viernes, 26 de octubre de 2018

CELEBRATING DAVID BOWIE: ESPECTÁCULO DE LUJO



David Bowie, una de las figuras más importantes de la subcultura rockera a lo largo de sus seis décadas de existencia, falleció hace casi tres años, dos días después de cumplir 69 años de edad y de haber lanzado su vigésimo quinto álbum en estudio, el sorprendente Blackstar. 

Manifestaciones públicas en Londres y otras ciudades del mundo -miles de personas cantando Starman en Piccadilly Circus fue uno de los eventos espontáneos más asombrosos que demostraban el cariño que había inspirado el Duque Blanco entre sus fanáticos en vida, y el pesar que produjo su muerte- y dos documentales de la BBC sobre su carrera, titulados The First Five Years y The Last Five Years habían sido los únicos homenajes formales que aparecieron, más allá de las cientos de bandas que interpretaron en sus conciertos alguna canción (por ahí circuló, en el Facebook, un clip muy bueno de The Flaming Lips tocando Space oddity a teatro lleno en EE.UU.).

Pero ningún homenaje había hecho completa justicia al legado musical y artístico del camaleónico e hiperactivo cantante, actor, productor y multi-instrumentista británico hasta ahora, como lo hace la gira mundial Celebrating David Bowie, un proyecto musical que se está encargando, desde hace dos años, de continuar con aquello que el creador de joyas musicales como Hunky dory (1971), Station to station (1976), Low (1977), Let's dance (1983) o Heathen (2002), disfrutaba más en la vida: hacer conciertos, electrizar al público con esa combinación genial de vaudeville, rock'n roll, circo, moda, glamour, rock progresivo, soul y pop electroacústico que desplegó durante su larga trayectoria.

Una banda de músicos de primera, organizada por el experimentado productor, guitarrista y cantante Angelo Bundini, viene dándole la vuelta al mundo con un repertorio que cubre la etapa clásica de la discografía de Bowie, lanzada entre 1970 y 1984, con algunos añadidos de lo que produjo en décadas posteriores. Este concierto-homenaje es lo más cercano a lo que habría sido la experiencia de ver al fallecido cantante en vivo, gracias a la interpretación prolijamente excelente de este ensamble que reúne a artistas de diversas procedencias unidos por un tema común: su admiración o incluso cercanía al homenajeado.

Por ejemplo tenemos a Angelo Moore, vocalista de Fishbone, ecléctica banda de funk-rock de los ochenta y noventa, a quien Bowie consideraba "el mejor cantante del mundo". O el talentoso e innovador guitarrista Adrian Belew, quien fuera director musical de la banda de Bowie en 1990, luego de haber trabajado para Frank Zappa y Talking Heads, además de ser en ese mismo año miembro estable y fundamental de los titanes progresivos King Crimson. Pero además de estos tres pesos pesados, la banda es complementada por músicos extremadamente buenos como el australiano Paul Dempsey (voz, teclados, guitarra acústica), "House" (bajo), Ron Dziubla (saxo, teclados) y Michael Urbano (batería). El virtuoso septeto estuvo la noche del jueves 25 de octubre en el Teatro Municipal haciendo vibrar al público con esas canciones inolvidables compuestas por David Bowie.

Las graderías, palcos y plateas de nuestro hermoso Teatro Municipal se llenaron de glam-rock y energía durante más de dos horas de show, en el que fue uno de los mejores conciertos de la temporada 2018. Un espectáculo como este, que ha sido elogiado con enorme entusiasmo por medios especializados de EE.UU. y Europa como The New York Times, Uncut y Classic Rock Magazine, entre otros, fue placer de minorías en esta ciudad entregada al mierdoso reggaetón y la idiotizante cumbia de chaveta y pico roto de botella de cerveza. Presentaciones a casa llena en Chile, Uruguay, Brasil y Argentina nos dejan mal parados ante artistas de tanto nivel. Pero estuvieron quienes tenían que estar: fans de Bowie de todas las edades que saltaron, cantaron y bailaron cada tema con emoción y entrega. Algo que Belew, Bundini, Moore, Dempsey, House, Dziubla y Urbano seguro sabrán apreciar.

Angelo Moore resultó ser un personaje lleno de sorpresas, dispuesto a robarse los reflectores. Exultante y desinhibido, Moore comenzó el show antes de la hora pactada, saludando al público que iba ingresando en el foyer del teatro, derramando carisma. Sobre escena, Moore se encargó de personificar, a su estilo sobrecargado, casi de drag-queen, algunos de los emblemáticos atuendos y peinados que usaba Bowie en sus años de gloria, dándose volantines y mezclándose entre el público a quienes les acercaba el micrófono para que colaboren en los coros. La base rítmica de House y Michael Urbano mostró solidez y precisión a lo largo del concierto, y alcanzó momentos realmente fantásticos -sobre todo en los temas más funky del catálogo bowiesco como Sound and vision, Ashes to ashes o Golden years.

Mientras tanto el saxofonista Ron Dziubla brilló en cada una de sus intervenciones, con un punto aparte durante el solo de los exitazos radiales Blue jean y Modern love, que generaron locura en los pasillos del local. Por su parte, Paul Dempsey colocó sus acordes redondos y prístinos de guitarra acústica con suma elegancia en canciones como Space oddity, Quicksand o Five years, además de ejecutar una performance vocal perfecta.

En cuanto a la pareja de guitarristas, Angelo Bundini y Adrian Belew, podemos decir que mientras el primero se mostró cumplidor y correcto con riffs y solos estrictamente bien colocados, el segundo exhibió su conocido talento para la experimentación con ese manejo tan particular que tiene de la guitarra eléctrica, arrancándole sonidos absolutamente impredecibles, que parecen sacados de otra galaxia, aunque bastante contenidos para nuestro gusto, ya que su rango de acción es muchísimo más amplio y durante la primera parte del concierto entraba y salía permanentemente de escena.

Belew, a pesar de ser el nombre más grande del cartel en esta versión de Celebrating David Bowie -que ha contado, en sus fechas en los EE.UU., con invitados notables como Todd Rundgren, Sting, Gail Ann Dorsey, entre otros-, cumplió con sus apariciones con suma sencillez, casi con perfil bajo. Pero sacudió el teatro cuando le tocó lanzar esas estrambóticas descargas de electricidad -como en Stay o el mix DJ/Boys keep swinging, del álbum Lodger (1979) en el que participó-, las mismas que conquistaron a Bowie cuando lo conoció allá por 1978, y prácticamente lo sacó a hurtadillas de la banda de Frank Zappa, donde cumplía contrato de un año.

Tanto Belew como Bundini, Dempsey y Moore son excelentes cantantes y se repartieron funciones según la canción interpretada. Mención aparte para la emocionante armonía vocal que lograron Moore y Belew en Space oddity, que trajo al recuerdo la que hacía el guitarrista con Bowie mismo, durante la alucinante gira Sound+Vision de hace 28 años. Para el cierre, dos temas que definen no solo la obra de David Bowie sino toda una época del rock, una que lamentablemente no volverá: All the young dudes (que Bowie regalara en 1972 a sus amigos Ian Hunter y Mott The Hoople, para que se hagan famosos) y Heroes, que podríamos dedicar esta semana al fiscal José Domingo Pérez y al juez Richard Concepción Carhuancho, a un paso de convertirse en héroes, aunque sea solo por un día.

Destacó que el setlist incluyera siete de las once canciones de The rise and fall of Ziggy Stardust and The Spiders from Mars, legendario cuarto disco de David Bowie, lanzado originalmente en 1972, que hasta ahora es considerado el punto culminante de su primera época: Five years, Soul love, Suffragette city (con Angelo Moore en estado de posesión demoniaca), Rock'n roll suicide, Moonage daydream, Starman y por supuesto, Ziggy Stardust, el himno al alter ego más famoso de la historia del rock, el ídolo de peinado rojo y "ese culo dotado por Dios" que conquistó la Tierra desde el espacio exterior con una guitarra y una banda, las Arañas de Marte.

Una noche inolvidable para los amantes del buen rock and roll, que llegó a Lima gracias al esfuerzo de la productora Lima Live Sessions, la misma que viene trayendo actos de calidad, aunque no atraigan a las masas de público que merecerían sus talentos y trayectorias, para balancear la agenda de conciertos predecibles que debemos padecer en esta ciudad. Solo dos detalles: el sonido no tuvo una buena noche, por momentos no se escuchaban las voces o algunos pasajes de saxo, guitarra y teclados que pasaron desapercibidos. Y el otro: hay conciertos que no requieren de teloneros, y este era uno de ellos. Sin desmerecer el esfuerzo de Toño Jáuregui por mantenerse a flote en la siempre limitada escena local tocando canciones de su exbanda, Líbido, lo suyo no tuvo mucho que ver con la tremenda oleada de musicalidad y virtuosismo que vimos y escuchamos después. Mucha distancia entre ambos. Demasiada.

Aquí el setlist:

1. Loving the alien
2. The stars (Are out tonight)
3. Moonage daydream
4. Fame
5. Golden years
6. John, I'm only dancing
7. Rock'n roll suicide
8. Soul love
9. Starman
10. Space oddity
11. Quicksand
12. Five years
13. Ziggy Stardust
14. Lífe on Mars?
15. Sound and vision
16. Ashes to ashes
17. The man who sold the world
18. Suffragette city
19. DJ/Boys keep swinging
20. Stay
21. Sons of the silent age
22. Blue jean
23. Modern love
24. Rebel rebel
25. All the young dudes
26. Heroes







lunes, 15 de octubre de 2018

RECORDANDO A ALFREDO "TU MÁSTER" SAAVEDRA



Hace pocos días me enteré del temprano fallecimiento de un buen amigo y excompañero de universidad, a causa de una lamentable dolencia, un cáncer cerebral, noticia tras la cual tres cosas vinieron a mi mente.

La primera fue una profunda sensación de tristeza por los buenos recuerdos que guardo de esta persona a la que había dejado de ver hace tanto tiempo y que tenía, años más, años menos, mi edad.

La segunda, esa recurrente rebeldía ante la muerte que no respeta nada y que insiste en mostrar su ausencia absoluta de criterios de selección al momento de decidir a quiénes se lleva anticipadamente de este mundo: "¿Por qué no se muere Alan García, carajo?" escribí, de manera irreflexiva y visceral, en el grupo de WhatsApp en el que nos informaban de esta triste noticia, exteriorizando una bronca sin solución.

La tercera fue escribir algo sobre Alfredo, el compañero de clases caído, la nueva y pasajera tendencia en el Facebook de exalumnos de Ciencias de la Comunicación de la San Martín.

Escribir algo que vaya un poco más allá del impersonal y frío emoji amarillo con lagrimita de dibujo inanimado, la coartada perfecta para aquellos que prefieren no involucrarse tanto, para quienes no saben, no quieren o incluso no tienen nada qué decir pero aún así no desean quedar fuera de la condolencia y velorio virtual, del homogéneo, predecible y lejano like que, gracias al algoritmo feisbukero te permite hacerte presente en redes sociales sin dejar de hacer tus cosas de todos los días.

Escribir algo que sea real y que perdure. Que no quede en una simplona reacción, como las reacciones simplonas que genera un meme político, un chiste escapista, un video de gatos del YouTube. Algo que se diferencie de la fórmula moderna que hoy domina nuestro desempeño en los ecosistemas virtuales: Se muere alguien y, a post seguido, le doy una carita feliz o un dedo arriba a otras noticias -las elecciones, una canción, la selección peruana- para demostrar que la vida sigue. La muerte de un amigo merece más que esa manifestación superficial de las redes, ideales para lo ligero y alegre, pero tremendamente insuficiente para las cosas importantes.

Alfredo Saavedra Sopla era el típico palomilla buena onda, y siempre andaba con una amplia sonrisa pícara en el rostro, atento a la broma rápida, a la chacota ingeniosa que trataba de no faltar el respeto a nadie y cuya intención era siempre hacer reír a todos por igual.

Alto, desgarbado y con una ligera y tenaz tendencia al sobrepeso, tenía una combinación de chispa de barrio con una emotiva sensibilidad que afloraba de vez en cuando, a pesar de sus esfuerzos por ocultarla, rezago quizás de su adolescencia transcurrida entre provincia y distrito limeño clasemediero. Nos conocimos en el '91, en aquel salón de I Ciclo de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la San Martín, cuando aún estaba en la cuadra 18 de la Av. Brasil y no era tan glamorosa ni apetecible para los jóvenes como es ahora.

Alfredo era hincha acérrimo de la U y pelotero de fin de semana. El fútbol era, probablemente, el tema del que más le gustaba hablar, por lo menos hasta donde recuerdo. Compartíamos con Alfredo el fanatismo por el fútbol argentino. Recuerdo que una vez le presté una edición especial de El Gráfico dedicada al aniversario 100 del clásico Boca-River, una revista con las mejores crónicas y fotografías alucinantes de ese emblemático duelo, estadísticas, biografías y demás, que había encontrado en mis andanzas por el Centro de Lima, algunos años antes de ingresar a la universidad. Jamás me la devolvió. Jamás le pedí que lo hiciera.

Era muy gracioso y le encantaba sentirse respetado por su esquina, por su calle. Alfredo no era un galán, como no lo era yo ni ninguno de nuestro grupo, con la excepción de CdCT., el terror de la Av. La Marina y alrededores, pero se las arreglaba para ser el centro de la atención, algo que le resultaba muy sencillo gracias a ese vozarrón con el que repetía sus diversas y ocurrentes muletillas, de las cuales una se convertiría en su santo-y-seña: "¡Soy tu máster!" nos recalcaba a todos. "¡Tu máster!", repetía, estirando el cuello hacia adelante y señalándose el pecho con el dedo índice. Y cuando había cervezas de por medio, la frase se escuchaba por encima de los demás murmullos y carcajadas.

Su ingenio y carisma eran casi tan grandes como su abierta vocación por el relajo. Cuando de estudios se trataba, Saavedra no estaba entre los más aplicados. No era burro pero tampoco le dedicaba largas horas a la biblioteca, lo cual calzaba, desde luego, con su personalidad. Recuerdo que, cuando estudiábamos en el turno noche (V Ciclo, si la memoria no me traiciona), trabó una profunda amistad con FMR, un tipo medio freak, super buena onda, misterioso, algo culto y argentinizado, con quien paraba de arriba abajo. Siempre tuve la teoría de que FMR lo ayudaba a estudiar.

Lo recuerdo mucho a Alfredo, a pesar de que, apenas terminada la carrera fue a quien menos vi, como uno de los compañeros que más carcajadas me arrancó en aquellos primeros años universitarios. Su forma de ser era una especie de bisagra entre el colegio y ese extraño, nuevo e intimidante mundo universitario, por lo menos esa era mi percepción. Jamás conversé con él de mi pasión por la música o mis lecturas en la biblioteca -Sánchez, Kundera, Fallacci, Ribeyro, Gargurevich, McLuhan- pero en una ocasión, que me encontró cabizbajo, de noche, en la cafetería de la Facultad por alguno de esos desencuentros amorosos que nunca escasean en los veintes, en lugar de burlarse, rajar a mis espaldas o criticarme como hacían otros, me levantó el ánimo y me invitó a tomar "un par de chelas" como siempre decía. Hoy, a mis cuarentas, con una vida plena y feliz, no puedo creer que Alfredo haya muerto.

Alfredo era muy popular en aquella promoción nuestra, egresada en 1996. Todos lo conocían y estimaban. Jamás supe que mantuviera alguna rivalidad con alguien pues su soltura y buen humor generaba consensos. Incluso tuvo algunos romances estudiantiles y de ninguno salió magullado, enemistado o resentido, ni con fama de maltratador o traicionero, algo poco común en los últimos tramos de la carrera.

Y aunque terminó siendo una especie de "amigo de todos", había una complicidad diferente con quienes caminó desde el comienzo de la vida universitaria. Para todos los demás era simplemente Alfredo, pero para nosotros -JRSQ, CdCT, CHC, ECM y yo- era "La Nana" (apodo que nació de aquella ave regordeta, de brazo eternamente entablillado, que era asistenta del "Conde Pátula", divertido dibujo animado que todos vimos en esa adolescencia que aún nos negábamos a abandonar en 1991).

Alfredo Saavedra Sopla falleció el jueves 11 de octubre en los Estados Unidos, donde vivía hace ya varios años con su esposa y deja, según entiendo, un hijo pequeño, a quien seguramente le ha transmitido su alegría de vivir. A ambos mi solidaridad y condolencias, a la espera de que el tiempo y los buenos recuerdos les traigan la paz que hoy parece imposible de recuperar por el intenso dolor de tan irreparable pérdida. Nos cuentan que, ya  en los últimos meses, se negaba a  recibir visitas, quizás porque (no tan) inconscientemente, no quería que lo recordáramos por cómo lo maltrató esa terrible enfermedad que lo atacó hace aproximadamente tres años sino con su amplia sonrisa, su ingenio y carisma, su vozarrón. Descansa en paz, Alfredo. Descansa en paz, Máster.

lunes, 1 de octubre de 2018

DÍA DEL PERIODISTA: LA MÚSICA EN PALABRAS, EL PERIODISMO MUSICAL


Lester Bangs prefería iniciar sus entrevistas a estrellas del rock con la pregunta más malcriada posible, pues no creía en eso de endiosar a personas comunes y corrientes. Inició su carrera destruyendo el debut de MC5 y escribió, sobre el primer disco de Black Sabbath, que “tienen jams de guitarra y bajo parecen una carrera de locos drogados corriendo a toda velocidad y que jamás llegan a sincronizarse. Como Cream. Pero peor". Despedido de Rolling Stone en 1973 por sus constantes ofensas, Bangs –fallecido en 1982 a los 34 años-, fue el más punk de los críticos de rock.

En contraste, David Fricke demostró respeto absoluto por los músicos en sus cuatro décadas escribiendo sobre rock. Como editor general de Rolling Stone, ha entrevistado a todos, desde Joe Strummer y Lou Reed hasta Kurt Cobain y Jack White. Su erudición es oceánica -ningún género o subgénero le es ajeno- y sus descripciones, lo más parecido a escuchar un disco o asistir a un festival. Desde su oficina en Manhattan, Fricke deja las cosas claras, a sus 66: "Cuando voy a conciertos es mi obligación y mi deseo experimentarlo todo. Si vas y los grabas desde un Smartphone, lo siento, eres un idiota". 

La crítica musical apareció en el siglo 19, con comentarios sobre lo que sonaba en salones, palacios y cortes europeas. Prominentes compositores como Hector Berlioz y Robert Schumann la ejercieron, cien años antes de la aparición de la subcultura pop-rock. Aunque revistas como Melody Maker (pop-rock) y Down Beat (jazz) aparecieron en 1926 y 1934, respectivamente, en los cincuenta/sesenta surge, en EE.UU. e Inglaterra principalmente, una generación de periodistas que se entregaron, en cuerpo y alma, a la cobertura de las nuevas escenas populares.

Publicaciones como New Musical Express (1956), Creem (1969) o Rolling Stone (1967) presentaban extensas piezas periodísticas, generalmente muy bien escritas –crónicas, entrevistas, reportajes- sobre artistas marginales, creando un mundo paralelo de códigos propios, cuando el pop-rock era un fenómeno subterráneo y profundamente disruptivo, al margen de industrias más convencionales como el cine y la literatura, permeando imperceptiblemente sus contenidos, acontecimientos y personajes. Un caso aparte fue Billboard, revista que apareció en 1894 hablando de teatro, circo y otras artes, para luego dedicarse a temas exclusivamente musicales.

En los ochenta, la evolución del rock y sus diversas vertientes se reflejó en revistas como Kerrang! (1981) y Metal Hammer (1983); Wire (1982), Spin (1985) y Q (1986), que competían con las más antiguas por una legión de lectores ávidos de información fresca. En Francia, Les Inrockuptibles (1986) y en España, Rockdelux (1984), marcaban la pauta del periodismo musical no anglosajón, combinando sus escenas locales con lo que pasaba afuera. Asimismo, revistas de música clásica, electrónica o especializadas en instrumentos –Guitar Player (1967), Bass Player (1988), Modern Drummer (1977), entre otras- complementaban sus ediciones con partituras, cassettes y, más adelante, CD recopilatorios.

En los noventa salieron Mojo (1993), Vibe (1993) y Uncut (1997) con una gama cada vez mayor de propuestas musicales. Classic Rock Magazine combina, desde 1998, hondos artículos revisionistas con información sobre artistas nuevos, conectando pasado y presente. El equipo editorial TeamRock, responsable de su edición, lanzó una familia de revistas asociadas: Prog Magazine, Vintage Rock, AOR y Blues Magazine. Todas con textos, fotos y diagramaciones de excelente calidad y rigor periodístico. La gran mayoría de las mencionadas siguen imprimiéndose en sus países de origen, paralelamente a sus versiones online, demostrando que la prensa musical especializada no ha muerto, a pesar del imperio de la internet, y que cuenta con una leal base de lectores, lo suficientemente fuerte como para manetener una industria cuyos costos son, a juzgar por la calidad del papel y otros detalles formales de edición, capacidad de cobertura y traslado de equipos, reporteros gráficos, etc, bastante elevados.

En el 2015 apareció la colección The History Of Rock, que recopila las mejores páginas de Melody Maker y NME, en lujosas ediciones mensuales de 150 páginas, año por año, desde 1965. Cada fascículo permite un acercamiento directo a aquella época en que los artistas abrían sus puertas a la prensa para mostrarse en estado puro, como reflejó también la película Almost famous (2000), dirigida por Cameron Crowe quien fuera, en su adolescencia, redactor de Rolling Stone. Como escribe John Mulvey, editor general de esta ambiciosa colección: "Lo que sorprende al lector moderno es la vasta cantidad de material y el acceso total que daban los artistas, muchos de los cuales son hoy gigantes de la cultura popular, a una generación de reporteros jóvenes y brillantes, de estilo cada vez más iluminado. Actualmente, una combinación de dinero, medidas de seguridad, temor y estilo de vida hacen imposible que un periodista se acerque tanto a los artistas". La colección tiene hasta el momento 24 números, el último de ellos dedicado al año 1988.


En Sudamérica, un caso emblemático es la revista Pelo de Argentina, que impulsó desde 1970 a su rica escena local. Como casi todas las demás cosas en las que nos superan los argentinos, Pelo -cuyo editor general fue Daniel Ripoll, periodista y promotor de espectáculos aurorales del rock en español como el festival Buenos Aires Rock, de donde salió la película de 1972 Rock hasta que se ponga el sol- fue una publicación muy leída y admirada, y hoy sus ediciones son clásicas del periodismo revistero musical. Se publicó formalmente hasta el año 2011, y recientemente ha estrenado una página web que contiene todos sus números, muchos de los cuales eran imposibles de encontrar, un contenedor valioso de información sobre cómo se hacía periodismo musical en décadas de enorme producción artística, tanto en calidad como en calidad.

En nuestro país, por supuesto, las cosas son más austeras. El único proyecto sólido de revista musical especializada fue, definitivamente, Caleta (1995-2002) que logró reunir en su momento a los mejores periodistas musicales del medio, muchos de los cuales aun publican de manera dispersa en diarios y blogs. Nombres como Percy Pezúa, Julián Rodríguez, Diego Trelles, Hakim de Merv (pseudónimo de John Pereyra), Jonás García, Christian Manzanares, Mónica Delgado, José Luis Ricse, Catherine Burgos, Eduardo Lenti, Wilder Gonzáles Ágreda, entre otros, formaron la plana de escribas de Caleta, y después de su despedida migraron e iniciaron otros proyectos como Britania (de Helen Ramos, DJ y ensayista), Esquina, Interzona, 69 y Freak Out!, de corta duración y siempre bajo el espíritu de fanzine -un formato que merecería un artículo aparte dentro de la evolución del periodismo musical peruano- por obvias razones presupuestales pero también por rebeldía frente el establishment periodístico limeño, más preocupado en la prensa del espectáculo farandulero y artistas de moda. Por el lado de la prensa convencional, los periodistas musicales pueden contarse con los dedos de una mano: Rafael Valdizán, Francisco Melgar Wong, Raúl Cachay, Ricardo Hinojosa, que publican sus pequeñas notas, dispersas y la mayoría de veces asociadas a hechos noticiosos específicos -una visita notable, el fallecimiento de alguien famoso de la música no comercial, una efeméride inevitable- pero que no basta para considerar que el Perú tenga una prensa especializada en música consolidada.


jueves, 20 de septiembre de 2018

NITO MESTRE Y SINFONÍA POR EL PERÚ: UN SHOW DE LUJO (Miércoles 19-9-2018)



Hay nombres que, con solo mencionarlos, ofrecen garantía asegurada de calidad interpretativa y buen espectáculo. Nito Mestre es uno de ellos. Su fama no es resultado de intensivas y engañosas campañas de marketing y ni siquiera de esas tendencias "retro" que, muchas veces, intentan hacer pasar como clásicos a una variopinta gama de artistas por el solo hecho de haber alcanzado la vejez, a pesar de que en su momento sus lanzamientos no hayan trascendido lo suficiente como para ser considerados clásicos, esa categoría tan mal utilizada en estos tiempos.

La nostalgia activa sensibilidades que, en el cotidiano andar, están dormidas y no nos permiten recostarnos bajo las plácidas sombras de un recuerdo adolescente: un sueño idealista, un amor afiebrado, una emoción generada por arpegios, guitarras eléctricas y violines, palabras que cruzan la barrera del tiempo para reconectarnos con el ser humano que alguna vez fuimos y que ya no podemos ser gracias a las desgracias de la vida moderna y la adultez: el tráfico, las cuentas por pagar, la inseguridad ciudadana, Philip Butters defendiendo a Keiko Fujimori, Hinostroza Pariachi, los reportajes de Frecuencia Latina, el cinismo y la vulgaridad convertidos en herramientas de ascenso social.

Las graderías repletas en el Gran Teatro Nacional durante el recital que ofreció Nito Mestre la noche del miércoles 19 de septiembre demostraron que, como Darth Vader, algo de bueno tenemos dentro (en algunos casos muy dentro, por cierto). Las entrañables canciones de Sui Generis nunca sonaron en las radios, ni siquiera en los años en que explosionó el rock en español en general, y argentino en particular entre las preferencias del público convencional, que escuchaba y bailaba las canciones de Charly García de aquel fructífero periodo comprendido entre los años 1983 y 1989. Quizás Rasguña las piedras o Lunes otra vez, como me lo recordaban la noche del concierto, fueron las dos únicas que alguna vez, casi por accidente, recibieron difusión en las emisoras de moda, pero jamás como para hacer del auroral dúo de folk-rock-prog bonaerense un grupo popular en el Perú.

Por eso pienso que, sin que estemos libres de la cuota habitual de poseros o acompañantes ocasionales del conocedor, un alto porcentaje del público asistente pertenece a la generación que escuchó con delectación, en sus años adolescentes y universitarios,  esas pequeñas canciones de sonido psicodélico y letras rebeldes, poseedoras de un lirismo tierno y candoroso que no llegaba a ser cursi y que, más bien, tenía la suficiente sinceridad y desfachatez como para lanzar agudas críticas a la reblandecida oficialidad, la doble moral de los grandes, la corrupción política y las mentes estrechas de quien pone prejuicios al pelo largo, al cuerpo esmirriado y no atlético, a los andrajos y la actitud irreverente.

Nito Mestre posee una personalidad sencilla y carismática, con una facilidad para sentir y hacer sentir a su público que está en una reunión íntima, sentados alrededor del fuego, y conversa con fluidez y ese tono porteño que lo acerca, a sus 66 años, a los también queridísimos Les Luthiers. Así, derrochando humor y buena onda, Nito nos regaló "una noche de clásicos" como él mismo dijo, acompañado por dos músicos argentinos y dos peruanos en la primera parte del show, para luego hacer pasar a la orquesta Sinfonía por el Perú, el excelente resultado de un trabajo sostenido que involucra presupuesto, disciplina pero sobre todo, mucho amor por la música y compromiso con la función salvadora que tiene en niños y adolescentes de bajos recursos, un proyecto que existe gracias al empuje de Juan Diego Flórez.

Himnos de la pueril rebeldía adolescente como Aprendizaje, Bienvenidos al tren, El tuerto y los ciegos, Confesiones de invierno, Canción para mi muerte, Quizás porque, Cuando comenzamos a nacer, Lunes otra vez y Rasguña las piedras sonaron imponentes e impecables gracias a los arreglos orquestales ejecutados con suma precisión y excelencia por más de 50 jóvenes músicos peruanos, cuyas edades fluctúan entre los 11 y 16 años, provenientes de zonas urbanas y rurales de todo el Perú, seleccionados por un equipo de expertos músicos, directores de orquesta y maestros, que lideran los llamados "núcleos" o bases desde las que van armando esta orquesta sinfónica que posee un nivel altísimo, que nada debe envidiar a ensambles de otros países. Especialmente notable es la participación de la orquesta en temas de enorme carga sinfónica como Rasguña las piedras, Dime quién me lo robó, Cuando ya me empiece a quedar solo o Tribulaciones, lamentos y ocaso de un tonto rey imaginario, o no; una de las canciones menos conocidas de Sui Generis, una de las sorpresas de la noche.

Además, Nito matizó su repertorio con excelentes piezas de su discografía como solista, desde aquel clásico de su primera aventura musical sin Charly, Mientras no tenga miedo de hablar, del álbum debut de Los Desconocidos de Siempre, de 1977; hasta una versión en español de Shape of my heart, composición de Sting retitulada La forma de mi corazón, de su último disco en estudio Trip de agosto (2014). En medio, suaves e inspiradoras canciones como La verdad, El fin del mundo, Hoy tiré viejas hojas y Distinto tiempo, estas dos últimas pertenecientes a su clásico álbum 20/10, editado en 1981. La voz de Nito, ya un poco gastada por los años, mantiene su identidad intacta y como todo buen intérprete, consigue sortear las notas más altas adaptándose a su actual registro, y no decepciona. El guitarrista Ernesto Salgueiro hace, por momentos, los coros altos que solía hacer Charly cuando aun podía cantar, y llena el espacio con una guitarra acústica brillante y pulida, mientras que el pianista Fernando Pugliese da marco a las canciones con corrección y sin mayores aspavientos. El conocido bajista peruano Eduardo Freire colaboró sin desentonar, lo mismo que el baterista, permitiendo que canciones como Lunes otra vez, Aprendizaje o Hay formas de llegar, del álbum Mestre del 2005, sonaran redondas, sin baches.

Imaginar la explosión de emociones que puede generar un cuerpo de trabajo como el que creó Charly García entre 1970 y 1975 -cuando el genial tecladista, guitarrista y cantante tuvo entre 19 y 24 años- cargado de frases sensibles, metáforas en las que se combinan la inocencia juvenil con el desenfado rebelde y la efervescente locura que luego iría dominando su creatividad hasta minarla por completo, en una orquesta formada por niños y niñas en plena adolescencia que, además, comparten una sensibilidad musical que los hace destacar del promedio, resulta inspirador y hasta generador de sanas envidias. Camino al luminoso futuro que les espera como músicos, de la mano de Juan Diego Flórez (nada menos), un artista respetadísimo en el exigente mundo de la ópera, nuestros compatriotas han tenido la oportunidad de conocer de cerca e interpretar, traer a la vida, estas melodías cuya lucidez y consecuencia las colocan en la cima del arte popular contemporáneo de América Latina.

Nito Mestre y la Orquesta Sinfonía por el Perú ofrecieron uno de los mejores conciertos del año 2018, e hicieron vibrar al público con canciones que ya no tienen lugar en una industria musical dominada por el reggaetón canalla y delincuencial. Pero jamás podrán borrarlas de nuestras memorias.

lunes, 3 de septiembre de 2018

STICK MEN: SIGUIENDO LA SENDA PROGRESIVA (Diario Exitosa, lunes 3-9-2018)




Dentro de la reducida comunidad local de críticos musicales -cuyas publicaciones y debates aparecen hoy principalmente en redes sociales por la ausencia de medios adecuados- prolifera desde hace mucho tiempo un consenso casi unánime: el progresivo ya fue y, si fuera posible, debería desaparecer de la historia del rock por su virtuosismo elitista y anacrónico. 



Este desprecio –a veces frontal, a veces soterrado- hacia el prog-rock se intenta justificar con dos razones: a) porque no es masivo, y b) por ser demasiado frío, técnico, sin feeling. Mientras la primera es una realidad irrefutable -un concierto de Haken, Opeth, The Flower Kings o Steven Wilson jamás convocaría, en Lima, ni al 10% del público de Coldplay, Katy Perry o Bruno Mars-, la segunda es una falacia nacida en ciertos sectores de la prensa especializada internacional pero que ha sido convertida en regla general por críticos nativos: el do-it-yourself a la peruana, como coartada para ensalzar lo informal y denostar lo académico.

Sin embargo, existen bandas que, en EE.UU., Canadá y Europa, siguen la senda progresiva, tocan en festivales y diversifican sus propuestas con desarrollos instrumentales y líricos que conservan el espíritu setentero del género pero acercándolo más a la tecnología aplicada al arte musical, para un público reducido pero conocedor y, sobre todo, muy leal a esta forma extrema de hacer rock, tan válida y contracorriente como el punk, el indie o la electrónica. Y no solo hay interesantes grupos nuevos. También están los experimentados músicos que vienen rodando desde hace treinta o cuarenta años y hoy, en formatos diferentes, continúan produciendo música desafiante, no apta para cualquier oído.

Stick Men (http://www.iapetus-media.com/stick-men/) es una de esas bandas, que se presentará en Lima en pocos días. Se trata de un trío creado el 2008 por dos veteranos músicos norteamericanos, miembros de la formación actual de King Crimson, Tony Levin (72) y Pat Mastelotto (62) junto al alemán Mark Reuter (46). Su particularidad es el uso de extraños instrumentos eléctricos de cuerda: Levin, un consumado e innovador bajista que ha trabajado en innumerables sesiones con importantes nombres del rock y el jazz, miembro permanente de King Crimson desde 1981, además de tocar con Peter Gabriel desde 1977, es especialista en el Chapman Stick; y Reuter usa las nada convencionales U8 Touch Guitar y Warr Guitar. Estos instrumentos pertenecen a la familia de las llamadas “touch-guitar” cuya ejecución se basa en la técnica del tapping con ambas manos, logrando fraseos maquinales, texturas delirantes y ataques polifónicos, un paso adelante de lo iniciado por sus referencias directas, Robert Fripp y Adrian Belew. Por su parte, Mastelotto, quien estuviera en la exitosa banda ochentera Mr. Mister, ingresó a King Crimson en 1994 y es experto en percusiones acústicas y electrónicas, síncopas y polirritmos.

A Lima llegan con un invitado especial, el violinista británico David Cross (69), histórico exintegrante de King Crimson en el final de su primera etapa (1972-1974), presente en álbumes fundamentales como Larks tongues in aspic, Starless and bible black y Red. Cross siguió produciendo, en años posteriores, interesantes álbumes y conciertos con su propia banda, además de colaborar con músicos de otras latitudes, siempre en el contexto subterráneo de la escena progresiva, que pasó de llenar estadios con miles de personas a teatrines para unos cuantos cientos de fieles seguidores, al margen de modas y ventas millonarias.

La música de Stick Men, plasmada en seis álbumes en estudio -el más reciente, Prog noir, se lanzó el 2016- y cuatro en vivo, actualiza el sonido oscuro, denso y polirrítmico de King Crimson, con aires más volátiles por el uso de estas guitarras táctiles, reemplazando las atmósferas melancólicas del mellotron, característica crimsoniana, por el vértigo de los solos de Reuter y Levin, mientras Mastelotto pasa del jazz al funk al rock de manera impredecible. Música de cámara moderna, como la define Reuter, que podremos apreciar este sábado 8 de septiembre en el Teatro Municipal. Están avisados.



lunes, 30 de julio de 2018

MÚSICA PERUANA: CULTURA E IDENTIDAD NACIONAL



El vals Contigo Perú (Augusto Polo Campos, 1977) podría ser considerado “nuestro segundo Himno Nacional”. Ocurre lo mismo con El cóndor pasa (Daniel Alomía Robles, 1913) o La flor de la canela (Chabuca Granda, 1950). Sin embargo, para las nuevas generaciones esto no es tan evidente por la reducida difusión de nuestro folclor en medios masivos; y la ausencia de políticas educativas que vinculen a las poblaciones escolares con la música peruana.

El folclor peruano ha estado, durante décadas, atravesado por profundos prejuicios y una heredada ignorancia sobre nuestra cultura e identidad. La tan mentada pluriculturalidad no era muy popular hasta hace poco. Por ejemplo, no sabemos nada de las expresiones musicales de las etnias amazónicas, más allá del superficial éxito de algunas cumbias grabadas en los setenta por Juaneco y su Combo o el tema Anaconda, compuesto por la chiclayana Flor de María Gutiérrez.

La combinación música-baile es fundamental en géneros como la marinera trujillana, emblema folclórico del Perú gracias a su vistosa vestimenta, simbología romántica y el uso característico del pañuelo, como pasa también en el tondero piurano. Otras danzas coreográficas costeñas son el festejo, la zamacueca y la elegante marinera limeña. En los Andes, destacan el huaylarsh (Huancayo), los negritos (Huánuco), la diablada y la morenada (Puno), entre otras.

Cuando pensamos en música peruana vienen a nuestra mente lo criollo y lo negro, por la preponderancia que siempre ha tenido la cultura costeña por encima de la serrana y selvática. El fenómeno migratorio de los cincuenta y sesenta trajo a la capital a artistas como Jaime Guardia, Pastorita Huaracina, Máximo Damián y muchos otros, quienes crearon conciencia de que había más música en el país que aquella de las jaranas de la Lima post-virreinal.

Así, los músicos provincianos compitieron en popularidad con los criollos en escenarios limeños. Las canciones instrumentales andinas -como la mencionada El cóndor pasa, Valicha o Vírgenes del sol, de Jorge Bravo de Rueda-, también fueron ganando espacio. Yma Sumac, cantante cajamarquina, causó sensación por su impresionante rango vocal, que le permitió destacar incluso en Hollywood.

Paralelamente, durante la segunda mitad del siglo XX surgió una generación de intérpretes peruanos con aires cosmopolitas: boleristas cantineros (Lucho Barrios, Pedrito Otiniano, Iván Cruz, Guiller), grupos de cumbia (Los Destellos, Los Mirlos), pop-rock (Los Belkings, Los Yorks) y cantantes nuevaoleros de enorme éxito local. Mientras la música costeña limitaba su popularidad a unos cuantos intérpretes (Eva Ayllón, Arturo “Zambo” Cavero) y públicos especializados cada vez más pequeños; la andina fue transformándose, con fenómenos artísticos y sociales masivos como la chicha en los ochenta, o la cumbia y el huayno electrónico de estas épocas. Asimismo, intérpretes como Amanda Portales, Manuelcha Prado, Los Campesinos y otros mantuvieron vigente el folclore andino tradicional. Por su parte, la escena rockera nacional tuvo un desarrollo desordenado y disperso, como se ha tratado de explicar en algunas publicaciones.

La globalización e internet han desaparecido las fronteras musicales. Artistas de otros continentes aprendieron los ritmos e instrumentos de nuestra música y los incorporaron a sus lenguajes sonoros, convirtiéndolos en patrimonio de la llamada world music.

Además, existe una tendencia que utiliza la identidad nacional para campañas mediáticas y gubernamentales contra el racismo y la exclusión de mediano impacto debido al arrastre comercial de “lo étnico” entre públicos capitalinos. Sin embargo, la ausencia de cursos en la Educación Básica Regular que incentiven el conocimiento y cariño por nuestra música hace que estas campañas sean incapaces de calar más hondo en el corazón de los niños y las grandes mayorías.

Actualmente hablar de música peruana ya no alude solo a aquellos géneros musicales oriundos del Perú sino a la música hecha por peruanos. Por ello artistas internacionales como Juan Diego Flórez, Tania Libertad o Gianmarco, combinan constantemente sus estilos con elementos folclóricos. Asimismo, hay muchos artistas que fusionan géneros modernos con instrumentos vernaculares, para acceder a públicos más amplios. Nombres como Miki González, Novalima, Uchpa o Lucho Quequezana son solo algunos ejemplos de ello.

martes, 24 de julio de 2018

CONTIGO PERÚ Y OTRAS CANCIONES: PATRIOTISMO SUPERFICIAL



“Sobre mi pecho llevo tus colores y están mis amores contigo Perú / somos tus hijos y nos uniremos y así triunfaremos contigo Perú”. Estos emocionantes versos pertenecen a aquel vals compuesto por Augusto Polo Campos hace cuatro décadas, que fue cantado recientemente por miles de peruanos en los estadios rusos, con la misma devoción con la que entonaron el Himno Nacional, la canción patriótica por excelencia, un hecho sin precedentes resaltado por la prensa internacional, sorprendida por esta demostración de aparente amor inquebrantable por el país.

Nuestra nación es rica en historia, música, gastronomía y recursos naturales, pero también en contradicciones. Y ese tema es una de las más increíbles. “El Perú unido por el fútbol”, dijeron quienes colaboran con la falacia de país organizado y moderno que nos venden la publicidad, el (des)orden establecido y algunos medios, y que aceptamos como fórmula de escape ante la cruda y deprimente realidad: niños que mueren de frío en la sierra, poblaciones abandonadas en la selva, asesinatos y violaciones impunes en la costa, jueces y políticos corruptos en todo el Perú. “Unido el trabajo, unido el deporte...”

Las canciones patrióticas no tienen la culpa, por supuesto. Estos temas despiertan, en el ciudadano común, un sentimiento de identificación intenso pero breve, que desaparece casi de inmediato. Si fuéramos capaces de contener y expandir ese efecto, hace rato nos habríamos deshecho de todas esas taras que contrastan con los hermosos mensajes de estos himnos nacionales alternativos.

Ahí está, por ejemplo, Mi Perú, que sonaría a burla y humor negro si la cantaran esos políticos o empresarios capaces de vender hasta los maravillosos cerros coloridos que admiran al mundo entero. Su autor, Manuel Raygada, la escribió en 1946 en Chile y la estrenó en un bar santiaguino, inspirado por su bohemio patriotismo. Hoy, este éxito de Los Hermanos Zañartu nos hace recordar al primer gobierno de Alan García, durante el cual comenzó a fermentarse la bacteria que hoy infecta a nuestra nación.

Otros dos títulos, Esta es mi tierra e Y se llama Perú fueron compuestos por Polo Campos durante el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado. Estas canciones hicieron millonario a su autor en un medio donde los artistas criollos no tenían más aspiraciones que la poco rentable fama popular. Cuando escribió Contigo Perú, a pedido del gobierno de turno en 1977, la consigna era clara: vender patriotismo musical trae espectaculares ganancias.

Curiosamente, una de las canciones patrióticas más hermosas ha pasado desapercibida para los marketeros de @PromPerú: Bello durmiente, escrita por Chabuca Granda en 1968. Estrenada en el LP Dialogando, con la fantástica guitarra de Óscar Avilés, esta canción es un homenaje íntimo, elegante y sobrio al Perú. 

En una línea más efectista, Fahed Mitre y Miguel “Chino” Figueroa compusieron Enamorada de estar aquí, sofisticado festejo que Eva Ayllón grabó en 1991. Un producto ideal para musicalizar videos de exportación turística de anchos presupuestos y dudosos resultados.

En contraste, los versos telúricos recitados por Luis Álvarez en el poema del recordado periodista Jorge “Cumpa” Donayre ¡Viva el Perú, carajo! (1969), tienen de descarnado orgullo y furioso reclamo social. A Donayre pertenece también Los colores de mi bandera, que también grabó el recordado actor arequipeño con su dramático estilo. 

En los 2000s, el guitarrista ayacuchano Manuelcha Prado compuso Síndrome colonial, un reflejo más realista de nuestra situación actual. En esa época Polo Campos estrenó Mi frontera, poema dedicado al ejército peruano. Menos conocido aun es el trabajo del Dúo Patria, del cantante y guitarrista Lucas Borja, exlíder de Los Romanceros Criollos, uno de los tríos criollos más famosos de los años cincuenta y sesenta. Junto a su esposa, la cantante Luisa Ramos, el músico de 84 años difunde valses dedicados a nuestro principales héroes (Grau, Bolognesi, Cáceres), una valiosa propuesta que merecería mayor difusión en estos tiempos de patriotismo superficial y profundas contradicciones entre lo que hacen nuestras autoridades y las inspiradas creaciones de artistas como los mencionados.

lunes, 16 de julio de 2018

MÚSICA DE SERIES TURCAS: MAGIA, CALIDAD Y ESTILO



El boom de las novelas turcas comenzó en nuestro país con Las mil y una noches (Bin bir gece), historia romántica que llegó a las pantallas limeñas en el 2014, ocho años después de su estreno oficial, y cautivó al público por su intensidad recatada y exotismo asociado a la idiosincrasia de este fascinante y, para muchos, desconocido país euroasiático.

Pero estas series, nombre que les corresponde por sus modos de producción, frecuencia -un capítulo de dos horas por semana en su país original, aunque aquí se transmiten de lunes a viernes- y organización en temporadas, no solo han conquistado al público local con sus creativos conceptos visuales, carismáticos personajes y alucinantes locaciones que muestran tanto los ancestrales paisajes y mezquitas como las modernas estructuras de ciudades tan ajenas a nosotros como Estambul, Izmir o Ankara.

Estas prolijas producciones tienen, además, excelentes bandas sonoras que cubren un amplio rango de estilos: masivas orquestaciones sinfónicas, uso de ritmos e instrumentos folklóricos y contundentes ensambles de pop-rock y electrónica, combinando aires mediterráneos con sonoridades contemporáneas y globales, reflejo musical de lo que hoy es Turquía, una nación en la que confluyen el fervor religioso y las relaciones sociales conservadoras con el estilo y sofisticación de la vida actual.

Desde el melodrama y romanticismo, la épica histórico-militar de elementos nacionalistas o complejas tramas policiales cargadas de acción, cada serie cuenta con perfectos marcos sonoros, enriqueciendo una industria televisiva que ofrece producciones capaces de competir con series de Norteamérica u otros países de Europa. 

Toygar Isikli es probablemente el más importante creador de estas bandas sonoras. Títulos como Ezel (2011), Ask-I Memnu (Amor prohibido, 2012), Fatmagül'ün Suçu Ne? (¿Qué culpa tiene Fatmagül?, 2014) o Içerde (Infiltrados, 2017) destacan por sus diversas tonalidades y variaciones. Percusiones, pianos, ouds, metales, cellos y violines se mezclan con potentes baterías y guitarras eléctricas para complementar el vértigo de las escenas e identificar momentos y personajes específicos con pequeñas y efectivas viñetas incidentales.

La magia, calidad y estilo de estas enigmáticas composiciones también pueden oírse en Adini Feriha Koydum (traducida como El secreto de Feriha, 2011), de Nail Yurtsever y Cem Tuncer. En cuanto a Las mil y una noches, destaca el tema central, un arreglo de la clásica suite Scherezade (1888) del maestro ruso Nikolai Rimsky-Korsakov.

Una de las últimas series vistas en Lima, Vatanim Sensin (2016) -cuya traducción literal es Mi patria eres tú aunque aquí se tituló Te amaré por siempre- presenta una musicalización entre heroica y romántica, compuesta por Yildiray Gürgen para esta historia basada en la guerra que enfrentó a griegos y turcos otomanos entre 1919 y 1922, que determinó la fundación de la Turquía moderna, bajo el liderazgo de Mustafa Kemal Atatürk, la figura política y militar más importante del país que une Asia y Europa a través del fantástico estrecho del Bósforo.

Estas producciones nos permiten conocer a una generación de músicos que ofrecen una paleta colorida de sonidos nuevos, haciéndonos sentir una sana envidia cuando los comparamos con las sobrevaloradas y simplonas cancioncitas usadas en las novelas, comedias o series juveniles de nuestra televisión.


NOTA: Dedico esta nota a Rosy Donoso, joven ciudadana chilena que creó, hace aproximadamente un año, un grupo de Facebook para enseñar el idioma turco. Hay millones de personas alrededor del mundo que utilizan las redes. La mayoría las usa para vender cosas, difundir frivolidades y, en el peor de los casos, para hacer daño a otras personas. Sin embargo Rosy lo hizo para integrar, en torno a su fascinación por Turquía, a miles de personas de todas partes del mundo para compartir no solo sus clases gratuitas sino también noticias e imágenes relacionadas a ese país, creando una comunidad muy unida. Lamentablemente, Rosy falleció repentinamente a los 31 años, hace un mes, dejando profundamente entristecida a la amplia comunidad de seguidores de su página Aprendiendo Turkishpanish, que siempre encontraron en ella una amigable voz de aliento para seguir aprendiendo, un espíritu solidario y desprendido como pocos.

lunes, 9 de julio de 2018

MÚSICA Y FÚTBOL: DOS ARTES, DOS PASIONES (Diario Exitosa, lunes 9-7-2018)




Durante el último minuto del videoclip que hiciera la banda británica Deep Purple para su tema Perfect strangers, del álbum homónimo de 1984, que marcó el retorno de su formación clásica -Ian Gillan, Ritchie Blackmore, Roger Glover, Jon Lord, Ian Paice- podemos verlos jugando fútbol de manera muy informal y relajada. Y aunque son solo pocos segundos de acción futbolera, estas imágenes reflejan la intensa conexión existente entre algunos músicos famosos y el deporte rey.

Pero si hubo un artista que realmente sentía el balompié en sus venas, ese fue Bob Marley. La figura más emblemática de la cultura jamaiquina era un impenitente pelotero, como lo demuestran las filmaciones en las que aparece dominando la de cuero en esforzadas “pichangas” junto a los demás miembros de The Wailers, grupo con el que internacionalizó el reggae, cadencioso y espiritual ritmo que identifica a su país y a la filosofía rasta. Cuentan que Marley fue enterrado con una guitarra, un atado de marihuana y una pelota. En una entrevista de 1977 el autor de clásicos como No woman, no cry y Three little birds, ante la pregunta “¿qué es el fútbol?”, respondió: El fútbol es libertad.


Siendo el fútbol un deporte extremadamente popular y multitudinario, no es de extrañar esta relación armoniosa con estrellas de la música, acostumbradas también a las actuaciones en estadios llenos donde reciben aplausos y cánticos de enfervorizados seguidores. Muchas veces se ha hablado de la naturaleza artística del fútbol, sus elementos de creatividad y poesía, sobre todo en jugadores que despliegan talento sobre el gramado, por lo que las analogías con el mundo musical trascienden lo concreto para adentrarse en ámbitos donde reina la subjetividad y la emoción. 

Se sabe que el cantautor romántico Julio Iglesias tuvo un breve paso por el Real Madrid, como arquero, pero que abandonó el deporte a raíz de una lesión. Plácido Domingo, tenor espectacular, es también seguidor del club merengue toda la vida. Otro famoso español, el trovador y poeta Joan Manuel Serrat, es conocido por ser hincha acérrimo del Barcelona, una pasión que comparte con su compatriota, bolerista y baladista, Dyango. Luis Alberto Spinetta, ícono del rock argentino, era tan fanático del River Plate que salía a tocar con la camiseta de la franja puesta y hasta le dedicó una de sus enigmáticas canciones, El anillo del Capitán Beto, incluida en el álbum El jardín de los presentes de 1976, de su banda progresiva Invisible, al recordado mediocampista Norberto “El Beto” Alonso, ídolo del club millonario. Fito Páez, otro astro del rock gaucho, es un gran fanático de Rosario Central, los populares “canallas” de la provincia argentina. 

Otros dos notables casos provienen nuevamente del mundo del rock: el escocés Rod Stewart y el británico Elton John. El cantante de voz rasposa jugó, cuando tenía 16 años, como delantero en un pequeño equipo de Tercera División llamado Brentford FC durante un corto periodo de tiempo a inicios de los sesenta, antes de decidirse por la carrera musical y alcanzar fama con las bandas de blues-rock The Jeff Beck Group y Faces, y siguió pateando balones en los descansos durante sus exitosa giras como solista.


Por su parte, el pianista y cantante de vestuarios extravagantes era tan devoto hincha del Watford FC que lo compró en 1976 y, bajo su presidencia, el once de la camiseta amarilla saltó de la Cuarta a la Primera División del fútbol inglés y llegó a ser subcampeón en 1984, en una final en la que cayó ante el Everton de Liverpool, equipo que tiene entre sus más fieles hinchas nada menos que a John Lennon y Paul McCartney. Desde el 2008, Sir Elton John abandonó la presidencia activa del club de sus amores pero conserva un cargo directivo honorífico. Asimismo Steve Harris, bajista y líder de Iron Maiden, quiso ser jugador de fútbol y ha aprovechado su prestigio para entrenar varias veces con su equipo favorito, el West Ham de Londres.



lunes, 2 de julio de 2018

CONGRESO: UNA INSTITUCIÓN DE LA MÚSICA CHILENA (Diario Exitosa, Lunes 2-7-2018)




Durante los años previos al golpe de Augusto Pinochet, el movimiento de la Nueva Canción Chilena produjo nombres que se instalaron en la memoria colectiva como sinónimo de resistencia artística: Violeta Parra, Víctor Jara, Inti Illimani, Quilapayún, Illapu. Muertos o exiliados, los referentes de la música popular chilena, en su mayoría santiaguinos, fueron abanderados de la vanguardia folklórica latinoamericana en esos tiempos difíciles.

Pero en la región Valparaíso, al sur de Santiago, se gestó una movida diferente, que incorporó a su ADN folklórico la poderosa influencia de la psicodelia y el rock progresivo, fusionando ambas vertientes para resistir los embates de la opresión política con canciones menos literales pero que, a la vez, eran musicalmente más etéreas y libres.

Congreso –palabra cuya sola mención en nuestro país es suficiente para amargarnos el día- fue el nombre que eligieron los hermanos Patricio, Fernando y Sergio González para su proyecto musical, para el cual convocaron también al vocalista Francisco Sazo. “En esa época había muchos congresos, reuniones en las que se discutía diferentes puntos de vista sobre cada tema. Y como entre nosotros también pasaba eso pues había diversas visiones sobre la música, le pusimos Congreso”, dice Sergio “Tilo” González, eximio baterista y compositor de todas las partituras del grupo. Aquello fue en 1969 y, desde entonces, la banda no paró nunca. Junto a Los Jaivas -otro legendario grupo de Valparaíso-, Congreso es considerado una institución en la historia de la música popular chilena.

Con el tiempo, Congreso se convirtió en un grupo de culto, que decidió quedarse en Chile en tiempos en que la mejor opción parecía el exilio. “Esos años fueron terribles. Nosotros éramos una banda pequeñita, de provincia, que pasaba inadvertida. Después tuvimos varios problemas pero decidimos trabajar desde dentro”, cuenta Francisco Sazo, vocalista de fuerte y alto registro, quien además es profesor de filosofía y autor de todas las letras. Sazo y González, dos de los tres miembros originales de Congreso que quedan –el tercero es el flautista Hugo Pirovich-, han mantenido una actitud consecuente e innovadora, integrando jazz, rock, música clásica y folklore con creatividad y talento.

Aunque sus discos más aclamados son los de su primera etapa –El Congreso (1972, que incluye El cóndor pasa con letra de Sazo), Terra enigmática (1975) y Congreso (1977)- el grupo ha atravesado diversas etapas en su evolución musical, gozando de gran popularidad en el país, gracias a su permanente presencia en ferias y espectáculos al aire libre. Entre 1980 y 1984, Sazo viajó a Bélgica a estudiar filosofía y fue reemplazado por un joven cantante y compositor que luego se haría famoso como solista, Joe Vasconcellos, con quien grabarían el álbum Viaje por la cresta del mundo (1981), que contiene el tema Hijo del sol luminoso, probablemente el más conocido del grupo.

Con el retorno de Sazo, Congreso continuó produciendo música de alta calidad, asociándose incluso con Nicanor Parra, el famoso antipoeta chileno, para el álbum Pichanga: Profecías a falta de ecuaciones (1992) y colaborando en proyectos para documentales y obras de ballet. En sus actuaciones es común que suban al escenario integrantes de bandas importantes del panorama musical chileno como Horacio Durán y José Seves (Inti Illimani), Eduardo “Gato” Alquinta (Los Jaivas), Eduardo Gatti (Los Blops), entre otros. A nivel internacional, Congreso es una banda respetada por estrellas de la música latinoamericana como León Gieco, Pedro Aznar y Ricardo Montaner, quien calificó su presentación en  el Festival de Viña del Mar del año 2005 como “una cátedra de música”. Diez años después, en el 2015, Congreso fue parte del cartel internacional del Festival Lollapalooza Chile, en el enorme Parque O’Higgins.

Este sábado 7 de julio, Congreso se presentará junto al histórico grupo peruano El Polen, en el Teatro Municipal de Lima- Su formación actual es: Francisco “Pancho” Sazo (voz), Sergio “Tilo” Gonzáles (batería), Hugo Pirovich (flautas), Jaime Atenas (saxos), Sebastián Almarza (teclados), Raúl Aliaga (percusiones) y Federico Faure (bajo).