sábado, 2 de abril de 2016

ELECCIONES 2016: SE ACERCA LA HORA MÁXIMA DEL SAINETE


El sistema electoral peruano está tan mal hecho que, a dos semanas de los comicios, todavía hay candidatos que renuncian y tachas sin resolver en el Jurado Nacional de Elecciones y su apéndice, el Jurado Electoral Especial. Comenzamos el proceso, hace aproximadamente seis meses (la convocatoria formal a elecciones fue en noviembre de 2015) y de los 19 candidatos que se lanzaron ahora quedan "solo" 13 (*), de los cuales, al día de hoy, apenas 4 o 5 tienen real intención de voto.

(*) Este artículo comencé a escribirlo el lunes 28 de marzo en la mañana y para el jueves 31, en que recién pude continuarlo, la cantidad se había reducido a 10 candidatos. ¿Seguirá bajando? 

Como es evidente, hablar de un proceso electoral presidencial en el que compiten DIEZ opciones parece una broma de mal gusto, una ofensa a la inteligencia promedio, un chascarrillo que podría haber sido parte del guión de una película de Cantinflas o de Capulina. No hay forma de tomar estas elecciones en serio salvo que quiera uno formar parte de la enorme masa desinformada y autocomplaciente que cree estar viviendo en democracia con un esquema así de precario y confuso.

En apenas 10 semanas hemos tenido pruebas que, una tras otra, demuestran y refuerzan la idea de que este sistema electoral es un trabajo pésimo de organización y planeamiento, que no responde al más mínimo esfuerzo de reflexión acerca de sus alcances y múltiples aristas, y que pareciera no haber sido pensado entre profesionales de la ley, con conocimiento y experiencia, sino redactado a las patadas, entre gallos y medianoche, por un grupo de trabajo improvisado y sin oficio, con nula seriedad y mucho apuro en sacar lo primero que se les ocurrió, ya sea porque es expresión genuina de su incapacidad funcional o porque es un milimétrico y psicopático trabajo premeditado para confundir, para mantener el status quo, una conspiración para favorecer a los que ganan a río revuelto con la complicidad -tácita o explícita- de unos medios de comunicación serviles al poder y una opinión pública obnubilada, ciega, idiotizada por sus sueños de farándula, gastronomía y empates futboleros que se celebran como medallas de oro, con vuelta olímpica y caravana de claxons incluidas.

Una de las prácticas más irritantes de estos procesos electoreros modernos es la obstinada y arbitraria avalancha de carteles con los que candidatos de todas las raleas ensucian la ciudad: las bermas de avenidas céntricas, los aires de zonas atestadas de tráfico, y hasta las ventanas de edificios, balcones y puertas sirven de atriles para esas insoportables sonrisas de estudio, poses de medio lado con los brazos cruzados, mirando de manera torva hacia "sus" votantes, esa abstracción que solo les sirve a estos candidatos para ver a los ciudadanos como números, votos que pretenden echar a sus alforjas sin la más mínima intención de honrarlos luego. Los votantes solo servimos para hacerlos ganar y después de logrado el objetivo no te sonreirán nunca. Ni en foto.

Me pregunto si existe, en todos estos años de gigantografías, paraderos, pancartas clavadas en los jardines públicos y hasta modernos y luminosos pantallazos LED, algún estudio cuantitativo referido a la efectividad concreta de este método publicitario. ¿Alguno de ustedes ha decidido su voto después de mirar a esos rostros macilentos e inevitablemente fingidos, sonriendo de forma congelada, casi monstruosa, casi zombie, desde un cartel? Quizás si se tomaran el esfuerzo de investigar eso se darían cuenta de que, además de afear la ciudad durante toda la temporada electoral -afeamiento que se prolonga hasta mucho después de las elecciones, por cierto, ya que nadie se digna a retirar a tiempo toda esa contaminación visual agresiva y costosa- esos carteles constituyen un gasto innecesario e infructuoso.

Otra práctica habitual en nuestras pintorescas y desordenadas elecciones presidenciales -habitual y que exhibe, cada cinco años, niveles más y más bajos de degradación, una degradación orgánica, que hiede, que se pudre ante nuestros ojos y oídos- es la llamada "guerra sucia" que para los grupos políticos -no me atrevo a llamarlos partidos- es normal. La demolición sistemática del o los adversarios, las posibles amenazas y sus satélites, a través de una cuidadosa, psicopática, estrategia de desprestigio a cuatro bandas, que alcanza incluso a los ciudadanos que se organizan para manifestar sus opiniones en plazas públicas, tildándolos de terroristas.

Y aquí cuentan, cómo no, de nuevo con la publicidad de la bien llamada concentración de medios: canales, diarios, radios y uno que otro ciberperiodista que, en bloque y formación cerrada, encienden sus ventiladores y lanzan sus estiércoles a la masa que los ve como "líderes de opinión" y no recibe recibe, traga e incorpora a su sistema la bosta esparcida, sino que además la devuelve cual caja de resonancia, la extiende y replica, disfrazándose a veces de opinión sesuda cuando es, en el fondo, una expresión maquillada de los mismos niveles de intolerancia, de difamación, de temor a la confrontación de ideas y programas, rubros en los cuales saldrían perdiendo, sin duda alguna.

Hay que ir a votar, es nuestro derecho a escoger a las autoridades para el próximo quinquenio, que acabará con una efeméride importante: el Bicentenario de la Independencia. Esta variable le da especial valor a las elecciones -o por lo menos debería dárselo. Pero ir a votar también es un deber, una obligación. Si no vas, pagas una multa y tu DNI no tendrá el holograma fashion sin el cual no podrás hacer ningún trámite formal, por lo menos hasta que le pagues al Estado por no haber cumplido con tu tarea ciudadana.

Claro, las multas se han sincerado con esto de la estratificación según tipo de distrito pero ese detalle, que es menor, importa poco que funcione regular o bien, en medio de este caos en el que tenemos hasta un candidato que tendrá que ser sacado de un penal de alta seguridad para que participe del debate organizado por el JNE. ¿Qué pasaría si, por algún designio diabólico, Gregorio Santos ganara el 10 de abril? ¿Piedras Gordas se convertiría en sucursal de Palacio de Gobierno? ¿Los ministros juramentarían en la celda del presidente? Teniendo claro que es prácticamente imposible que Santos gane, es también claro que es el sistema político mal hecho el que permite que exista una posibilidad así de absurda, por muy remota que sea.

Este es el noveno proceso presidencial que tenemos desde la recuperación de la democracia en 1979-1980 tras los 11 años de dictaduras militares de Juan Velasco Alvarado (1968-1975) y Francisco Morales Bermúdez (1975-1979). Hasta antes del golpe con el que Velasco derrotó a Belaúnde las elecciones se decidían entre 3 o 4 candidatos, como hasta ahora ocurre en cualquier otro país del mundo. Sin embargo desde 1980 todos los procesos para escoger Presidente en el Perú han tenido una exagerada cantidad de candidatos, siendo el récord la elección del 2006, la que terminó en el segundo alanato. De 24 inscritos compitieron 20 tras la renuncia de cuatro. En esta ocasión comenzaron 19 y terminaron 10, la misma cantidad de las elecciones pasadas, las que llevaron al poder a Nadine Heredia y su esposo Ollanta, el de la Gran Transformación (se transformó de esperanza de cambio a conservación de todo lo anterior, corregido y aumentado con las veleidades y afanes de Nadine de convertirse en socialité de la noche a la mañana). Once listas con un promedio de 130 personas cada una postulan al Congreso: un total de 1,401 personas, de las cuales 845 son hombres y 556, mujeres. Alrededor de 60 son reincidentes (congresistas que quieren repetir el plato) y menos de 20 nostálgicos, congresistas entre 2006 y 2011, quieren regresar al Parlamento a pasarla de lo lindo con 15,000 soles mensuales, viajecitos, homenajes y quién sabe cuántas gollerías más. ¿Y el Parlamento Andino? Un pretexto para que cinco vagos (Ronald Gamarra dixít) reciban trato exclusivo por tres o cuatro sesiones al año. 

¿Qué hemos aprendido en estos 36 años de democracia? ¿Es justo que esa palabra -democracia- siga siendo manoseada por políticos, periodistas, opinólogos y ciudadanos, restringida al mero hecho de ir a votar este domingo 10 de abril? ¿Es democrático que haya diez candidatos y más de mil candidatos al Congreso? Para mí es la más clara y comprensible prueba del desorden, de la informalidad caótica que nos acompaña en tantas otras áreas de nuestra vida diaria como peruanos. No solo no es democrático tener 10 candidatos, no es sano ni representativo. ¿En realidad una persona con dos dedos de frente puede pensar que existen 10 formas diferentes de ver los problemas que tiene el Perú? Que las elecciones sean caldo de cultivo para la aparición de decenas de personas que, excitadas y seducidas por la idea de tener poder -y acicateadas por una ley electoral laxa, de requisitos mínimos y sin reglas de juego claras- se la jueguen y aspiren a alcanzar el cargo público más alto y representativo sin tener las credenciales adecuadas. 

Y el debate de mañana es la cereza que le falta al pastel. Hace unos días escuché a un locutor radial de esos que abundan en las mañanas, a los que les pagan por hablar estupideces y hacer chacota de todo, todo el tiempo, soltar una frase tonta: "La mecánica del debate electoral no parece haber sido organizada por el Jurado Nacional de Elecciones sino por la productora de Esto Es Guerra". Habida cuenta de las "duplas" anunciadas -dicen que fue por sorteo pero yo no me creo ese cuento-, cobra mucho sentido dentro de la lógica absurda que ha marcado el desarrollo de este sainete que todos los canales presentan con sus músicas épicas y animaciones en 3D. 



sábado, 9 de enero de 2016

CAMPAÑA ELECTORAL 2016: OTRA VEZ LAS MISMAS TONTERÍAS


Es inevitable. Apenas culminaron los fuegos artificiales, los brindis y buenos deseos por la llegada del Año Nuevo y ya estamos invadidos por esta galería de personajes impresentables, varios de ellos reincidentes y uno que otro "recién llegado" -las comillas son porque si bien es cierto ya tienen cierto tiempo hablando idioteces en la "arena política nacional", se lanzan por primera vez a la carrera por ocupar el trono desde el cual sueñan con enriquecerse ellos y sus allegados durante los próximos 5 años- que, para repetir las muletillas de los gacetilleros de la televisión y los medios escritos, "calientan el ambiente electoral". Las mismas tonterías de cada quinquenio, que la ciudadanía en tropel -salvo contadas excepciones- asume como parte de su vida "democrática".

A estas alturas de mi partido -estas serán las quintas elecciones presidenciales en las que voto- nadie me vende el cuento de que "van a cambiar al país en los primeros 120 días" como suelen decir, de diferentes maneras, los estafadores que ahora bailan, se abrazan y congregan a multitudes de pobres personas, madres de familia de asentamientos humanos tugurizados o distritos suburbanos empobrecidos y pseudo-profesionales sin dignidad que son capaces de hacer toda clase de ridiculeces -disfrazarse de cuyes, lanzar vivas a empresarios resinosos, batir palmas a ladrones caudillistas- a la expectativa de un trabajito sobre remunerado en el Estado si su "doctor" de ocasión gana las elecciones. No. Decir "ninguno me representa" es la manera políticamente correcta de decir que me producen una severa repulsión, ganas de convocar a los espíritus de Robespierre y Guillotine y convertir las plazas públicas y avenidas en literales mares y ríos de sangre. Porque si a alguien no le queda claro de qué se trata aquello de "refundar la república" que algunos analistas (los más serios y agudos) mencionan pues eso es: deshacerse de todos y empezar desde cero.

Son 19 candidatos y de esa avalancha de mentirosos profesionales, cada uno acompañado de dos vicepresidentes y 130 buitres, los cinco primeros son los peores. Van a la CADE -otro baile de máscaras en donde se reúnen para hablar hasta cansarse, comer bocaditos gourmet y tomarse fotografías para las sociales de papel couché- y se hacen los interesantes por donde quiera que van, se acodan en sillones, entrevistas o en conferencias de prensa con la infaltable gigantografía (el backing) llena de logotipos de sus auspiciadores y sonríen al por mayor, convencidos de que la campaña política es un simple muestrario de superficialidades, que se muestran -valga la redundancia- a una masa que cada vez exhibe una menor, casi inexistente capacidad de apreciación crítica y que, a causa de sus necesidades básicas, bailan al son que les toquen, reciben polos, viseras, bolsas de víveres, 100 o 150 soles por hacer bulto en una portátil y se avientan a la berma central de cualquier avenida, bajo el sol calcinante, a consumir un almuerzo en tupper de tecnopor. Por el apoyo, compañero.

Mientras tanto la prensa cumple un vergonzoso papel validando todo este monumental engaño, armando sus encuestas, lanzando sus pronosticos, preparando sus ediciones especiales -sus "rallies" con animación en 3D y música de fanfarria grandilocuente de fondo-, entrevistando a Alan, a Keiko, a PPK, a Toledo, a Acuña. Llamándolos "señores candidatos" y soltando una que otra risita de mediolado que supuestamente es la máxima ironía de la que son capaces.

Hay una combinación de complicidad con cobardía en estos señorones y señoronas de la prensa, estos líderes de opinión de cartón, estos columnistas y conductores de radio y televisión que tienen décadas en la política peruana (estas son solo mis quintas elecciones pero hay varios de estos periodistas que se han soplado todos los procesos presidencialistas desde la recuperación de la democracia en 1979-1980) y aun no saben -o no quieren- llamar a las cosas por su nombre.

Complicidad porque manejan tal nivel de información que resulta patético verlos reportando sobre "gobernabilidad", "fiesta democrática", "campaña política" cuando ellos conocen, mejor que ningún otro habitante de este país, las reverendas pendejadas y crímenes de los que son capaces todos y cada uno de los cinco que encabezan los sondeos, amañados (unos más que otros).

Y cobardía porque si no dicen las cosas como son no es porque ellos crean que todo es claro y transparente sino porque son, al final de cuentas y con toda su experiencia y su fama y su prestigio como grandes hombres y mujeres de prensa (la gran mayoría), esbirros al servicio de sus jefes, los dueños de los medios que son, a la vez, compadres de los verdaderos dueños del país, los poderes económicos que controlan (casi) todo desde mediados de los 80s: la CONFIEP -que en realidad es hablar de dos o tres banqueros, dos o tres mineros, y ya- y la corrupción que ha carcomido y sigue en metástasis permanente, interminable, carcomiendo todas y cada una de las instituciones nacionales, públicas y privadas.

En este país ya no hay espacio para la tecnocracia y sus conceptos analíticos.  Los expertos en encuestas que salen a hablar de las tendencias y lo que cada candidato esta haciendo suenan ridiculos cuando uno ve los personajes a quienes se refiere. Ridiculos y complices, tambien, de la farsa generalizada. Tampoco hay eapacio para el positivismo que busca replantear las ideas y buscar la unidad.

Lo que realmente necesita este país, que tanto amamos, es que el público, la población, recupere la sensibilidad y le duela el estómago por las arcadas que producen esos carteles oportunistas, esas promesas destinadas a no cumplirse, esas alianzas de programa cómico en donde conceptos como lealtad o ideología suenan a broma de mal gusto, esos discursos paparruchentos que algunos, los menos informados, todavía siguen calificando de inflamados y vibrantes.

Lo que necesita este país es que quienes estamos -o nos sentimos- por encima del debate político simplón, el de los titulares en los periódicos y los asesores de marketing político que cobran millones de dólares por indicar de qué color debe ser la banderola y a qué lado de la cámara debe dirigirse la sonrisa; salgamos a decir lo que pensamos como sociedad organizada y hagamos frente a todos estos personajes de siempre que pasan sus jornadas elucubrando estrategias para engañar a la mayor cantidad de personas posible: jóvenes ignorantes y anomicos ensimismados en sus aparatos y sueños de fama farandulera, familias empobrecidas que hacen cola para recibir un regalito, empresarios interesados en contratos millonarios con el Estado..

Hay que preguntarle a una mujer cuyo marido la haya engañado, o le haya pegado, repetida y sistemáticamente durante décadas, si se encerraría de nuevo con esa persona entre cuatro paredes, a solas, si el maldito reaparece diciendo que ha cambiado, que ahora las cosas serán diferentes. Seguro responde que no sin pensarlo dos veces. ¿Por qué entonces votaria por Alan o por Keiko? O sino pregúntenle a un padre de familia si dejaría la educación de sus hijos, que recién están empezando a leer y escribir, en un tipo deforme que es incapaz de descifrar un párrafo que le han escrito. ¿Cuál sería su respuesta? ¿Por qué entonces votaría por Acuña o por Toledo? O pregúntense mirándose al espejo si quieren ser gobernados por un señor de 80 años cuya nacionalidad no es peruana y del cual nadie, salvo él mismo, es capaz de escribir su apellido correctamente sobre un papel sin consultar en internet.

Este post no va a cambiar las cosas, desde luego. Es solo un ejercicio de catarsis ante la avalancha de bosta mierdosa que nos espera los próximos meses. En dos días nada más, recién disipado el humo de los cohetones del 31 de diciembre, ya hemos visto varias de esas escenas que hacen que mis entrañas de revuelvan: buses interprovinciales trasladando portátiles con polos y banderitas, planchas congresales presentadas en poses triunfalistas -los brazos arriba, las manos entrelazadas, las sonrisas falsas-, entrevistas y columnas de opinión qua atacan a unos, resaltan a otros y ningunean a los demás, según conveniencias, periodistas -viejos, intermedios y jóvenes- que creen que están haciendo el trabajo de sus vidas cubriendo las declaraciones de tal o cual mientras se muerden la lengua para no perder las gollerías del trabajo actual y las expectativas de lo que vendrá si los llaman para unos cuantos eventos o alguna asesoría "in house", con factura incluida. Ya se vienen los ataques arteros, vulgares, los bailes estrafalarios y los carteles malogrando el ornato urbano, los comerciales, los niños mocosos cargados por estos monstruos contrahechos que solo piensan en llegar al poder.

En lo que a mí respecta, viciaré mi voto nuevamente. Hoy más que nunca siento que este es un remedo de democracia. Democracia no significa salir a votar y después sentarte a ver cómo se quema todo (frase excelente del caricaturista Álvaro Portales). Esta elección, con 19 "opciones" es más bien una muestra grosera, obscena y vulgar del tremendo caos sociopolítico en el que vivimos. ¿De verdad creen ustedes que hay 19 visiones diferentes de país, 19 programas de gobierno distintos? ¿por qué me resulta tan evidente la falsedad de todo esto y a los demás no? ¿O también lo saben pero se hacen los tontos?

En el caso del ciudadano de a pie puede tratarse de una necesidad de sentirse parte de un país normal, de no aceptar que vive en la barbarie. Pero en el caso de los periodistas de diarios, canales, radios y páginas web, que ven de cerca todo este asunto, que se saben todas las últimas, que se sientan a comer con los jefes de prensa de cada agrupación, con sus asesores y hasta con los mismos candidatos, de vez en cuando, es una abierta y sinvergüenza hipocresía.

sábado, 2 de enero de 2016

EL ÁLBUM DEL DÍA: 365 DISCOS COMENTADOS DURANTE EL 2015


Vivimos tiempos en que nada tiene valor si no produce dividendos, ganancias, retorno de la inversión. Tanto tienes tanto vales. Y en términos de internet y redes sociales, tu éxito es medido y juzgado según la cantidad de "likes", "comments", "followers" y cuantas veces al año fuiste "trending topic". En ese sentido mi grupo El Álbum del Día es casi un fracaso, no entro a la estadística. Un año después sigo siendo un proyecto nuevo...

Sin embargo esa forma de ver las cosas, convencional y simplona, me interesa muy poco. El 31 de diciembre del 2014 decidí iniciar un grupo de Facebook en el que publicaría una reseña diaria, autoimponiéndome una obligación: tener que escuchar un disco diferente cada día, investigar sobre él, y redactar un comentario. No un post de cinco líneas, sino todo un artículo argumentando mis pareceres sobre el disco elegido por mí mismo. Y aunque comencé con ciertas dudas, llegué al 31 de diciembre del 2015 habiendo cumplido con mi objetivo y, lejos de sentirme desanimado por la magra cantidad de seguidores-lectores (comencé desde 0 y cerré con 120), pienso extender el proyecto para este 2016 también...

La idea original nació con unos posts que empecé a titular "El Álbum del Día", en los que publicaba textos cortos -un párrafo de 10 líneas como máximo- acerca de un disco equis que cerraba siempre con una pregunta, una trivia, acerca de algún detalle de su grabación, del artista, de la carátula, etc. uno de los que más respuestas generó (tomando en cuenta mis promedios por supuesto) fue el Meddle de Pink Floyd. La pregunta era "¿qué es la imagen de la portada?". La respuesta era: el detalle del pabellón de una oreja sumergida en agua. Fascinante ¿no?

Fascinante o no para los demás, y animado por uno o dos de mis lectores habituales -sí, adivinaron, mi esposa y mi hermano- me embarqué en este lío de escribir una reseña diaria el 1 de enero del 2015 hablando del tercer disco de estudio de la banda irlandesa U2, War, de 1983, en donde está la conocidísima canción New year's day, la única que ponen los DJs en radios limeñas cada vez que quieren celebrar el Año Nuevo sin poner Cinco pa' las 12 del salsero panameño Gabino Pampini.

Llevo años escribiendo en internet acerca de lo que me da la gana y nunca he sabido ni experimentado en carne propia aquello de "monetizar" tus contenidos. Será que escribo mal, pienso a veces. O que a nadie le interesan mis artículos. Ambas cosas son debatibles y jamás aparecerán ante mí como temas cerrados, habida cuenta de la enorme cantidad de bosta podrida que encabeza los rankings de páginas webs, perfiles en Facebook y grupos de multitudinaria fanaticada que pueblan las redes sociales y la internet, sobre todo si nos ceñimos a las tendencias reinantes en nuestro país.

Por ello mismo no tuve en ningún momento expectativa alguna de hacerme "viral" con artículos acerca de álbumes, artistas y géneros musicales que (casi) nadie valora hoy en día. ¿Por qué persistir en el empeño entonces? Dos cosas: amor a la música y amor a escribir acerca de música. Nada más. Sin embargo también tenía la posibilidad de contar con algunos aliados para que de todas maneras no quede como un ejercicio onanista, solitario. Si escribo y publico es porque quiero que me lean ¿no es cierto? Entonces decidí compartir mis reseñas diarias con el exitoso grupo cerrado FaceRock, que actualmente tiene más de 4,200 miembros, aunque es necesario decir que no todos interactúan todo el tiempo. Aun así, pensé que un buen número de ellos daría click al botón "Me gusta" de mi proyecto de comentarios cotidianos. No fue así. En 365 días alcancé 120 seguidores, es decir un promedio de 10 por mes. De esos 120, 25 -es decir el 20% aprox.- son conocidos, familiares, amigos...

Pero este ligero análisis numérico no lo hago porque me moleste la idea de no ser popular en las redes, es solo un dato con el que deseo ilustrar los resultados concretos de una aventura que no nace ni del ansia profesional de avanzar en mi carrera periodística digital ni en ganas de generar productos que me hagan emprendedoramente millonario de la noche a la mañana. Pero sobre lo que sí quisiera detenerme en el diseccionamiento del fenómeno es acerca de las razones por las cuales El Álbum del Día no alcanzó, por lo menos, a atraer a un 10% de esa comunidad rockera con la que yo mismo colaboro e interactúo de manera permanente en FaceRock. Porque, si bien es cierto sus personajes más conspicuos (uno o dos de sus administradores y varios de los que siempre cuelgan contenidos en ese grupo matriz) han reaccionado siempre a mis publicaciones, lo cierto es que al grueso de integrantes de FaceRock tampoco le han interesado mucho mis reseñas que digamos...

Por lo que regreso a lo que expresé hace un par de párrafos: quizás escribo mal. Es muy posible, de hecho, que mis niveles de redacción no sean 100% óptimos (quién podría llegar a ser tan huachafo de echarse flores a sí mismo). Sin embargo eso significaría que me leyeron y, como no les gustó lo que leyeron, no pasaron a la acción, el click en "Me gusta". Si eso fue así, entonces quiere decir que El Álbum del Día es un éxito porque a mí me interesa que me lean. Y cada vez que alguien me lee, termina renegando por lo mal que escribo y decide no volver a leerme nunca más. Y qizás la lectura fue tan irritante que lo comentó con otras personas y estas también leyeron, solo para confirmar. Pero como el tema no es tan de su interés, lo dejan ahí. Pero me leyeron. Se entiende el punto ¿no?

La otra es que a nadie, ni siquiera a quienes consumen música por internet y Facebook, le interesan mis comentarios. Eso también es probable, después de todo no soy un líder de opinión ni aparezco en la tele ni soy columnista en Somos. Y de ser así, puedo sentirme también satisfecho porque la intención de El Álbum del Día nunca ha sido figurar en ningún ranking tetudo de las páginas más vistas o leídas. Para eso existen La Mula y El Útero de Marita. Y tener un cenáculo reducido y fiel es la mayor condecoración que puedo haber recibido en un año de trabajo regalado al éter, de intensas noches escribiendo reseñas para tres o cuatro días con anticipación porque salía de viaje, me iba de vacaciones o simplemente porque mis verdaderas obligaciones (en el trabajo, en la casa) me impedían sentarme con mis parlantes a full dejando que las canciones, las épocas, los artistas y las sensaciones me inspiren para escribir mi artículo y así no defraudar(me) y dejar un día sin su disco.

Toda esta voltereta retórica la elaboro porque en realidad me siento muy orgulloso, como se habrán dado cuenta -¿a quién le hablo si solo tengo 120 seguidores?- de haber llegado al final del 2015 sin haber fallado un solo día, publicando una reseña estructurada, extensa, sencilla y directa, sobre el disco que me dio la gana escuchar en mi oficina, en mi casa los fines de semana, en un avión o en un micro, desde mi reproductor a todo volumen o a duras penas entre los correos corporativos, las llamadas telefónicas y los trabajos de verdad, los que me permiten cobrar un sueldo a fin de mes.

El Álbum del Día es un cajón de sastre en donde hay, mayoritariamente, producciones discográficas de rock y jazz, en sus diferentes subgéneros y vertientes, de épocas pasadas (60s, 70s, 80s, 90s y hasta algunas bandas y artistas de los 2000s). La mayoría de discos comentados los he escuchado cientos de veces desde hace años. Otros los puse por primera vez. También hay espacio para la salsa (de verdad), el latin jazz, la música criolla, el reggae, el rap y el folklore, las baladas en español y la nueva era, las bandas sonoras y las rarezas. Y tiene algunas reglas también. No comento recopilatorios por ejemplo ni reediciones corregidas y aumentadas. Tampoco comentaré, nunca, algún disco de reggaetón, cumbia peruana producida desde los 90s hasta ahora, o álbumes de Shakira, Beyonce, Katy Perry, Lady Gaga y afines... En la época del mp3 y el archivo en iTunes me aferro al hecho de atravesar la experiencia de escuchar un disco de principio a fin y que este te suscite alguna emoción, te deje algún aprendizaje, te estimule a averiguar más cosas sobre lo que acabas de oír.

Miles de gracias a quienes han compartido, comentado, leído en silencio. Y también a quienes hayan decidido escuchar o reescuchar algún disco estimulado por haber visto su carátula publicada en El Álbum del Día. El 2016 ya comenzó y yo sigo para adelante. ¿Serán 240 seguidores el 31 de diciembre del 2016? ¿o comenzarán a irse? No lo sé. Y sí, adivinaron otra vez, no me importa...

  


sábado, 17 de octubre de 2015

THE WALL DE ROGER WATERS: GRAN CONCIERTO, MAL DOCUMENTAL


INTRODUCCIÓN

A mediados de agosto último, me enteré de que el documental Roger Waters: The Wall iba a ser estrenado en salas de cine de todo el mundo, de manera simultánea y en fecha única, el martes 29 de septiembre. Había pasado un año entero desde que se presentara en el Festival Internacional de Cine de Toronto y poco o nada se había dicho acerca de cómo fue recibido y ninguna reseña se había publicado en la red.

En esos doce meses entre su transmisión en dicho festival y la anunciada fecha de estreno global, no se filtró ni una sola escena, tráiler o pantallazo que diera señales de cómo lucía este nuevo producto asociado al mejor álbum conceptual de la historia del rock, The Wall, lanzado originalmente en 1979 por el cuarteto británico Pink Floyd.

Todo este secretismo, parte de una campaña publicitaria milimétricamente diseñada por el equipo de producción del documental, encabezado por Roger Waters, el temperamental bajista, cantante y compositor, creador en un 98% de esta obra clásica del arte moderno, no hizo más que aumentar la ansiedad de los millones de fans de la banda alrededor del mundo, quienes de una u otra manera han sido tocados en lo más íntimo de sus psiquis por su monumental argumento, cargado de profundos simbolismos y agudos cuestionamientos a todo lo establecido: las relaciones familiares, la escuela, el amor de pareja, la guerra, la política, la alienación social. Todos queríamos ver esta versión, de qué manera nos sorprendería esta vez el genio creativo y siempre confrontacional del notable artista inglés.

El documental no solo contiene la presentación, en pantalla gigante, de la espectacular gira mundial que Waters y su banda había realizado entre 2010 y 2013 tocando The Wall de principio a fin (la primera vez que esto sucedía desde los míticos shows de Pink Floyd en 1980), replicando la dinámica de ir levantado una pared de ladrillos blancos que separaba a los músicos del público pero con todas las ventajas y posibilidades de los adelantos tecnológicos de los últimos 35 años en todo lo concerniente a sonido, iluminación, vestuario, proyección de imágenes en altísima resolución, uso de robots; sino que además agrega un acercamiento personal a la vida de Waters y explora las principales motivaciones que lo llevaron a escribir esta historia como la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial. Todo apuntaba a que se trataría de una experiencia musical y psicológica sobrecogedora.

THE WALL: EL CONCIERTO

En cuanto a lo musical la promesa se cumple ampliamente, superando cualquier expectativa. La interpretación de cabo a rabo de las 26 canciones del disco original es perfecta, de un nivel superlativo. Entre Another brick in the world (Part III) y Goodbye cruel world, los dos últimos temas de la primera parte de The Wall, la banda incluye el medley instrumental The last few bricks, formado por fragmentos de The happiest days of our lives, Don’t live me now, Young lust y Empty spaces/What shall we do now? que no figura en el disco de estudio pero sí era tocado por Pink Floyd en los shows de 1980 para darles tiempo al equipo para que instale los últimos ladrillos antes de la suicida despedida del atribulado protagonista de la historia, Pink, alter ego que combina elementos de la personalidad del mismo Roger Waters y de Syd Barrett, el alucinado primer vocalista y guitarrista de Pink Floyd.

La otra novedad es el tema The ballad of Jean Charles Menezes, que Roger toca inmediatamente después de Another brick in the Wall (Part II). Este tema, dedicado a un joven brasileño de 27 años que fuera asesinado en el 2005 por la policía londinense en una de las estaciones del “Tubo” (el sistema de transporte público subterráneo de Londres), por sus presuntos y nunca probados vínculos en los atentados terroristas a la capital de Inglaterra producidos ese año, es como una coda a la archiconocida canción, la única de todo el disco que recibe atención de las radios locales, y es interpretada por Roger con guitarra acústica.

La puesta en escena es sorprendente, de excelencia visual y sonora. Para quienes hemos escuchado el disco hasta la saciedad y hemos visto, en sus respectivos momentos, la suprarrealista película de Alan Parker de 1982 (con Bob Geldof como protagonista) y el concierto The Wall in Berlin de 1990, organizado para celebrar un año de la emblemática caída del Muro de Berlín –en el cual Waters interpretó la obra en su integridad rodeado de un elenco de artistas de primera línea como Scorpions, Bryan Adams, The Band, Marianne Faithful, Cindy Lauper, Thomas Dolby, Paul Carrack, entre otros; este show es un hecho realmente trascendental. Aunque da la impresión de estar viendo siempre el mismo concierto, en realidad hay imágenes de las noches en Quebec (Canadá), Londres (Inglaterra), Atenas (Grecia) y Buenos Aires (Argentina). Mirando los acercamientos al público uno puede darse cuenta de las diferencias entre una y otra ciudad; lo mismo ocurre con el grupo de niños que baila y canta en Another brick in the wall (Part II), dando una señal clara de inclusión al escoger chicos y definir coreografías según el país visitado.

En el tema Mother, Roger Waters realiza la primera y única conexión con la versión original del show, cuando anuncia que la cantará acompañando en segunda voz y guitarra al "joven, miserable y jodido Roger" mientras proyecta imágenes, trabajadas en blanco y negro, de sí mismo interpretando esta canción, una de las principales de la primera parte de The Wall, durante el concierto de 1980 en el teatro Earls Court. 

El extremado cuidado en la interpretación musical (la banda es sencillamente excepcional), la enorme calidad de las imágenes proyectadas sobre el muro, que van cambiando de colores, texturas y mensajes, algunos de ellos muy explícitos, de crítica al orden mundial económico, social y político moderno, hacen de este concierto una experiencia multisensorial que apela a emociones ligadas a la búsqueda de paz y justicia social, uno de los aspectos recurrentes de la carrera de Waters post-Floyd: sobre la base de temas y reflexiones personales decanta en cuestiones más generales, de naturaleza universal que afectan a todos por diferentes motivos.

Por ejemplo, durante la intro de Goodbye blue sky, una animación moderna muestra una amenazante flota de aviones de guerra que lanza bombas, las cuales se convierten en símbolos de todas aquellas instituciones económicas, religiosas o políticas que controlan las mentes de poblaciones en el mundo entero: desde cruces latinas o árabes hasta estrellas de David; desde el símbolo del dólar o la hoz y el martillo hasta logos de conocidas compañías capitalistas como Schell, Mercedes Benz o McDonald, caen sobre una ciudad derruida, corrompiéndolo todo.

Estas –y muchas otras- imágenes alegóricas, diseñadas con tecnología de última generación, se combinan con las clásicas y pesadillescas animaciones de Gerald Scarfe que se proyectan sobre la pared/pantalla, mientras que las tomas muestran cada detalle y expresión en los rostros de músicos y público asistente, en una comunión de emociones que tiene de todo: desde las miradas de complicidad entre Roger y sus talentosos cómplices hasta las explosiones del público, que corea con lágrimas en los ojos cada verso de estos himnos al aislamiento social y las crisis existenciales más oscuras que son, dicho sea de paso, más comunes de lo que piensa la persona promedio.

THE WALL: EL DOCUMENTAL

Lamentablemente no ocurre lo mismo con los segmentos documentales. Aunque Roger Waters: The Wall inicia con buen pie –Roger, de pie frente a un monumento en homenaje a soldados caídos en la Primera Guerra Mundial, entre quienes se encuentra su abuelo, saca una trompeta para tocar la suave melodía de Outside the wall que es interrumpida abruptamente por los explosivos primeros acordes de In the flesh?- la historia que pretende contar no alcanza en ningún momento a conmover con sus desarrollos supuestamente dramáticos y, hasta cierto punto, sumamente disforzados. A contramano de estos vacíos en el contenido de las escenas no musicales, es justo indicar que la fotografía y las locaciones son de gran factura, con lugares hermosos como el cementerio de Montecassino en Italia o tomas de las carreteras, de intensa belleza visual.

Como prólogo al documental aparece Liam Neeson, nacido en la convulsionada Irlanda del Norte, confesándonos que asistió, siendo aun un actor emergente en Londres, a uno de esos conciertos en el Earls Court en el que Pink Floyd sorprendió a todo el mundo interponiendo un muro de enormes bloques que, al final de la obra, colapsaba encima de la gente. El reconocido actor de cine cuenta lo mucho que aportó a su sensibilidad y viaje personal la exposición a Roger Waters: The Wall y nos augura lo propio a quienes estamos por ver el largometraje. El efecto de esta introducción es engañoso ya que si bien es cierto la música y sus letras sí consiguen el impacto anunciado, Waters fracasa en el guión pues tiene varias carencias que no están a la altura de la magnificencia de The Wall como narrativa que compagina a la perfección música e historia generando angustia, identificación con sus principales ideas fuerza, dolor y reflexión a varios niveles.

Sus escenas rozan la superficialidad y hasta caen en la impostura, con un Roger Waters sumamente disperso y ensimismado, que pasa de la lectura de viejas cartas en las que su madre recibe la confirmación de la muerte en combate de su padre en la batalla de Anzio, Italia; a absurdas conversaciones en la ruta, con una persona no identificable, que no guardan ninguna relación con la creación del disco ni con su vida personal o artística ni con los diversos niveles de metalenguaje que tiene The Wall, la razón principal de que haya influenciado tan fuertemente a las generaciones posteriores.

Cuesta trabajo relacionar al genial compositor e intérprete que fue capaz de escribir una obra maestra del arte contemporáneo, con la faceta que nos muestra de sí mismo en este documental. La anodina escena en que está de pie con sus hijos frente a la lápida de su abuelo es la que más se acerca a producir algo de emoción. Waters, de 72 años de edad, nos muestra en primerísimo primer plano una lágrima que corre por sus curtidas mejillas al leer esas amarillentas cartas pero no les dice nada memorable a sus herederos y termina siendo, tanto en este diálogo como en otros a lo largo de la película, de lo más plano y prosaico. Como dije, la escena se acerca a emocionar pero en realidad no llega a generar nada. Otra secuencia medianamente rescatable podría ser aquella en la que Waters se sienta en la barra de un bar, en Francia, y comienza a contarle sus reflexiones y recuerdos -la muerte de su padre, sus pesadillas- al camarero, incapaz de entender inglés. Esta metáfora de la incomunicación es potencialmente buena pero, nuevamente, la trivialidad se apodera del guión y nos deja con la miel en los labios, con la sensación de que había más por hacer con esas ideas.

Para quienes esperábamos mayores exploraciones en el universo artístico de Waters, y que él nos ayudara a entender desde adentro su obra capital, la decepción es tan superlativa como la espectacular performance de él y su banda. Ni una sola escena dedicada a los ensayos de esta monumental gira que duró 3 largos años –más de 140 conciertos en ciudades de Estados Unidos, Canadá, prácticamente todo Europa y parte de Centro y Sudamérica-, ni una sola mención a la participación, en uno de esos conciertos, de David Gilmour y Nick Mason, sus ex compañeros de Pink Floyd, ni tampoco actualizaciones del Waters actual, con la sabiduría y contundencia que le han dado los años, respecto del por qué sentía esa aversión al público y cuáles fueron las verdaderas discusiones entre él y el resto del grupo con relación al contenido, básicamente autobiográfico y personal, de las letras de estas inmortales canciones.

Tras los créditos finales, una jocosa sesión de Q&A (Preguntas y Respuestas) en la que vemos a un Waters más relajado, menos preocupado en seguir las pautas cuadriculadas de un guión que él mismo había escrito, sentado en una pequeña mesa junto a Nick Mason, contestando una serie de preguntas sobre distintos momentos de Pink Floyd y de sus propias carreras, que habían sido seleccionadas en la internet, parece lanzarle un salvavidas al documental, pero no basta. Para mí, este segmento final es, de lejos, lo mejor del documental. Hubiera preferido mil veces ver solo el concierto completo sin esos paréntesis que interrumpen y deslucen al largometraje.

LA BANDA

Roger Waters se convirtió, desde 1973, en la principal fuerza creativa de Pink Floyd y, a partir de The dark side of the moon, el control férreo que ejercía sobre las direcciones musicales que iba tomando la banda se hicieron cada vez más evidentes. Esta situación llegó a su punto máximo con The Wall, a tal punto que, para la gira promocional, el tecladista Richard Wright ya había renunciado al grupo y participó de esos conciertos como músico contratado. Con Mason y Gilmour la cosa fue más sutil e incluso el guitarrista comparte créditos de composición en tres temas de la obra (Young lust, Comfortably numb y Run like hell) además de poner la voz principal en dos (Young lust y Goodbye blue sky) y cantar a dúo con Waters ocho temas más, entre ellos Mother, Comfortably numb, Hey you, Waiting for the worms y Another brick in the Wall (Part II).

Para esta gira The Wall Live 2010-2013, Waters armó una banda con una combinación de viejos conocidos y nuevos talentos, que le permiten replicar nota por nota el extenso álbum y, a pesar de ser sumamente respetuoso con las líneas melódicas y arreglos generales de su composición, le imprime fuerza y aire nuevos. Por supuesto él conserva la poderosa y angustiada voz intacta, alcanzando notas que suenan exactamente igual que hace 30 años y su bajo, potente y preciso, marca la pauta en cada una de sus intervenciones.

David Kilminster, joven músico de harta experiencia en el mundo del rock progresivo, está a cargo en un 80% de las partes más significativas de la guitarra de David Gilmour, y lo hace de manera sobresaliente. El espectacular solo que hace en Comfortably numb, encaramado en la parte más alta del muro y a oscuras, con un breve cañón de luz iluminándolo exclusivamente a él, es uno de los momentos más sublimes del show. El segundo guitarrista, Snowy White, viene trabajando con Roger desde hace muchos años atrás, e incluso fue músico de apoyo en la gira promocional del The Wall original en 1980 y hace un solo alucinante en Hey you. Como tercer guitarrista está G. E. Smith, conocido músico norteamericano que fue parte de Hall & Oates en los 80s y director musical de la banda de Saturday Night Live. Excepcional como guitarrista, su función es de complemento en arpegios y fondos, además de hacer las veces de bajista cuando Waters suelta el instrumento. Por ejemplo en Hey you, que da inicio a la segunda parte de The Wall, Smith toca el bajo fretless que en la versión en estudio fue grabado por Gilmour.

Las partes vocales de Gilmour son cubiertas por Robbie Wyckoff, soberbio cantante de mucha experiencia como vocalista en sesiones y que ha compartido escenarios con otros grandes de la industria. En esta oportunidad, Wyckoff luce su voz atenorada pero con absoluto control de sus capacidades dándole un tono ligeramente distinto a las líneas originales. Para las partes corales (Waiting for the worms, In the flesh, The show must go on) está acompañado de los hermanos Mark, Pat y Kipp Lennon, trío de voces que vienen trabajando desde mediados de los 70s bajo el nombre de Venice.

En los teclados, otro conocido de la familia floydiana post-separación de bienes, Jon Carin, uno de los pocos músicos que no han sido integrantes originales de Pink Floyd y que ha trabajado tanto con Waters como con Gilmour, en paralelo y en diferentes épocas. Carin ingresó a Pink Floyd tras la salida de Roger y grabó los álbumes en estudio A momentary lapse of reason (1987)The division bell (1994) y The endless river (2014) así como los discos en vivo Delicate sound of thunder (1988) y Pulse (1995). Y es miembro de la banda de Roger Waters desde el año 2006. Como segundo tecladista está Harry Waters, hijo de Roger, que además toca el acordeón. En la batería otro colaborador de hace muchos años de Waters, Graham Broad, completan una banda de extraordinarios recursos, que interpreta esta portentosa música con pasión, energía e intensidad.

COLOFÓN

En suma, Roger Waters: The Wall, como producto fílmico en el género de documentales deja mucho que desear y plantea algunas interrogantes: es un hecho que Waters no es ya la misma persona que fue cuando compuso este dolorido testimonio psiquiátrico con implicancias universales pero ¿tanto puede haber cambiado como para convertir su obra maestra, aquella que ya le aseguró un lugar en la inmortalidad, en un producto para consumo masivo, de personas que quizás no entiendan del todo sus mensajes pero que hacen largas colas en los cines, se toman selfies con sus afiches y llenan el Twitter con el hashtag “#IseeRogerWatersTheWall”? Puede que sí. Pero al hacerlo corre el riesgo de convertir a este fantástico alegato contra lo fatuo de la fama (el muro evitaba que la gente lo viera para favorecer la escucha de lo que tenía que decir y comunicar) y la terrible angustia de sentirse diferente en un mundo de personajes homogéneos, reprimidos, represores, alienados por la absorbente sociedad y por sus vacíos emocionales, en un espectáculo de fuegos artificiales, luces de colores y grandilocuencia que está condenado a ser, como todo en esta época, efímero, poco perdurable, desechable. Muchas de las personas que salieron de las salas bar del Multicines UVK después de ver Roger Waters: The Wall ya están haciendo cola para ver el pre-estreno de la última de Batman en 3-D con HD. Solo me queda cantar, con voz queda el trágico Goodbye cruel world… I’m leaving you today…

jueves, 1 de octubre de 2015

DÍA DEL PERIODISTA: ¿ERES "PERIODISTA" O "COMUNICADOR"?


En estos tiempos en que las plazas más atractivas, desde el punto de vista remunerativo, para un profesional de las comunicaciones son las que tienen que ver con consultorías, asesorías de imagen corporativa, comunicación institucional y demás hierbas, uno se pregunta si realmente hay la suficiente cantidad de periodistas en las calles y oficinas de Lima como para celebrar de manera tan entusiasta “su día”.

Desde hace no tan poco tiempo asistimos a una dicotomía engañosa y un poco amañada, arropada en gruesos paños de aquella ignorancia sutil que casi nadie percibe porque es compartida por la mayoría, según la cual existiría una diferencia sustancial entre ser “comunicador” y ser “periodista”. Esta dicotomía, como digo, mañosa, pretende distinguir una cosa de la otra y, en ambos casos, de ida y vuelta, la distinción se hace para guarecerse de no ser confundido entre una opción y la otra.

El “periodista” se siente superior al “comunicador” porque, en el plano conceptual, tiene un trasfondo, es culto, sabe de todo un poco y de nada en su totalidad, recoge lo mejor de cada experiencia y busca siempre llegar al fondo de las cosas. Por su parte, el “comunicador” afianza su superioridad porque, a diferencia del sesgo politizado y el aura crítica del “periodista”, es más pragmático, tiene olfato para la oportunidad, es ligero de pensamientos, reflexiones y conocimientos pero eficiente en la elaboración de mensajes que, en one, calarán tan hondo que cualquier cosa que recomiende será un éxito, un golazo. Los “periodistas” critican, investigan y analizan todo. Los “comunicadores” facilitan el proceso de entendimiento entre unos y otros, asesoran a los peces gordos, entretienen al público, lanzan sloganes, ganan elecciones.

Y este cara/sello, este bifrontismo en el que la profesión que nos convoca a todos los que sentimos pasión por escribir y desentrañar misterios, que nos iguala a quienes crecimos leyendo crónicas escritas desde una Remington o una Olivetti con quienes se dedican a hacer copy-paste de casi todo; en suma, esta doble cara se da a ambos espectros del ejercicio moderno de las Ciencias de la Comunicación, así, con mayúsculas, como los Cursos de Extensión de la San Martín: Se lo espetó Philip Butters (el “comunicador”) a Marco Sifuentes (el “periodista”) en el sonado caso de las acusaciones por mermelería que el primero le hiciera al segundo, al aire y a gritos. Se lo reprocha Magaly Medina (la “periodista”) a Laura Bozzo (la “comunicadora”) creyendo que así diferencia su basura localista de aquella que difunde con ventilador industrial la nefasta animadora afincada en México. Y el resultado es siempre el mismo: “no me digas nada porque tú no eres …” Completen el espacio en blanco con cualquiera de los dos sustantivos y la ecuación será exactamente la misma.

Esta diferenciación tiene, por cierto, un origen conceptual basado en la idea innegable de que la comunicación humana como hecho antropológico es anterior al oficio periodístico. Naturalmente todos los seres humanos tienen la capacidad de comunicarse, esa es una verdad de Perogrullo. Pero eso no significa de ninguna manera que cualquier hijo de vecino se arrogue el título de "comunicador" sólo porque sale a decir lo que se le ocurra y hacer chacota de todo frente a una cámara o un micrófono. Si bien es cierto todo periodista es, primero que nada, un ser humano que se comunica a través de ciertas técnicas, para ser comunicador no sólo basta con saber hablar y ser, entre comillas, carismático.

Sin embargo, la realidad en la que vivimos en el Perú –y me imagino que en otros países del mundo también, aunque no de manera tan descarada como aquí- nos deja claro lo siguiente: cada vez son menos periodistas y comunicadores los que merecen ser felicitados hoy.

El análisis, la profundidad, la absoluta objetividad/subjetividad para investigar y denunciar a todos por igual (cuando lo merecen), el buen decir y escribir -características de todo periodista formado en la tradición de aquella época en la que se estableció esta efeméride- han desaparecido casi por completo de periódicos, canales de televisión y cabinas de radio. Hoy reinan los errores de sintaxis, de ortografía, de cultura general. La ausencia de contenido y criterio para comentar y analizar hechos que la masa siempre ve de manera unidimensional. La incapacidad para desmarcarse del poder y llamar las cosas por su nombre. Todo ese bagaje de influencia social que antaño dio forma a los medios periodísticos, que no contaban con más que sus libretas y lapiceros, máquinas de escribir, grabadoras portátiles, cámaras fotográficas con rollo a revelar y, en muchos casos, su memoria y capacidad literaria para cerrar a medianoche sus historias, darles cuerpo y hacerlas atractivas al lector, es ahora una preocupante y cada vez más pequeña minoría. Y en los medios tecnológicos vigentes (el periodismo digital, los blogs y páginas web, las redes sociales), la crisis va por el mismo rumbo.

Y por la otra acera las cosas no andan muy bien que digamos. El mercado de puestos de trabajo ha convertido a los pocos comunicadores con formación profesional en meros empleados (como asesores de marketing político, jefes de prensa de instituciones públicas, publicistas de poco escrúpulo, cortas luces y múltiples ambiciones) al servicio del poder –político o económico o ambos-; las nuevas tendencias de las relaciones laborales han creado toda una generación de charlatanes que se dedican a mentir y crear expectativas falsas en masas de jóvenes desempleados (los famosos motivadores o consultores de coaching y manejo de la personalidad orientado a la búsqueda del empleo maravilloso que te sacará de la línea de pobreza); mientras que el permanente e indetenible enmierdamiento de la industria del espectáculo (la vulgar y huachafa farándula) ha hecho surgir a una avalancha agresiva, hedionda y cenagosa de nuevos "comunicadores" que destrozan el idioma, entierran los valores y pisotean todo lo que amenace con ser educativo, culturoso o simplemente útil con sus sintaxis simiescas y sus aspectos de barra brava combinada con delincuentes de toda laya, capaces de todo para que el rating no decaiga.

Los “coleguitas” en todos los medios de comunicación convencionales se saludan entre sí y estoy seguro de que cada uno de ellos, en sus fueros internos, reconoce con una claridad mucho mayor de la que serían capaces de aceptar en público que este no es su día. Porque no leen. Porque escriben mal hasta los subtítulos de tres líneas que lanzan al pie de pantalla anunciando los próximos destapes de fin de semana. Porque hacen del condicional –“habría”, “estaría”, “podría”, “presunto culpable”- una forma de vida y discurso. Porque comunican sin saber pensar. Porque apañan a corruptos por temor –o por complicidad. Porque firman facturas por servicios profesionales de todo tipo (conducción de eventos, asesorías, talleres, media training) que después les impide hacer señalamientos, comprarse pleitos y viven, por ello, de espaldas al sufrimiento de la gente de a pie.

El periodismo sigue existiendo por supuesto. Y todavía hay en calles y plazas, en redacciones y oficinas, periodistas que son también comunicadores, comunicadores que son también periodistas, capaces de mantenerse firmes en la persecución de los valores que los inspiraron a estudiar y ejercer, desde las páginas independientes de un periódico o blog que pocos leen, desde las oficinas de imagen de instituciones con orientación hacia cuestiones sociales o solidarias, esa profesión que, en su momento, también ejercieron Vargas Llosa y García Márquez, Fallaci y Kapuscinsky, Wiener y Martínez Morosini. Porque en un comienzo ser periodista y ser comunicador no eran cosas distintas.

Hubo un tiempo en que ser periodista y salir a comunicar cosas era estar comprometido con las causas de la gente común. Hubo un tiempo en que el público sentía que el periodista defendería sus intereses, daría espacio a sus denuncias, no cuestionaría sus dudas y quejas nacidas del hambre y no del cálculo político. Hubo un tiempo en que el comunicador buscaba transmitir diversión y cultura al mismo tiempo y no entregarse al hedonismo facilista de la vulgaridad rentable, esa que va encanallando a niños y niñas, adolescentes que hoy sueñan con ser prostitutas/diosas (ellas) y delincuentes/forzudos (ellos) porque eso les asegurará salir en la televisión, ganar dinero y pasar de ser nada a firmar autógrafos de la noche a la mañana, literalmente sin saber leer ni escribir ni entender nada de lo que pasa ni en el mundo ni en el país ni en la esquina de su barrio ni en la puerta de su casa ni en su propia cabeza.

Porque cada vez hay menos periodistas que los ayuden a salir de esa oscuridad y porque los llamados "líderes de opinión" operan, a veces de forma sutil y taimada, a veces de forma abierta y descarada, para que las cosas sigan así. Eso se siente, se huele en cada programa de noticias, en cada columna que defiende al establishment hasta en las situaciones en que son más evidentes sus efectos negativos y contrarios la población, contra el medio ambiente, contra la decencia.

Y después se sorprenden de ver cómo un estudiante universitario confunde a Abimael Guzmán con Gabriel García Márquez. Basta ver cuántas veces a la semana aparecen estos personajes en los reportajes de la prensa convencional (escrita, radial, televisiva y virtual) como para saber de dónde proviene tanta ignorancia. ¿Pasaría lo mismo si les muestran una fotografía de alguna de esas bataclanas o payasos, de esos animadores o guerreros/combatientes juan que salen todos los días a todas horas en todas partes? Adivinen la respuesta.

lunes, 29 de junio de 2015

CHRIS SQUIRE (1948-2015): EL BAJO OMNIPRESENTE


Todo fanático del rock que haya soñado, siquiera una vez, con ser bajista en una banda tiene que haber escuchado con atención y sin descanso las intrincadas, profundas, impredescibles y, por momentos, delirantes líneas melódicas, fraseos y solos de Chris Squire. Y ni qué decir de quienes sí hayan hecho realidad ese sueño. Para mí, bajista frustrado y anónimo, escuchar la música de Yes se convirtió en adicción durante mis años adolescentes, a la mitad del metal extremo, las canciones de Soda Stereo e Indochine que ponían en las fiestecitas de barrio, las baladas que escuchaba mi madre y la música criolla y clásica de la familia de mi padre.
 
Recuerdo que la primera canción que escuché de Yes fue, por obvias razones cronológicas, Owner of a lonely heart (del album 90125 de 1983), que sonaba en todas partes, pero fue a través de otras canciones de ese mismo disco, como It can happen, Changes o Leave it que la figura del larguirucho y medio regordete bajista, de peinado estilo Mel Gibson en la época de su película Mad Max, se me hizo tanto o más enigmática que la del mismísimo Jon Anderson. Pero no fue sino hasta que vi el concierto Yessongs -lanzado originalmente en 1973- una noche por las ondas cargadas de estática de Canal 27 UHF, allá por 1986, que me quedé pegado a su sonido, a su imagen, a la evidente ascendencia que tenía Chris en ese grupo, incluso por encima del superlativo virtuosismo de Steve Howe y Rick Wakeman o de la voz volátil y las letras pasadas de vueltas de Anderson.  
 
Poco a poco, y muy trabajosamente, me fui adentrando en la música del grupo y, en tiempos en que no existía internet ni discos compactos ni DVDs Blu-Ray, me convertí en fanático de Yes y reconocí en Chris Squire a uno de sus puntales, incluso antes de enterarme que él había fundado el grupo o que era el único integrante que había permanecido todo el tiempo en la banda, a diferencia de los otros miembros que habían entrado y salido, algunos de ellos en varias oportunidades. Como Steve Harris en Iron Maiden o Tony Iommi en Black Sabbath, es inconcebible Yes sin Chris. Y en cada canción que lleve ese nombre estará su sonido inamovible, irremplazable.
 
El sábado 27 de junio falleció plácidamente, según los comunicados emitidos por Facebook y otras redes sociales por parte de sus allegados y familiares, en su casa de Arizona, acompañado de su tercera esposa y sus cinco hijos. Lo había atacado un extraño tipo de leucemia, que le fue diagnosticada hace apenas unos meses, ante el asombro y la solidaridad de millones de seguidores en el mundo, como se vio de inmediato en redes sociales y grupos de fans en varios países del mundo. Es emocionante leer comentarios de pesos pesados del rock mundial como Tony Levin, Adrian Belew, Geddy Lee, entre otros, refiriéndose a él como "el mejor bajista que vi en mi vida", "una inspiración para mi carrera", "jamás vi tocar así a un bajista". O a sus integrantes de Yes que, en un comunicado conjunto lo describen como "el pegamento que los mantenía unidos". Emocionante y triste.
 
Chris Squire, bajista de una de mis bandas favoritas de todos los tiempos, nos deja un legado discográfico valioso, que solo unos cuantos saben apreciar. Desde las primeras notas de Survival y los ataques redondos, agresivos de Astral traveller; las líneas que lideran canciones como Time and a word; hasta las veloces y vertiginosas escalas de Heart of the sunrise, compartidas al unísono con Howe y Wakeman o las evoluciones circulares de Close to the edge. Desde las complicadas entradas y salidas de The remembering (High the memory) o The gates of delirium; hasta los robóticos pasajes de Tempus fugit o Love will find a way. Y ni qué decir de Long distance runaround y su coda instrumental The Fish (Schindleria Praematurus); la fibra rockera de Roundabout o Yours is no disgrace; o las contemplativas líneas de notas largas en Wonderous stories o Awaken.
 
Todos los discos de Yes llevan el sello particular del talento de cada uno de sus miembros, músicos extraordinarios por derecho propio. Y en el caso de Squire, además, una dedicación a exclusividad a una banda con la que alcanzó la categoría de bajista legendario, que influyó tanto a sus contemporáneos como a las siguientes generaciones de bajistas, cambiando por completo el rol rítmico elemental del instrumento para hacerlo protagonista, voz cantante, identidad de un grupo.
 
Aquí algunos temas fundamentals de Yes en los que el bajo de Squire toma proporciones épicas:
 

Heart of the sunrise, del álbum Fragile de 1971, aquí en versión en vivo en el Festival de Montreaux de 2003



Wonderous stories del Going for the one de 1977. La voz más alta es de Squire



Yours is no disgrace de The Yes album, 1971. La sección intermedia es dominada por el bajo omnipresente



Awaken también del Going for the one. Aquí se le ve tocando un bajo de tres cuellos (dos con trastes y uno fretless)



Del álbum de donde salió Owner of a lonely heart -90125, 1983- el tema It can happen

jueves, 4 de junio de 2015

LOS NUEVOS MODELOS A SEGUIR DE LA JUVENTUD PERUANA: CORRUPTOS, SICARIOS, NARCOS Y "VEDETTES"



Hace 30 o 40 años atrás -es decir, hace relativamente poco tiempo- las grandes concentraciones de jóvenes se producían por asuntos relacionados con la conquista de derechos, desde mejoras educativas hasta libertad para escuchar buena música gratis. Mayo del 68 en París (Francia), Woodstock un año después en New York (EE.UU.), fueron movimientos esencialmente juveniles, a los cuales se adherían adultos pensantes, escritores, directores de cine o maestros de escuela y universidad, que estimulaban esas manifestaciones nacidas del ímpetu e idealismo propios de esa etapa de la vida, pero que se enriquecían con lecturas, cine de calidad, inspiración en el arte, la filosofía y la política del pasado. Y sus hermanos menores, niños y adolescentes, se nutrían de estos movimientos, ya sea que vivieran en las ciudades donde se llevaban a cabo, o que se enteraran de ello a través de las noticias que llegaban a través de la prensa, la radio o la incipiente y mágica televisión.

De alguna manera, esto sigue ocurriendo, en este siglo 21 cuya segunda década va ya por la mitad, en prácticamente todo el mundo: ahí están los movimientos en Madrid (España) o en Wall Street (EE.UU.), la Primavera Árabe en El Cairo (Egipto), las marchas estudiantiles en Iguala (México), Quito (Ecuador) o Santiago (Chile). En prácticamente todo el mundo, menos en mi país, Perú. En mi país, los jóvenes salen a las calles para buscar una oportunidad de que los acepten en un programa de televisión, que les ofrece como máximo premio un viaje de promoción a alguna playa de moda del Caribe, all included -o acá nomás a Máncora- para que puedan despatarrarse y juerguearse para celebrar que ya acabaron el colegio. No importa si pasaron con las justas. Tampoco si, en la competencia, deban someterse a las humillaciones y burlas que el equipo de producción y los socarrones conductores preparan, con habilidad casi psicópata. Lo que importa es salir en la tele y ganarse el viajecito que ni sus padres ni sus colegios empobrecidos pueden costear.

Hace 30 o 40 años, también, los políticos corruptos eran despreciados por el común de la gente, aun cuando detentaran el poder y se mostraran pulcros, bien vestidos y mejor hablados. Y se sabía que, quienes se atrevían a dorarles la píldora, era porque en algo se habían beneficiado o en camino de beneficiarse de sus actividades oscuras. Hoy, las juventudes pensantes, que van a las universidades privadas más caras del Perú, se erigen como defensores "ilustrados" de los personajes más corruptos que ha conocido nuestra historia reciente sobre la base de la poca, incompleta y manipulada información que reciben de los medios de comunicación, donde periodistas que fungen de relacionistas públicos y asesores de imagen a sueldo y con expectativas de sus "honorarios de éxito" (un contrato de menor cuantía, presencia permanente en eventos y ágapes de sociales), les dan a estos ladrones y asesinos contumaces, tribunas y columnas, entrevistas y condecoraciones, mientras se preparan para tentar nuevamente los cargos que les sirvieron para enriquecerse sin trabajar.

Asimismo, hace tres o cuatro décadas no había ninguna duda respecto de qué cosa era un narcotraficante y no importaba cuántos carros deportivos de lujo, fiestas o casas tuviera, seguía siendo un delincuente y la condena social era inmediata, surgía con naturalidad. Hoy, desde reporteros hasta gente de la calle muestran una velada -y a veces no tan velada- admiración por esperpentos miserables, asesinos inescrupulosos, a quienes envidian secretamente sus lujos y placeres, pasándose por alto todos los crímenes que han cometido y la permanente falsedad que los rodea. Es sintomático que al último de estos fanfarrones, capaces de vanagloriarse de cargar pistolas y bailar con ellas en señal de poder, los periodistas insistan en llamarlo "Tony Montana", como si esa mención a aquel personaje ficticio, uno de los más despreciables del cine dedicado a la mafia, lo hiciera más cercano al público, cuando no deberían tenerle la más mínima consideración. ¿Miedo a llamar las cosas por su nombre o fascinación por aquello que identifican como una vida intense que ellos jamás podrán tener?

Nuestra juventud ya no sabe distinguir la diferencia entre lo que debe hacer, aunque sea a regañadientes (estudiar) para asegurar su futuro; y aquello que solo debería ocupar su tiempo los fines de semana y los meses de vacaciones. Hoy la diversión es su máxima aspiración, y los programas "concurso" de la televisión de señal abierta se encargan de dársela sin descanso, de luens a viernes, a veces desde las 7.30 de la mañana, horas en que deberían estar tratando de entender lo que leen. 

Ellos, los adolescentes de hoy, sueñan con ser Claudio Pizarro o Gerald Oropeza, con inflarse los brazos como Nicola Porcella y ser carismático como Jesús Alzamora o Adolfo Aguilar. Sus modelos de comportamiento son el patán ignorante y fortachón; el conchudo con plata, caballos y carta blanca para ser considerado ídolo del deporte nacional sin haber ganado un solo torneo en su vida con la camiseta peruana; o de exhibir su poder levantando una pistola con el cuerpo inclinado para atrás (como los raperos pe' batería), con un par de arañas en taco aguja y zapatos de plataforma, lo suficientemente cabeza huecas para aceptar el maltrato que viene acompañado de un buen carro, trago y drogas por montones.

Y ellas, las pobres, deliran por cómo tiene el pelo Melissa Loza, se desmayan cuando un tipo que no les daría ni la mano por la calle, por miedo de contagiarse de algo, aceptan ser su "chambelaine" en la fiesta de 15 años, temática, por $ 2,000 y sueñan con salir sin ropa en alguna revista de papel couché y que les digan "vedettes", "bailarinas", "anfitrionas". Sus modelos de comportamiento incluyen una absoluta carencia de respeto por sí mismas, practicar el exhibicionismo sin límites para hacerse famosas y ser "solicitadas" como "animadoras de eventos" y exponer sus miserias -y las miserias de los medios familiares de los que provienen- en cuanto programa los reciba, por dinero. Miserias que van desde la explotación de su intimidad hasta el manoseo virtual de sus nombres e imágenes.

Mientras todo esto pasa, los expertos de educación de mi país se solazan escuchándose a sí mismos, conversando sin parar sobre estadísticas, comportamientos históricos de la escuela rural y demás cosas, muy interesantes en sí mismas, pero que no sirven para atacar el problema de raíz...



martes, 24 de marzo de 2015

EL ÚLTIMO PASAJERO: ¿ERES CAPAZ DE TODO POR GANARTE EN VIAJE DE PROMOCIÓN?

La telebasura se mete en las casas, y lo que es peor, en las cabezas de la gente a diario y de maneras cada vez más peligrosas e irreversibles. De la mano con las campañas sobrevaloradas de "Buen Inicio de Año Escolar", con personajillos del circo beat de Somos -como Javier Echevarría o la clown Wendy Ramos- comenzó también una nueva temporada de El Último Pasajero, un programete que siempre fue espantoso, y que ahora, atendiendo al curso natural de todos estos productos televisivos evacuados por esos torrentes diarreicos de creatividad cenagosa que da plata, se ha ido pudriendo y pudriendo, hasta que los efluvios intoxicantes de la hediondez fueron tan execrables que han hecho saltar a la teleaudiencia: Adolescentes de 5to. de Secundaria, animados por sus padres y hasta por sus maestros, se someten a los castigos, pruebas y retos que un equipo de producción merecedor de la cárcel más oscura y hedionda (aunque quizás eso último les guste, ya que les recordaría sus reuniones de trabajo) que ahora incluyen su última creación de letrina: la ingesta de insectos, cucarachas, vivas y a puñados. Reproduzco aquí un interesante punto de vista de mi colaboradora ocasional, Yvette Ubillús, a quien agradezco haya plasmado en blanco y negro -algo que debería hacer más seguido- algunas de las tantas interesantes ideas que solemos discutir mientras renegamos después de las taradeces con que nos suele sorprender -e indignar- la televisión local abierta:



Denígrate por tus sueños: El último pasajero o la nueva filosofía del peruano “triunfador” 
por Lic. Yvette Ubillús

Tuve la suerte en la vida de haber nacido en una familia que me dio educación, amor y respeto por los valores humanos, en la que viajar no era una situación especial sino, por el contrario, era parte de nuestro día a día y tal vez por eso es una de las experiencias que más atesoro y que jamás cambiaría. Pero si me preguntaran hasta dónde estaría dispuesta a llegar por hacer eso que tanto amo, hasta dónde podría sacrificarme por conseguir ese viaje soñado y todavía no alcanzado, sin dudar un segundo respondería: hasta donde fuera necesario. 

Por esa razón me pregunto: ¿Por qué si un escolar está dispuesto a todo por un viaje de promoción, si sus padres los apoyan su sometimiento a sacrificios absurdos y deplorables, si sus maestros no opinan al respecto, si los televidentes quieren ver si son realmente capaces de esforzarse al máximo, si sus auspiciadores no tienen pierde y sus canales se encumbran con tal barbarie, por qué, repito, no se sacrifican estudiando hasta ser sobresalientes y así ganar su tan añorado viaje de promoción? 

Sí, ya sé. Me van a decir: “Ay… qué ilusa eres, eso no vende, nadie lo vería”. Y eso puede ser cierto pero no es tan descabellado puesto que el leitmotiv de este “programa” es obligarte a hacer justamente aquello que no quisieras tener que hacer y, obviamente, lo que a todos estos alumnos menos les interesa es estudiar. De hecho, el programa se inicia a la par con el año escolar, lo que demuestra que sus verdaderas inquietudes están en convertirse en los “últimos pasajeros” del bus o avión parrandero y no en los mejores de su clase. 

Y es que hasta el nombre es sintomático. Concursar para ser el último parece ser el lastre que arrastran nuestros escolares ¿Por qué no suben al bus los mejores o los primeros? A simple vista, porque todos se pueden superar en caer cada vez más y más bajo que el otro, con la venia de unos padres que dan pena y una televisión que es la meca de la bajura y el mal gusto. Hasta a sus padres les vendría bien regresar a las aulas para participar con sus hijos respondiendo a una pregunta de cultura general de manera solvente, en lugar de trasquilarse la cabeza recordando prácticas que se utilizaron en la antigüedad para avergonzar a herejes y delincuentes. 

Porque reclaman modernidad pero se comportan como retrógradas: Comen insectos, se afeitan las cejas, se cortan el pelo entre lágrimas, se golpean, es decir, esto es el regreso a la época primitiva. Claro, para qué mandarlos a estudiar si el mensaje es: “el estudio es aburrido, no te hace popular, ni te dará la posibilidad de realizar viajes”. Lo cual yo coronaría con el título: “Denígrate por tus sueños”. Todo lo demás qué importa. 

Hace algunas décadas todavía se contaba con un poco de integridad en la familia, en la escuela, en la televisión, en la sociedad. Pobres los niños y jóvenes de ahora que ya no alcanzaron eso y que actualmente crían a otros peores aún, que son presa fácil de la televisión, los diarios, la radio y todos los medios de comunicación decadentes que tiene este país. Noticieros plagados de sin sentido, noticias que giran en torno a cómo se llenan los bolsillos de plata unos cuántos infames sin principios que empobrecen a las masas con “historietas” baratas, falsas y mal escritas. Solo Dios sabe qué clase de gente serán los hijos de esta última generación de imberbes. 

Pero volviendo a mi desafío: si de esfuerzo, constancia, valor y sacrificio se trata, estos ansiosos estudiantes del último año de secundaria deberían proponerse hacer algo que parece que les resulta desgarrador: estudiar. Ya que la maquinaria embrutecedora de la televisión peruana les pide actos de supuesto valor extremo, por qué no nos presentan sus resultados escolares, por qué no nos enseñan sus métodos de estudio, tarde a tarde, para lograr un mejor rendimiento, por qué no hacen gala de sus aptitudes personales para las materias liderando grupos de ciencias, de letras, de todo lo que incluye su programa de estudios, de paso que así acompañan a sus similares en casa con sus complicaciones para estudiar a cabalidad y no “copiar, pegar”. 

Con tanto genio autoproclamado de la producción y dirección televisiva de seguro podrán armar un excelente programa de entretenimiento con esos elementos y hacerlo atractivo al gusto infantil y juvenil. Después de todo, el profesional de los medios de comunicación es quien debe resolver el problema de los detalles y conseguir que tan novedoso espacio se convierta en el favorito del público en horario prime-time, demostrando así su inmenso talento y creatividad. 

Un “reality” sobre un grupo de niños que quieren aprender a tocar el violín, la batería o el piano, qué maravilloso sería ¿Cuánto tiempo les tomará? ¿Cuántas horas de ensayo? ¿Tienen los medios para comprar un instrumento propio? ¿Puede la producción hacerle ese regalo si progresa y consigue ganar? ¿Pueden ser aceptados en una escuela superior de música? ¿Por qué solo es divertido desvestirse en pantalla o vestirse de lo que no eres? ¿Por qué es un reto comer insectos vivos y no lo es leer una partitura, analizar un texto escrito en alemán, interpretar un cuadro? ¿Por qué solo la burla y la mofa barata hacen reír a nuestros niños y jóvenes? Y lo que es peor, por qué divierte e ilusiona tanto a sus padres y maestros. 

Estudiantes que quieran ser pintores, poetas, científicos, maestros, ebanistas, ceramistas, técnicos, diseñadores. Personas reales, que inspiren a otros. No, eso no, se aburren los últimos pasajeros, ellos tienen que practicar la burla, el abuso, el exceso, la humillación pero después les pedimos respeto a la sociedad, mano dura para quien maneja y atropella en estado de ebriedad, alto al abuso escolar y al acoso callejero. Por favor ¿A quién creen que engañan? A muchos ciertamente, que además protestan por su derecho legítimo a escoger ser engañados en virtud a su poder sobre el control remoto. ¿No será que esta dinámica de la humillación como obstáculo que se vence está armada a los gustos oscuramente morbosos de estos exitosos productores y productoras? 

 Esta gran masa produce lástima porque no puede darse cuenta, está idiotizada. A costa de ella se reparten el botín unos cuantos, en muchos casos ya no es necesario que ganen un premio, ellos se alegran viendo como los mamarrachos de poca ropa, mucha cirugía y sustancias cuestionables, se llevan los carros, las motos y los viajes gracias a la estupidez de los espectadores que los idolatran y pagan con sus niveles de teleaudiencia todos los caprichitos de estos adefesios de alcantarilla. 

¿Será posible que sin autoestima y sin cultura sobreviva este país? ¿Un poco de beneficio económico que no está ligado al progreso de un pueblo podrá subsistir en el tiempo y la historia? ¿Cómo será el Perú gobernado, ya no solo por corruptos e incultos sino por corruptos, incultos e imbéciles? ¿Cómo competiremos en un mundo, cada vez más hostil y con pocas oportunidades, que se aprovecha las debilidades para oprimir a los pueblos? 

Qué lástima que tantos chicos y chicas se empeñen en ser los últimos pasajeros de este barco que va en picada, qué pena que no se unan a la cruzada por ser considerados seres pensantes, que triste que no reclamen elevar el nivel su diversión y entretenimiento tanto como el de su educación y cultura. Qué inconcebible resulta esta competencia por ser todos los días peor.

sábado, 28 de febrero de 2015

MARCHA CONTRA LA TELEBASURA: VIERNES 27 DE FEBRERO DE 2015


Siempre que, por algún motivo, tengo que pasar por el frontis de Frecuencia Latina, en la Av. San Felipe, me quedo mirando las colosales gigantografías en vinilo plastificado con las sonrisas congeladas de esas estúpidas y vulgares estrellas de la televisión (Huarcayo, Schwarz, Galdós, Peluchín, Medina) o los rostros fingidamente serios y culifruncidos de los periodistas líderes de opinion (Lúcar, Mariátegui, Delta, Ortiz) y me imagino, como en esas series de dibujos animados, bajando desde arriba y rasgándolas con una supergillette ardiendo en fuego, ante la mirada absorta de los transeúntes. Otras veces alucino que les prendo fuego, pero desde abajo, y esas gigantescas impresiones colapsan haciéndose cenizas. Algunos me aplauden y vitorean mi nombre. Otros me insultan, pero son los menos. Luego, el claxon de buque de alguna combi que quiere pasarse la luz roja en Salaverry me devuelve a la realidad y pienso, por enésima vez, que soñar no cuesta nada.

Pero anoche, parte de ese sueño recurrente se hizo realidad palpable, se convirtió en fotografía y vídeo que habrán de circular, todo este fin de semana, por las redes sociales que apoyaron esta histórica marcha contra la telebasura, aun cuando los medios convencionales, de forma unánime, ya están descalificándola por "los actos de vandalismo que la empañaron" y lamentan los atentados contra la propiedad privada, muestran las fotos que más convienen a sus propósitos informativos, inevitablemente sesgados por el obvio interés que tienen las áreas de prensa de estos canales para que las cosas se mantengan como están y que sigan empeorando, en beneficio de sus sueldos corporativos, y se ponen de lado (y de costado, para que no sea tan evidente) de los que nos agreden a diario, no con indignadas marchas, insultos o consignas, pero sí con el estiércol en cantidades industriales que esparcen a toda hora, sin descanso, de lunes a domingo.

La marcha de anoche estuvo amparada en bases sólidas de indignación ciudadana que exige el cumplimiento de una ley que todos se saltan con garrocha, incluido el mamotreto ese de comunicado emitido por la Sociedad Nacional de Radio y Televisión-SNRTV, que asegura, respaldada por los anunciantes asociados -sí, los mismos que financian las producciones más excrementicias de las programaciones de los canales Frecuencia Latina (2), América TV (4) y ATV (9)- en el que ratifican que sus asociados la cumplen escrupulosamente y los que no (no menciona quiénes), son sancionados "pecuniariamente". Sí, claro. Y yo soy australiano y toco perfectamente el didgeridoo.

Los informes de la prensa aliada de los peluchines, las magalys, los guerreros y las combatientes hablan de "casi 2 mil manifestantes". A mí me parecieron más. Quizás 4 o 5 mil, en su enorme mayoría jóvenes, que cercaron los bunkers televisivos, con harta protección policial, por ambos lados de las avenidas en las que se ubican, cohesionados y firmes, con la irreverencia y energía propias de su edad, expresando su sentir y recibiendo apoyo desde balcones, puertas y ventanas, de padres de familia que los felicitaban y trataban de acompañar con palmas las consignas menos agresivas como "vecino, escucha y únete a la lucha", que se intercalaban con otras más viscerales, lanzadas a voz en cuello por coros de chicos y chicas que, en el camino, sonreían con la ilusión de estar dando a conocer su opinión, la misma que trata de ser ninguneada por ese esperpento de saco-y-corbata llamado Eric Jürgensen, con una frase que lo pinta de cuerpo entero: "fueron solo unos 700 que no pueden decidir lo que millones quieren ver". Ese tipejo, que se forra los bolsillos con el dinero que ingresa a las arcas del canal gracias al rating que le dan esos millones, tuvo el cinismo hace unas semanas de decir que su canal "hace television blanca". ¿Comparada con qué? ¿con la industria pornográfica norteamericana, tal vez?

En ese sentido, la marcha ha sido histórica. Porque con su éxito pone sobre el tapete, de manera altisonante, un tema que los negociantes de estercolero como Jürgensen desean que no se debata, que no se reflexione: la basura que se transmite en los canales de señal abierta no tiene aceptación general y hay una cantidad, nada despreciable, de estudiantes y profesionales que sienten y comparten el asco al verse expuestos a estos programas que nos son impuestos por el poder económico de un rating que mide cantidad, pero no calidad de público. La camaradería, el sentido de pertenencia, el verse rodeado de cientos de personas que piensan como tú, que están unidas luchando porque sus voces sean oídas, constituye una reserva moral que no escatima en esa creatividad nacida de la indignación, y que no se ahorra palabras de grueso calibre para llamar a las cosas por su nombre. Los acartonados que no dicen lisuras ante cámaras pero glosan las procacidades que hacen otros, desde sus noticieros, y hacen resúmenes y entrevistan, en sus segmentos de espectáculo farandulero, a los payasos y payasas que conforman los elencos de esos basuralicios programas de competencia, se escandalizan y señalan con el dedo. Mueven la cabeza de lado a lado, en señal de desaprobación. Y a renglón seguido, anuncian a los sentenciados del día siguiente, el regreso de Johanna San Miguel, el destape en la discoteca VIP del Callao.

Lo lamentable no fueron los "actos vandálicos" ni "los ataques personales" de los que hablan en la web de El Comercio, que se explican tanto como se puede explicar la reacción de una persona de bien cuando ve que han bloqueado la puerta de su casa con montañas de desperdicios orgánicos en avanzado estado de putrefacción. Lo lamentable fue ver, en la azotea del local infranqueable de Frecuencia Latina, a unos cuantos operarios del canal (gente que trabaja en producción, asistentes de cámaras, secretarias, segundones de todo tipo) que, desde la altura y la oscuridad, se burlaban de los miles de jóvenes que estaban abajo, bailando al ritmo de las consignas, agitando los brazos, lanzando besitos volados y saludando a la distancia, en una horrible metáfora de la dominación que se da desde estos medios de comunicación masiva, parapetada en muros de cobardía y anonimato. Lo más curioso es que esos burlones -que recibieron sus respectivos cánticos en respuesta- defienden a un sistema que ahora les paga un buen sueldo, que les alcanza para sentirse parte de la maquinaria, pero que cuando se canse de ellos, los sacará con una sonora y dolorosa patada en el trasero. Quizás ese día decidan participar de la siguiente marcha. Total, sus caras no se veían desde la pista y nadie los reconocerá en medio de las pancartas, los megáfonos y los frontales "hijos de puta" que, anoche, iban dirigidos a ellos.