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jueves, 4 de junio de 2015

LOS NUEVOS MODELOS A SEGUIR DE LA JUVENTUD PERUANA: CORRUPTOS, SICARIOS, NARCOS Y "VEDETTES"



Hace 30 o 40 años atrás -es decir, hace relativamente poco tiempo- las grandes concentraciones de jóvenes se producían por asuntos relacionados con la conquista de derechos, desde mejoras educativas hasta libertad para escuchar buena música gratis. Mayo del 68 en París (Francia), Woodstock un año después en New York (EE.UU.), fueron movimientos esencialmente juveniles, a los cuales se adherían adultos pensantes, escritores, directores de cine o maestros de escuela y universidad, que estimulaban esas manifestaciones nacidas del ímpetu e idealismo propios de esa etapa de la vida, pero que se enriquecían con lecturas, cine de calidad, inspiración en el arte, la filosofía y la política del pasado. Y sus hermanos menores, niños y adolescentes, se nutrían de estos movimientos, ya sea que vivieran en las ciudades donde se llevaban a cabo, o que se enteraran de ello a través de las noticias que llegaban a través de la prensa, la radio o la incipiente y mágica televisión.

De alguna manera, esto sigue ocurriendo, en este siglo 21 cuya segunda década va ya por la mitad, en prácticamente todo el mundo: ahí están los movimientos en Madrid (España) o en Wall Street (EE.UU.), la Primavera Árabe en El Cairo (Egipto), las marchas estudiantiles en Iguala (México), Quito (Ecuador) o Santiago (Chile). En prácticamente todo el mundo, menos en mi país, Perú. En mi país, los jóvenes salen a las calles para buscar una oportunidad de que los acepten en un programa de televisión, que les ofrece como máximo premio un viaje de promoción a alguna playa de moda del Caribe, all included -o acá nomás a Máncora- para que puedan despatarrarse y juerguearse para celebrar que ya acabaron el colegio. No importa si pasaron con las justas. Tampoco si, en la competencia, deban someterse a las humillaciones y burlas que el equipo de producción y los socarrones conductores preparan, con habilidad casi psicópata. Lo que importa es salir en la tele y ganarse el viajecito que ni sus padres ni sus colegios empobrecidos pueden costear.

Hace 30 o 40 años, también, los políticos corruptos eran despreciados por el común de la gente, aun cuando detentaran el poder y se mostraran pulcros, bien vestidos y mejor hablados. Y se sabía que, quienes se atrevían a dorarles la píldora, era porque en algo se habían beneficiado o en camino de beneficiarse de sus actividades oscuras. Hoy, las juventudes pensantes, que van a las universidades privadas más caras del Perú, se erigen como defensores "ilustrados" de los personajes más corruptos que ha conocido nuestra historia reciente sobre la base de la poca, incompleta y manipulada información que reciben de los medios de comunicación, donde periodistas que fungen de relacionistas públicos y asesores de imagen a sueldo y con expectativas de sus "honorarios de éxito" (un contrato de menor cuantía, presencia permanente en eventos y ágapes de sociales), les dan a estos ladrones y asesinos contumaces, tribunas y columnas, entrevistas y condecoraciones, mientras se preparan para tentar nuevamente los cargos que les sirvieron para enriquecerse sin trabajar.

Asimismo, hace tres o cuatro décadas no había ninguna duda respecto de qué cosa era un narcotraficante y no importaba cuántos carros deportivos de lujo, fiestas o casas tuviera, seguía siendo un delincuente y la condena social era inmediata, surgía con naturalidad. Hoy, desde reporteros hasta gente de la calle muestran una velada -y a veces no tan velada- admiración por esperpentos miserables, asesinos inescrupulosos, a quienes envidian secretamente sus lujos y placeres, pasándose por alto todos los crímenes que han cometido y la permanente falsedad que los rodea. Es sintomático que al último de estos fanfarrones, capaces de vanagloriarse de cargar pistolas y bailar con ellas en señal de poder, los periodistas insistan en llamarlo "Tony Montana", como si esa mención a aquel personaje ficticio, uno de los más despreciables del cine dedicado a la mafia, lo hiciera más cercano al público, cuando no deberían tenerle la más mínima consideración. ¿Miedo a llamar las cosas por su nombre o fascinación por aquello que identifican como una vida intense que ellos jamás podrán tener?

Nuestra juventud ya no sabe distinguir la diferencia entre lo que debe hacer, aunque sea a regañadientes (estudiar) para asegurar su futuro; y aquello que solo debería ocupar su tiempo los fines de semana y los meses de vacaciones. Hoy la diversión es su máxima aspiración, y los programas "concurso" de la televisión de señal abierta se encargan de dársela sin descanso, de luens a viernes, a veces desde las 7.30 de la mañana, horas en que deberían estar tratando de entender lo que leen. 

Ellos, los adolescentes de hoy, sueñan con ser Claudio Pizarro o Gerald Oropeza, con inflarse los brazos como Nicola Porcella y ser carismático como Jesús Alzamora o Adolfo Aguilar. Sus modelos de comportamiento son el patán ignorante y fortachón; el conchudo con plata, caballos y carta blanca para ser considerado ídolo del deporte nacional sin haber ganado un solo torneo en su vida con la camiseta peruana; o de exhibir su poder levantando una pistola con el cuerpo inclinado para atrás (como los raperos pe' batería), con un par de arañas en taco aguja y zapatos de plataforma, lo suficientemente cabeza huecas para aceptar el maltrato que viene acompañado de un buen carro, trago y drogas por montones.

Y ellas, las pobres, deliran por cómo tiene el pelo Melissa Loza, se desmayan cuando un tipo que no les daría ni la mano por la calle, por miedo de contagiarse de algo, aceptan ser su "chambelaine" en la fiesta de 15 años, temática, por $ 2,000 y sueñan con salir sin ropa en alguna revista de papel couché y que les digan "vedettes", "bailarinas", "anfitrionas". Sus modelos de comportamiento incluyen una absoluta carencia de respeto por sí mismas, practicar el exhibicionismo sin límites para hacerse famosas y ser "solicitadas" como "animadoras de eventos" y exponer sus miserias -y las miserias de los medios familiares de los que provienen- en cuanto programa los reciba, por dinero. Miserias que van desde la explotación de su intimidad hasta el manoseo virtual de sus nombres e imágenes.

Mientras todo esto pasa, los expertos de educación de mi país se solazan escuchándose a sí mismos, conversando sin parar sobre estadísticas, comportamientos históricos de la escuela rural y demás cosas, muy interesantes en sí mismas, pero que no sirven para atacar el problema de raíz...



jueves, 8 de enero de 2015

LA MASACRE DE CHARLIE HEBDO: ¿LIBERTAD DE EXPRESIÓN O USO IRRESPONSABLE DE LA MISMA?


No hay manera de no estremecerse tras ver lo ocurrido en Francia hace un par de días: 12 personas, entre ilustradores, periodistas y funcionarios de la revista Charlie Hebdo, asesinadas a tiros por un grupo terrorista que asegura "haber vengado al profeta" tras la publicación de caricaturas en las que se ridiculiza a Mahoma, con textos y dibujos que pretenden pegarla de graciosos, irreverentes, satíricos y no sé qué más.

Todos lloran por la televisión, editorializan y hablan de "los intransigentes musulmanes, la barbarie, la falta de tolerancia" y así. El artista peruano Carlos Tovar Samanez "Carlín", generalmente certero en sus análisis políticos en forma de viñetas, se lamenta y menciona que la tal Charlie Hebdo es una revista clásica para los caricaturistas, pues existe desde los setentas y que este atentado inhumano es un golpe terrible, etcétera.

Sin embargo me pregunto quién mandó a estos franceses a burlarse de aquello que no conocen, entienden ni respetan. El mundo occidental defiende, con uñas y dientes, la famosa "libertad de expresión", a través de la cual trata de justificar todos los estropicios y faltas de respeto que comete contra el prójimo, sobre la premisa de poder "decir lo que nos venga en gana sobre cualquier tema, persona o institución".

Y esto funciona cuando queremos expresar nuestra indignación frente a nuestros pares: políticos corruptos, periodistas vendidos, deportistas mediocres, "artistas" de pacotilla y vulgaridad, que se enriquecen a costa de la ignorancia de la masa, en un entorno en el que todos pensamos y sentimos lo mismo en aspectos religiosos, pues provenimos de la misma crianza católica, apostólica y romana, independientemente de la postura que, ya siendo adultos, hayamos adquirido respecto a sus símbolos, dogmas y prácticas.

Nadie en su sano juicio podría justificar la insanía de los grupos terroristas islámicos cuando ataca, a mansalva, escuelas, ciudades enteras o por las represivas normas según las cuales los infieles deben morir y las mujeres valen poco o nada en la sociedad. Y con todo ello, no recuerdo una sola noticia en que profesionales islámicos se hayan burlado, con textos, canciones o dibujos, de los principales símbolos del Cristianismo.

Pero si un grupo de occidentales, que se asume más inteligente y civilizado que los "incomprensibles musulmanes", es capaz de burlarse de esta forma de aquellos personajes religiosos por quienes se sabe que son capaces de matar o morir para defenderlos; me parece que están jugando con fuego con total desinterés por las consecuencias que esto podía acarrear para sus propias vidas. Para decirlo en una sola frase, los de Charlie Hebdo, ahora mártires de la "libertad de expresión" se la buscaron. Que sigan burlándose, a través de sus "geniales y creativas" caricaturas, de Francois Hollande y el Rey de España, de Sarkozy y sus salidas putañeras. Ellos comparten el modo de vida occidental y no se enojarán si se burlan de ellos. Es más, lo tomarán a bien, como gracia o "publicidad gratuita".

Pero esto no habría ocurrido si los acribillados ilustradores se la hubieran pensado mejor antes de hacer su broma pesada. Esta matanza es una versión macabra de aquellas personas que, al descubrir que ese payaso asesino que lo amenazó con una comba a medianoche o ese huevo crudo que le reventó en la cabeza mientras leía su periódico en el parque, eran solo un gag de esos que ponen en los bancos o salas de espera, y en lugar de reírse y abrazar al "bromista", señalando a la cámara, arremete contra él y lo muele, literalmente, a golpes.

Por eso, al burlarse de Mahoma de esta forma, trajeron sobre sí mismos toda la capacidad vengativa de estas personas -independientemente de que la consideremos exagerada, loca, criminal o fuera de toda explicación- que ya todos conocemos. ¿Cómo reaccionarían extremistas católicos si una publicación islámica sacara en carátula, una caricatura de Jesucristo besándose con un homosexual? Claro, dirán que con toda la indignación que eso provocaría en mucha gente, no se armarían escuadrones de la muerte para asesinar a los "artistas" autores de lo que Cipriani y muchos otros considerarían "una aberración".

Pero también es nuestro deber reconocer que los occidentales -en un 98% y empezando por las cabezas visibles de la Iglesia Católica- seríamos incapaces de matar a alguien o de suicidarnos en nombre de nuestro Dios, pues todos sabemos que, de una u otra forma, no le somos tan fieles como declaramos en documentos, canciones, posts de Facebook y demás. ¿O ustedes se imaginan a Cipriani inmolándose porque alguien declare que la virgen María no era virgen?

Ojalá que, tras esta lamentable matanza, en lugar de estar lloriqueando por este "acto terrorista contra la libertad de expresión" pusiéramos las barbas en remojo con respecto de cuánto hemos avanzado en materia de respeto a los otros, por muy diferentes que estos otros sean, en términos políticos, socioeconómicos o religiosos. Y que dejáramos de ensalzar la burla y la chacota -tan aceptadas socialmente en Occidente- como formas literarias o artísticas.

domingo, 21 de diciembre de 2014

NAVIDAD 2014: LA ESPERANZA CONVERTIDA EN UN ACTO EGOÍSTA


Desde hace años decidí, desde mi libre albedrío adulto, que para mí la Navidad necesita trascender toda doctrina religiosa, dogma de fe y comprobación científica para mantener intacta su capacidad de ilusionarme como me ilusiona, casi de la misma manera en que lo hacía cuando fui niño y creí en Papá Noel o cuando fui adolescente y comencé a cuestionar todo lo que me enseñaba la Iglesia Católica desde los altares, las aulas escolares o la mesa familiar.

Esto significa que si mañana, en una revista científica especializada japonesa anunciaran que, tras décadas de excavaciones arqueológicas, investigaciones documentarias, procedimientos computarizados y revelaciones psíquicas, quedara absolutamente demostrado que Jesucristo no existió -y que por ende, no habría 24-25 de diciembre qué celebrar- yo seguiría emocionándome con el verdadero sentido de la Navidad, frase que en ese contexto imaginario y extremo tendría que escribirse entre comillas.

Con este mecanismo de defensa, elaborado casi en clave de ciencia ficción, protejo mi estado de ánimo en estas épocas de fin de año de los zarpazos con que la realidad lo ataca a cada microsegundo para demostrarme que el ser humano, esa especie a la que pertenecemos todos y que, según los textos bíblicos, Jesús vino a redimir hace 2014 años, abandonando su "zona de comfort" -como diría cualquier marketero entrenado por Arellano, ese nuevo y falso gurú de las frases hechas- para tratar de enseñarnos, con el ejemplo, que la humildad y la rebeldía son las dos caras de una misma moneda: la de la integridad, el respeto al prójimo, la sana conviviencia y la espiritualidad por encima del materialismo que hoy nos domina.

Y es que las tentaciones que incitan a uno a botar toda esa ilusión por el desagüe son muchas y de muy variadas fuentes. Aquí solo algunas de ellas:

La comprobación cotidiana de que para las "estrellas de la televisión" y "líderes de opinión" la Navidad se reduce a un spot de 40 segundos, sobreactuado y sobreproducido, en el que hombres y mujeres, jóvenes y viejos, periodistas y payasos faranduleros, intercambian regalos posando para las cámaras en un set de grabación, lucen contritos y reflexivos delante de un nacimiento y lanzan mensajes navideños durante todo diciembre para después, los once meses restantes, esparcir basura mañana, tarde y noche; es suficiente para descorazonar hasta al más entusiasta.

Otro ejemplo: Hace unos días me comentaron que un conocido empresario farandulero de apellido Diez Canseco, llevó toneladas de juguetes y donaciones a los pacientes niños de un hospital de salud pública, acompañado de la gavilla de mujerzuelas que desfilan para beneplácito salivesco de todos esos viejos resinosos y bien vestidos que van a comer en los locales de su cadena Rústica. Es decir, exponiendo a niños humildes a espectáculos exhibicionistas y procaces, y a las reacciones morbosas que se deben haber generado entre doctores, personal administrativo y quién sabe hasta el mismo director del hospital de marras. Me los puedo imaginar... "a ver, a ver, una fotito con las chicas... ayayayyyyyy". Eso ya ni siquiera puede considerarse relativismo, sino sinvergüencería pura y dura.

La solidaridad, el bien común, la buena vecindad son instituciones subjetivas que han desaparecido del lenguaje conductual en el Perú: desde el tráfico enloquecedor con sus claxons de buque capaces de hacerles perder el equilibrio a señoras de la tercera edad, tocados tanto por microbuseros, taxistas y señoritos de lentes oscuros y cabezas rapadas montados en sus bonitas camionetas compradas a plazos; las leyes escritas para favorecer a empresarios de ambición ilimitada que miran con desprecio a los trabajadores antiguos y empiezan a maltratar a los nuevos desde antes que ingresen a su primer empleo, que son defendidas por uñas y dientes por los politicastros incapaces de ver más allá de sus narices, urgidos como están de satisfacer sus propios afanes de enriquecimiento, poder y supuesto status. El caso más flagrante de esto es el de la Primera Dama que nunca fue nada, ni en su universidad ni en su desempeño profesional antes de llegar al gobierno y ahora se siente reina tuerta en este país de ciegos.

Las programaciones televisivas, apañadas por los dueños de canales y empresas anunciantes, que supuran malos ejemplos, antivalores y abiertas vulgaridades los siete días de la semana, en el desayuno, el almuerzo, la cena y la medianoche, creando una nueva generación de peruanos que aceptan, y con agrado, ser discriminados y degradados al papel de vocingleros adoradores de ídolos de carne inflada por esteroides y siliconas, solo porque tienen la piel más clara, y aprenden que ya no importa estudiar porque puedo ser "famoso" de la noche a la mañana; todo conspira contra el sentido de la Navidad, lo aniega y amenaza con hundirlo de forma definitiva.
La corrupción, la informalidad, la impunidad y la indiferencia frente a lo injusto han carcomido todos los ámbitos de nuestra vida: en lo politico, a través de este presidente, su esposa y sus ministros, alcaldes, congresistas y empresarios que viven de ellos; en lo mediático, con una prensa vendida incapaz de señalar a nadie con el dedo, que todo lo dice "en condicional" para proteger a sus amistades y la vigencia de sus contratos publicitarios; y en general, en cada dimensión pública, social, laboral o incluso en los asuntos privados, donde uno posa la mirada, cobra vigencia nuevamente aquella frase de Manuel Gonzáles Prada: "El Perú es un organismo enfermo. Donde se pone el dedo salta la pus".

Pero no solo en el Perú las cosas están así, oscuras y cataclísmicas. Lo ocurrido recientemente en México y Pakistán, las masacres a profesores, estudiantes de educación y alumnos en dos países tan distantes geográficamente, se me presenta ante los ojos como una macabra metáfora de lo poco que le importan al ser humano las cosas buenas que tiene la vida, cuando de por medio están el crimen y el fundamentalismo ideológico. Las ambiciones alimentadas por el narcotráfico, que contaminan a la sociedad entera, y la intransigencia religiosa son capaces de asesinar a mansalva y luego, la complicidad de cadenas internacionales de televisión, gobiernos influyentes y por supuesto, autoridades corruptas y una maquinaria de medios distractivos que nunca deja de funcionar, hacen que el público, la gran masa, aun cuando intuya que las cosas no están nada bien, no siente todo esto como una amenaza a sus propia vida y se entrega al hedonismo sin pausa y el consumo a niveles que lindan con lo irracional.
Esto, que antes solo ocurría en el mundo occidental, poco a poco viene inoculándose en el oriente, otrora reserva espiritual del mundo y cuna de la Navidad, que actualmente también padece de vicios de lo más grotescos y sórdidos. Si a eso le sumamos la destrucción del medio ambiente, tema que también es víctima del reductivismo y la superficialidad oficialista que todo lo comprime en comilonas internacionales, fotos grupales y documentos que no solucionan nada, el espacio para la verdadera Navidad y su tan mentado espíritu se hace cada vez más pequeño.

Por eso es que, con todo esto encima, vivir con ilusión infantil estos tiempos navideños es prácticamente un acto de protesta, una manifestación contracultural, un discurso contra la corriente. Pensar que no todo es recibir regalos, o que el mejor de los regalos sigue siendo la sonrisa, el abrazo, el beso y la lágrima de tus seres queridos, y que no hay cosa más importante en Navidad que estar junto a tu esposa y tus hijos (si los tienes), tus amigos de trabajo o de estudio, sin mayores pretensiones que las de desear lo mejor para ellos, no hacerle daño a nadie, y no perder la oportunidad de hacer algo bueno por alguien, por pequeño que esto sea, sin que nadie se entere de ello, es actualmente tan revolucionario como lo fue en los sesentas aquella imagen colorida de una flor saliendo del cañón de un arma de fuego.

Es cierto que el solo hecho de ensayar una reflexión sobre estas situaciones para compartirla con los demás pueda entenderse como una intención de generar conciencia común y por ende, exprese un atisbo de esperanza en el género humano. Y es cierto, pero no se confundan. En este mundo dominado por los poderosos, los corruptos, los agresivos, los bacanes y los sobones, mantener viva la esperanza es la mayor demostración posible de egoísmo de la que un ser humano es capaz.  











sábado, 28 de diciembre de 2013

GIANMARCO Y LOS FUEGOS ARTIFICIALES (hacer click en la imagen para leer interesante twitter sobre el tema)


Toda esta historia de Gianmarco Zignago y su engreído berrinche por redes sociales es una pequeña metáfora de la idiosincrasia de nuestra sociedad viciosa, cargada de egos monumentales, huachaferías diversas y una incontinencia pertinaz cuando se trata de creerse lo que no se es, gracias a las bombardas publicitarias que un cantautor de calidad común y corriente ha recibido y sigue recibiendo. 

Y además de engreído, ese berrinche virtual no es más que expresión de la piconería de quien ve que el negocio no le salió bien. Me explico: habría que ser demasiado ingenuo -o demasiado hincha de Gianmarco- para creer que la indignación del susodicho por el uso indiscriminado de pirotécnicos en Navidad es mayor que sus ansias egocéntricas de convertirse en trending topic, esa enfermedad que padecen todos los adictos al pajarito azul que es incapaz de decir frases que contengan más de 140 caracteres.

Me parece que este compadre buscó concitar, a través de su "indignado" tweet, una corriente de opinión contra los cohetones que lo colocara como líder de opinión en las encuestas de fin de año, Claro, es la fórmula perfecta: escoges un tema sensible y lanzas un petardo -sin alusión intencional al tema de los fuegos artificiales en cuestión- que te catapulte (o que te vuelva a catapultar) a los picos más altos de la popularidad de las encuestas de poder. Quizás este año terminas junto a Beto Ortiz en el ranking de "personas influyentes". Pareciera un consejo emanado de la fábrica de mentiras de Gustavo Rodríguez, el publicista de lentecitos con montura aérea que se cree escritor.

Y no es que las críticas ante la quema compulsiva de silbadores, ratas blancas y demás artilugios de dudosa procedencia estén equivocadas. Por supuesto que no. De lo que se trata, en este caso por lo menos, es que el señor Gianmarco Zignago que es, en este país, más omnipresente que el mismísimo Niño Jesús, hasta el punto que hablar mal de él en las redes sociales (por lo menos antes de este escandalete) podía terminar en la excomunión y que conversar con Regina Alcóver es casi como conversar con la Virgen María en persona... 

Decía que en este caso, Gianmarco alzó su "voz de protesta" porque una bombarda cayó en la puerta de su casa, o sea en el templo sagrado al cual acuden en peregrinación (por lo menos él lo cree así), miles de incautos musitando Una canción de amor y chillando de placer porque se ganaron una guitarra autografiada o porque tienen entre sus cosas el cancionero con recetas del BBVA lleno de fotos del "pelao" junto a Gastón Acurio. Claro, la Marca Perú hecha carne a través de la invasiva figura de Gianmarco, el artista nacional más sobrevalorado de los últimos 60 años.

Desde hace años Gianmarco dejó de ser la persona sencilla y hasta medianamente agradable que alguna vez fue, para convertirse en un monumento al egocentrismo y la actitud divesca de quien se siente un iluminado por los dioses y las musas de la inspiración. Cantautor de carisma chacotera y vulgaridades encubiertas, el compadre se crió entre tablas y telones gracias a sus padres, y apareció en cámaras desde que era un niño. Esa imagen del muchachito engreído que calla a todos los adultos para cantar en medio de la reunión familiar fue replicada por Gianmarco en cadena nacional y, poco a poco, se fue incrustando en la farándula local la (falsa) idea de que el tipo era algo así como un genio.

Algunas baladas cumplidoramente bien escritas captaron la atención de Emilio Estefan y desde entonces su carrera, que no daba para nada más que para vender miles de discos a nivel local y conducir un programa ridículo junto a otro niño mimado de la tele nacional -Bruno Pinasco- se transformó en una megainversión transnacional que operó el cambio de personalidad que hoy lleva a Gianmarco a comportarse como se comporta: ahora es un insufrible ególatra con poses de trovador, que se ha metido en todos los conciertos de artistas de habla hispana que ha podido como "invitado" y que lidera los rankings sobre la base de una música que tiene lo mismo de inocua como repetitiva. Hasta libros de autoayuda dice que escribe, con máximas y consejos al mejor estilo de ese otro personaje de nuestro folklore farandulero llamado Mauricio Diez Canseco.

Pero hay una cosa que invalida la protesta de Gianmarco frente a los pirotécnicos y los evidentes peligros y molestias que generan: él los utilizó a discreción en su personalísimo concierto en el que celebró sus 20 años de carrera en el estadio de San Marcos, hace un par de años si la memoria no me falla. Como todos sabemos, la universidad se encuentra frente a zonas urbanas y los bombazos con los que Gianmarco cerró "su noche" deben haber dejado sin dormir a más de una familia y sin paz a más de una inocente mascota.

Por eso su destemplada reacción -llamar "perros" a quienes lanzan cohetes en Navidad- y su posterior bloqueo, no cierre, de sus cuentas en Facebook y Twitter -que son lo máximo cuando todos son halagos y "me gusta" pero que pueden ser de lo más reveladoras cuando se enciende la ira popular- dejan al descubierto una personalidad inflamada por la arrogancia, incapaz de aceptar que ha cometido un error, como cuando insultó a quienes abandonaban su concierto en algún lugar de los EE.UU.

Gianmarco ha vuelto a activar sus cuentas, según dice por los sabios consejos de su madre, la venerada actriz y personalidad de radio y televisión Regina Alcóver. Y en las últimas 48 horas he visto su imagen cuidadosamente calculada para caerle bien a la Lima que no deja nunca de mirarse el ombligo, recorriendo los sets de Canal N, Canal 9 y Canal 4, casi como en desagravio. O sea que, por mucho que este tema haya mostrado el verdadero fustán de esa cuasi perfección orquestada, el mito de Gianmarco-eres-lo-máximo seguirá siendo explotado por los mercachifles de la prensa convencional.

Una más para el anecdotario de esta ciudad que parece haber olvidado lo que realmente cuenta: la sencillez, la autenticidad artística, el ser consecuentes y tener sentido común.