entramado social como el nuestro, que lejos de integrarse, se disocia cada vez más. ¿El tema? Su postura y punto de vista con relación al llamado Museo de Arte Contemporáneo (MAC) de Barranco, su fracaso como elemento de gestión cultural igualitaria y su ataque al espacio público, pues está construido sobre las ruinas de un entrañable lugar de épocas pasadas: la Lagunita y el Centro Cultural Manuel Beltroy Vera. Rodríguez, hoy convertido además en profesor universitario de historia del arte y activista en defensa del patrimonio, nos concedió esta entrevista en los jardines del museo de marras, cuya agenda de actividades se asemejan más a las de un salón de convenciones, ágapes y saraos dignos de las secciones sociales de papel couché que inundan Lima cada semana. Visiten su interesante blog Controversiarte:

  

sábado, 28 de septiembre de 2013

MALMSTEEN Y SLASH SE ACERCAN A LIMA: DOS ESTILOS, UNA SOLA PASIÓN: LA GUITARRA


Durante la década de los 80s, surgió una marejada de géneros musicales asociados al rock, y ampliaron una paleta sonora que en años anteriores no ofrecía muchas variables a los consumidores habituales de estas expresiones de rebeldía juvenil. Las polarizaciones pop versus rock, progresivo versus punk o disco versus hard rock, que por lo general planteaban dicotomías de estilos supuestamente opuestos (aunque en el fondo formaban parte de la propia evolución de esa subcultura rockera) fueron reemplazadas por nuevos rótulos que aumentaban con la aparición de cada nuevo artista.

Este aluvión de géneros -algunos sólidos y otros no tanto- fue relegando a la guitarra a roles secundarios (de simple acompañamiento), diferentes (creación de barreras de distorsión) o simplemente nulos (para dar paso a la electrónica). Y los guitar hero, esas legendarias figuras dominantes en la escena rockera mundial, se fueron convirtiendo en símbolo de lo caduco, una falsa percepción de lo que supuestamente era llamado "progreso" en la música. Las actitudes sectarias de ciertos públicos y críticos especializados demarcaron este camino de forma errónea, y fueron creando la sensación de que escuchar rock basado en guitarras era algo desfasado. Los míticos solos de guitarra son ahora considerados "retrógrados" y quienes no entienden eso están en nada en apreciación musical. Nada más falso, desde luego. Esta absurda creencia sigue viva en la actualidad, y son pocas realmente las personas que entienden el desarrollo del rock, como término genérico, como una historia integral, en la cual cada estilo, tendencia, cambio o deformación actúa como capítulos del todo y no como rupturas absolutistas de la matriz original. 

A pesar de este contexto, en esa década ochentera, el hard rock y las raíces blueseras de este vicio llamado rock and roll continuaron cultivándose, desarrollando nuevos estilos y vehículos de expresión. Desde los más genuinos guitarristas de blues que seguían creando conmovedores fraseos y finos pasajes hasta los agresivos y, a veces, excesivos guitarristas del heavy metal y todos sus subgéneros; nacieron en esos años de efervescencia creativa muchos músicos que, a contramano de lo que decían los rankings, defendieron con uñas y dientes el poder de la guitarra, esa arma de seis cuerdas que, bien tocada, basta y sobra para generar a su alrededor una ola de electricidad capaz de atravesar una pared. Jack White -el último guitar hero del que se tiene noticia- es el mejor ejemplo de ello.

Dos de los nombres más importantes de esta forma de vivir y entender el rock están acercándose a Lima, para ofrecer conciertos en noviembre. Dos guitarristas que harían renegar a cualquier defensor y amante del "do-it-yourself", los tres acordes, el amateurismo del rock independiente y lo anti-académico que, además, encarnan cada uno por su lado, dos vertientes que, en el seno mismo del rock guitarrero, producen discusiones, sentimientos encontrados y fanaticadas aparentemente opuestas. Ambos surgieron en los 80s y ambos se mantienen vigentes, demostrando con sus carreras que toda esa tendencia a ningunear a la guitarra rockera ultra virtuosa no es más que una actitud que encierra, detrás de su supuesta intención de promover la vanguardia, una irreprimible pose.

Hablamos de Yngwie Malmsteen y Slash. Uno sueco y el otro británico, representan como dije en un párrafo anterior, las dos caras de una misma moneda: la capacidad de convertir una guitarra y un amplificador en armas de destrucción masiva. Mientras que el primero lleva al extremo su formación como músico clásico -amante de Paganini, los compositores barrocos y el folklore de su país- el segundo se convirtió, en menos de una década, en el mejor exponente de esa guitarra callejera, urgente, cargada de explosiva influencia blues pero con una calidad en la ejecución impropia en tiempos en que escuchar hard rock se consideraba un asunto de ancianos.



Cada una de las cientos de notas que Malmsteen es capaz de lanzar por compás parecen haber sido escritas previamente sobre el pentagrama. Quienes lo acusan de "pretencioso", "pecho frío" o "demasiado técnico-demasiado virtuoso", padecen una ceguera muy grave, que les impide apreciar la tremenda complejidad de sus desarrollos instrumentales y el evidente talento artístico que esto exige. Y su presencia escénica -que alcanzó picos míticos entre 1986 y 1992, sus años de oro- no tenía nada de encorsetado ni académico. Desde Ritchie Blackmore hasta Brian May, desde Eddie Van Halen hasta Frank Zappa, todos resuenan corregidos y aumentados en los dedos de este velocísimo guitarrista, y sus álbumes instrumentales son actualmente clásicos de todos los tiempos, que se ubican un peldaño por encima de personajes como Joe Satriani o Steve Vai. Yngwie Malmsteen siempre quiso ser parte de un grupo, pero sencillamente no podía hacerlo. Tenía que ser solista y protagonista pues su habilidad no podía contenerse en el formato común de "primera guitarra" en una banda.



Por su parte,  Saul Hudson -o simplemente Slash- se inscribe en la tradición establecida por gigantes del hard rock y blues como Jimmy Page, Eric Clapton, Jeff Beck, Duane Allman, entre otros. Fue el guitarrista que salvó al hard rock de la desaparición a fines de los ochentas e inicios de los noventas, una desaparición liderada por los sintetizadores, las bandas de glam metal y todos los hijos menores del punk (new wave, gothic rock, etcétera). Aun con la aparición del grunge, la Gibson Les Paul naranja de Slash, reminiscencia inmediata de Led Zeppelin, supo imponerse a fuerza de espectaculares riffs y afilados solos, todos contenidos en los álbumes de Guns 'N Roses en los cuales participó (entre 1986 y 1993). En años posteriores, Slash se convirtió en un solicitado guitarrista de sesiones con una variopinta cartera de clientes y lanzó diversos proyectos solistas, además de fundar Velvet Revolver. En todos estos trabajos, la guitarra de Slash brilla con luz propia, y su sonido es identificable en cualquier contexto.

Yngwie Malmsteen (50) y Slash (48) pertenecen a una generación de guitarristas que han tenido que batallar con la estigmatización del rock y la inevitable atomización de los públicos, debido a una oferta de géneros tan diversificada y a menudo impuesta por los medios de comunicación y las tendencias que privilegian la vacuidad de propuestas musicales esporádicas, condenadas al fácil olvido y el consumo masivo. Y aun así, su talento como artistas y su leal apasionamiento por componer música para guitarras han resistido el paso de los años y la sola mención de sus nombres equivale a hablar de las ligas mayores en cuanto a músicos de rock. Eso los convierte en clásicos.


lunes, 23 de septiembre de 2013

CASOS TOLEDO Y GARCÍA: GRITERÍOS Y SILENCIOS DE LA PRENSA PERUANA


un viejo adagio que "cada pueblo tiene a los gobernantes que merece". En nuestro país, esta fórmula podemos aplicarla, con la misma eficacia, a su selección de fútbol, a sus programas de televisión, a su clase dirigente (política y económica) y por supuesto, a su prensa. Nuestro pueblo -aunque yo prefiero siempre utilizar el término "población", que no tiene la carga demagógica hoy inscrita, a sangre y fuego, en el vocablo "pueblo"- merece el enmierdamiento de su cotidiano andar, de su tráfico insufrible dominado por salvajes (montados, indistintamente, en 4x4, Kias Picanto, micros y combis), de sus futbolistas fracasados a nivel selección y exitosísimos en sus equipos internacionales que les pagan millones de dólares y claro está, de su política y su prensa, que es capaz de quedarse muda en todos los idiomas frente al endiosamiento de corruptos y convertirse, al minuto, en ensordecedora vocería acusadora, dirigida a destruir a todo aquel que apunte a ser competencia de esos corruptos que admiran y catalogan de estadistas.

Esto último podemos ejemplificarlo claramente con las recientes cuitas de nuestra politiquería y el doble rasero de la prensa mercenaria. No es que sorprenda, pues basta con mirar las fotos de cócteles sociales y foros internacionales para entender que la agenda noticiosa y el tono editorial se define a través de las influencias (algunas veces acompañadas de sendos contratos y comisiones testaferreadas), pero sí indigna, porque algunos de nosotros creímos haber aprendido, en las aulas universitarias, que la función del periodista era mostrar una opinión siempre imparcial y siempre alineada al interés público, y no regalar sus espacios, cintillos, reportajes, titulares y columnas -muchas de ellas consideradas como insumo básico para la formación de ese concepto, siempre gaseoso, llamado "opinión pública"- al mejor postor.

Me refiero, específicamente, a los casos, maquiavélicamente paralelos, de Alejandro Toledo Manrique y Alan García Pérez, ambos expresidentes de la república. Toledo, cuyo único paso por Palacio de Gobierno estuvo dominado por sus banalidades -el avión presidencial, sus familiares aconchabados al poder- y sus irresponsabilidades sociales -la negativa a reconocer a su hija Zaraí, sus idas y venidas con Eliane Karp- está siendo investigado por las adquisiciones inmobiliarias millonarias que ha realizado, a través de su suegra y su amigo Yosef Maiman, y que no termina de explicar muy bien. Sus constantes contradicciones y a menudo, crasas mentiras, lo han puesto en el ojo de una tormenta mediática inmisericorde. Sin ser simpatizante de Toledo, me parece excesivo el tratamiento que todos los medios, sin excepción, le han dado a este tema. Amplificar los pedidos de "retiro de la política" (creados, eso es cierto, por el mismo Toledo en uno de sus famosos intentos por dramatizar sus declaraciones de inocencia) y llamarlo "cadáver político" por un asunto que aun no está definido al 100%, escapa de toda objetividad.

Sobre todo cuando vemos que esos mismos medios se ponen doble guante de seda cuando se trata de hablar de Alan García Pérez -dos veces presidente y con acusaciones mucho más gruesas que unas cuantas mentiras y deslices de nivel personal-, con la única excepción del periodista César Hildebrandt y su equipo de jóvenes y valientes periodistas quienes, desde su intransigente trinchera semanal, se han convertido en las únicas voces que llaman las cosas por su nombre. García, sobre quien pesan denuncias, juicios y miles de indicios razonables relacionados a los peores delitos del mundo: genocidios, enriquecimientos ilícitos, sobornos, cutras comisionables, cometidas durante sus dos períodos en el cargo; es entrevistado con respeto, devoción y hasta admiración por conductores de noticieros que, cuando se refieren a Toledo, son capaces de llamarlo "poco hombre", "mentiroso", "falso", clavando las miradas a sus camarógrafos. Una sentencia amañada del Tribunal Constitucional acaba de lanzar al triturador de papeles todas las investigaciones, declaraciones y conclusiones de trabajo de la llamada "megacomisión" del Congreso, que está destapando varias ollas de grillos cocinadas durante la última administración alanista, aduciendo una supuesta "vulneración de derechos civiles" al imputado García, tras lo cual festejó a través del twitter y, seguramente, también descorchando una que otra botella.

Es sumamente desagradable ver cómo periodistas como Milagros Leiva (El Comercio, Canal N) o Jaime Chincha (Canal 5) -solo por citar dos nombres- traten a Alan García como si se tratara de un gran señor mientras que a Alejandro Toledo le sueltan las peores imprecaciones, las más sutiles ironías y los adjetivos más terribles. Es indignante que líderes de opinión como Beto Ortiz -galardonado por segundo año consecutivo por esas dudosas encuestas de poder- despotrique contra Toledo, cada vez que puede, y sobonee a García en las mismas proporciones. ¿Por qué si todos, a coro, censuran las mentiras de Toledo, le exigen definiciones, lo insultan y emplazan desde sus programetes o periodiquetes; no actúan de la misma manera frente a la obvia maquinación mafiosa que le permite a García zurrarse, como le da la gana, en todo un trabajo congresal y se libra, de un plumazo, de acusaciones e investigaciones en curso?

Si las mentiras del líder de Perú Posible nos caen tan mal, es ilógico que los discursos del caudillo aprista nos suenen a estadismo puro. Este paralelismo desnuda, aunque no parece ser tan obvio a juzgar por el mutismo general de la calle al respecto, los intereses de la prensa, que se venden sin miramiento ni escrúpulos. Si la de nuestro país fuera una prensa realmente independiente, preocupada por informar con objetividad y brindar a la población los elementos necesarios para ejercer su ciudadanía con responsabilidad, la actitud frente a este blindaje "legal" a Alan García tendría que haber sido de absoluto repudio y no esta especie de complacencia que se desliza en cada informe. Una complacencia que no existe cuando se trata de destapar los correos electrónicos entre Eliane Karp y el abogado Pedro Allemant. Ahora resulta que las mentiras de Toledo son más condenables que los delitos de García. Mientras las primeras generan obsesionados griteríos, los segundos provocan convenidos silencios.


lunes, 16 de septiembre de 2013

LA HORROROSA MÚSICA DEL GIMNASIO


Ir al gimnasio -o al gym, como escribirían los cronistas hipster de las revistas en papel couché tipo Cosas-Somos-DedoMedio y afines- no era, hasta hace un par de años, algo que pudiera consignar en mi hoja de vida. Si bien es cierto fui un jugador compulsivo de fulbito entre los 10 y los 16 años, la verdad es que durante las dos décadas siguientes, mi mayor ejercicio consistió en las largas caminatas que solía hacer, ya sea buscando trabajo o ejerciendo alguno de los subempleos con los que mi querido país premió mis esfuerzos por estudiar, leer algunos buenos libros, ver algunas buenas películas y escuchar mucha, pero mucha buena música. Sin embargo, hace dos años casi, decidí hacer el esfuerzo y asistir, por lo menos dos veces por semana, a ese recinto rodeado de espejos, máquinas que asemejan ser instrumentos de tortura y cientos de personas -entre hombres y mujeres- que realizan exageradas rutinas físicas para mantenerse fitness

Como mi objetivo en la vida no es convertirme en un gorilón de esos, que no pueden ni siquiera juntar los brazos porque sus abultados bíceps no se lo permiten, jamás me verán en un gimnasio con las venas del cuello a punto de explotar mientras intento levantar una colección de discos de acero que me cuadruplican el peso. Suficiente con mantener una rutina de ejercicios que compense los años de sedentarismo en los que me interné voluntariamente y que me haga sentir que, por lo menos cuatro horas a la semana, hago algo positivo por el aspecto corporal de mi vida. Sigo pensando que entrenar la mente y el espíritu es tan o más reconfortante y que, en todo caso, asumir la necesidad y la importancia de hacer ejercicios es una decisión inteligente y responsable, sobre todo al borde de los cuarenta años.

Muchos prejuicios que tenía con relación al gimnasio se han ido diluyendo con el correr de los meses y, en la actualidad, debo decir que no me incomoda. Al contrario, me siento bien física y anímicamente. Utilizo las instalaciones y los aparatos a mi propio ritmo y decisión, y no me alineo al comportamiento de los demás, en cuanto a sus costumbres de usuarios compulsivos. De alguna manera, soy un outsider entre toda esa población de obsesionados con sus músculos, que se miran a los espejos cada vez que levantan una pesa, comparan sus abdominales y comentan sus experiencias con tal o cual suplemento vitamínico, tal o cual cocktail de pastillas, tantas o cuantas repeticiones por máquina. Puedo decir que ya estoy acostumbrado a todo lo que uno puede ver en una estadía dentro del gimnasio. A todo menos a una cosa: a la música espantosa que ponen, a todo volúmen, todo el tiempo.

Siendo el melómano empedernido que soy, es francamente una tortura auditiva cada mañana. Es insufrible. La asociación de ideas que existe entre hacer ejercicio, en cualquier modalidad -llámese caminar o correr en la banda, hacer pasos de escalera (me resisto a decir steps), flexiones, abdominales, bicicleta estacionaria o sala de máquinas y pesas- y escuchar la más aburrida e insoportable sucesión de éxitos de discoteca, desde Novalima hasta Lady Gaga pasando por Don Omar, Bruno Mars, Katy Perry y demás engendros de la música pop moderna, es actualmente la única razón por la cual abandonaría el gimnasio. 

Ya atoré dos buzones de sugerencias pidiéndoles que varíen las canciones, que cambien de DJ, que compren otros discos y nada. No me hacen caso. Y ni siquiera los audífonos sirven porque lo ponen a tal volúmen que prácticamente un simple nerd como yo no lo puede evitar. Es la metáfora perfecta del poder que tienen la moda y la ignorancia, en términos musicales, desde luego. Esto es lo que le gusta a la mayoría así que lo aceptas o te vas si no te gusta. Y como pretendo seguir con mi sencilla rutina de ejercicios, pues lo acepto nada más. Pero no me callo, por eso escribo este post.  

Una de las cosas más irritantes de la inexistente cultura musical de los gimnasios es que programan canciones propias de la actual generación de jóvenes, cuando su público objetivo está mayoritariamente entre los 25 y 35 años, y de allí para arriba. ¿Música de adolescentes en un gimnasio repleto de treintones y cuarentones? ¿para qué? ¿para que se sientan más jóvenes? Ese subtexto del fondo musical en un gimnasio me parece de lo más huachafo y engañoso. Si el objetivo de ejercitarse es mantenerse en buena forma física, más allá de la edad que se tenga ¿por qué no abren el espectro y programan canciones con las cuales los usuarios nos sintamos más identificados? Claro, no digo que pongan pues Hello Dolly de Louis Armstrong, la Cabalgata de las Valquirias de Richard Wagner o alguna selección de discos de Van der Graaf Generator (aunque yo no me opondría en absoluto). Pero hay cientos, si acaso miles, de canciones de los setentas, ochentas y noventas que le irían muy bien a una sala de máquinas, a un espacio repleto de bicicletas estacionarias o a una fila de corredores, que corren en su sitio, en la banda elástica.

Por mi parte, prefiero imaginarme mi propio soundtrack durante las breves y provechosas sesiones de ejercicio que realizo cada fin de semana: ¿quién dice que uno no puede correr escuchando Atom heart mother o Close to the edge? ¿no sería bacán ir a un gimnasio en el que, en lugar de escuchar a Marisol dando de gritos, como si nos encontráramos en una combi, uno pudiera oir, a todo volúmen, Highway star