jueves, 1 de octubre de 2015

DÍA DEL PERIODISTA: ¿ERES "PERIODISTA" O "COMUNICADOR"?


En estos tiempos en que las plazas más atractivas, desde el punto de vista remunerativo, para un profesional de las comunicaciones son las que tienen que ver con consultorías, asesorías de imagen corporativa, comunicación institucional y demás hierbas, uno se pregunta si realmente hay la suficiente cantidad de periodistas en las calles y oficinas de Lima como para celebrar de manera tan entusiasta “su día”.

Desde hace no tan poco tiempo asistimos a una dicotomía engañosa y un poco amañada, arropada en gruesos paños de aquella ignorancia sutil que casi nadie percibe porque es compartida por la mayoría, según la cual existiría una diferencia sustancial entre ser “comunicador” y ser “periodista”. Esta dicotomía, como digo, mañosa, pretende distinguir una cosa de la otra y, en ambos casos, de ida y vuelta, la distinción se hace para guarecerse de no ser confundido entre una opción y la otra.

El “periodista” se siente superior al “comunicador” porque, en el plano conceptual, tiene un trasfondo, es culto, sabe de todo un poco y de nada en su totalidad, recoge lo mejor de cada experiencia y busca siempre llegar al fondo de las cosas. Por su parte, el “comunicador” afianza su superioridad porque, a diferencia del sesgo politizado y el aura crítica del “periodista”, es más pragmático, tiene olfato para la oportunidad, es ligero de pensamientos, reflexiones y conocimientos pero eficiente en la elaboración de mensajes que, en one, calarán tan hondo que cualquier cosa que recomiende será un éxito, un golazo. Los “periodistas” critican, investigan y analizan todo. Los “comunicadores” facilitan el proceso de entendimiento entre unos y otros, asesoran a los peces gordos, entretienen al público, lanzan sloganes, ganan elecciones.

Y este cara/sello, este bifrontismo en el que la profesión que nos convoca a todos los que sentimos pasión por escribir y desentrañar misterios, que nos iguala a quienes crecimos leyendo crónicas escritas desde una Remington o una Olivetti con quienes se dedican a hacer copy-paste de casi todo; en suma, esta doble cara se da a ambos espectros del ejercicio moderno de las Ciencias de la Comunicación, así, con mayúsculas, como los Cursos de Extensión de la San Martín: Se lo espetó Philip Butters (el “comunicador”) a Marco Sifuentes (el “periodista”) en el sonado caso de las acusaciones por mermelería que el primero le hiciera al segundo, al aire y a gritos. Se lo reprocha Magaly Medina (la “periodista”) a Laura Bozzo (la “comunicadora”) creyendo que así diferencia su basura localista de aquella que difunde con ventilador industrial la nefasta animadora afincada en México. Y el resultado es siempre el mismo: “no me digas nada porque tú no eres …” Completen el espacio en blanco con cualquiera de los dos sustantivos y la ecuación será exactamente la misma.

Esta diferenciación tiene, por cierto, un origen conceptual basado en la idea innegable de que la comunicación humana como hecho antropológico es anterior al oficio periodístico. Naturalmente todos los seres humanos tienen la capacidad de comunicarse, esa es una verdad de Perogrullo. Pero eso no significa de ninguna manera que cualquier hijo de vecino se arrogue el título de "comunicador" sólo porque sale a decir lo que se le ocurra y hacer chacota de todo frente a una cámara o un micrófono. Si bien es cierto todo periodista es, primero que nada, un ser humano que se comunica a través de ciertas técnicas, para ser comunicador no sólo basta con saber hablar y ser, entre comillas, carismático.

Sin embargo, la realidad en la que vivimos en el Perú –y me imagino que en otros países del mundo también, aunque no de manera tan descarada como aquí- nos deja claro lo siguiente: cada vez son menos periodistas y comunicadores los que merecen ser felicitados hoy.

El análisis, la profundidad, la absoluta objetividad/subjetividad para investigar y denunciar a todos por igual (cuando lo merecen), el buen decir y escribir -características de todo periodista formado en la tradición de aquella época en la que se estableció esta efeméride- han desaparecido casi por completo de periódicos, canales de televisión y cabinas de radio. Hoy reinan los errores de sintaxis, de ortografía, de cultura general. La ausencia de contenido y criterio para comentar y analizar hechos que la masa siempre ve de manera unidimensional. La incapacidad para desmarcarse del poder y llamar las cosas por su nombre. Todo ese bagaje de influencia social que antaño dio forma a los medios periodísticos, que no contaban con más que sus libretas y lapiceros, máquinas de escribir, grabadoras portátiles, cámaras fotográficas con rollo a revelar y, en muchos casos, su memoria y capacidad literaria para cerrar a medianoche sus historias, darles cuerpo y hacerlas atractivas al lector, es ahora una preocupante y cada vez más pequeña minoría. Y en los medios tecnológicos vigentes (el periodismo digital, los blogs y páginas web, las redes sociales), la crisis va por el mismo rumbo.

Y por la otra acera las cosas no andan muy bien que digamos. El mercado de puestos de trabajo ha convertido a los pocos comunicadores con formación profesional en meros empleados (como asesores de marketing político, jefes de prensa de instituciones públicas, publicistas de poco escrúpulo, cortas luces y múltiples ambiciones) al servicio del poder –político o económico o ambos-; las nuevas tendencias de las relaciones laborales han creado toda una generación de charlatanes que se dedican a mentir y crear expectativas falsas en masas de jóvenes desempleados (los famosos motivadores o consultores de coaching y manejo de la personalidad orientado a la búsqueda del empleo maravilloso que te sacará de la línea de pobreza); mientras que el permanente e indetenible enmierdamiento de la industria del espectáculo (la vulgar y huachafa farándula) ha hecho surgir a una avalancha agresiva, hedionda y cenagosa de nuevos "comunicadores" que destrozan el idioma, entierran los valores y pisotean todo lo que amenace con ser educativo, culturoso o simplemente útil con sus sintaxis simiescas y sus aspectos de barra brava combinada con delincuentes de toda laya, capaces de todo para que el rating no decaiga.

Los “coleguitas” en todos los medios de comunicación convencionales se saludan entre sí y estoy seguro de que cada uno de ellos, en sus fueros internos, reconoce con una claridad mucho mayor de la que serían capaces de aceptar en público que este no es su día. Porque no leen. Porque escriben mal hasta los subtítulos de tres líneas que lanzan al pie de pantalla anunciando los próximos destapes de fin de semana. Porque hacen del condicional –“habría”, “estaría”, “podría”, “presunto culpable”- una forma de vida y discurso. Porque comunican sin saber pensar. Porque apañan a corruptos por temor –o por complicidad. Porque firman facturas por servicios profesionales de todo tipo (conducción de eventos, asesorías, talleres, media training) que después les impide hacer señalamientos, comprarse pleitos y viven, por ello, de espaldas al sufrimiento de la gente de a pie.

El periodismo sigue existiendo por supuesto. Y todavía hay en calles y plazas, en redacciones y oficinas, periodistas que son también comunicadores, comunicadores que son también periodistas, capaces de mantenerse firmes en la persecución de los valores que los inspiraron a estudiar y ejercer, desde las páginas independientes de un periódico o blog que pocos leen, desde las oficinas de imagen de instituciones con orientación hacia cuestiones sociales o solidarias, esa profesión que, en su momento, también ejercieron Vargas Llosa y García Márquez, Fallaci y Kapuscinsky, Wiener y Martínez Morosini. Porque en un comienzo ser periodista y ser comunicador no eran cosas distintas.

Hubo un tiempo en que ser periodista y salir a comunicar cosas era estar comprometido con las causas de la gente común. Hubo un tiempo en que el público sentía que el periodista defendería sus intereses, daría espacio a sus denuncias, no cuestionaría sus dudas y quejas nacidas del hambre y no del cálculo político. Hubo un tiempo en que el comunicador buscaba transmitir diversión y cultura al mismo tiempo y no entregarse al hedonismo facilista de la vulgaridad rentable, esa que va encanallando a niños y niñas, adolescentes que hoy sueñan con ser prostitutas/diosas (ellas) y delincuentes/forzudos (ellos) porque eso les asegurará salir en la televisión, ganar dinero y pasar de ser nada a firmar autógrafos de la noche a la mañana, literalmente sin saber leer ni escribir ni entender nada de lo que pasa ni en el mundo ni en el país ni en la esquina de su barrio ni en la puerta de su casa ni en su propia cabeza.

Porque cada vez hay menos periodistas que los ayuden a salir de esa oscuridad y porque los llamados "líderes de opinión" operan, a veces de forma sutil y taimada, a veces de forma abierta y descarada, para que las cosas sigan así. Eso se siente, se huele en cada programa de noticias, en cada columna que defiende al establishment hasta en las situaciones en que son más evidentes sus efectos negativos y contrarios la población, contra el medio ambiente, contra la decencia.

Y después se sorprenden de ver cómo un estudiante universitario confunde a Abimael Guzmán con Gabriel García Márquez. Basta ver cuántas veces a la semana aparecen estos personajes en los reportajes de la prensa convencional (canales de señal abierta, periódicos del Grupo El Comercio, emisoras del Grupo RPP o de los Capuñay) como para saber de dónde proviene tanta ignorancia. ¿Pasaría lo mismo si les muestran una fotografía de alguna de esas bataclanas o payasos, de esos animadores o guerreros que salen todos los días a todas horas en todas partes? Adivinen la respuesta.

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