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martes, 10 de octubre de 2017

PERÚ AL MUNDIAL: UN SUEÑO QUE PUEDE CONVERTIRSE EN PESADILLA


Casi nunca escribo sobre fútbol. Y no es porque no me guste sino porque, como me ocurre con la música, también desprecio las expresiones modernas del "deporte rey" al punto de no ser capaz de rescatar casi nada de esta nueva forma de entender este negocio que antes fuera un juego que, de niño, se convirtió en una de mis pasiones.

Desde que tengo uso de razón, me recuerdo a mí mismo coleccionando las noticias sobre los campeonatos locales, los suplementos en los que se detallaba tabla de posiciones, de goleadores. Cada vez que empezaba una Copa América o una Libertadores, usaba las últimas páginas de mis cuadernos de matemáticas (los cuadriculados) para armar mis cuadros de estadísticas. 

Veía los partidos con ojo atento, lapicero a la mano y cuaderno abierto para apuntar todo: alineaciones (cuidando escrupulosamente anotar apellido, nombre y número de camiseta de cada jugador), entrenadores, árbitros y jueces de línea, tarjetas amarillas y rojas, penales y goles, y los minutos en los que ocurrían. Nombres de estadios y horas de partidos. Todo. Aquella sana fiebre futbolera me dominó entre los 8 y los 13 años de edad. Y también jugaba. 

En el barrio, durante las vacaciones de colegio, hacíamos maratones de fulbito, que iban desde las 7 de la mañana hasta que nos diera la luz natural, y a veces más. Mis problemas de visión no fueron impedimento para aprender a jugar, digamos que más o menos (había compañeros mucho mejores que yo, sin duda). Me defendía, en fulbito de cemento o cancha grande (parques, uno que otro estadio). Siempre en la mitad de la cancha. Nunca de defensa ni de delantero. Ni de arquero.

En el colegio, aunque no destaqué tanto pues había una "camarilla" de peloteros que monopolizaba todo -además, al ser uno de los chancones, una nube de prejuicio se elevó siempre sobre mi cabeza- de vez en cuando hice también lo mío.

Coleccionaba los álbumes de cada mundial (hasta ahora trato de hacerlo, en secreto, pero las obligaciones de la vida adulta ya no me dejan tiempo ni plata para llenarlos) y, a solas en mi casa, cuando mi papá y mi mamá salían, yo corría por toda la casa detrás de una pelota hecha de medias viejas y era, a la vez, arquero, defensas, volantes y delanteros de dos equipos. Tenía no uno, sino veintiún amigos imaginarios, sin contar al público y los periodistas que hablaban de todos nosotros al día siguiente.

Pertenezco a la generación que recuerda con detalle -y sin necesidad de "googlear" salvo para confirmar algún dato caprichosamente oculto en el disco duro cerebral- los últimos procesos de eliminatorias que realmente valen la pena, hablando de selecciones peruanas, por supuesto: el de 1982 y el de 1986.

En el primero, las legendarias victorias a Uruguay y Colombia. El baile de Eduardo Malásquez al defensa uruguayo en la esquina izquierda. El gol de cabeza de Gerónimo "Patrulla" Barbadillo ante Colombia. La campaña en la que el equipo del brasileño Elba de Padua Lima "Tim" le ganó a la Francia de Platini y jugó con tra equipos tan diversos como Hungría, Argelia o el entonces famoso equipo norteamericano Cosmos, en la temida cancha de tartán. El accidente y muerte de Roberto "Cucurucho" Rojas. La tríada mágica de Velásquez, Cueto y Uribe, el mejor mediocampo del fútbol peruano en la romántica década de los ochenta. La salida en hombros de Héctor Chumpitaz.

En el segundo, la marca asfixiante que Luis Reyna, un jugador "de medio pelo" identificado con el Sporting Cristal, le hizo a Diego Armando Maradona, en su mejor momento, en el Nacional. La salvaje falta de Camino a un jovencísimo Franco Navarro en el Monumental de River, en el partido de vuelta. El gol de Gareca con empujón de Pasculli a Chirinos. El angustiante repechaje contra Chile y las críticas al arquero Eusebio Acasuzo.

A España '82 fuimos y regresamos canasteados por la poderosa selección polaca, en la que brillaban Boniek, Smolarek y Lato. A México '86 no llegamos, por poquito. A partir de entonces comenzaron los fracasos, la gitanería, la irregularidad, los ídolos de barro, «los cuatro fantásticos», las pendejadas con bataclanas, la asociación maloliente de jugadores de fútbol con borracheras, salsa cubana, vedettes, raros peinados y reggaetón.

El encanallamiento que sufrió la política y los medios de comunicación en el Perú, cortesía del preso y posible indultado Alberto Fujimori, también pudrió a mi amado fútbol. Dejé de ver el Descentralizado y comencé a despotricar contra el fútbol peruano.

El Canal 7 dejó de transmitir los alucinantes campeonatos locales de Argentina (el Apertura-Clausura original), Italia (el calcio) y Alemania (la Bundesliga), de los cuales también hacía cuadros estadísticos, listas de nombres y resultados y vi tremendos y electrizantes partidazos que se quedaron para siempre en mi memoria. 

Por eso me he mantenido cínico y desconfiado, con un ojo abierto y otro cerrado, frente a esta posibilidad de que Perú clasifique al Mundial de Rusia, que hoy es una realidad palpable y no un sencillo y mañoso cálculo de matemáticas forzadas.

Los vendedores de humo (y de camisetas bamba) siguen ahí, exacerbando y distrayendo a las masas que alguna publicidad oportunista ha denominado "los que siempre estuvieron allí". Pero es innegable que ahora sí, después de muchos años, estamos "en un tris", como decían los comentaristas ochenteros, de clasificar, toda una vida después, a la justa futbolera más importante del mundo.

Sin embargo sigo sin compartir esa ilusión desmedida, ese afán por deificar a estos jóvenes muchachos que vienen trabajando con relativa seriedad y gracias a ello -y a varios golpes de suerte también-, en el último tramo, han conseguido revertir una nueva e inminente, hasta hace algunas fechas, eliminación. En los ochenta lo raro era quedar fuera. Hoy somos la sorpresa, el golpe.

Si mañana se da el cruce de resultados necesario, la Selección Peruana de Fútbol habrá clasificado al Mundial Rusia 2018. Y si en ese cruce está incluido el triunfo ante Colombia, será una clasificación épica, inédita para quienes vivirán esa experiencia por primera vez. Pero el sueño puede convertirse en pesadilla.

Y no porque Perú no clasifique finalmente, ya que de una u otra forma estamos todos acostumbrados a ello. Sería, después de todo, una vez más, con la diferencia, en todo caso, de que la forma como se ha llegado a estas instancias, al ser diferente a las anteriores, marca la expectativa de un nuevo comienzo a la cual debe seguir un trabajo más serio y responsable, con los más viejos retirándose dignamente (Guerrero, Rodríguez, Carrillo) y los más jóvenes concentrándose y no dejándose engatusar por las mieles de la fama, con miras al Mundial de Qatar, dentro de cinco años. 

Este sueño puede convertirse en pesadilla precisamente si Perú clasifica al Mundial Rusia 2018. Porque entonces se darán las condiciones para que todos aquellos zamarros que están buscando distraer a la población para hacer de las suyas tendrán la puerta abierta en medio de las caravanas y bocinazos, las multitudes alcoholizadas y envueltas en camisetas blanquirrojas compradas en Gamarra o en Saga Falabella, dando tumbos en la Calle de las Pizzas y en los mega malls del Cono Norte, los titulares disforzados de la prensa cada vez más parecida a una esquina de barrio que a un panel de profesionales y comunicadores que busquen orientar a la opinión pública. Y así, patriotas y todo, habrá camionetas chocadas en la Costa Verde, tráficos infernales en todos los distritos, peleas callejeras, peperas que harán su agosto bolsiqueando a barristas en el clímax de la celebración y políticos corruptos tomándose fotos con la selección, gastando plata en homenajes y declarando feriados no laborables, recuperables para el sector privado.

Pero lo peor que puede ocurrir si Perú clasifica a Rusia 2018 es que Ricardo Gareca, el verdadero artífice de este sueño-pesadilla termine cediendo a la presión y al lobby mediático que Claudio Pizarro, ese oportunista que fracasó todas las veces que pudo con la selección nacional, ya viene haciendo desde ahora, con periodistas y hasta colegas jugadores que declaran a favor de que "regrese", y termine convocándolo con el pretexto ese de que se trata de "un referente" para los más jóvenes. Y entonces, si Pizarro se cuela al Mundial, la tan esperada clasificación se convertirá en el triunfo de la conchudez, la angurria y la injusticia. Estaremos atentos para tratar de evitar ese maltrato a una joven selección que merece disfrutar de la gloria sin la intromisión de un tipo que representa lo peor de esa tradición de derrotas que ellos están ayudando a dejar atrás.

domingo, 9 de junio de 2013

PERÚ 1 - ECUADOR 0: CON GOL CHAMPERO DE PIZARRO, GANAMOS...


Carlos Zambrano lanza un pelotazo desde la media cancha, un gran cambio de frente de derecha a izquierda. Juan Manuel Vargas recibe y, a la fuerza, consigue sacar un medio centro como en sus días de gloria, antes que sus escarceos con el prostíbulo farandulero pasaran a ser más importantes que su futuro futbolístico. La pelota es interceptada por un defensa ecuatoriano y rebota en la cabeza, sin dirección, de Claudio Pizarro. Impulsada hacia arriba - podría haberse ido al lateral o al saque de meta - le da tiempo a que Pizarro, este jugador a quien todos adoran pero que jamás ha hecho nada por la selección peruana, se voltea torpemente y casi sin fijarse, saca la pierna derecha con la intención de disparar al arco, en una especie de media volea oligofrénica. El empeine, como claramente se ve en las miles de repeticiones que, compulsivamente, han transmitido todos los canales durante el fin de semana, queda en el aire y la pelota le choca en la parte baja de la canilla. La velocidad de la jugada desconcierta a la defensa rival y el arquero, que salió a cazar mariposas, no pudo contener el balón. Gol de Perú. Las tribunas, repletas de monos con camiseta rojiblanca, estallan de sobreactuada alegría. Aun no estamos, ni siquiera cerca, en posibilidad de pensar que llegaremos al Mundial de Brasil 2014. 

Los titulares del día siguiente hablan de heroísmo, de revanchas, de golazos y reivindicaciones de un tipo que durante años se ha dedicado a crear un mito de sí mismo, ayudado por las crónicas inflamadas - y quizás hasta pagadas - de periodistas deportivos de prensa escrita y televisiva que alaban hasta el más mínimo de sus movimientos. Pizarro juega bien hasta cuando no toca la pelota, dicen algunos de sus fans. Tiene ojos hasta en la nuca, glosa Ramón Quiroga, quizás bajo los efectos de un buen vino argentino combinado con los humos de los habanos que suele fumarse antes de cada transmisión en CMD. Daniel Peredo, sobreexcitado, le agradece al cielo que por fin, después de tantos yerros involuntarios y maledicencias de sus enemigos, Claudio estuviera allí, en el área, donde solo están los mejores. Palabras que las pantallas, como el papel, aguantan sin límite, porque cuando se trata de embrutecer a la masa y hacerle el negocio a los de siempre, los escrúpulos y la veracidad quedan siempre en segundo plano.

Claudio Pizarro juega, desde hace años, en Alemania y, valgan verdades, se ha convertido en leyenda goleadora gracias a que siempre estaba allí, para concretar las alucinantes jugadas elaboradas desde afuera por sus compañeros de ocasión, todos excelentes jugadores, ya sea en el Werder Bremen o el Bayern Munich, los dos cuadros bávaros donde ha ganado todo su prestigio internacional y fortuna personal. Sin embargo, cuando se ha tratado de jugar por la selección peruana, nunca - ni en sus veintes - replicó esas hazañas de goleador caza-pelotas ni marcó la diferencia, esa que suelen marcar las verdaderas estrellas de nivel mundial. Siempre nos han vendido la idea de que Claudio Pizarro era capaz de hacer maravillas en la cancha pero todo quedó siempre en una ilusión, fabricada para su propio provecho, que ni hasta el más afiebrado de sus hinchas podría justificar con hechos reales (ver estadísticas de goles de Pizarro con la selección y convénzanse de su ineficacia, aunque él diga que "eso no es lo que importa").

Por el contrario, el paso de Claudio Pizarro por la selección tiene recordación por hechos 100% negativos: a) el escándalo del Hotel Golf Los Incas (del que nunca debió salir bien librado), b) las sospechas de que, sobre la base de su poder económico, tomaba decisiones que le correspondían a los técnicos, incluido el actual y c) las ínfulas de capitán que le hacen ponerse por encima de jugadores más talentosos y efectivos que él para patear un penal, darse el lujo de fallarlo y después, ponerse majadero con una prensa a la que mangonea a su gusto, quien sabe si es por la injerencia que tiene hasta en el pago de ciertas planillas.

Este gol frente a Ecuador fue, a todas luces, un golpe de suerte, un champazo, para hablar en el lenguaje popular de quienes alguna vez hemos corrido detrás de una pelota. No fue un prodigio de ubicación o precisión o inteligencia. Es verdad, los partidos se ganan con goles y en esta época sonaría ridículo desear que todos sean hechos con filigrana, fineza o extremado lujo. Pero no estoy pidiendo eso. No me molesta que Perú haya ganado con gol de Pizarro. Me molesta que la masa (la suma de prensa deportiva con hinchada sin dignidad) le pase por alto todas las malcriadeces de las cuales ha sido capaz este tipo, solo porque hizo un gol de chiripa, en las antípodas de lo que hacen los grandes goleadores que definen partidos, generan situaciones permanentemente, ponen en jaque a las defensas rivales todo el tiempo. Con Claudio Pizarro nuestra selección no tiene nada de eso, la hinchada vive mendigando sus golpes de suerte, sus champazos. Y cuando le sale uno, le lanzan flores, le organizan homenajes, le levantan monumentos. Hinchada más mandilona que la peruana, ninguna.

¿Qué pasará el martes con Colombia? quizás lo mismo de siempre. Ahora, con todos estas exageradas y triunfalistas manifestaciones del público, Pizarro y compañía se relajen y los colombianos nos pasen por encima, en virtud de su buen futbol y una regularidad a prueba de balas en todas sus líneas. Y cuando le pregunten a Pizarro ¿qué pasó? él quizás responda: nada pues, perdimos, ¿cuál es el problema? Y acto seguido, tome su vuelo de regreso a Alemania a seguir empujando las pelotas que otros le ponen, servidas, en el área. Y Daniel Peredo dirá que, aunque no toque la pelota durante 80 minutos de 90 que tiene un partido, su presencia táctica es insustituible. Y las hordas de hinchas que salen a la calle con sus casaquillas rojiblancas, compradas en almacenes chilenos, saldrán a cantar el Himno Nacional mientras tocan el claxon en los oídos de la gente, compran piratería (o entradas de reventa) y cholean a discreción. Porque estos fanáticos del futbol peruano han creado una nueva concepción de patriotismo: son incapaces de respetar las más básicas normas de convivencia ciudadana pero se ponen la mano al pecho y cantan porque Pizarro hace un gol, casi sin darse cuenta.

Los medios de comunicación masiva, en lugar de esclarecer todas las dudas relacionadas a aquel escándalo en el cual estuvo involucrado Claudio Pizarro, según el cual percibía dinero como representante de otros jugadores, estando eso prohibido en su condición de jugador profesional activo,se la pasan endiosándolo y lavando su imagen, una imagen carcomida por la pedantería y el poco respeto mostrado hacia una camiseta con la cual no llega ni a los diez goles, en tres Eliminatorias y una Copa América. Y para darle color a toda esta farsa, invitan a las concentraciones a dos "amuletos" externos: don Oscar Avilés, leyenda viva de nuestra música; y un encantador niño de provincia, que ha ganado popularidad gracias a un comercial de televisión. Me pregunto: ¿por qué en lugar de hacer reportajes y semblanzas de su vida, en las que nos hablan de las "raíces negras" de Pizarro, no nos cuentan con cuánto se están portando todos estos seleccionados para que ese niño coma un poco mejor? ¿estarán haciendo algo por él?