lunes, 18 de junio de 2018

MÚSICA RUSA: UN MUNDO POR DESCUBRIR (Diario Exitosa, lunes 18-6-2018)




Mientras se recorren los estrechos pasillos y salones de la fantástica Catedral de San Basilio, en la Plaza Roja de Moscú, se siente a lo lejos un coro masculino de tenores, barítonos y bajos que hace retumbar las paredes del ancestral templo bizantino.

La música proviene de una de sus capillas y, cuando uno llega al umbral, descubre a cuatro extraordinarios vocalistas elegantemente vestidos de negro. Prohibido grabar o tomar fotos, solo está permitido sorprenderse ante voces tan prodigiosas. Se hacen llamar Doros y son, desde luego, una atracción turística que recoge una de las tantas formas de música rusa tradicional: el canto coral.

El mismo canto coral que inspiró aquella hilarante rutina de los entrañables Les Luthiers, titulada Oiga Doña Ya! (1977), en la que un conjunto de presuntos barqueros del Volga juega con palabras en español que simulan la fonética rusa.

La música rusa ha estado más cerca de nosotros que su país de origen, con canciones populares como la discotequera Moscú (1980) grabada en español por el francés Georgie Dann. Sin embargo la versión original fue registrada primero en alemán y luego en inglés por el conjunto de pop electrónico germano Dschinghis Khan, en 1979.

Moscú es una adaptación del folklore tradicional de Ucrania, uno de los países que conformaban la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas-URSS, desintegrada tras la Perestroika (Reestructuración) que lideró Mikhail Gorbachov en 1990. Es la misma procedencia de Kozachok, una saltarina composición del siglo 16 y que, en estos días de Mundial, escuchamos constantemente en comerciales y reportajes. Esta danza de los cosacos –comunidad semi-militar que vivió en Rusia, Polonia y otros países de Europa Oriental- es la pieza musical más representativa de la Rusia imperial presocialista, tocada con balalaikas, acordeones y panderetas llamadas gusli y treschotka (bloques de madera).

Pero aun más notables son las contribuciones rusas a la música clásica de los siglos 19 y 20, con compositores que dejaron para la posteridad melodías que hasta hoy se utilizan en películas y documentales, verdaderas obras maestras del arte musical como el ballet navideño Cascanueces (1876), el ballet El lago de los cisnes (1892), presente en largometrajes como Black swan (2010) o Billy Elliott (2000), o la atronadora Obertura 1812 (1880), popular entre los amantes del cómic por su uso en la versión fílmica de V for Vendetta (2005), todas de Pyotr Ilych Tchaikovsky; El vuelo del abejorro (1899) de Nikolai Rimsky-Korsakov, que identificó al personaje de ficción de la televisión setentera El avispón verde; Cuadros de una exhibición (1874) de Modest Mussorgsky, transformada en una suite rockera por el trío británico Emerson, Lake & Palmer en 1972; o los complejos conciertos para piano de Sergei Rachmaninoff de 1909, base del laureado film australiano Shine, de 1996. La sinfonía infantil Pedro y el lobo (1936), de Sergei Prokofiev; las óperas politizadas de Dmitri Shostakovich; las vertiginosas danzas de Aram Khachaturian; o las disonantes e innovadoras obras de Igor Stravinsky –quien dirigió nuestra Orquesta Sinfónica Nacional en los sesenta-; también marcaron el desarrollo de la música académica contemporánea.

Las referencias de música rusa están por todas partes: desde la balada Nathalie (1964) del divo francés Gilbert Bécaud hasta Horses (1971), poderosa canción acústica de Vladimir Vysotsky, maestro del canto gutural, usada en White nights (1985), película protagonizada por los bailarines Mikhail Barishnikov y Gregory Hines. Por otra parte, rockeros como The Beatles, Elton John o Scorpions han rendido homenaje a la historia y tradiciones rusas en canciones como Back in the U.S.S.R., Nikita o Wind of change, respectivamente.

Otros músicos destacados son Mstislav Rostropovich, considerado el mejor cellista de todos los tiempos; Anna Netrebko, conocida soprano operística; y Léon Theremin, inventor del enigmático instrumento electrónico que lleva su nombre, que emite ondas sonoras sin necesidad de contacto físico.

Aproveche que ya está rodando la pelota en los estadios soviéticos para adentrarse más en el fascinante mundo de la música rusa. No se arrepentirá.



domingo, 27 de mayo de 2018

ENTREVISTA A CARL PALMER (Diario Exitosa, 26-5-2018)



Carl Palmer: “Keith fue el mejor músico con el que he trabajado”

El legendario baterista británico Carl Palmer (Birmingham, 1950), único sobreviviente del trío Emerson, Lake & Palmer, tocará en el Teatro Municipal de Lima este miércoles 30 de mayo, como parte de su gira denominada Carl Palmer’s ELP Legacy, en la que interpreta todos los clásicos de esta importante banda que fusionó el rock con la música clásica y fue uno de los actos en vivo más sorprendentes de la década de los setenta. Fanático de Gene Krupa y Buddy Rich, Palmer fundó en los ochenta el cuarteto Asia de gran éxito en los años ochenta.

por Jorge Luis Tineo

¿Cuánto tiempo ha pasado desde tu última visita al Perú?

Han pasado muchos años. Creo que tocamos con ELP en el ’97.

¿Eres consciente de ser una leyenda viva del rock?

Bueno, es lo que la gente me dice. No pienso en eso. Mi intención es hacer música lo mejor que pueda y enfocar mi energía para seguir siendo un baterista creativo e innovador. Esa ha sido mi motivación siempre. Es bueno ser reconocido pero el verdadero éxito para mí es ver los rostros de mi público.

Obviamente, el público te reconoce por ser la P en ELP pero estuviste antes en dos grupos: The Crazy World of Arthur Brown y Atomic Rooster.

Cuando yo era joven, muchas personas querían que me convirtiera en un baterista de estudio porque era técnicamente muy bueno. Pero yo no quería eso. Quería estar en una banda y ser un miembro estable. Tuve la suerte de estar en grupos que tuvieron discos exitosos, he pasado horas en estudios de grabación y también largos días de gira. He hecho ambas cosas y eso me convirtió en un mejor baterista.

¿Cómo era el trabajo en los estudios con (Keith) Emerson y (Greg) Lake?

Siempre estaba pensando en cómo hacer arreglos de batería innovadores para las canciones. En ELP usé muchos instrumentos de percusión, como las campanas, bloques de madera, gongs, etc. que no eran usados normalmente por la mayoría de bateristas de rock. Quería mantener la batería fresca y diferente.

Trilogy (1972) fue el primer disco progresivo que escuché y aun es uno de mis favoritos. ¿Cómo fueron las grabaciones de ese emblemático álbum?

Trilogy fue uno de los primeros discos en el que usamos el estudio como un instrumento en sí mismo. Estábamos aprendiendo a usar la tecnología electrónica en una banda de rock.

¿Cómo manejaron las críticas de quienes los consideraban “pretensiosos” por hacer esta combinación de rock y música clásica?

Nunca prestamos atención a los críticos. Ellos no podían entender el hecho de que estábamos consiguiendo discos de platino y llenando estadios. Todo lo que nos importaba era los fans. Si a ellos les gustaba sabíamos que estábamos haciendo lo correcto, musicalmente hablando.

¿Cuál es tu álbum y tema favoritos de ELP?

Brain sald surgery (1973) es mi disco favorito porque creo que allí alcanzamos nuestra cima. Fue un álbum muy difícil de hacer pero no paramos hasta hacerlo bien.

Hace tiempo escuché que había, escondidas en algún sótano, grabaciones de un jam de Emerson, Lake & Palmer con Jimi Hendrix en guitarra. ¿Cuál es la historia detrás de ese rumor?

No es verdad. Jimi le había dicho a Keith que quería conocernos y ensayar con nosotros pero nunca ocurrió. Murió poco después de aquello. La prensa adoraba ese rumor y a Greg le gustaba dejarles la impresión de que iba a entrar en el grupo pero nunca pasó de ser un comentario.

¿Cómo era la vida de ELP en las giras? ¿Siguieron la tradición de “sexo, drogas y rock and roll” o fue diferente para ustedes?

Usábamos las giras para mejorar en nuestros instrumentos  y creo que llegamos a ser tan buenos porque ganamos mucha experiencia tocando en vivo. ELP nunca fue una banda de fiestas salvajes. La música se hacía demasiado complicada de tocar si estábamos borrachos o drogados.¿Por qué querrías hacer música si  no estás en tus cabales?

Fuiste grande en los setenta con ELP y luego llegó Asia, en los ochenta. ¿Cómo recuerdas esa década?

Asia fue como ELP, un supergrupo exitoso. El primer álbum de Asia fue #1 por nueve semanas y se vendió en todas partes. Después tuvimos que mantener ese estándar y ahí llegó la parte difícil. De hecho, creo que Asia fue una mejor banda cuando nos reunimos los cuatro originales en el 2006. Hicimos muy buenos conciertos en esa reunión y duramos más que en nuestra primera etapa. Ahora que John (Wetton)  ya no está y Steve (Howe) se retiró de Asia, Geoff (Downes) y yo estamos reconstruyendo la banda. Hicimos una gira fabulosa el año pasado con Journey, y al público le encantó. Fue muy gratificante.

Vincent Crane, Keith Emerson, Greg Lake y John Wetton, tus hermanos musicales y cómplices se han ido. ¿Qué reflexiones te trae eso a los 68 años? ¿Estás bien de salud?

Bueno, mi salud es muy buena porque me cuido mucho. Casi muero en el 2012 por intoxicación. Después de eso me convertí en vegano por motivos de salud. Esa ha sido la decisión más inteligente que he tomado. Tengo mucha más energía ahora y me siento muy bien. Soy consciente de mi mortalidad, especialmente después de perder a mis grandes amigos.

Las noticias de Emerson sorprendieron al mundo de la música. ¿Hablaste con él poco antes de su suicidio?

Siempre estuvimos en contacto y nos reuníamos cada vez que yo iba a Los Angeles. No teníamos idea de que la depresión lo aquejaba y su muerte fue una enorme sorpresa para todos. Lo extraño mucho. Es el mejor músico con el que he trabajado.

¿Qué es “el arte de dar”?

Es un proyecto de fotografía artística que trabajo con una compañía llamada Scene Four. Sacamos imágenes mías tocando batería en un cuarto oscuro con baquetas que tienen luces LED en las puntas. Las luces cambian de color cada vez que golpeo un tambor de modo que vamos creando sorprendentes imágenes que luego imprimimos sobre lienzos y les pongo mi autógrafo. Hacemos exhibiciones donamos gran parte de los ingresos a obras de caridad. Hemos donado miles de dólares para casos de cáncer. Puedes ver más sobre esto en www.carlpalmerart.com

Recientemente fuiste nombrado Prog God (Dios del Progresivo) en la edición 2017 de los Premios de la Música Progresiva. ¿Qué significó eso para ti?

Fue muy bueno recibir ese premio, y hacerlo frente a un público conformado por muchos de mis amigos y colegas. Significa que soy reconocido por haber ayudado a dar forma a un género musical. Me siento agradecido por haberlo recibido. La escena progresiva actual tiene bandas muy buenas. Gente como Steven Wilson, Bad Plus, con fuertes conexiones con el jaz, son los que más me gustan.

¿Qué debemos esperar del espectáculo Carl Palmer’s ELP Legacy?

Hacemos un concierto de dos horas con música de ELP y proyecciones que acompañan a las melodías. Están todas las canciones conocidas,  pero sin teclados pues la idea es reinventarlas de una manera diferente. Tocamos éxitos como Lucky man, Welcome back my friends y otras. Hacemos algunas canciones que grabamos con ELP pero nunca fueron tocadas en vivo como Trilogy. Y por lo menos habrá una de esas épicas piezas de 20 minutos. Me acompañan Paul Bielatowic en guitarra y Simon Fitzpatrick en bajo y Chapman Stick. Ambos trabajan conmigo desde el año 2001.

martes, 22 de mayo de 2018

ATAHUALPA YUPANQUI: EL PAYADOR INMORTAL


Este miércoles 23 de mayo se cumple un año más de la desaparición del cantor y guitarrista argentino Héctor Roberto Chavero Aramburú, conocido mundialmente por su nombre artístico, Atahualpa Yupanqui. La sola mención de ese alias –referencia directa a los nombres de dos poderosos monarcas del ancestral Tahuantinsuyo- hace vibrar el alma de los andes argentinos con la fuerza de su guitarra telúrica, pulsada con destreza y calidez.

Aunque inició su carrera siendo muy joven, a inicios de los años treinta –había nacido en Pergamino, provincia de Buenos Aires, en 1908- se le recuerda más como aquel querendón y sabio viejecito, de mirada contemplativa y piel cuarteada por los años, que canturreaba sus coplas con sabor a enseñanza popular.

Atahualpa Yupanqui recorrió el Altiplano, durante casi dos décadas, con su guitarra cantando. Encarcelado y exiliado por el gobierno de Juan Domingo Perón por sus filiaciones con el Partido Comunista (al cual renunciaría años más tarde), se hizo conocido en Europa, especialmente en Francia, donde llegó a cantar junto a Edith Piaf.

En 1952 regresó a Argentina. Compuso música para películas, escribió poemarios y grabó decenas de LP con sus melodías extraídas de la tierra, muchas de las cuales compuso con su segunda esposa, la pianista francesa Antonietta Paule Pepin Fitzpatrick, “Nenette”, quien firmaba como «Pablo del Cerro». Este cambio de identidad fue voluntario, como cuenta Roberto “Kolla” Chavero, guitarrista e hijo de ambos, porque al momento de iniciar su relación con Atahualpa, él aún no se había divorciado de su primera mujer.

Su talento para las zambas, chacareras, payadas, milongas y vidalas en las que hablaba de los pesares y correrías del gaucho, el paisanaje y las costumbres pamperas, lo convirtieron en símbolo del canto folklórico argentino, inspirando a toda una generación de artistas: Los Chalchaleros, Los Fronterizos, Los Visconti, Mercedes Sosa, Facundo Cabral, Jorge Cafrune y muchos otros grabaron emblemáticas canciones suyas como Luna tucumana, El arriero, El alazán, Los hermanos o Los ejes de mi carreta. En Alemania, en 1977, se publicó el disco Die Andengitarre, joya instrumental que condensa el legado de Atahualpa Yupanqui como guitarrista criollo.

Sin embargo, la obra capital del zurdo “don Ata” –como le llamaban sus seguidores, o mejor dicho, sus fieles-, apareció en los sesenta. En El payador perseguido (1964) Atahualpa Yupanqui presenta un “relato por milongas” en el que narra, en 107 sextinas (76 recitadas y 31 cantadas), su propia vida de esforzado cantor de pueblo, fiel a sus convicciones y a defender lo genuino frente a lo artificial, un catálogo de consejos para la vida digna, alejada del acomodo y las apariencias.

Basado en la famosa obra de José Hernández, Martín Fierro (1872), clásico de la literatura argentina, El payador perseguido es un inspirado recuento de experiencias diversas, desde sus inicios en guitarreadas y contrapuntos, su paso por diversos trabajos, algunos de ellos muy mal pagados, y ácidas críticas a esos falsos trovadores que venden su guitarra y su verso al mejor postor.

La prosa simple y el acento del argentino rural –que el genial humorista y dibujante rosarino Roberto Fontanarrosa utilizara para dar voz a su entrañable personaje Inodoro Pereyra- es inteligente y cuestionadora, pero también es integradora del espíritu argentino, pícaro y de respuesta ágil, cuyas experiencias de vida generan una sabiduría que no se halla en libros ni academias y que le permite sobreponerse a la agresividad de una sociedad discriminadora, hostil con el provinciano e hipócrita a tiempo completo.

Durante casi cuarenta minutos, Atahualpa Yupanqui nos cuenta su historia acompañándose con finos bordones y trinos mientras sustenta su visión social y humanista, más allá de tontos rótulos políticos que han querido usar quienes se sienten aludidos por sus certeros dardos, para descalificar este canto poseedor de una arrolladora vigencia frente a los problemas de injusticia, racismo y corrupción que aquejan a esta sociedad dominada por las minorías de siempre, que concentran toda la riqueza, mientras los de abajo (agricultores, policías, obreros, maestros de escuela pública), viven con las justas esperando, eternamente, que las cosas cambien.

Las coplas de este payador perseguido se convierten entonces en la voz de aquellos individuos que, por mucho que los apriete la realidad, no dejan de lado sus principios y colocan siempre, por delante de cualquier otra necesidad, la de vivir con la frente en alto, respetando su identidad, sus valores, su dignidad, esa virtud que es, a la larga, la única que nos define como hombres y mujeres de bien. En su momento este disco fue considerado peligroso y condenado al ostracismo. Por eso hoy casi nadie lo conoce.


“Don Ata” residió mucho tiempo lejos de su país pero lo llevaba siempre dentro de sí: “Cuando toco mi guitarra veo el paisaje argentino frente a mí”. En Cerro Colorado (Córdoba), ciudad donde también vivió y es hoy sede de la Fundación Atahualpa Yupanqui, se abrió a comienzos de este año la muestra fotográfica La tierra que anda, en homenaje a su legado artístico y humano. Atahualpa Yupanqui, cuya última aparición en público fue en el Festival de Cosquín, en 1990, falleció dos años después un 23 de mayo, a los 84 años, en Nîmes, al sur de Francia.

lunes, 7 de mayo de 2018

INTI ILLIMANI: UNA HISTORIA DE MÚSICA, EXILIO Y SEPARACIONES




El reciente fallecimiento del folklorista Max Berrú (74) trajo a la memoria esas melodías telúricas que no conocen fronteras, aquellas líneas imaginarias que “separan al hermano del hermano” como dice una conocida décima de Nicomedes Santa Cruz. Es una simbólica coincidencia que su muerte haya ocurrido el 1 de mayo, Día del Trabajador, fecha en que se conmemora una importante conquista del proletariado, ese que Berrú, ecuatoriano de nacimiento y chileno de corazón, defendía con Inti-Illimani, agrupación nacida en la antigua Universidad Técnica del Estado (UTE), en Santiago de Chile.

Berrú, junto con Horacio Durán, Jorge Coulón y Pedro Yáñez, fundó este grupo cuyo nombre recuerda a la imponente montaña boliviana, ubicada a más de seis mil m.s.n.m., en 1967, el mismo año en que se suicidó Violeta Parra, la legendaria cantautora que inspiró el movimiento de la Nueva Canción Chilena, cuyos objetivos eran recuperar el folklore latinoamericano en una época de profundos cambios sociales, políticos y culturales a nivel mundial.

Tras la salida de Yáñez llegaron Ernesto Pérez de Arce y Horacio Salinas, quien se convirtió en director musical del grupo. Inti-Illimani publicó sus primeros LP con temas del acervo musical de Chile, México, Bolivia, Argentina, Venezuela, Ecuador y Perú. En 1970 lanzaron Canto al programa, musicalización del programa de gobierno de Salvador Allende, con textos de Julio Rojas y música de Sergio Ortega, compositor del himno más representativo de la canción-protesta, El pueblo unido jamás será vencido, que grabarían en 1974 en su álbum La Nueva Canción Chilena. Canto para una semilla (1972) fue otro hito importante de su primera etapa junto a Isabel Parra, hija de Violeta. El álbum, que contiene décimas inéditas de la autora de Gracias a la vida, fue lanzado en italiano y francés, en 1978 y 1985, respectivamente.

La música de Inti-Illimani iluminaba cielos europeos cuando Augusto Pinochet irrumpió violentamente en La Moneda aquel 11 de septiembre de 1973. La muerte del Presidente Allende ese día, y del cantautor Víctor Jara, cinco días después, precipitaron la única decisión posible: el exilio. Durante los siguientes quince años, Inti-Illimani se estableció en Italia con su formación definitiva: Horacio Salinas (voz, guitarras), José Seves (voz, vientos, percusiones), Max Berrú (voz, percusiones), Jorge Coulón (voz, guitarras, vientos), Horacio Durán (voz, charango, vientos, percusiones) y José Miguel Camus (voz, vientos) y continuó grabando álbumes que eran a la vez manifiestos comprometidos con la integración latinoamericana y el retorno de la democracia en Chile, como la trilogía Canto de pueblos andinos (1973, 1975 y 1976), Chile resistencia (1977) o Canto para matar una culebra (1979), el primero con Marcelo Coulón (voz, cuerdas, vientos), hermano menor de Jorge, quien reemplazó a Camus, y Renato Freyggang (voz, vientos).

Las décadas siguientes fueron de experimentación musical, cruzando ritmos de Centro y Sudamérica con arreglos de jazz, flamenco y música clásica. La versatilidad de sus integrantes, capaces de intercambiar instrumentos en cada canción, hacía que tonadas instrumentales andinas (Alturas), cantos en quechua (El Tinku), fusiones cubanas y afroperuanas (Sensemayá, Arroz con concolón), sayas (Fiesta de San Benito) y hasta folklore italiano (Tarantella/Canna astina, Danza di Cala Luna) sonaran juntas en perfecta coherencia, reafirmando su espíritu integrador. Sus recias voces se convirtieron en emblemas de las luchas sociales, políticas y estudiantiles de orientación socialista.

El 18 de septiembre de 1988 Inti-Illimani retornó a Chile y su recibimiento fue apoteósico. El grupo realizó recitales multitudinarios por todo el país y apoyó las campañas por el NO para acabar con el régimen pinochetista (el concierto en el Parque La Bandera, a una semana de su regreso, fue memorable). Los álbumes Fragmentos de un sueño (1987) y Leyenda (1990), con los guitarristas John Williams y Paco Peña, continuaron la veta experimental explorada en discos como Palimpsesto (1981) e Imaginación (1984). A fines de los ochenta participaron en los conciertos de Amnistía Internacional junto a Sting, Peter Gabriel y otros artistas.

En 1997 Max Berrú decide apartarse por razones personales. Un año después lo haría José Seves. El ingreso de talentosos músicos jóvenes como Juan Flores, Daniel Cantillana y el cubano Efrén Viera inyectó nuevos bríos a Inti-Illimani, aunque internamente las fricciones entre Horacio Salinas y los hermanos Jorge y Marcelo Coulón mellaron la unidad del conjunto, que finalmente se rompió el 2003 con la salida de Salinas, poco antes de su primera presentación en Viña del Mar. Estas facciones iniciaron una interminable disputa legal por la propiedad del nombre Inti-Illimani. “Se ensució nuestro legado. Me dio mucha pena, sobre todo por los valores éticos y morales que transmitíamos. Fue una decepción”, manifestó Berrú en una de sus últimas entrevistas.

Actualmente existen dos versiones del grupo: Por un lado, Inti-Illimani Histórico, formado por Horacio Salinas, José Seves, Horacio Durán, Fernando Julio, Hermes Villalobos y Camilo Salinas (hijo de Horacio), que ha lanzado varios álbumes con Quilapayún y Patricio Manns, así como un exquisito disco en vivo con Eva Ayllón, grabado en el legendario Café Torres, en el centro de Santiago. Y por el otro; Inti-Illimani Nuevo, con los hermanos Jorge y Marcelo Coulón, Juan Flores, Efrén Viera, Daniel Cantillana y Manuel Meriño (director musical), cuya última producción se titula El canto de todos (2017).



miércoles, 18 de abril de 2018

RADIOHEAD EN LIMA (17-4-2018): ANDROIDES PARANOIDES



Los cálculos de las primeras crónicas publicadas esta mañana consignan la presencia aproximada, anoche en el Estadio Nacional, de más de 30 mil personas. Esto convierte al concierto de Radiohead en el más concurrido de lo que va del año, dejando atrás a pesos pesados como Depeche Mode y Phil Collins, y a estrellas vigentes del pop-rock como Katy Perry o The Killers. Aun cuando el coloso futbolero -La Casa de la Selección, como le decía el fallecido y recordado Daniel Peredo- lució varios puntos vacíos, la entrega del público dejó evidencia de que, a pesar del imperio mediático de la cumbia, la bachata y el reggaetón de estercolero, hay audiencias suficientes para aquellas bandas consideradas poco convencionales pero de enorme trayectoria e importancia global. Por otro lado, los vacíos se notaban especialmente en la segunda mitad del campo y en las tribunas, por lo que el grueso de esas 30 mil personas medidas al ojo se concentraron al frente del escenario, lo cual dice mucho de la devoción que despertó la visita a Lima del quinteto de Oxford, al agotar las entradas de precios más elevados.

Hubo muchas especulaciones respecto al setlist que presentaría la banda liderada por Thom Yorke -aunque a estas alturas ya es claro que lo de Radiohead es un trabajo en equipo, una comunión de visiones adelantadas y experimentales que terminan generando música que atraviesa los sentidos de forma aplastante. Los más fanáticos vivieron los últimos días pegados a www.setlist.fm, el portal que contiene y registra las canciones interpretadas por cada artista, prácticamente horas después de cada concierto, realizando comparaciones -"en Santiago tocó esta, en Buenos Aires no pero entró esta..."- y así. La verdad, a mí no me emociona mucho revisar qué canciones va a tocar un grupo antes de verlo, pero el carácter invasivo del tema en redes sociales, como en tantos otros asuntos de la actividad humana moderna, termina introduciéndolo a uno en el consumo de estas informaciones extraoficiales que quitan el efecto sorpresa, la experiencia repentina frente a lo anticipado.

Pero hablemos mejor del concierto. Fueron 26 canciones en total -27 si contamos Treefingers (Kid A, 2000) que sonó de fondo antes que la banda lanzara su primer tema en vivo-, más de dos horas y media de esa extraña mezcla de rock alternativo, ruidismo, experimentaciones electroacústicas, música electrónica, progresivo y krautrock que ha desarrollado Radiohead en estos 25 años de carrera musical. A pesar de los cambios estilísticos, hay en la obra de estos ingleses un sentido de unicidad poco común en las bandas de su tiempo, que decidieron entregarse a la homogeneidad predecible o a un sentido superfluo de la experimentación, como quien busca diferenciarse del resto pero sin dejar de ser accesibles a las radios y los rankings. Radiohead demostró en su noche limeña por qué es una de las bandas más importantes surgidas en la década de los años noventa, influyente y auténtica. Las densas capas de guitarras distorsionadas, teclados, cajas de ritmo, lánguidos pianos y machacantes tambores y bajos, sumados al timbre angustiante del vocalista, parecían capaces de levantar por los aires al estadio con gente y todo.

Solo un punto criticable: Las pantallas laterales, en lugar de ofrecer oportunidad para que el público ubicado en la tribuna más alejada pudiera ver lo que ocurría con los músicos sobre el escenario -Radiohead es una banda muy dinámica, que suele intercambiar instrumentos en cada tema- se limitó a replicar las caleidoscópicas imágenes y luces de la pantalla ovalada que estaba detrás de la banda. En medio de las manchas y explosiones de iluminación, planos detalle tomados con múltiples cámaras de alta resolución mostraban, muy de vez en cuando, los dedos de Colin, las guitarras de Ed y Jonny, las baquetas de Phil, los ojos entrecerrados o la boca de Thom. Eso, y el pequeño incidente con una de las cajas de ritmo en Idioteque -"a veces estas cosas pasan" se limitó a decir el cantante-, no bastó para restarle puntos al concierto.

Canciones del periodo intermedio del grupo, como Everything in its right place (Kid A, 2000), Pyramid song (Amnesiac, 2001) u All I need (In rainbows, 2007) sonaban totalmente coherentes al lado de novedades como Daydreaming o Ful stop, ambas de su última producción discográfica, A moon-shaped pool (2016), alejadas del sonido inicial que los hizo conocidos. Entre canción y canción se podía escuchar a Yorke decir "gracias", en voz baja, antes de seguir con el espectáculo musical, que estuvo siempre complementado por una impresionante parafernalia visual, con luminosas proyecciones de imágenes pesadillescas y colores encendidos, sincronizada a la perfección con cada acorde o evolución. Tras media hora de estruendosos asaltos de música que parecía sacada de otro planeta, llegó No surprises, en estreno para la gira sudamericana. El primero de los grandes éxitos de Radiohead, una viñeta dulce y aletargada del emblemático disco OK Computer (1997) que fue cantada a coro por todo el Nacional.

Siguieron los latigazos de experimentación con temas del In rainbows como Nude, Reckoner y Weird fishes/Arpeggi, que intercalaron con clásicos de dos épocas distintas: Where I end and you begin (Hail to the thief, 2013) y Street spirit (Fade out), del segundo disco The bends (1995), uno de sus álbumes más aclamados. Para el final de la primera parte del concierto, las poderosas 2+2=5 (Hail to the thief, 2013) y Bodysnatchers (In rainbows, 2007) enardecieron al público, que se desataba en convulsiones de emocionados -aunque bastante descoordinados- bailes. Conectados por el poder de la música, la banda y su audiencia se fundieron en un solo cuerpo, tenso y electrizado, en trance. La primera salva de aplausos trajo más sorpresas: la semiacústica Fake plastic trees (The bends, 1995), la volátil Exit music (For a film) (OK Computer, 1997) y el ataque maquinal de The national anthem e Idioteque (Kid A, 2000) volvieron a dejar exhaustos a los fanáticos. Nuevamente todo se puso negro, pero los aplausos pedían más.

Finalmente, Thom Yorke (voz, guitarra, piano, melódica y maracas), Jonny Greenwood (guitarras, teclados, efectos), Ed O'Brien (bajo, coros), Colin Greenwood (bajo), Phil Sealway y Clive Deamer (baterías, percusiones) volvieron una vez más. Tras un nuevo agradecimiento en el que Yorke resaltó, con cierta emoción en la voz, que estaban contentos de venir por primera vez, lanzó lo que tanto conocedores como iniciados esperaban: Creep (Pablo honey, 1993), su tema más emblemático, que tocaron con gran intensidad, dejando hasta el último grito en la cancha. El estadio entró en frenético éxtasis frente a este himno al anti-héroe, una de las canciones que definieron al rock alternativo de los noventa. Los últimos acordes y la dolorida frase I don't belong here fueron ejecutados con una pausa que hacía pensar que tanto Radiohead como el público no querían que ese momento llegara a su fin. Para cerrar, dos gemas del OK Computer: Paranoid android -para mí, la canción más lograda de su catálogo- y Karma police, de cadencias disonantes y letras atormentadas. Quizás sus canciones puedan ser catalogadas como tristes o depresivas pero yo vi muchas personas felices anoche. 

SETLIST
  • Treefingers (Kid A, 2000, en estudio)
  • Daydreaming (A moon shaped pool, 2016)
  • Ful stop (A moon shaped pool, 2016)
  • 15 step (In rainbows, 2007)
  • Myxomatosis (Hail to the thief, 2003)
  • All I need (In rainbows, 2007)
  • Pyramid song (Amnesiac, 2001)
  • No surprises (OK Computer, 1997)
  • Everything in its right place (Kid A, 2000)
  • Bloom (The king of limbs, 2011)
  • Reckoner (In rainbows, 2007)
  • Nude (In rainbows, 2007)
  • The numbers (A moon shaped pool, 2016)
  • Where I end and you begin (Hail to the thief, 2003)
  • Street spirit (Fade out) (The bends, 1995)
  • Weird fishes/Arpeggi (In rainbows, 2007)
  • 2+2=5 (Hail to the thief, 2003)
  • Bodysnatchers (In rainbows, 2007)

PRIMER ENCORE
  • Fake plastic tress (The bends, 1995)
  • You and whose army? (Amnesiac, 2001)
  • There there (Hail to the thief, 2003)
  • Exit music (For a film) (OK Computer, 1997)
  • The national anthem (Kid A, 2000)
  • Idioteque (Kid A, 2000)

SEGUNDO ENCORE
  • Creep (Pablo honey, 1993)
  • Paranoid android (OK Computer, 1997)
  • Karma police (OK Computer, 1997)




jueves, 5 de abril de 2018

EL GUSTO ES NUESTRO: UN RECITAL DE LUJO



Cuatro cantantes fundamentales en el desarrollo de la música en España, famosos en toda Hispanoamérica: Dos de ellos, Joan Manuel Serrat y Víctor Manuel, eximios compositores y poetas que tocaron la sensibilidad, la conciencia y las emociones más profundas de sus miles de fans, durante tres décadas de carrera musical, enfrentando prejuicios y persecuciones políticas. Los otros dos, Ana Belén y Miguel Ríos, ídolos del cine, la música y el rock, expertos intérpretes de baladas, trovas y frenéticos himnos generacionales.

No era la primera vez que compartían escenario pero sí que se embarcaban en una gira de largo aliento, que los llevaría a recorrer más de 45 ciudades de España y Latinoamérica en un mes, haciendo conciertos de casi tres horas de duración, acompañados por un inmenso equipo de personas. Sobre las tarimas, 18 músicos -15 instrumentistas y 3 coristas- bajo la dirección musical de Juan Carlos Plaza, uno de los arreglistas españoles más reconocidos del pop. Y tras bambalinas, decenas de técnicos, managers y asistentes atentos al más mínimo detalle para asegurar la ejecución perfecta antes, durante y después de cada actuación.

Esta gira dio como resultado un CD de gran factura, que ofrece al oyente promedio un vistazo general de la prolífica producción musical de sus cuatro protagonistas, con arreglos especialmente preparados que, en algunos casos, renuevan estas entrañables canciones y las presenta de manera fresca y atractiva tanto a los conocedores de sus versiones originales como a quienes recién las escuchan por primera vez.

La poética de Serrat, refinada y de altura, se combina con la agudeza y nervio social de Víctor Manuel, y cada pieza está recubierta de elegantes marcos musicales que van de lo decididamente rockero -Cruzar los brazos- a lo acústico -Solo le pido a Dios, composición del argentino León Gieco que Belén grabara en los setenta- a la sofisticación del bossa nova y los aires latinos de otros clásicos modernos de la trova española como Quiero abrazarte tanto, que Ana Belén acaricia en su interpretación sinuosa y agradable; o Contamíname, composición del cantautor canario Pedro Guerra que aquí cobra nueva vida.

Se trata de un recital de lujo, en el que cuatro legendarios artistas de la canción trovadoresca en español juntan sus talentos para ofrecer al público una experiencia inolvidable en varios niveles. No solo se trata de sentarse a escuchar canciones con mensajes significativos, ya sea por su profunda sensibilidad social o por su romántico lirismo. El gusto es nuestro es, ante todo, una reunión de amigos que quieren agradecer al público que los ha seguido durante años por tanto apoyo y admiración, compartiendo sus emociones y esa química tan especial que los une en cada interacción sobre el escenario.

El concierto se desarrolla con soltura, sin dividir el programa en segmentos específicos para cada vocalista, lo cual les permite entrar y salir permanentemente, haciendo a veces dúos, a veces canciones en solitario o temas a cuatro voces, creando una dinámica que mantiene a los espectadores atentos a cada movimiento. Desde luego, esto forma parte de un inteligente cálculo de la producción, supervisada por los cuatro, y que incluye una novedad: cada uno interpreta éxitos originalmente grabados por otro de ellos.

Por ejemplo, Miguel Ríos entona la enigmática Penélope, imprimiéndole su propio estilo, mientras que Serrat hace lo propio con El río, nuevaolera balada que lanzó al estrellato al rockero, en los maravillosos años sesenta. O la versión que hace Serrat de Cuélebre, tema ochentero de Víctor Manuel mientras este hace suya Me'n vaig a peu, una de las primeras composiciones del famoso catalán. También hay espacio para la diversión, en el segmento rocanrolero en que los cuatro interpretan clásicos como La plaga, La locomoción, Estremécete y El rock de la cárcel, en las que Miguel Ríos se mueve como pez en el agua.

Canciones emblemáticas de Serrat como Hoy puede ser un gran día, Fiesta o Cantares ("caminante no hay camino se hace camino al andar...") son, definitivamente, las más aplaudidas del amplio repertorio escogido por estos cuatro monstruos del espectáculo hispano, mientras que el romanticismo está asegurado con temas como Paraules d'amor, tierna balada que Joan Manuel Serrat y Ana Belén cantan juntos en español y catalán. Hay canciones especialmente buenas, como El blues del autobús, compuesta por Miguel Ríos y Víctor Manuel o España, camisa blanca de mi esperanza, una de las tantas idiosincráticas canciones que Víctor Manuel compusiera para Ana Belén, su esposa y colaboradora desde inicios de los setenta.

El disco finaliza con una estremecedora versión del Himno a la alegría, en que la banda se luce con una coda de intenso rock guitarrero. La gira El gusto es nuestro, que también quedó registrada en DVD y generó un delicioso libro de crónicas titulado Diario de una ruta (escrito por Víctor Manuel), batió todos los records en la historia de los conciertos en España. Recientemente, entre junio de 2016 y octubre de 2017 el cuarteto repitió la faena para celebrar los veinte años de El gusto es nuestro, con multitudinarios conciertos en España, México y Argentina. El recital del CD y DVD original se realizó el 12 de septiembre de 1996, en la famosa Plaza de Toros de Las Ventas en Madrid, ante un público de más de 30 mil personas.



jueves, 29 de marzo de 2018

JESUCRISTO SUPERSTAR: UN CLÁSICO DE SEMANA SANTA



¿Quién no ha visto, en colegios o grupos parroquiales de barrio, alguna representación de esta icónica obra del teatro musical? Desde actuaciones austeras y amateurs hasta producciones profesionales de enormes presupuestos, Jesucristo Superstar conserva su irreverente propuesta, estrenada en Broadway en octubre de 1971.
Sin embargo, lo que pocos saben es que la famosa ópera-rock apareció primero en 1970, como un álbum doble para luego convertirse en libreto a ser interpretado por actores. Los británicos Tim Rice (letra) y Andrew Lloyd Webber (música) compusieron esta obra conceptual sobre la última semana de la vida pública de Jesús interpretando libremente las clásicas historias de los Evangelios canónicos.
La voluptuosidad y desenfreno de la contracultura hippie definieron el guion de Jesus Christ Superstar, que significó un cambio radical frente a las clásicas representaciones de temas bíblicos en las artes escénicas y musicales, en las que primaba el recato y la épica espiritualidad, como en las películas de Cecil B. de Mille. La versión fílmica, dirigida por Norman Jewison en 1973 y protagonizada por Ted Neeley e Yvonne Elliman, desató iras santas que la acusaron de hereje, blasfema y lujuriosa.
Musicalmente hablando contiene interesantes arreglos para orquesta, coros y grupo de rock, entre lo psicodélico y lo sinfónico. The Grease Band -Allan Spencer (bajo), Bruce Rowland (batería), Neil Hubbard y Henry McCullough (guitarras)-, que acompañó a Joe Cocker en Woodstock, se encarga de la base rockera mientras que la orquesta de los estudios Decca es dirigida por el mismo Lloyd Webber, uno de los compositores de musicales más reconocidos del mundo.
El principal atractivo del disco son los vocalistas, todos en el primer momento de sus carreras: En el papel de Jesús está Ian Gillan, quien había ingresado un año antes a Deep Purple, banda con la que alcanzaría fama y fortuna a nivel mundial. Como María Magdalena se luce Yvonne Elliman, cantante norteamericana que luego de participar en los primeros montajes teatrales y cinematográficos de esta obra, se hizo conocida interpretando música disco. Asimismo, destacan Murray Head como Judas Iscariote, Victor Brox y Brian Keith en los papeles de Caifás y Anás, y John Gustafson, como Simon el Zelota. Head tuvo éxito radial en 1985 con el tema One night in Bangkok, mientras que Gustafson es conocido entre los fanáticos del hard-rock como bajista y vocalista de Quartermass. Bryan Dennen, quien hasta hoy se dedica al teatro musical, interpretó a Poncio Pilatos.
La vigencia de esta obra se sostiene en la calidad de sus composiciones: los leitmotivs centrales son Overture y Hossana, presentes en distintas variaciones, intensidades y acentos. Esta y otras técnicas del teatro musical, como el llamado y respuesta de dos coros -The temple, What's the buzz/Strange thing mystifying- o el tema en clave de vaudeville -Herod's song (Try it and see), son usadas por Lloyd Webber de forma dosificada y precisa para no cansar al oyente. Temas como Gethsemane (I only want to say) o I don't know how to love him se han convertido en emblemáticos por las potentes interpretaciones vocales de Gillan y Elliman, pero hay otras canciones igualmente valiosas como Everything's alright, Superstar o Judas death, en la que se repite la melodía de This Jesus must die, con otra letra y tonalidad.
El impacto de Jesus Christ Superstar fue tan grande que existen grabaciones distintas hasta en 48 países, siendo una de las más conocidas la versión en español que se lanzó al mercado en 1975. La traducción y adaptación de los textos que habían hecho los españoles Jaime Azpilicueta e Ignacio Artime había tenido algunas representaciones locales, pero su repercusión fue nula debido a la censura durante los últimos años del régimen franquista.
El baladista y cantautor Camilo Sesto, entonces con 29 años de edad y cinco exitosos discos publicados, invirtió 12 millones de pesetas para una gigantesca producción, con orquesta, coros, vestuarios y banda en vivo, que fue presentada durante medio año en el Teatro Alcalá Palace de Madrid. La correspondiente versión en LP se convirtió en un clásico de la música en español por derecho propio, gracias a las impresionantes interpretaciones de Camilo Sesto, Teddy Bautista y Ángela Carrasco en los papeles principales -Jesús, Judas y María Magdalena, respectivamente.
Los segmentos rockeros estuvieron a cargo de Los Canarios, conocida banda de jazz-rock de entonces, integrada por Antonio García de Diego (guitarras), Christian Mellies (bajo), Matías Sanveillán (piano, teclados), Alan Richard (batería) y el propio Teddy Bautista quien se encarga de la dirección musical, pianos y teclados. Aquella primera temporada de Jesucristo Superstar es recordada hasta ahora como uno de los máximos momentos del teatro español, con llenos totales y ovaciones cerradas en cada una de sus funciones.
En cuanto al disco, también tuvo gran impacto comercial, con singles como Getsemaní y Es más que amor, que sirvieron para consolidar la ascendente carrera del cantautor español y hacer conocida a la joven dominicana, en su primer trabajo profesional. Esta versión de Jesucristo Superstar se convirtió en el insumo principal para todos aquellos que se animan a representarla durante la Semana Santa, y se hizo muy popular entre estudiantes católicos de todo el mundo hispano.

miércoles, 14 de marzo de 2018

PHIL COLLINS EN LIMA (martes 13-3-2018): LA CLASE SE MANTIENE INTACTA



Desde que se anunció la segunda visita de Phil Collins a Lima, he escuchado voces que, exhibiendo un grado sumamente preocupante y abyecto de frialdad e intolerancia -dos de las principales características que revela ignorancia en el comportamiento humano-, se apuraron a decir que el cantante y compositor británico "estaba ya acabado", "ya no canta", "sale sentado" y otras frases que buscaban descalificar la genuina expectativa que despertó en muchos de sus seguidores, tanto aquellos que conocen profundamente su trayectoria desde los tiempos de Genesis y Brand X como aquellos consumidores promedio de música radial que mueven los piececitos al ritmo de Sussudio pero no tienen la menor idea de la existencia de canciones como Take me home o The west side.

El rock -y sus innumerables variables surgidas a lo largo de ya más de seis décadas- está íntimamente asociado a rebeldía y juventud. Aun así, los fanáticos de este apasionante género musical hemos visto envejecer dignamente a las primeras promociones de rockeros, muchos de ellos aferrados a sus instrumentos hasta el final de sus vidas. Más allá de gustos específicos por tal o cual grupo o solista, las audiencias reconocen en sus artistas ese ímpetu aun en las postrimerías de su existencia terrena, cuando las fuerzas físicas van terminándose pero aun queda ese fulgor, ese talento, esa clase de la cual carecen los farsantes que hoy llenan rankings de ventas millonarias con propuestas musicales vacías, sin substancia.

Y es que el rock también es un sentimiento, uno que genera elevados niveles de identificación y apasionamiento. Por eso sorprende la gruesa piel de insensibilidad que encierra esa retahíla de comentarios, algunos desde la misma prensa especializada, faltos de empatía hacia un hombre que protagonizó algunas de las mejores épocas del pop-rock durante los ochenta. Y muchas durante la década anterior. Es cierto que no se podía esperar al mismo cantante que derrochaba dinamismo y energía, corriendo de un lado para el otro, haciendo coreografías con su sección de metales en 1986. O querer ver al muscular baterista capaz de ritmos y síncopas imposibles que llegó a ser comparado con John Bonham o Bill Bruford en su momento más fuerte allá por 1973. Las enfermedades y, sobre todo, las consecuencias de un lamentable accidente pasaron factura a la maquinaria corporal de Phil Collins. Por eso hoy canta sentado y reduciendo una o dos escalas la tonalidad de sus canciones -algo que hacía ya desde finales de los noventa. Pero la calidad permanece intacta, como quedó demostrado en el recital de la noche del martes 13 de marzo del 2018, sobre el escenario del Jockey Club.

La voz de Collins aun conserva ciertos matices que recuerdan directamente a su época de mayor éxito, en especial en los tonos intermedios. Y en sus característicos gestos -la ceja levantada, la sonrisa pícara, la mirada de reojo a sus músicos- se reconoce al que fue, aun cuando los signos exteriores de deterioro, consecuencias de la cadena de males que lo vienen aquejando desde el 2011, nos hacen pensar que estamos frente a otra persona (la acción del tiempo es inevitable). ¿Qué pensará Phil en cada ciudad que forma parte de esta gira titulada Not Dead Yet (Aun no estoy muerto) cuando se ve a sí mismo en la gigantesca pantalla LED ubicada detrás suyo, calentando como boxeador junto a sus compañeros de Genesis, mirando extrañado a un Peter Gabriel disfrazado de flor, sentándose en las piernas de Mike Rutherford, baqueteando incansable con Chester Thompson? Esta y otras preguntas vinieron a mi mente mientras disfrutaba del show, un verdadero acto de agradecimiento a su público, personas que no lo rechazan por haber hecho algo que todos vamos a hacer alguna vez: enfermar y envejecer.

El concierto fue una colección de sus grandes éxitos: Allí estuvieron, por supuesto, Sussudio (casi al final), Dance into the light (de ritmos africanos a lo Peter Gabriel), You can't hurry love (cover de The Supremes de 1966), Something happened on the way to heaven y las espectaculares baladas Separate lives (a dúo con Bridgette Bryant, una de sus fantásticas coristas) y Against all odds (con la que está dando inicio a cada recital), coreada por las casi 20 mil personas que acudieron a la convocatoria. Pero también faltaron Don't lose my number, One more night, A groovy kind of love, Two hearts, Cannot believe it's true, Do you remember? El repertorio de Phil Collins como solista es tan extenso que habría dado para una hora más de espectáculo.

Luego del romántico inicio, Collins ofreció Another day in paradise (una de las pocas canciones que se atrevió a entonar en su nota original) y luego tres energéticos temas -Hang in long enough, Who said I would y I missed again- en los que se lucieron Harry Kim, Dan Fornero (trompetas), Luis Bonilla (trombón) y George Shelby (saxo), la sección de vientos que lo acompaña. Para la popular Easy lover, Collins se vio invadido en su cómoda silla giratoria de cuero por sus coristas Amy Keys y Arnold McCuller, quienes derrocharon talento vocal y carisma. El resto de la banda son todos extraordinarios y reconocidos músicos, garantía de una ejecucón perfecta de estos temas, clásicos de una época en que las radios populares nos exponían a música de verdadera calidad: Daryl Stuermer (guitarra), Lee Sklar (bajo), Brad Cole (teclados) y Luis Conte (percusión). En el fondo, Nicholas Collins, de 16 años, enfundado en una casaquilla de la selección peruana de fútbol, hacía sonrojar a su orgulloso padre quien lo presentó con evidente emoción.  

In the air tonight tuvo un tratamiento distinto a las otras veces que la he escuchado en vivo, sobre todo en la introducción, y ciertamente suena más oscura, dos escalas por debajo de la grabación original, con un tétrico Collins iluminado de rojo infernal para la interpretación de su primer single como solista, lanzado originalmente en 1981. Throwing it all away e Invisible touch, ambas del álbum de Genesis del mismo nombre de 1987, fueron tocadas con pulcritud y no desentonaron, al tratarse del periodo más convencional de la legendaria banda a la que se unió en 1970 como baterista y terminó liderando como vocalista en los ochenta. Follow you follow me, espacial tema del primer disco de Genesis como trío -el volátil ... And then there were three de 1978, fue un verdadero homenaje a su banda primigenia, con un collage de imágenes que cubrió todas las épocas de uno de los grupos más emblemáticos del rock progresivo británico.

Tras la fiesta que se armó en Sussudio -con un manantial de luces de colores que salían de las pantallas, Phil Collins abandonó el escenario caminando, tal y como había entrado, apoyándose en un bastón. De inmediato las instalaciones comenzaron a ser abandonadas por algunas personas, quizás tratando de huir del tráfico que los esperaba fuera del recinto. Lo lógico sería que, en consideración a su salud actual, el músico se eximiera de cumplir el ritual de los bises o encores. Sin embargo, dos minutos después, la banda retornó y Phil, con su bastón a cuestas, volvió y se despidió de Lima con Take me home, como lo hizo en el Royal Albert Hall o el Estadio Maracaná, dos de los prestigiosos escenarios del mundo en los que se ha presentado en los últimos meses. Como dijo una persona a mi lado: "Si él hace el esfuerzo por volver ¿por qué no haríamos nosotros el esfuerzo por quedarnos para una canción más?".


THE PRETENDERS: TELONEROS DE LUJO

A contramano de la presentación de Phil Collins, la banda liderada por Chrissie Hynde ofreció más de una hora de su mejor repertorio reproduciendo de manera fiel el sonido original de clásicos de los ochenta como Don't get me wrong, Back on the chain gang, Kid, Talk of the town, Mystery achievement, entre otras.

Martin Chambers, baterista y uno de los fundadores del grupo, demostró por qué fue uno de los mejores de la década, con un estilo directo cargado de energía. Sus bombazos y expertos redobles sacudieron y calentaron el Jockey Club, que lucía un poco vacío para cuando ellos salieron, a las 8 en punto de la noche (lástima para quienes llegaron tarde y se perdieron este derroche de filo rockero).

Hynde es el arquetipo de la mujer rockera -un título que comparte con Patti Smith- y armada de su brillante guitarra, condujo a su tropa con rudeza y sensualidad, conservando intacta esa inconfundible voz que va de lo grave a lo agudo con suma facilidad. Junto a Hynde y Chambers, únicos sobrevivientes de su formación original, James Walburne (guitarra, coros), Nick Wilkinson (bajo, coros), y Carwyn Ellis (teclados, guitarra, coros) acompañaron de manera sólida, mostrando un rock and roll que por momentos alcanzó alturas de genialidad -como en la frenética Thumbelina del álbum Learning to crawl, de 1984.

Brass in pocket, otro de los temas de su emblemático álbum debut de 1979, fue tocada a pedido del público. La cantante, aunque mostró su incomodidad por la inevitable ráfaga de fotos que el público suele tomar con sus celulares -lo mencionó en más de una ocasión- fue amable con la gente y dijo que era un honor tocar en Perú por primera vez.

La vocalista mostró su lado romántico en las baladas I'll stand by you y Hymn to her -retitulada Hymn to his, que dedicó a Collins-, y anteriormente ya nos había lanzado la ondulante I go to sleep, composición de su ex esposo y líder de The Kinks, Ray Davies, que también tuvo destinatario, esta vez el vocalista de The Smiths, Morrissey. Para el cierre, Martin Chambers, con ese aspecto fiero que lo hace parecer hermano menor de Ginger Baker reventó los tambores con una malabarística introducción a Middle of the road, contundente tema con el que cerraron su participación como teloneros de Phil Collins. De lujo.




lunes, 22 de enero de 2018

CRÍTICA A LA VISITA DEL PAPA FRANCISCO


La visita del Papa Francisco puede (y debe) ser criticada desde tres niveles:

El primero tiene que ver con el evidente y descarado aprovechamiento que políticos cuestionados como el presidente, su entorno más cercano y otros actores de la cotidianeidad noticiosa -Keiko, congresistas de diversos y coloridos pelajes- han realizado de este acontecimiento, de innegable importancia dada la naturaleza del personaje, líder de la Iglesia Católica y Jefe de Estado del Vaticano, un micro-estado de enorme poder político-económico e influencia social a nivel mundial. 

El caso más patético es, como siempre, el de PPK, a quien solo le faltó disfrazarse de monaguillo para que el baño de popularidad le salpique alguito y lave, de manera epidérmica, la mugre de la que aun no puede deshacerse. Todo parece indicar que ni el mega convocante Papa será capaz de exorcizar al mandatario de los bailecitos de los fantasmas de Odebrecht y la vacancia que lo rondan como bíblicos ángeles de la muerte. 

En segundo lugar queda Keiko, ataviada con su kit papal, en medio del terral de Las Palmas, esperando, disforzadisima ella y su esposo, la bendición del Sumo Pontífice quien, bromista y bonachón, conversó con inicuas autoridades de Lima, Trujillo y Madre de Dios, llevando al extremo la noción de la tolerancia en tiempos en que la corrupción merecería ser arrasada, a palos, como hiciera Jesucristo con los mercaderes.

El segundo nivel es el de la irracionalidad de las masas enardecidas por esta visita, que responden de forma irreflexiva y, en muchos casos (no me aventuraría a decir que en todos para evitar la generalización siempre presta a error), sin saber exactamente de qué se trata el llamado de una supuesta fe que a lo largo de los años se ha convertido en poco menos que una moda superficial. 

Es difícil pensar que sea posible hacer entender a las multitudes que se abalanzaron a ver, aunque sea unos cuantos segundos, al Papa Francisco mientras pasaba por calles y avenidas de diversos distritos, o los gentíos congregados en la playa trujillana de Huanchaco o en la base militar limeña de Las Palmas, que no se trata de pegar gritos -como si estuviesen mirando al último artista de sus preferencias-, ni tampoco de hacer contacto visual aunque sea por milésimas de segundo, o tocar con las yemas de los dedos esa inmaculada sotana blanca para que tu vida cambie, tu enfermo cure, tu tristeza se esfume. Se trata, por el contrario, de ser más respetuosos y solidarios, de cuidar el medio ambiente, de proteger al prójimo. 

El Papa Francisco no es Jesucristo, es un ser humano, un señor muy amable que representa a la Iglesia, aquella institución que fuera establecida por Jesús de Nazaret hace 2018 años y que, más allá del respeto que le tengamos a entrañables símbolos instalados desde nuestra formación católica-apostólica-romana, y que así como tiene aciertos tiene también errores, algunos de ellos muy grandes. Y que así como puede influenciar positivamente en la gente también puede cometer delitos execrables que terminan destruyendo familias y vidas de niños y niñas.

La muchedumbre enloquecía con cada aparición del Papa y sus palabras, todas muy cuidadosamente escogidas y de innegable valor como discurso de paz, de amor y de unidad entre seres humanos, se perdían entre los alaridos destemplados y esa atmósfera de concierto que le daba a cada homilía o salida al balcón una apariencia extremadamente superficial y desenfocada.

Hasta ahí, nada entra en la responsabilidad misma del obispo argentino Jorge Mario Bergoglio, un intelectual de la teología que sabe además caer bien, consciente del inmenso poder de convocatoria que posee. No le corresponde a él moderar la algarabía de esta población que siente sobre sus hombros una responsabilidad de seguir siendo "la más creyente de Latinoamérica después de México" pero que, en su quehacer cotidiano, demuestra haber caído en un hondo vacío de espiritualidad, una suerte de Sodoma y Gomorra con varios becerros de oro que saltan como monos en la televisión -Esto Es Guerra y Combate- y una creciente tolerancia a los actos corruptos de los gobernantes y las clases dirigentes de turno, cuando no indiferencia e incluso complicidad a la espera de un puesto de trabajo, una dádiva, un pelo del lobo que esquilman desde sus altos cargos y oficinas. Tampoco es responsable -por lo menos es lo que se cree- de la actitud -entregada, objetiva o frontalmente opuesta- de la prensa acreditada para estar pendiente de todos sus pasos y acciones.

Pero entonces surge el tercer nivel de crítica, el más grave: La alta posibilidad de que, en nombre de continuar con la postura intransigente de encubrimiento a aquellos malos -malditos- elementos del clero que siguen perpetrando actos aberrantes de acoso y abuso sexual y de poder, perjudicando a niños y niñas alrededor del mundo, usando como coartada para cometer sus crímenes esa situación de ventaja que tiene el sacerdote-guía espiritual sobre la feligresía humilde y ávida de consuelo, de protección; digo, en nombre de seguir con eso, el Papa Francisco habría preparado un discurso bonito y lanzado disculpas masivas, quejidos de dolor frente a las atrocidades para luego, a renglón seguido, desautorizar a víctimas de violación que han demostrado plenamente sus situaciones. 

Ocurrió en Chile con la cortante respuesta y agresiva mirada que el Papa lanzó, apenas durante unos cuantos segundos, a la prensa chilena que se atrevió a preguntarle por un obispo, Juan Barros, que a pesar de haber sido señalado como cómplice y tapadera de un asqueroso y comprobado violador durante años, lo acompañó en su reciente paso por Santiago, previo a los tres días de epifanía y baño popular que los peruanos, tan desinformados y creyentes, le regalamos.

Es más, también habría ocurrido algo similar en Trujillo, donde un obispo perteneciente al Sodalicio también lo acompañó en sus actividades norteñas, a vista y paciencia de todos. La denuncia, ampliamente documentada en los artículos y posts del periodista peruano Pedro Salinas -el más notorio investigador del caso Sodalicio que sigue remeciendo al clero peruano- pasó desapercibida para los medios de comunicación de señal abierta, quienes no abandonaron el publicitado #ModoPapa ni siquiera frente a estas noticias de vibrante actualidad. 

Con esa postura mediática, que practica a la perfección aquello de invisibilizar y desaparecer las cosas con solo no nombrarlas, los canales de televisión convierten a las redes sociales -siempre de menor llegada a pesar de su auge- en un terreno de refugio para los quejosos e inconformes, reduciendo sus aportes a la información a simples rabietas que la masa jamás entendería siquiera. 

Lo cual nos lleva a identificar un cuarto nivel de crítica: la actuación de los medios de comunicación masiva peruanos, que abdican a su función de informar desde todos los ángulos de la noticia para limitarse a ser caja de resonancia del mensaje oficial, lo cual lejos de contribuir a que la opinión pública saque conclusiones y lecciones de los hechos, permanezca dócil y débil, vulnerable frente a las estrategias de dominación que se ejercen desde la política, desde la publicidad, desde la religión.


martes, 7 de noviembre de 2017

TURANDOT EN EL MET: Una puesta en escena impecable




Cuando las lujosas lámparas desaparecen por encima de los techos del Metropolitan Opera House del Lincoln Center en New York, el público viaja hasta la milenaria China imperial donde se desarrolla la historia de Turandot, hermosa princesa que impone el terror con su implacable decisión para mantenerse lejos de los hombres: Todo aquel que la pretenda deberá contestar correctamente tres acertijos y de no hacerlo, morirá decapitado. Para cuando comienza la obra, trece desdichados ya habían perdido la cabeza, literalmente, por la única hija del Emperador Altoum.

Calàf, príncipe de Persia, se enamora de Turandot y decide pasar el reto, a pesar de las advertencias de su padre Timur y Liù, una joven aldeana que suspira secretamente por él. Incluso sirvientes de Turandot tratan de convencer a Calàf para que no arriesgue su vida y le detallan los horrores que desata el verdugo, cada vez que cumple las órdenes de Turandot. Hasta el Emperador intenta hacer que Calàf retroceda pero él triunfa y responde bien los acertijos.

Para demostrar su amor y valentía, el príncipe reta a Turandot: Si ella adivina su nombre antes del amanecer, él se entregará al verdugo. La princesa, desesperada, ordena que nadie duerma hasta descubrir la identidad del forastero pero el mismo Calàf, cumplido el plazo, revela su nombre sellando de esta manera su conquista.

La puesta en escena es impecable, con escenografía diseñada en 1987 por el célebre cineasta y productor Franco Zeffirelli. Los vestuarios destacan por sus contrastes: los brillantes ropajes de Turandot frente al sencillo atuendo de Calàf, o las rústicas prendas del pueblo frente a las coloridas túnicas de los ministros. De fondo, un imponente palacio imperial que en su primera aparición arranca aplausos antes de que la orquesta toque siquiera una nota.

La presencia de dramáticos coros se combina con elementos de comedia en diversas arias. La orquesta intercala melodías inspiradas en música china con percusiones menores (xilófonos, bloques de madera) en medio de las exuberantes secciones de vientos y cuerdas propias del autor de La bohème (1896), Tosca (1900) y Madame Butterfly (1904), sus tres óperas más conocidas, exponentes del verismo, estilo que él ayudó a crear.

La popularidad de Turandot es enorme entre el público en general gracias a Nessun dorma (Nadie se duerma), uno de los momentos cumbres de la obra, aria que fuera popularizada por grandes tenores como Luciano Pavarotti, José Carreras, Plácido Domingo, entre otros. 

Para su versión 2017, los protagonistas son dos estrellas de la ópera actual: la soprano ucraniana Oksana Dyka y el tenor lituano Aleksandrs Antonenko, como Turandot y Calàf, respectivamente, de extraordinarias performances. La soprano italiana Maria Agresta interpreta a Liù mientras que el experimentado barítono norteamericano James Morris hace de Timur, el padre de Calàf. El director de la orquesta es el italiano Carlo Rizzi.

La majestuosidad arquitectónica del Met –con capacidad para más de 3,800 personas- combina la clásica elegancia de sus instalaciones con altas tecnologías que van desde sofisticadas escenografías móviles hasta un modernísimo sistema de subtítulos que permite a cada espectador seguir la ópera desde sus aterciopeladas butacas hasta en cinco idiomas y que está activo tanto para las primeras filas como para las altas cazuelas de sus cuatro niveles.

Giacomo Puccini (1858-1924) comenzó a escribir Turandot en 1921, cuando tenía 63 años, sin saber que se convertiría en su última ópera pues falleció antes de concluir las dos últimas escenas. Un compatriota suyo, Franco Alfano, compuso el final basándose en sus apuntes. En 1926, dos años después de su muerte, Turandot se estrenó en La Scala de Milán, con orquesta dirigida por el recordado Arturo Toscanini, quien fuera amigo personal del compositor.

El guion de esta ópera en tres actos se basó en una obra del dramaturgo Carlo Gozzi, a su vez adaptada de un cuento persa del siglo 12, llamado Las siete princesas, contenido en la colección Los mil y un días, contraparte del archiconocido libro Las mil y una noches. Y aunque su historia se desarrolla en el lejano oriente, Puccini y sus colaboradores –los libretistas Giuseppe Adami y Renato Simoni-, decidieron que la protagonista conservara el enigmático nombre Turandot, cuyo origen es el vocablo “Turandokht” que significa en persa “la hija de Turán”.