lunes, 14 de julio de 2008

"WE´LL ALWAYS HAVE PARIS"

¿Quién puede negar, después de ver Casablanca (Michael Curtiz, 1942), que alguna vez ha soñado con ser así, como Richard Blaine? El elegante y poderoso Rick, interpretado por Humphrey Bogart tiene todas las características del tipo de hombre que algunos, por mala suerte o por simple y llana naturaleza, nunca llegaremos a ser. Seguro de sí mismo, con un pasado heroico, cínico pero de buenos sentimientos, capaz de resolver las situaciones más difíciles con una sola frase. Además, se enamora de él la mujer más bonita del pueblo. Ilsa (Ingrid Bergman), se recuesta sobre su hombro, le confiesa amor eterno y a pesar de ser en sí misma una mujer de fortaleza inusual, desfallece ante Rick, una versión más humana - y por ende, errónea - del idealismo casi sobrenatural de su esposo, el revolucionario y prófugo Victor Laszlo (Paul Henreid).

Casablanca tiene todos los elementos para ser lo que es, un clásico del cine mundial: buenas actuaciones, trama interesante y una inolvidable música. Tanto a niveles de la crítica más especializada como del público en general (a pesar de contar con detractores tan ilustres como Umberto Eco, quien llegó a comentar que era un flim "mediocre"), Casablanca - que se ubica siempre en los primeros lugares de cualquier ranking de las mejores películas de odos los tiempos - es ya un ícono cultural imprescindible, una amalgama de pulsiones románticas, heroísmos idealistas y valores hoy perdidos, considerados fuera de lugar en un mundo cada vez más bizarro, cada vez más abyecto, cada vez más presto a la baja calaña, a la vulgaridad, al goce barato e incompleto.

La lealtad de Sam el pianista (negro, desde luego) que trata de proteger a su jefe Rick del dolor de reencontrarse con la mujer que lo abandonó, las convicciones de Laszlo en medio del temor ante la presencia de los nazis (esa escena en el Rick's Cafe Americain, cantando a voz en cuello La Marsellesa, obligando a los alemanes a callarse es fenomenal), el conflicto amoroso de Ilsa y sobre todo, la personalidad imperturbable de Rick, capaz de realizar acciones positivas, como permitir la huída de Laszlo y hacer que Ilsa se vaya con él, para luego continuar su amistad con el amoral capitán Louis Renault (Claude Rains) configuran una galería de personajes inolvidables, paradigmáticos y arquetípicos de todas aquellas cosas que, en nuestras medianas y más reales experiencias, hemos tenido que atravesar en alguna oportunidad.

Por eso la conexión del público con Casablanca es tan fuerte. Porque así no estemos en la Segunda Guerra Mundial, tenemos que sortear innumerables conflictos, crisis, y peligros que afectan nuestro cotidiano discurrir. Porque siempre estamos en la disyuntiva de portarnos bien o mantener nuestra independencia. Porque siempre hay una mujer a la que quisiéramos tener a nuestro lado toda la vida pero que, por razones menos complicadas y peligrosas que las de Rick, hay que dejar porque su camino, antes tan ligado al nuestro, se muestra hoy distinto.

En mi caso particular, que he visto la película mil veces, puedo decir que de Rick tengo muy poco, quizás sólo la actitud cínica ante la vida y el pleno convencimiento de que por muy buenos sentimientos que uno tenga, eso no basta para "ser feliz". Y que tengo y tendré la vida atada a la de una persona por quien, aunque nunca se recueste sobre mí ni me confiese amor eterno ni mucho menos debido a mis defectos y torpezas, soy capaz de renunciar a todo, incluso a mi propia tranquilidad. Por eso, ante la imposibilidad, es mejor quedarse con los recuerdos de lo que alguna vez pudo ser algo parecido a esos días en París, mirar al techo y pensar que coincide conmigo en que "siempre los tendremos".

Casablanca es una de esas películas que uno no se cansa de ver, siempre en inglés (con subtítulos) y en blanco y negro, por supuesto. De otra forma pierde su encanto y su apariencia de sueño, uno de sus principales atributos. Y para cerrar, una línea del tema central del film, compuesto por Herman Hupfeld: "It’s still the same old story/a fight for love and glory/a case of do or die/the world will always welcome lovers/as time goes by..."

Hasta la próxima...

2 comentarios:

Ricardo dijo...

Buen texto, amigo Tineo. Comparto las siguientes líneas: "Casablanca es una de esas películas que uno no se cansa de ver, siempre en inglés (con subtítulos) y en blanco y negro, por supuesto. De otra forma pierde su encanto y su apariencia de sueño, uno de sus principales atributos". Y digo que lo comparto, no sólo por mi admiración a la película de Curtiz, sino porque una vez la vi doblada al español de España y lo que es peor colorizada.
Nunca entendí el capricho de Ted Turner, uno de los maridos de la actriz Jane Fonda, el cual consistía en colorizar como fuere las cintas clásicas de blanco y negro. Yo coincido con el buen Woody Allen, quien decía que colorizar las viejas películas era cometer un crimen contra el arte, era como ver el Guernica de Picasso con colores agregados.
Saludos de Ricardo Alfonso.

Jorge Luis dijo...

Gracias por leer y comentar... de hecho las películas clásicas pierden mucho al ser coloreadas artificialmente. Y sí, Casablanca es un buen ejemplo de eso... saludos...