Mostrando entradas con la etiqueta Navidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Navidad. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de diciembre de 2014

NAVIDAD 2014: LA ESPERANZA CONVERTIDA EN UN ACTO EGOÍSTA


Desde hace años decidí, desde mi libre albedrío adulto, que para mí la Navidad necesita trascender toda doctrina religiosa, dogma de fe y comprobación científica para mantener intacta su capacidad de ilusionarme como me ilusiona, casi de la misma manera en que lo hacía cuando fui niño y creí en Papá Noel o cuando fui adolescente y comencé a cuestionar todo lo que me enseñaba la Iglesia Católica desde los altares, las aulas escolares o la mesa familiar.

Esto significa que si mañana, en una revista científica especializada japonesa anunciaran que, tras décadas de excavaciones arqueológicas, investigaciones documentarias, procedimientos computarizados y revelaciones psíquicas, quedara absolutamente demostrado que Jesucristo no existió -y que por ende, no habría 24-25 de diciembre qué celebrar- yo seguiría emocionándome con el verdadero sentido de la Navidad, frase que en ese contexto imaginario y extremo tendría que escribirse entre comillas.

Con este mecanismo de defensa, elaborado casi en clave de ciencia ficción, protejo mi estado de ánimo en estas épocas de fin de año de los zarpazos con que la realidad lo ataca a cada microsegundo para demostrarme que el ser humano, esa especie a la que pertenecemos todos y que, según los textos bíblicos, Jesús vino a redimir hace 2014 años, abandonando su "zona de comfort" -como diría cualquier marketero entrenado por Arellano, ese nuevo y falso gurú de las frases hechas- para tratar de enseñarnos, con el ejemplo, que la humildad y la rebeldía son las dos caras de una misma moneda: la de la integridad, el respeto al prójimo, la sana conviviencia y la espiritualidad por encima del materialismo que hoy nos domina.

Y es que las tentaciones que incitan a uno a botar toda esa ilusión por el desagüe son muchas y de muy variadas fuentes. Aquí solo algunas de ellas:

La comprobación cotidiana de que para las "estrellas de la televisión" y "líderes de opinión" la Navidad se reduce a un spot de 40 segundos, sobreactuado y sobreproducido, en el que hombres y mujeres, jóvenes y viejos, periodistas y payasos faranduleros, intercambian regalos posando para las cámaras en un set de grabación, lucen contritos y reflexivos delante de un nacimiento y lanzan mensajes navideños durante todo diciembre para después, los once meses restantes, esparcir basura mañana, tarde y noche; es suficiente para descorazonar hasta al más entusiasta.

Otro ejemplo: Hace unos días me comentaron que un conocido empresario farandulero de apellido Diez Canseco, llevó toneladas de juguetes y donaciones a los pacientes niños de un hospital de salud pública, acompañado de la gavilla de mujerzuelas que desfilan para beneplácito salivesco de todos esos viejos resinosos y bien vestidos que van a comer en los locales de su cadena Rústica. Es decir, exponiendo a niños humildes a espectáculos exhibicionistas y procaces, y a las reacciones morbosas que se deben haber generado entre doctores, personal administrativo y quién sabe hasta el mismo director del hospital de marras. Me los puedo imaginar... "a ver, a ver, una fotito con las chicas... ayayayyyyyy". Eso ya ni siquiera puede considerarse relativismo, sino sinvergüencería pura y dura.

La solidaridad, el bien común, la buena vecindad son instituciones subjetivas que han desaparecido del lenguaje conductual en el Perú: desde el tráfico enloquecedor con sus claxons de buque capaces de hacerles perder el equilibrio a señoras de la tercera edad, tocados tanto por microbuseros, taxistas y señoritos de lentes oscuros y cabezas rapadas montados en sus bonitas camionetas compradas a plazos; las leyes escritas para favorecer a empresarios de ambición ilimitada que miran con desprecio a los trabajadores antiguos y empiezan a maltratar a los nuevos desde antes que ingresen a su primer empleo, que son defendidas por uñas y dientes por los politicastros incapaces de ver más allá de sus narices, urgidos como están de satisfacer sus propios afanes de enriquecimiento, poder y supuesto status. El caso más flagrante de esto es el de la Primera Dama que nunca fue nada, ni en su universidad ni en su desempeño profesional antes de llegar al gobierno y ahora se siente reina tuerta en este país de ciegos.

Las programaciones televisivas, apañadas por los dueños de canales y empresas anunciantes, que supuran malos ejemplos, antivalores y abiertas vulgaridades los siete días de la semana, en el desayuno, el almuerzo, la cena y la medianoche, creando una nueva generación de peruanos que aceptan, y con agrado, ser discriminados y degradados al papel de vocingleros adoradores de ídolos de carne inflada por esteroides y siliconas, solo porque tienen la piel más clara, y aprenden que ya no importa estudiar porque puedo ser "famoso" de la noche a la mañana; todo conspira contra el sentido de la Navidad, lo aniega y amenaza con hundirlo de forma definitiva.
La corrupción, la informalidad, la impunidad y la indiferencia frente a lo injusto han carcomido todos los ámbitos de nuestra vida: en lo politico, a través de este presidente, su esposa y sus ministros, alcaldes, congresistas y empresarios que viven de ellos; en lo mediático, con una prensa vendida incapaz de señalar a nadie con el dedo, que todo lo dice "en condicional" para proteger a sus amistades y la vigencia de sus contratos publicitarios; y en general, en cada dimensión pública, social, laboral o incluso en los asuntos privados, donde uno posa la mirada, cobra vigencia nuevamente aquella frase de Manuel Gonzáles Prada: "El Perú es un organismo enfermo. Donde se pone el dedo salta la pus".

Pero no solo en el Perú las cosas están así, oscuras y cataclísmicas. Lo ocurrido recientemente en México y Pakistán, las masacres a profesores, estudiantes de educación y alumnos en dos países tan distantes geográficamente, se me presenta ante los ojos como una macabra metáfora de lo poco que le importan al ser humano las cosas buenas que tiene la vida, cuando de por medio están el crimen y el fundamentalismo ideológico. Las ambiciones alimentadas por el narcotráfico, que contaminan a la sociedad entera, y la intransigencia religiosa son capaces de asesinar a mansalva y luego, la complicidad de cadenas internacionales de televisión, gobiernos influyentes y por supuesto, autoridades corruptas y una maquinaria de medios distractivos que nunca deja de funcionar, hacen que el público, la gran masa, aun cuando intuya que las cosas no están nada bien, no siente todo esto como una amenaza a sus propia vida y se entrega al hedonismo sin pausa y el consumo a niveles que lindan con lo irracional.
Esto, que antes solo ocurría en el mundo occidental, poco a poco viene inoculándose en el oriente, otrora reserva espiritual del mundo y cuna de la Navidad, que actualmente también padece de vicios de lo más grotescos y sórdidos. Si a eso le sumamos la destrucción del medio ambiente, tema que también es víctima del reductivismo y la superficialidad oficialista que todo lo comprime en comilonas internacionales, fotos grupales y documentos que no solucionan nada, el espacio para la verdadera Navidad y su tan mentado espíritu se hace cada vez más pequeño.

Por eso es que, con todo esto encima, vivir con ilusión infantil estos tiempos navideños es prácticamente un acto de protesta, una manifestación contracultural, un discurso contra la corriente. Pensar que no todo es recibir regalos, o que el mejor de los regalos sigue siendo la sonrisa, el abrazo, el beso y la lágrima de tus seres queridos, y que no hay cosa más importante en Navidad que estar junto a tu esposa y tus hijos (si los tienes), tus amigos de trabajo o de estudio, sin mayores pretensiones que las de desear lo mejor para ellos, no hacerle daño a nadie, y no perder la oportunidad de hacer algo bueno por alguien, por pequeño que esto sea, sin que nadie se entere de ello, es actualmente tan revolucionario como lo fue en los sesentas aquella imagen colorida de una flor saliendo del cañón de un arma de fuego.

Es cierto que el solo hecho de ensayar una reflexión sobre estas situaciones para compartirla con los demás pueda entenderse como una intención de generar conciencia común y por ende, exprese un atisbo de esperanza en el género humano. Y es cierto, pero no se confundan. En este mundo dominado por los poderosos, los corruptos, los agresivos, los bacanes y los sobones, mantener viva la esperanza es la mayor demostración posible de egoísmo de la que un ser humano es capaz.  











martes, 24 de diciembre de 2013

EL SIGNIFICADO DE LA NOCHE BUENA


Mi colaboradora eficaz, Yvette Irán Ubillús Mimbela, escribió algo muy bonito sobre la Navidad y quiero compartirlo con todos los lectores de esta bitácora, pobre pero honrada. Por lo general reniego en Navidad por la parafernalia publicitaria, las vendedoras de marcianos que tocan el vidrio de sus neveras con una moneda para llamar la atención, las aglomeraciones en el Mercado Central y las compras que te parten los dedos porque llevas tres o cuatro bolsas por mano, a veces de cosas de lo más sencillas pero pesadas. Pero también por lo general, el espíritu navideño se cuela en mis pensamientos y me alegra. Me genera la necesidad de dar gracias por todo aquello que la vida me regala, sin necesidad de tarjetas de crédito: la posibilidad de tener trabajo, la salud de mis seres queridos, hacer lo que a uno le gusta sin hacerle daño a los demás, ser consecuente con las propias ideas y mantener la capacidad de indignación ante lo injusto, lo desigual, lo corrupto, lo inculto y lo vulgar. Pero bueno, mejor lean lo que escribió Yvette:

LO QUE IMPORTA ES ESTAR UNIDOS EN PAZ Y ARMONÍA, ESO ES NAVIDAD
por Yvette Ubillús

Llegó el día por el que tanto hemos trajinado últimamente, ese día de reunión, cena, brindis y regalos, llegó la víspera de Navidad y esta noche es Noche Buena. Y como su nombre lo dice ese es su principal significado: tener una noche en la que podamos experimentar la bondad de la verdadera celebración navideña. No de la televisiva o la publicitaria sino esa Navidad de unión, reconciliación, perdón, agradecimiento y generosidad.

Una noche en la podamos combinar de manera armónica de nuestra alegría con el significado verdadero de esta celebración: el nacimiento del Niño Jesús, niño humilde que a pesar de haber podido tenerlo todo como un rey nació en la pobreza económica pero en la riqueza del amor de sus padres, de aquellos que lo rodeaban sin distinción. Porque de eso se trata, de abrir los ojos y descubrir que con mucho o con muy poquito, si lo compartimos entonces es Navidad.

En este día todos podemos hacer un regalo que no nos cuesta nada económico: una sonrisa, un abrazo, un apretón de manos, un sentido gracias, un buen deseo. Los que puedan dar más que  sea con amor, con corazón, no solo comprar algo por comprar, un regalo dice mucho de cuánto conoces a la persona a la que se lo brindas. En estas épocas donde se intercambian regalos con tarifas, por lo general altas, piensa que después de todo es solo una cosa.

También podemos tomarnos un momento para hacer una reflexión acerca de lo que tenemos, no en bienes materiales o dinero, pero sí en vida, salud, familia, amigos, trabajo, eso que nos parece evidente y natural pero que en realidad es lo más valioso y de lo que mucha gente carece. Si puedes hacer una oración en familia antes de la cena, bendiciendo todo aquello con lo cuentas y pidiendo que también puedan tenerlo aquellos que hoy sufren, están en peligro, solos y desposeídos, estarás enviando esa maravillosa vibración al universo para aliviar a los menos afortunados.

Y qué lindo sería que todas las noches fueran noches buenas ¿verdad? Noches de bendiciones, nobleza y solidaridad que mantuvieran viva la llama de paz que la Navidad significa, con regalos para el espíritu que le dieran a nuestra vida la armonía y estabilidad que el dinero no puede comprar. ¿Por qué no? Tal vez podemos hacer de esta Noche Buena la primera de las 365 que cada año nos regale.

¡Feliz Noche Buena, Feliz Navidad!