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jueves, 5 de mayo de 2016

SEGUNDA VUELTA 2016: ACTO FINAL DE LA COMEDIA


A partir de hoy quedan exactamente 30 días para que se produzca el balotaje, la Segunda Vuelta entre Fujimori y Kuscinsky -¿o se escribe Kuzcinsky?- y la verdad, salvo que nos unamos a la masa acrítica que fantasea con la idea de vivir en un país de procesos organizados, poblaciones enteradas e intenciones reales de avanzar de parte de sus principales personajes políticos, esta situación es absolutamente coherente con la visión que vengo expresando desde hace ya varios "rallies" electorales a la peruana: todo no es más que una broma, un chiste de muy mal gusto.

Cada vez que veo al señor PPK riendo a mandíbula abierta, mostrando los dientes como babuino excitado y desorbitados los ojos, mientras levanta y sacude torpemente los brazos al ritmo de alguna cumbia, encogiendo los hombros y cerrando los puños, flexionando las rodillas apenas -intentando bailar, en otras palabras- me pregunto qué será de este país que tanto quiero cuando sea gobernado por este personaje que tiene más de abuelito lunático que de respetable estadista. ¿Será que le volverá la seriedad, asociada a su perfil profesional, de pergaminos académicos y pertenencia a directorios internacionales, apenas le cuelguen la banda presidencial?

Y cada vez que escucho la voz de Keiko dando declaraciones en esas ruedas de prensa "improvisadas", en las que mira al cielo con los ojos perdidos, casi replicando la catatonia permanente de su hermano, el primer ser humano con habilidades diferentes del mundo que recibe el mote de "congresista más votado" en dos elecciones consecutivas; y en las que ejerce el cinismo, la mentira y la hipocresía de manera convencida y creyente de que convence a los demás, se me congela la sangre y se me escarapela la piel de imaginármela, hinchada como un globo, vanagloriándose de haber sido elegida la primera mujer presidenta del Perú, por decisión "del pueblo".

Porque resulta evidente que ninguna de las dos opciones es buena para lo que el Perú requería en el siguiente quinquenio, tras la traición de Ollanta Humala y las agendas de Nadine. No soy nadie para orientar el voto de los demás pero ni siquiera las plumas más lúcidas que he tenido oportunidad de leer me han convencido de que aquí hay un mal menor. No me parece. Los dos son malos. Y peores.

Claro, es evidente que lo de Keiko es ya delincuencial. No solo por el recuerdo inmediato de lo que hizo el papá sino por manifestaciones frescas como la última vendetta periodística que amenaza con cerrar el semanario de César Hildebrandt y la sentencia abusiva dictada contra Rafo León, que constituyen dos botones de muestra de lo que se nos viene- mientras que lo de PPK podría ser catalogado como de ultraderecha sin antecedentes penales. Pero haciendo un ligero ejercicio de memoria reciente ¿no es un hecho real que PPK y Keiko salieron bailando juntos en el cierre de campaña de esta última en las elecciones pasadas? ¿Qué puede haber cambiado para este periodo?

Si les preguntamos a ellos, responderán los mismos lugares comunes de siempre: que PPK es el candidato de Palacio (Keiko), que se ha deslindado de cualquier acuerdo con Fuerza Popular (PPK), que así son las campañas (ambos). Lo cierto es que más allá de los fuegos artificiales propios de la política farandulera nacional, y de que estamos hablando de dos personas diferentes en edad, sexo y tono de voz, Keiko y PPK representan las mismas ideas políticas y económicas. Aquí no hay planes de gobierno que valgan, pues todos sabemos también que son meros textos declarativos presentables como requisitos de una ley electoral que se cae a pedazos, pero carentes de valor y credibilidad a la hora de la verdad. 

Cuando quien gane se instale en el poder, hará lo que le dé la gana. Para Keiko será más fácil y directo el asunto, debido a la mayoría parlamentaria que ostenta. Pero a PPK lo único que le hará falta es repartir cargos, ministerios, embajadas, asesorías y ceder en lo que no afecte sus intereses o los de sus satélites. Y listo. En nombre de la gobernabilidad, quienes hoy se insultan ante las cámaras cómplices, mañana bailarán la cumbia juntos. Y revueltos.

Resulta también paradójico que los dos candidatos que quedaron fuera de carrera, es decir los impresentables César Acuña y Julio Guzmán, se hayan inclinado cada uno a las dos pésimas opciones con las que nos hemos quedado para la final del domingo 5 de junio. Mientras Acuña y sus principales colaboradores se abrazan y besan con PPK, Araoz, Vizcarra y sus congresistas electos (algunos de ellos deben estar más que incómodos, pienso por ejemplo en Juan Sheput; mientras que otros más acostumbrados al acomodo como Carlos Bruce y Salvador Heresi ya estarán listos para firmar alianzas con APP); los pocos seguidores que le quedan a Guzmán, a través de su principal asesor económico Elmer Cuba, ven a Keiko como posibilidad de entrar al Estado "a trabajar técnicamente", y terminarían votando por quien recibió ataques de ese líder de cartón morado. Aunque el propio Guzmán anunció que también apoyará a PPK, eso tiene el mismo peso que si yo anunciara por quién votaré. No representa a un grupo, es un solo voto sin arrastre.

A diferencia de Acuña, que compra lealtades con su "plata como cancha" y tiene algunos congresistas adentro confirmados; el pequeño grupo de Guzmán se atomizó tras su expulsión de la Primera Vuelta y, como la lealtad nunca fue una de las fortalezas de los integrantes de ese colectivo ocasional, se dispararon rápidamente hacia donde creyeron que más les convenía. Quizás ninguno fue a parar a la tienda naranja en la votación del 10 de abril pasado -ya que se repartieron entre las dos opciones perdedoras, las que realmente merecían entrar a la Segunda Vuelta, me refiero a Mendoza y Barnechea- pero ahora, en esta segunda etapa del desmadre y rompan-filas de ese partido fantasmal llamado Todos por el Perú, todo dependerá de quien les ofrezca más oportunidades de trabajo.

La comedia está matizada con anuncios y contradicciones que ya no dan risa sino una profunda pena. Por un lado, tenemos a un señor que declara estar dispuesto a eliminar la CTS y que luego se desdice, usa traductores, intérpretes y termina diciendo lo contrario. Por el otro, a una señora sin ninguna experiencia laboral verdadera ni brillo intelectual demostrado que discursea con tono grandilocuente e inclusivo, en Harvard, ante públicos open-minded, acerca de estar de acuerdo con la unión civil entre personas del mismo sexo y luego, meses después, firma un acuerdo con una institución liderada por un pastor que afirma, con cólera y convicción férreas, que la unión civil es una aberración. O esta otra perla de la hija de Alberto Kenya: pena de muerte para violadores de menores de 7 años. ¿Y los de 8 años, y los de 9 y 10, y los de 15 y 16? El escenario es patético y triste, y al mismo tiempo, hilarante y lleno de ocurrencias dignas de Mel Brooks o para ser más justos, de Melcochita o Nabito.

Este domingo 5 de junio sé que no voy a votar por Keiko Fujimori. Y también sé que votar por PPK solo servirá para evitar que Keiko Fujimori sea presidenta de mi país. LO que pasará después serán cinco años de componendas, imposturas, arreglos por arriba y por abajo de la mesa. Es decir, cinco años muy parecidos a los cinco años previos. A seguir esperando el cambio...


sábado, 2 de abril de 2016

ELECCIONES 2016: SE ACERCA LA HORA MÁXIMA DEL SAINETE


El sistema electoral peruano está tan mal hecho que, a dos semanas de los comicios, todavía hay candidatos que renuncian y tachas sin resolver en el Jurado Nacional de Elecciones y su apéndice, el Jurado Electoral Especial. Comenzamos el proceso, hace aproximadamente seis meses (la convocatoria formal a elecciones fue en noviembre de 2015) y de los 19 candidatos que se lanzaron ahora quedan "solo" 13 (*), de los cuales, al día de hoy, apenas 4 o 5 tienen real intención de voto.

(*) Este artículo comencé a escribirlo el lunes 28 de marzo en la mañana y para el jueves 31, en que recién pude continuarlo, la cantidad se había reducido a 10 candidatos. ¿Seguirá bajando? 

Como es evidente, hablar de un proceso electoral presidencial en el que compiten DIEZ opciones parece una broma de mal gusto, una ofensa a la inteligencia promedio, un chascarrillo que podría haber sido parte del guión de una película de Cantinflas o de Capulina. No hay forma de tomar estas elecciones en serio salvo que quiera uno formar parte de la enorme masa desinformada y autocomplaciente que cree estar viviendo en democracia con un esquema así de precario y confuso.

En apenas 10 semanas hemos tenido pruebas que, una tras otra, demuestran y refuerzan la idea de que este sistema electoral es un trabajo pésimo de organización y planeamiento, que no responde al más mínimo esfuerzo de reflexión acerca de sus alcances y múltiples aristas, y que pareciera no haber sido pensado entre profesionales de la ley, con conocimiento y experiencia, sino redactado a las patadas, entre gallos y medianoche, por un grupo de trabajo improvisado y sin oficio, con nula seriedad y mucho apuro en sacar lo primero que se les ocurrió, ya sea porque es expresión genuina de su incapacidad funcional o porque es un milimétrico y psicopático trabajo premeditado para confundir, para mantener el status quo, una conspiración para favorecer a los que ganan a río revuelto con la complicidad -tácita o explícita- de unos medios de comunicación serviles al poder y una opinión pública obnubilada, ciega, idiotizada por sus sueños de farándula, gastronomía y empates futboleros que se celebran como medallas de oro, con vuelta olímpica y caravana de claxons incluidas.

Una de las prácticas más irritantes de estos procesos electoreros modernos es la obstinada y arbitraria avalancha de carteles con los que candidatos de todas las raleas ensucian la ciudad: las bermas de avenidas céntricas, los aires de zonas atestadas de tráfico, y hasta las ventanas de edificios, balcones y puertas sirven de atriles para esas insoportables sonrisas de estudio, poses de medio lado con los brazos cruzados, mirando de manera torva hacia "sus" votantes, esa abstracción que solo les sirve a estos candidatos para ver a los ciudadanos como números, votos que pretenden echar a sus alforjas sin la más mínima intención de honrarlos luego. Los votantes solo servimos para hacerlos ganar y después de logrado el objetivo no te sonreirán nunca. Ni en foto.

Me pregunto si existe, en todos estos años de gigantografías, paraderos, pancartas clavadas en los jardines públicos y hasta modernos y luminosos pantallazos LED, algún estudio cuantitativo referido a la efectividad concreta de este método publicitario. ¿Alguno de ustedes ha decidido su voto después de mirar a esos rostros macilentos e inevitablemente fingidos, sonriendo de forma congelada, casi monstruosa, casi zombie, desde un cartel? Quizás si se tomaran el esfuerzo de investigar eso se darían cuenta de que, además de afear la ciudad durante toda la temporada electoral -afeamiento que se prolonga hasta mucho después de las elecciones, por cierto, ya que nadie se digna a retirar a tiempo toda esa contaminación visual agresiva y costosa- esos carteles constituyen un gasto innecesario e infructuoso.

Otra práctica habitual en nuestras pintorescas y desordenadas elecciones presidenciales -habitual y que exhibe, cada cinco años, niveles más y más bajos de degradación, una degradación orgánica, que hiede, que se pudre ante nuestros ojos y oídos- es la llamada "guerra sucia" que para los grupos políticos -no me atrevo a llamarlos partidos- es normal. La demolición sistemática del o los adversarios, las posibles amenazas y sus satélites, a través de una cuidadosa, psicopática, estrategia de desprestigio a cuatro bandas, que alcanza incluso a los ciudadanos que se organizan para manifestar sus opiniones en plazas públicas, tildándolos de terroristas.

Y aquí cuentan, cómo no, de nuevo con la publicidad de la bien llamada concentración de medios: canales, diarios, radios y uno que otro ciberperiodista que, en bloque y formación cerrada, encienden sus ventiladores y lanzan sus estiércoles a la masa que los ve como "líderes de opinión" y no recibe recibe, traga e incorpora a su sistema la bosta esparcida, sino que además la devuelve cual caja de resonancia, la extiende y replica, disfrazándose a veces de opinión sesuda cuando es, en el fondo, una expresión maquillada de los mismos niveles de intolerancia, de difamación, de temor a la confrontación de ideas y programas, rubros en los cuales saldrían perdiendo, sin duda alguna.

Hay que ir a votar, es nuestro derecho a escoger a las autoridades para el próximo quinquenio, que acabará con una efeméride importante: el Bicentenario de la Independencia. Esta variable le da especial valor a las elecciones -o por lo menos debería dárselo. Pero ir a votar también es un deber, una obligación. Si no vas, pagas una multa y tu DNI no tendrá el holograma fashion sin el cual no podrás hacer ningún trámite formal, por lo menos hasta que le pagues al Estado por no haber cumplido con tu tarea ciudadana.

Claro, las multas se han sincerado con esto de la estratificación según tipo de distrito pero ese detalle, que es menor, importa poco que funcione regular o bien, en medio de este caos en el que tenemos hasta un candidato que tendrá que ser sacado de un penal de alta seguridad para que participe del debate organizado por el JNE. ¿Qué pasaría si, por algún designio diabólico, Gregorio Santos ganara el 10 de abril? ¿Piedras Gordas se convertiría en sucursal de Palacio de Gobierno? ¿Los ministros juramentarían en la celda del presidente? Teniendo claro que es prácticamente imposible que Santos gane, es también claro que es el sistema político mal hecho el que permite que exista una posibilidad así de absurda, por muy remota que sea.

Este es el noveno proceso presidencial que tenemos desde la recuperación de la democracia en 1979-1980 tras los 11 años de dictaduras militares de Juan Velasco Alvarado (1968-1975) y Francisco Morales Bermúdez (1975-1979). Hasta antes del golpe con el que Velasco derrotó a Belaúnde las elecciones se decidían entre 3 o 4 candidatos, como hasta ahora ocurre en cualquier otro país del mundo. Sin embargo desde 1980 todos los procesos para escoger Presidente en el Perú han tenido una exagerada cantidad de candidatos, siendo el récord la elección del 2006, la que terminó en el segundo alanato. De 24 inscritos compitieron 20 tras la renuncia de cuatro. En esta ocasión comenzaron 19 y terminaron 10, la misma cantidad de las elecciones pasadas, las que llevaron al poder a Nadine Heredia y su esposo Ollanta, el de la Gran Transformación (se transformó de esperanza de cambio a conservación de todo lo anterior, corregido y aumentado con las veleidades y afanes de Nadine de convertirse en socialité de la noche a la mañana). Once listas con un promedio de 130 personas cada una postulan al Congreso: un total de 1,401 personas, de las cuales 845 son hombres y 556, mujeres. Alrededor de 60 son reincidentes (congresistas que quieren repetir el plato) y menos de 20 nostálgicos, congresistas entre 2006 y 2011, quieren regresar al Parlamento a pasarla de lo lindo con 15,000 soles mensuales, viajecitos, homenajes y quién sabe cuántas gollerías más. ¿Y el Parlamento Andino? Un pretexto para que cinco vagos (Ronald Gamarra dixít) reciban trato exclusivo por tres o cuatro sesiones al año. 

¿Qué hemos aprendido en estos 36 años de democracia? ¿Es justo que esa palabra -democracia- siga siendo manoseada por políticos, periodistas, opinólogos y ciudadanos, restringida al mero hecho de ir a votar este domingo 10 de abril? ¿Es democrático que haya diez candidatos y más de mil candidatos al Congreso? Para mí es la más clara y comprensible prueba del desorden, de la informalidad caótica que nos acompaña en tantas otras áreas de nuestra vida diaria como peruanos. No solo no es democrático tener 10 candidatos, no es sano ni representativo. ¿En realidad una persona con dos dedos de frente puede pensar que existen 10 formas diferentes de ver los problemas que tiene el Perú? Que las elecciones sean caldo de cultivo para la aparición de decenas de personas que, excitadas y seducidas por la idea de tener poder -y acicateadas por una ley electoral laxa, de requisitos mínimos y sin reglas de juego claras- se la jueguen y aspiren a alcanzar el cargo público más alto y representativo sin tener las credenciales adecuadas. 

Y el debate de mañana es la cereza que le falta al pastel. Hace unos días escuché a un locutor radial de esos que abundan en las mañanas, a los que les pagan por hablar estupideces y hacer chacota de todo, todo el tiempo, soltar una frase tonta: "La mecánica del debate electoral no parece haber sido organizada por el Jurado Nacional de Elecciones sino por la productora de Esto Es Guerra". Habida cuenta de las "duplas" anunciadas -dicen que fue por sorteo pero yo no me creo ese cuento-, cobra mucho sentido dentro de la lógica absurda que ha marcado el desarrollo de este sainete que todos los canales presentan con sus músicas épicas y animaciones en 3D. 



sábado, 9 de enero de 2016

CAMPAÑA ELECTORAL 2016: OTRA VEZ LAS MISMAS TONTERÍAS


Es inevitable. Apenas culminaron los fuegos artificiales, los brindis y buenos deseos por la llegada del Año Nuevo y ya estamos invadidos por esta galería de personajes impresentables, varios de ellos reincidentes y uno que otro "recién llegado" -las comillas son porque si bien es cierto ya tienen cierto tiempo hablando idioteces en la "arena política nacional", se lanzan por primera vez a la carrera por ocupar el trono desde el cual sueñan con enriquecerse ellos y sus allegados durante los próximos 5 años- que, para repetir las muletillas de los gacetilleros de la televisión y los medios escritos, "calientan el ambiente electoral". Las mismas tonterías de cada quinquenio, que la ciudadanía en tropel -salvo contadas excepciones- asume como parte de su vida "democrática".

A estas alturas de mi partido -estas serán las quintas elecciones presidenciales en las que voto- nadie me vende el cuento de que "van a cambiar al país en los primeros 120 días" como suelen decir, de diferentes maneras, los estafadores que ahora bailan, se abrazan y congregan a multitudes de pobres personas, madres de familia de asentamientos humanos tugurizados o distritos suburbanos empobrecidos y pseudo-profesionales sin dignidad que son capaces de hacer toda clase de ridiculeces -disfrazarse de cuyes, lanzar vivas a empresarios resinosos, batir palmas a ladrones caudillistas- a la expectativa de un trabajito sobre remunerado en el Estado si su "doctor" de ocasión gana las elecciones. No. Decir "ninguno me representa" es la manera políticamente correcta de decir que me producen una severa repulsión, ganas de convocar a los espíritus de Robespierre y Guillotine y convertir las plazas públicas y avenidas en literales mares y ríos de sangre. Porque si a alguien no le queda claro de qué se trata aquello de "refundar la república" que algunos analistas (los más serios y agudos) mencionan pues eso es: deshacerse de todos y empezar desde cero.

Son 19 candidatos y de esa avalancha de mentirosos profesionales, cada uno acompañado de dos vicepresidentes y 130 buitres, los cinco primeros son los peores. Van a la CADE -otro baile de máscaras en donde se reúnen para hablar hasta cansarse, comer bocaditos gourmet y tomarse fotografías para las sociales de papel couché- y se hacen los interesantes por donde quiera que van, se acodan en sillones, entrevistas o en conferencias de prensa con la infaltable gigantografía (el backing) llena de logotipos de sus auspiciadores y sonríen al por mayor, convencidos de que la campaña política es un simple muestrario de superficialidades, que se muestran -valga la redundancia- a una masa que cada vez exhibe una menor, casi inexistente capacidad de apreciación crítica y que, a causa de sus necesidades básicas, bailan al son que les toquen, reciben polos, viseras, bolsas de víveres, 100 o 150 soles por hacer bulto en una portátil y se avientan a la berma central de cualquier avenida, bajo el sol calcinante, a consumir un almuerzo en tupper de tecnopor. Por el apoyo, compañero.

Mientras tanto la prensa cumple un vergonzoso papel validando todo este monumental engaño, armando sus encuestas, lanzando sus pronosticos, preparando sus ediciones especiales -sus "rallies" con animación en 3D y música de fanfarria grandilocuente de fondo-, entrevistando a Alan, a Keiko, a PPK, a Toledo, a Acuña. Llamándolos "señores candidatos" y soltando una que otra risita de mediolado que supuestamente es la máxima ironía de la que son capaces.

Hay una combinación de complicidad con cobardía en estos señorones y señoronas de la prensa, estos líderes de opinión de cartón, estos columnistas y conductores de radio y televisión que tienen décadas en la política peruana (estas son solo mis quintas elecciones pero hay varios de estos periodistas que se han soplado todos los procesos presidencialistas desde la recuperación de la democracia en 1979-1980) y aun no saben -o no quieren- llamar a las cosas por su nombre.

Complicidad porque manejan tal nivel de información que resulta patético verlos reportando sobre "gobernabilidad", "fiesta democrática", "campaña política" cuando ellos conocen, mejor que ningún otro habitante de este país, las reverendas pendejadas y crímenes de los que son capaces todos y cada uno de los cinco que encabezan los sondeos, amañados (unos más que otros).

Y cobardía porque si no dicen las cosas como son no es porque ellos crean que todo es claro y transparente sino porque son, al final de cuentas y con toda su experiencia y su fama y su prestigio como grandes hombres y mujeres de prensa (la gran mayoría), esbirros al servicio de sus jefes, los dueños de los medios que son, a la vez, compadres de los verdaderos dueños del país, los poderes económicos que controlan (casi) todo desde mediados de los 80s: la CONFIEP -que en realidad es hablar de dos o tres banqueros, dos o tres mineros, y ya- y la corrupción que ha carcomido y sigue en metástasis permanente, interminable, carcomiendo todas y cada una de las instituciones nacionales, públicas y privadas.

En este país ya no hay espacio para la tecnocracia y sus conceptos analíticos.  Los expertos en encuestas que salen a hablar de las tendencias y lo que cada candidato esta haciendo suenan ridiculos cuando uno ve los personajes a quienes se refiere. Ridiculos y complices, tambien, de la farsa generalizada. Tampoco hay eapacio para el positivismo que busca replantear las ideas y buscar la unidad.

Lo que realmente necesita este país, que tanto amamos, es que el público, la población, recupere la sensibilidad y le duela el estómago por las arcadas que producen esos carteles oportunistas, esas promesas destinadas a no cumplirse, esas alianzas de programa cómico en donde conceptos como lealtad o ideología suenan a broma de mal gusto, esos discursos paparruchentos que algunos, los menos informados, todavía siguen calificando de inflamados y vibrantes.

Lo que necesita este país es que quienes estamos -o nos sentimos- por encima del debate político simplón, el de los titulares en los periódicos y los asesores de marketing político que cobran millones de dólares por indicar de qué color debe ser la banderola y a qué lado de la cámara debe dirigirse la sonrisa; salgamos a decir lo que pensamos como sociedad organizada y hagamos frente a todos estos personajes de siempre que pasan sus jornadas elucubrando estrategias para engañar a la mayor cantidad de personas posible: jóvenes ignorantes y anomicos ensimismados en sus aparatos y sueños de fama farandulera, familias empobrecidas que hacen cola para recibir un regalito, empresarios interesados en contratos millonarios con el Estado..

Hay que preguntarle a una mujer cuyo marido la haya engañado, o le haya pegado, repetida y sistemáticamente durante décadas, si se encerraría de nuevo con esa persona entre cuatro paredes, a solas, si el maldito reaparece diciendo que ha cambiado, que ahora las cosas serán diferentes. Seguro responde que no sin pensarlo dos veces. ¿Por qué entonces votaria por Alan o por Keiko? O sino pregúntenle a un padre de familia si dejaría la educación de sus hijos, que recién están empezando a leer y escribir, en un tipo deforme que es incapaz de descifrar un párrafo que le han escrito. ¿Cuál sería su respuesta? ¿Por qué entonces votaría por Acuña o por Toledo? O pregúntense mirándose al espejo si quieren ser gobernados por un señor de 80 años cuya nacionalidad no es peruana y del cual nadie, salvo él mismo, es capaz de escribir su apellido correctamente sobre un papel sin consultar en internet.

Este post no va a cambiar las cosas, desde luego. Es solo un ejercicio de catarsis ante la avalancha de bosta mierdosa que nos espera los próximos meses. En dos días nada más, recién disipado el humo de los cohetones del 31 de diciembre, ya hemos visto varias de esas escenas que hacen que mis entrañas de revuelvan: buses interprovinciales trasladando portátiles con polos y banderitas, planchas congresales presentadas en poses triunfalistas -los brazos arriba, las manos entrelazadas, las sonrisas falsas-, entrevistas y columnas de opinión qua atacan a unos, resaltan a otros y ningunean a los demás, según conveniencias, periodistas -viejos, intermedios y jóvenes- que creen que están haciendo el trabajo de sus vidas cubriendo las declaraciones de tal o cual mientras se muerden la lengua para no perder las gollerías del trabajo actual y las expectativas de lo que vendrá si los llaman para unos cuantos eventos o alguna asesoría "in house", con factura incluida. Ya se vienen los ataques arteros, vulgares, los bailes estrafalarios y los carteles malogrando el ornato urbano, los comerciales, los niños mocosos cargados por estos monstruos contrahechos que solo piensan en llegar al poder.

En lo que a mí respecta, viciaré mi voto nuevamente. Hoy más que nunca siento que este es un remedo de democracia. Democracia no significa salir a votar y después sentarte a ver cómo se quema todo (frase excelente del caricaturista Álvaro Portales). Esta elección, con 19 "opciones" es más bien una muestra grosera, obscena y vulgar del tremendo caos sociopolítico en el que vivimos. ¿De verdad creen ustedes que hay 19 visiones diferentes de país, 19 programas de gobierno distintos? ¿por qué me resulta tan evidente la falsedad de todo esto y a los demás no? ¿O también lo saben pero se hacen los tontos?

En el caso del ciudadano de a pie puede tratarse de una necesidad de sentirse parte de un país normal, de no aceptar que vive en la barbarie. Pero en el caso de los periodistas de diarios, canales, radios y páginas web, que ven de cerca todo este asunto, que se saben todas las últimas, que se sientan a comer con los jefes de prensa de cada agrupación, con sus asesores y hasta con los mismos candidatos, de vez en cuando, es una abierta y sinvergüenza hipocresía.