domingo, 19 de junio de 2011

ACERCA DEL CRISTO DEL PACÍFICO


La última cortina de humo del presidente saliente Alan García Pérez es un calculado intento por perpetuarse en la frágil memoria del pueblo peruano a expensas de su religiosidad, zurrándose en cualquier noción de respeto que deba guardarse frente a las creencias de las grandes mayorías al utilizarlas en su provecho personal. Mientras en Puno los niños mueren de frío y los adultos viven a salto de mata entre bloqueos de carreteras y la permanente amenaza de ser repelidos a balazos como en Bagua, García decide regalarle a la capital algo que no necesita: un monolito de dimensiones monumentales (37 metros) pero de nulo valor que él, con su egolatría magalomaníaca al tope, ha denominado pomposamente El Cristo del Pacífico.

Los argumentos a favor son algo tontos, por decir lo menos: que impulsará el turismo, que úne a todos los peruanos, que simboliza la espiritualidad, que Lima se lo merecía, que ya estaba conversado con el ahora invisible Luis Castañeda Lossio, etc. Por otro lado, están los indiferentes que todo lo solucionan diciendo que las manifestaciones en contra de este despropósito son aquellos "que se quejan de todo". Su línea ideológica es "ya pues, ya lo puso, déjenlo nomás". Puro escapismo para poder seguir bailando en las discotecas de moda, sin comprometerse con nada.

¿Acaso no es una incoherencia que el presidente García, con la popularidad en caída libre a poco más de un mes de salir de Palacio de Gobierno, declare con la misma desfachatez con la que se atreve a bailar festejo, que ha donado 100 mil soles de sus ahorros para este gasto innecesario? ¿de dónde salen tantos ahorros en cinco años? ¿tenemos que recordar nuevamente aquello de que "la plata llega sola"? Y no solo eso sino que además la genial idea es respaldada nada menos que por la compañía brasileña Odebrecht, quizás la más beneficiada con todos los arreglos producidos en él último lustro en materia de construcción, contratos jugosos con el Estado y demás...

Los expertos en marketing - y los no tan expertos - dirán que es una jugada magistral para generar recordación en el público. Para mí es todo lo contrario pues desnuda la consciencia de que nadie lo recordará si no hace algo espectacular, que no por espectacular sea necesariamente positivo. ¿Qué más necesita para ser recordada una persona que ha ejercido el cargo más importante de representatividad de un país? ¿el haber sido Presidente - y además por segunda vez - no es suficiente para ser recordado por la historia? Lo que le preocupa a Alan García no es si lo recuerdan o no sino cómo lo van a recordar. Y se equivoca de cabo a rabo si considera que con la monumental estatua conseguirá un buen resultado en ese sentido.

Porque en realidad, y esto ya lo han dicho muchas personas autorizadas, el Cristo del Pacífico no nos hará recordar la magnanimidad del presidente que lo puso allí si no que nos recordará el final de un gobierno totalmente olvidable por los escándalos de corrupción que recorrieron toda su duración y los intentos fallidos del líder por influir en los resultados de la elección de su sucesor, algo en lo que también fracasó estrepitosamente.

Por otro lado, la prensa adulona y distraída no deja de mencionar en sus notas y entrevistas sobre el tema el parecido del Cristo del Pacífico con el famoso Cristo Redentor de Río de Janeiro, Brasil. Al mirar las fotografías en Internet de este coloso instalado hace 80 años y cuya construcción duró nueve (entre 1922 y 1931) me parece hasta innecesario puntualizar las diferencias: mientras que la imagen de brazos abiertos a la que le canta Antonio Carlos Jobim se erige por encima de todo y literalmente abraza toda la ciudad por detrás y por delante de él, como símbolo de omnipresencia y hasta de inclusión, el Cristo del Pacífico tiene los cerros detrás y por sobre su cabeza se levantan las antenas de transmisión del Morro Solar. Además es tan blanco que bastarán dos semanas para que sea un verdadero cementerio de polvo y toda clas de residuos tóxicos. ¿De dónde saldrá el presupuesto para su mantenimiento?

Finalmente está el tema de la identidad perdida o reemplazada por una imagen icónica que, más que a una religión, nos recuerda a otro país, Brasil. Solo falta que en su discurso de salida, a Alan García se le ocurra decir que sueña con que la estatua del Cristo del Pacífico sea postulada como candidato para una eventual tercera tanda de Nuevas Maravillas del Mundo. Como cuando dijo que en nuestro Perú podían hacerse las Olimpíadas.

A puertas de iniciarse un nuevo gobierno, la esperanza que se siente en las calles no debe verse empañada por estos afanes de figuración del presidente que ya se va y es nuestro deseo que eso no suceda. Quienes creemos que a Cristo se le debe llevar más en el corazón que en ninguna otra parte sabemos que si él hubiera visto ese despliegue de dinero mientras otras personas mueren de hambre y frío, arremetería contra la imagen como lo hizo contra los mercaderes del templo.

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